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Pola Oloixarac: “Tenemos que encontrar maneras para pensar el dolor sin desempoderarnos”

Foto: Helena Insiger | Cedida por la editorial

Un grupo de escritores provenientes de distintos países se reúnen en una localidad al norte de Suecia en unas jornadas tras las cuales se concederá uno de los galardones más prestigiosos del mundo literario. Todos juegan a representar un papel, todos representan al escritor que, por su procedencia y tradición, deben representar. Entre ellos está Mona, una escritora peruana que trata de huir de una violencia que, sin embargo, se hace visible en los moratones que cubren su cuerpo. Mona (Literatura Random House) es la tercera novela de Pola Oloixarac, que debutó en literatura con Las teorías salvajes, novela que incomodó a más de un sector político-intelectual de la Argentina de entonces.

 

Las teorías salvajes comenzaban con una cita de Adorno –“Toda la práctica, toda la humanidad del trato, la conversación es mera máscara de la tácita aceptación de lo inhumano”que bien podría introducir también tu última novela, Mona.

Totalmente. Esta cita es el puente que une las dos novelas: en ambas me interesaba observar la animalidad latente de estos lugares, la universidad y el mundo de la literatura, supuestamente elevados. Teóricamente, la cultura nos debería redimir del salvajismo y de la bestialidad, pero no es así. En Mona quería retomar está idea que ya estaba presente en Las teorías salvajes y trasladarla a un contexto más global, es decir, salir de Buenos Aires y de la disputa con la izquierda local y trasladarla a un plano global para ver, además, de qué manera estamos importando la izquierda norteamericana, de qué manera encarnamos valores culturales y lo hacemos en términos de representación de una identidad, de una ideología…

De hecho, si en Las teorías salvajes ponías el foco en la izquierda marxista y socialdemócrata, en Mona lo pones en la llamada izquierda identitaria.

Sí, a través de las dos novelas planteo el salto que se ha producido de la izquierda tradicional a la izquierda identitaria: el debate ya no se centra en la lucha de clases, porque ahora la verdadera lucha es la de identidades. Ahora el debate está en la representación de las distintas identidades, en cuanto la opresión reside precisamente ahí en su representación o no. El tema de la representación es particularmente problemático porque en el contexto actual, para poder tener una voz, necesitás hacerte visible en los términos de ser oprimido y es tu estatus de víctima y de oprimido aquello que da alguna entidad a tu voz. Sin embargo, esta entidad que se le concede a tu voz nada tiene que ver con lo que vos querés decir, sino con tu estatus de víctima, porque lo relevante no es el discurso en sí, sino que la víctima hable, que se deje hablar a la víctima.

Este “dejar hablar a la víctima”, ¿no es una actitud paternalista?

Claro que es una actitud totalmente paternalista, pero negamos que lo sea. Es una gran hipocresía, pero que nos es útil porque, al final, es así como funciona el sistema en general y el sistema literario en particular. De ahí que eligiera una reunión de escritores como escenario para tratar la actitud paternalista con respecto a la representación de la víctima. Me parecía que o se hacía una comedia con esto o se perecía.

Y en la novela encontramos los escritores con todos sus tópicos identitarios: el escritor latinoamericano militante de la izquierda revolucionaria, la escritora judía cuyo único tema es el holocausto…

Todos tienen su rol y su tema, porque, de alguna manera, a través de su conducta tienen que expresar la identidad que pretenden representar. Esta representación de identidades que escenifican los escritores es la misma que encontramos en las universidades de Estados Unidos, que se rigen sobre un sistema de cuotas: cada identidad “distinta” debe tener su representación. Esta política de cuotas es propio de un sistema profundamente hipócrita: por un lado, concede la representación al latino, que por cuota debe tener un lugar en el departamento universitario, mientras que, por otro lado, deporta a los inmigrantes latinos como si fueran la peor porquería, gasea a seres humanos en la frontera y, peor aún, naturaliza el discurso racial: el inmigrante, vos que venís de Suramérica, sos inferior porque no sos blanco, porque sos de una raza inferior.

Hace apenas un mes, Trump les dijo a dos congresistas que volvieran a su “país de mierda”. Una era de El Salvador y la otra, si no me equivoco, era de Yemen, pero ¿qué tienen en común estos países? Pues que son “países de mierda” porque están habitados por gente racialmente diferente, es decir, no blanca, es decir por gente racialmente inferior. Este es el subtexto a partir del cual podemos comprender lo que dice Trump, pero lo grave no es solo lo que dice Trump, sino también el discurso amigable y paternalista que convierte a las personas de color en víctimas que deben ser escuchadas. De esta manera, vos te convertís en una escritora “de color” que tiene derecho a hablar y a ser escuchada por ser víctima y que tiene que hablar en tanto que víctima, en tanto que escritora “de color”.

Al final, lo que está en juego no es ni la alta ni la baja literatura, ni la idea de una literatura global ni el valor de la escritura en sí misma; lo único que importa es la representación de identidades.

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Imagen vía Literatura Random House.

Esto lleva a preguntarse también sobre el papel del escritor y su derecho a hablar en nombre de la víctima, en nombre de aquel al que se le presupone no tener voz.

La pregunta última es: ¿Por quién habla el intelectual? En Latinoamérica hay toda una tradición según la cual el intelectual no solo es aquel que está titulado y, por tanto, legitimado para hablarle al pueblo, sino también aquel que debe encarnar las que vendrían a ser las pulsiones del pueblo. Por esto, en general, es tan difundida la imagen, casi ya una marca, del escritor latinoamericano como una especie de Che Guevara, con barba y boinita, promesa de una revolución posible. Esta es la única promesa que puede dar Latinoamérica ahora, hacer creer que, más allá de las cosas horribles que suceden en Venezuela, hay un marxismo capaz de crear una utopía para que los millennials crean en algo y, sobre todo, consuman los productos que este marxismo pueda producir.

En tu primera novela fuiste muy crítica con la izquierda política e intelectual.

Hay una tradición de izquierdas que se siente una aristocracia del pensamiento y que está ahí casi para dictarte línea por línea cuáles deben ser tus comportamientos. La idea fundacional de la izquierda es la importancia del ejercicio crítico y, a lo largo de su historia, la crítica le sirvió para ir mutando y para comprenderse a sí misma. Lo que pasa es que, traicionando su propia historia, la izquierda aburguesada y con aires aristocratizantes actual rechaza todo ejercicio crítico porque no tiene ganas de pensarse, porque está en un lugar de autoendiosamiento del que no piensa bajar. Tiene el plexo solar de la superioridad moral. En Argentina es algo muy evidente y esta actitud de la izquierda aburguesada se mezcla, además, con la tradición peronista.

Un ejercicio crítico que tú defendías en una entrevista, en la que señalabas que te resultaba muy interesante leer y discutir con aquellos con los que, como sucede con Beatriz Sarlo, discrepas.

Hoy en día, sin embargo, parece que cierta gente de izquierdas solo quiere hablar entre sí, dentro de su burbuja, de tal manera que, como sucede en las redes sociales, hablan siempre los mismos y de lo mismo. Esto no enriquece ninguna idea de debate, todo lo contrario. Beatriz Sarlo es una mujer muy interesante. Recientemente, ha señalado que nuestra época tiene mucho en común con los años cincuenta y tiene toda la razón. Piensa en la moda: ahora volvieron las polleras alargadas por debajo de la rodilla, muy años cincuenta. A pesar de que hay una fuerte ola feminista, estamos asistiendo a la llegada de una ola puritana, que tiene su reflejo también en la moda y el estilismo con este regreso de los cincuenta. Volviendo a Sarlo, no estoy de acuerdo con ella en muchas ocasiones, pero, si estoy de acuerdo en todo lo que dice una persona, ¿para qué iba a hablar con ella? Yo hablo para confrontar ideas, no soy como una máquina. Las máquinas no tienen debates, nosotros sí.

En Mona, aunque también en tus trabajos previos, hay una reflexión acerca de Internet y las redes sociales, acerca de cómo estas conviven con la cultura secular del papel y los libros, pero también en cómo intervienen en el debate de las identidades y en su construcción.

Son dos mundos, el de Internet y el de los libros, que están convergiendo cada vez más. Ahora tenés autores que son plagiados y, consecuentemente, tenés a un montón de pequeños autores que son como algoritmos de un autor mayor. Esto en Argentina pasa mucho con César Aira, que es un autor que tiene un proyecto literario evidente. Te puede gustar más o menos, tiene novelas mejores o peores, pero es un escritor sin duda interesante. El problema es que luego hay gente que funciona como algoritmos de Aira, que escribe como si se hubiera bajado el “software Aira” y producen novelas siguiendo ese patrón. Parece como si su interés no fuera el de ser escritores, sino meros algoritmos dentro del programa Aira.

En relación con las identidades, vos funcionás como si fueras un personaje dentro de una novela que es Google. Vos das lo mejor de vos mismo, porque querés ser gustado y que te pongan likes en Facebook y en Instagram… Lo das todo de vos y te convertís en esa narrativa que existe solo para el consumo de otros personajes. Google es como una enorme novela rusa y, como decíamos antes, me parece muy clara la convergencia entre Google y una novela, teniendo en cuenta que Google es esa novela en la que lo entregamos todo, generando así narrativas sobre nuestro futuro. Y es que todo lo que escribimos y hacemos en las redes generan patrones que seguramente vayan a ser aquellos que rijan no solo nuestros comportamientos futuros, sino los comportamientos que se esperan de nosotros. De esta manera, Google no hace otra cosa que generar arcos narrativos en torno a nosotros. Vivimos en un presente que está atado a las expectativas que Google generó a partir de nuestro arco narrativo: Google asume que vamos a tener un determinado comportamiento y nos allana el camino hacia nuestra propia voluntad. Y esto lo que hace un autor con su personaje: le allana el camino hacia su destino.

Pola Oloixarac: “Tenemos que encontrar maneras para pensar el dolor sin desempoderarnos”

Foto vía Literatura Random House.

El personaje de Mona, una escritora peruana que ha sido maltratada, pero que no quiere reconocerse como víctima.

Mona hace de todo para no sentirse una víctima, aunque le ha pasado algo terrible. Creo que las mujeres funcionamos o deberíamos funcionar así: nos sobreponemos y vamos para adelante. Quedarse en el lugar de víctima es desempoderante. Para Mona, el poder abrazar su creatividad y seguir adelante con su vida profesional tiene un costo y este costo es no poder quedarse en el lugar de víctima. Con esto, no quiero desmerecer a las víctimas, al contrario. Lo que digo es que tenemos que encontrar maneras para poder pensar el dolor sin desempoderarnos, sin abrazar el ser víctima como la única salida posible, salida que, por el contrario, sí ha tomado el MeToo y un determinado feminismo norteamericano.

El concepto de víctima es particularmente discutido dentro del feminismo. Basta leer algunas teóricas francesas -pienso en Virginie Despentes- para observar cómo dicho concepto es rechazado, mientras que otro feminismo lo incorpora.

El problema con este concepto aparece cuando se convierte a la víctima en una forma de aristocracia a la que jamás vas a cuestionar. No podemos convertir a la mujer en santa o en víctima, no podemos deshacer el camino realizado y tomar la senda del puritanismo. Fue muy interesante el debate que se planteó entre el MeToo y algunas actrices francesas como Catherine Deneuve, para quien el ser buscada por un hombre era una forma de empoderamiento. Para quienes firmaron en Francia este manifiesto, el deseo del otro era una forma de empoderamiento, rechazando así un mundo en el que los hombres tengan que mirar hacia abajo y la mujer no pueda sentirse deseada. Para ello, es necesario buscar instrumentos o maneras para que el deseo del otro te empodere verdaderamente sin dañarte, es decir, para poder disfrutar del placer del otro siempre que una quiera.

Hay que saber desde dónde se habla: es fácil hacer el discurso de Deneuve cuando no se ha vivido el acoso o no se ha sido objeto de violación.

Esto es verdad. Seguramente muchos hombres quisieron tener sexo con Catherine, solo que ella no se sintió mal por este deseo, porque nadie la forzó ni se sintió forzada. Más allá de que Harvey Weinstein es un cerdo, muchas veces el solo hecho de que alguien te sugiera tener sexo es vivido por parte de algunas mujeres como un abuso. En Francia, el que alguien te sugiera tener sexo es una simple pregunta a la que se puede responder “sí” o “no”; en Norteamérica, la cosa es diferente. Cuando echaron al editor del Paris Review, la novelista Emma Cline se unió al coro que denunciaba a este hombre contando que, en una ocasión, compartieron taxi y él le pidió su número de teléfono, algo que, decía Cline, la hizo sentir mal. ¡Sólo te pidió el teléfono! ¿Te sentiste mal por qué te pidió el teléfono? La violación es un crimen, es un abuso real; no podemos definir como abuso el hecho de que alguien te pida el teléfono. Es una forma de banalizar los abusos reales, de banalizar el dolor de las víctimas verdaderas.

Tu posicionamiento crítico hacia un determinado feminismo, en concreto, hacia determinadas posturas del MeToo explican en parte que Gonzalo Garcés definiera Mona como una novela ambiguamente feminista.

No hay que tener miedo de ser la monstrua entre las monstruas para poder debatir y criticarnos. Además de pelearse con el feminismo, porque le interesa la cuestión de la mutación de los géneros, Gonzalo es editor de libros feministas y editor de Mercedes Funes, autora de Feminista en falta. En el libro, Funes se presenta como una feminista que se siente partícipe del movimiento, pero que, al mismo tiempo, no puede suscribir determinadas posturas puritanas o victimizantes. No hay que perder nunca la ambigüedad para poder observar críticamente todo el terreno. Dejar de ser ambiguo es mirar solo esa parte de césped bien cuidado, pero, si no vemos la maleza, nunca podremos pensar nada de forma crítica.

Buscaste la maleza ya en tu primera novela. ¿Atrevimiento e inconsciencia de quien publica su primer libro o verdadero deseo de abrir un debate cerrado?

Cuando la escribí no tenía ni idea de lo que significaba publicar una novela, yo solo quería terminar de escribir Las teorías salvajes y nada más. Cuando se publicó en Argentina, me querían matar, estaban todos enojados. Fue divertido. Ahora estoy escribiendo una novela que es casi peor que Las Teorías salvajes y no sé qué pasará. Ahora, todo el mundo está mucho más sensible al escándalo, pero, curiosamente, hay menos libros que escandalicen, porque el escándalo ya no está en la literatura. En parte porque hay mucho temor entre los escritores de ser señalados como el mal, algo que le pasó a Gonzalo Garcés después de escribir su artículo crítico con el feminismo. Ahora se escribe con mucho temor de ser tachado, pero yo no tengo este temor, si bien me doy cuenta de que la onda de estar ofendido es enorme, es casi una moda, todos tenemos que estar ofendidos por algo. Cuando se publicó Las teorías salvajes no había esta tendencia: una parte de la izquierda quiso crucificarme, pero ahora esta tendencia a ofenderse que solo estaba en parte de la izquierda se ha masificado. Ahora todo el mundo está horrorizado por cosas, en parte porque hoy el puritanismo se ha vuelto algo cool.

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