Profesor, 'tuitero' y defensor del esfuerzo en tiempos de "charlatanes y vendedores de felicidad"
Foto: Montxo A. G.

Sociedad

Profesor, 'tuitero' y defensor del esfuerzo en tiempos de "charlatanes y vendedores de felicidad"

Alberto Royo nos cuenta, desde las entrañas del sistema educativo, de qué está hecho el futuro de la sociedad

por Carolina Freire Vales

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Alberto Royo es conocido en Twitter como ‘Profesor Atticus’. Es musicólogo y profesor de instituto en Navarra. Su pseudónimo hace referencia al abogado ficticio Atticus Finch, protagonista de Matar a un ruiseñor, para quien los valores eran base y guía a la hora de ejercer su profesión. 

‘Posmodernidad’ es una de las palabras que definen esta década que se va. Para Royo, es el momento que habitamos. Un momento, dice, «en el que se ha relativizado todo en exceso y en el que estamos flaqueando en nuestras convicciones”.

Con la perspectiva que da el tratar cada día con 30 alumnos en clase, Royo critica el sentido que ha ido tomando la sociedad. Nos advierte de lo dañino de lo efímero, lo rápido y lo superficial. En un momento dado, traspasó la barrera de los 280 caracteres y se lanzó a la escritura para plasmar en las páginas de tres libros el rumbo que está tomando la educación y, por causa o como consecuencia, la sociedad. 

En el primero, Contra la nueva educación, ataca frontalmente a la pedagogía actual, centrada en la motivación y el bienestar emocional del alumno. El segundo, La sociedad gaseosa, extiende esa crítica a otros aspectos de la vida moderna. 

Cuaderno de un profesor, publicado este año —como los otros dos, por Plataforma Editorial—, es su diario personal. El día a día en el aula, la base y a la vez la consecuencia de su crítica. La educación vista desde dentro. El prisma que, desde la cotidianidad en el IES Tierra Estella, un instituto público de Navarra, refleja un problema que va mucho más allá. 

En él, Royo cuenta que, ante la clásica pregunta de “¿para qué sirve esto?”, él responde a sus alumnos: “Estudiad y aprended para que no os intenten engañar y para que no se aprovechen de vuestra falta de información”. Charlamos con él para comprender la dimensión de lo que critica, y sus consecuencias en un mundo cada vez más simplificado y, contradictoriamente, difícil de entender. 

¿Consideras que la educación actual da a los alumnos las armas necesarias para desenvolverse en un mundo en perpetuo cambio?

Los profesores pasamos muchas horas con alumnos adolescentes y tenemos la responsabilidad de pensar que vamos a conseguir algo positivo con ellos. Yo lo que echo en falta en la educación actual es que se valore más la importancia del conocimiento. Creo que un alumno bien formado, con conocimientos, va a ser mucho más difícil de manipular que aquel que sabe poco. Por eso defiendo la necesidad de exigirles.

Esta forma de plantear la educación, base de la sociedad, ¿está relacionada con el auge del populismo?

Creo que en la actual educación, sobre todo si atendemos a los “expertos educativos” (que curiosamente no suelen dar clase), existe también esta tendencia populista de primar la estética ante todo, de defender métodos sin estar seguros de que van a resultar eficaces, solo porque son comerciales y porque coinciden con algo que sucede en la sociedad: la búsqueda del atajo, del camino fácil. 

Se dice que los profesores exigentes nos preocupamos poco por los alumnos, pero yo pienso que es exactamente al contrario. Los que exigimos somos los que nos preocupamos porque sabemos perfectamente que aprender puede proporcionarte disfrute, que el reto bonito de aprender algo nuevo es precisamente que nos cuesta un esfuerzo. Si fuese todo muy fácil, tendría mucha menos gracia. 

Mencionas mucho la función social de la cultura. ¿Qué papel juega esta función dentro de una sociedad, en tus palabras, “gaseosa”?

Estamos en un momento en el que se ha relativizado todo en exceso y en el que estamos flaqueando en nuestras convicciones. Pienso que uno de los asideros más firmes es la cultura. La intención de llevar la cultura a los más desfavorecidos puede servir para compensar desigualdades sociales. Creo que la clave de la educación es conseguir que todos los alumnos que pasen por la escuela tengan acceso a la alta cultura, independientemente de su evolución posterior.

¿Crees que influye que nos hayamos vuelto algo utilitarios y cortoplacistas?

Utilitario es un término que se utiliza mucho en la educación, y a mi me parece peligrosísimo el concepto de contenidos útiles o no útiles. La utilidad nunca tiene que ser la premisa. Es como la idea de la empleabilidad, a que todo esté dirigido a conseguir un trabajo bien remunerado, con salarios altos. No se trata solo de eso, también hay que conseguir llegar a una realización personal. 

¿A qué te refieres cuando mencionas que la sociedad tiene una visión irrespetuosa de la educación?

A que es un oficio del que cada vez se habla más, pero yo tengo la sensación de que es cada vez más desconocido. No se conoce lo que ocurre en el aula. La perspectiva de la gente que lo ve desde fuera puede ser buena, pero también es necesario conocer a fondo aquello de lo que se habla. Es muy difícil que alguien que no tiene a 30 adolescentes en clase a diario pueda sacar conclusiones sobre qué es lo que funciona y lo que no funciona. Esta visión desde fuera a veces te refresca, hace que no se te escapen detalles; pero que pontifiquen desde fuera es extraño. 

Te declaras contra la nueva educación, ¿eres un nostálgico del sistema de otros tiempos?

No, no, en absoluto. No me gusta nada a mí la nostalgia. En primer lugar, lo que hoy se llama nueva educación es bastante viejo. Son ideas que proceden de las escuelas comprensivas inglesas. Incluso el aprendizaje por proyectos, que está tan de moda, es antiquísimo también. Lo que se está vendiendo como nuevo, en primer lugar no siempre es bueno, y en segundo busca más la vistosidad que la eficacia. 

Sobre todo se están perdiendo de vista conceptos que son esenciales en el aprendizaje: la disciplina, el esfuerzo, la exigencia. Son palabras que enseguida chocan. Se habla también mucho de la motivación, pero es el conocimiento el que tira de la motivación, no al revés. Además, no es tan poderosa como la voluntad. No podemos pretender que todos los alumnos, adolescentes, tengan muchísimas ganas de trabajar. Hay que ir tirando de ellos poco a poco. Y la motivación la irán encontrando por el camino. 

Educación postmoderna, sociedad postmoderna. ¿Es el sistema educativo el que ha contribuido a dibujar esta sociedad o es más bien un producto de ella?

Lo que está claro es que mejorando la escuela, la sociedad mejorará. Al mismo tiempo, la sociedad influye en la escuela. 

Hay algo muy importante en la enseñanza: forjar el carácter. Para que poco a poco vayan afrontando nuevos retos. Para que tengan tolerancia a la frustración. Un alumno al que no se le exige puede convertirse en un ciudadano narcisista, puede convertirse en un tirano o puede ser una persona muy débil y fácilmente manipulable. 

Está a la orden del día la búsqueda del atajo o el progreso social poco meritocrático y es inevitable que esto influya en un adolescente. Por otro lado, si la escuela asume como propios postulados de charlatanes o vendedores de felicidad, estará poniendo en riesgo el futuro de unos chicos que crecerán pensando que la felicidad es algo superficial y no entenderán que se puede llegar a encontrar deleite en el aprendizaje, pero que a esto se suele llegar conforme uno va madurando.

¿Cuál es el mayor lastre del sistema educativo español?

Hay una idea muy importante, que serviría no solo para introducir modificaciones en el sistema actual, sino también para conseguir cierto apoyo externo: combatir la idea de que la exigencia no puede ser afectuosa, que el hecho de exigir supone que los alumnos te importan poco. Yo soy exigente, y eso no solo no les perjudica sino que lo necesitan. También trato de ser ejemplar, no pido algo que hoy no haga. Esta idea de la exigencia yo creo que es la clave. No he encontrado una manera de aprender que no pase por esforzarse o por intentar superarse.