Purificació Mascarell: «He querido mostrar cuán débiles y expuestas estamos las personas que nos dedicamos a flotar entre papeles e ideas»
Foto: Foto cedida por Purificació Mascarell

Cultura

Purificació Mascarell: «He querido mostrar cuán débiles y expuestas estamos las personas que nos dedicamos a flotar entre papeles e ideas»

'Cartilla de redención' (Editorial Altamarea, 2021) es la primera incursión en la ficción de la escritora Purificació Mascarell

por Anna María Iglesia

Es indudable que el cuento está viviendo una edad de oro, sobre todo gracias a toda una serie de escritoras que han elevado el género breve en lengua española a lo más alto.

En este contexto, no es fácil estrenarse con éxito con un libro de relatos, algo que, sin embargo, sí ha conseguido la profesora de Teoría de la literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Valencia, Purificació Mascarell. Cartilla de redención (ed. Altamarea) es la primera incursión en la ficción de Mascarell, que nos propone una serie de relatos en torno a la culpa, la redención y el intento de expiación. Asimismo, Mascarell acaba de editar y prologar Celia novelista, obra de la escritora Elena Fortún, cuya obra está recuperando la editorial Renacimiento.

«No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento». Con esta cita de Horacio Quiroga comienza el relato El patio. ¿Al escribir no hay afuera que importe?

Ese afuera que mencionas es el nutriente del texto y, en mi caso, al escribir una literatura fiel a la idea clásica de verosimilitud, ese afuera es también el referente inevitable. Pero recordemos a Aristóteles: construir una narración verosímil no quiere decir copiar la realidad tal cual es, sino imitar su forma de funcionamiento a partir de una lógica causal. Y esa lógica es la que mueve la acción, la que atrapa al lector. Cuando escribo un relato me interesa que las piezas del puzle estén bien encajadas, que el engranaje funcione como en una máquina de precisión. Esa es mi preocupación principal: cómo contar una historia de la mejor manera posible. Creo que la ficción tiene que rendir cuentas, en primera instancia, a sí misma. Sigo a Roman Jakobson en su teoría de la función estética del lenguaje. Y me interesa que cada uno de mis relatos sea un ente autónomo, con sentido propio, una especie de mundo en miniatura al que nos asomamos durante unos minutos. No persigo incidir en el mundo exterior al relato (mejor sería hacerlo escribiendo opinión o ensayo o, mejor todavía, colaborando en una ONG; yo intento hacerlo cada día desde mi profesión de docente). Si luego el texto posibilita reflexiones sobre cuestiones sociales, bien, pero eso es algo que dejo por completo en las manos (en las mentes) de los lectores. 

Hablando de Quiroga, en su famoso relato La gallina degollada encontramos algunos de los temas que recorren también tus relatos: la culpa o la búsqueda de redención. ¿Qué influencia ha tenido este escritor en tu concepción del género del relato?

Quiroga es un maestro. Tuve una profesora de literatura latinoamericana maravillosa en la carrera, Sonia Mattalía, que me hizo leer al uruguayo y me habló por primera vez del «efecto» en el relato literario. Esa palabra, «efecto», aparecía mil veces en mis apuntes y solo ahora creo que he entendido bien su significado. La praxis literaria debería ser obligatoria para estudiar la teoría. Pienso en cuentos como A la deriva, Los destiladores de naranja o El almohadón de plumas, que tanto utilizo ahora para mis clases, y me parecen redondos, perfectos. Su Decálogo del perfecto cuentista, publicado en 1927, sigue siendo un magnífico tutorial para escribir buenos relatos. Hay mandamientos que considero sagrados, como: «No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo». O: «No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas». El cuento como una bala, como una flecha que se dispara y va a dar justo en el centro de la diana. Así se trabaja el efecto sobre el lector. Así he intentado yo plantear mis creaciones, con la maestría de Quiroga, pero también de Conan Doyle, de Poe, de Chéjov, de Capote o de Carver, como referencia e inspiración.

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Foto cedida por Purificació Mascarell.

«La desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores», leemos en La gallina degollada. ¿No es acaso patrimonio de todos culpar a los otros? El relato que abre el libro, La córnea va sobre la búsqueda de culpable y, por tanto, sobre cómo quitarse la propia culpa de encima.

A nadie le gusta cargar con una culpa: es como una mancha invisible, preñada de podredumbre, que te devora por dentro. Y la solución que tenemos siempre más a mano es trasladarle esa culpa lacerante a otra persona y, así, descansar. En el primer relato de Cartilla de redención, pero también en el resto de los relatos, he querido jugar con el lector para que, en todo momento y, especialmente, tras el desenlace, se pregunte quién es culpable y quién es inocente. Que se cuestione si es cierto que estas categorías son estancas y pueden administrarse sin fisuras, como hace el aparato jurídico del Estado —y no hay nada más arbitrario y deshumanizado que la Justicia y sus etiquetas, como bien retrató Kafka—. O si, por el contrario, son categorías relativas, dependen del punto de vista y de la subjetividad de cada cual, y todos albergamos en nuestro interior la doble condición de culpables y de inocentes.  

En tus relatos exploras la culpa como sentimiento no siempre motivado por un hecho concreto. ¿No es necesario «haber hecho algo» para sentirse culpable? 

¿Quién no ha experimentado alguna vez sensaciones de culpabilidad sin ser directamente culpable? Esto ocurre, por ejemplo, cuando conocemos personas en situaciones de vulnerabilidad mientras nosotros, aparentemente, gozamos de seguridad y bienestar. Nos «sabe mal» que otros sufran mientras nosotros vivimos felices y no movemos un dedo para cambiar la situación del desamparado. Este tipo de culpabilidad, que podríamos denominar «vicaria», es la que exploro en el relato El patio, donde la protagonista acaba por preguntarse hasta qué punto ella debe asumir las consecuencias del destino infausto de otra persona.  

¿Se podría hablar de una culpa íntima y de una culpa pública? 

Desde luego, y la peor, sin duda, es la culpa íntima. Estamos cansados de ver casos de culpa pública en los medios y de supuesta redención, el famoso eslogan de «lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir». Pero la vivencia íntima de la culpa es particular de cada persona y un proceso mucho más complejo que un juicio y una condena penal. Del mismo modo, puedes recibir el perdón social, pero, ¿qué hay del auto-perdón? En ocasiones nunca se alcanza y puede convertir la vida en un infierno. De hecho, me interesa explorar la culpa en el terreno de las relaciones interpersonales, en un marco doméstico o cotidiano, porque ahí la culpa íntima adquiere contornos mucho más imprecisos, más conflictivos y, por tanto, literarios. 

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Foto cedida por Purificació Mascarell.

El libro incorpora una verdadera cartilla de redención, un documento que empleó el régimen franquista para llevar la cuenta del proceso de redención de los condenados a través de trabajos forzosos. Esto me lleva a preguntarte sobre la culpa como ejercicio de poder, otro de los temas del libro.

Sí, el tema del poder está presente en todo el libro como lo está en mi labor docente e investigadora. Y con el término «poder» no me refiero al político, económico o mediático. Aludo a las dinámicas de poder que impregnan nuestras vidas en su dimensión más profunda —aquello de «lo personal es político», que decía Kate Millett— y que nos condicionan y nos coartan. Al mismo tiempo, todos ejercemos poder en algún momento: como hijos o como padres, como amigos, como pareja, en las redes o en el ámbito laboral (como muestro en el relato El alumno). Identificar esas dinámicas de poder perniciosas y subvertirlas para, finalmente, deconstruirlas, me parece una ejercicio necesario. También porque lo que más detesto en el mundo es la violencia, y ya sabemos que la violencia suele ser la tarjeta de visita del poder. 

Los relatos te permiten también indagar hasta qué punto la mujer sigue siendo considerada el origen de la culpa y, sobre todo, de qué manera esta culpa tiene su encarnación en el cuerpo femenino. 

Efectivamente, las mujeres seguimos arrastrando esa supuesta «culpa original» sobre nuestros hombros, herencia de un cristianismo aliado con la misoginia estructural del patriarcado. Todavía hoy, si un hombre asesina a otro hombre, se buscan razones o causas en la personalidad de la novia del homicida o en el tipo de relación amorosa que mantenían. Todavía la mujer es vista como el acicate del mal. Hace pocos años, la Universidad de Kansas mostró en una exposición la ropa que llevaban dieciocho mujeres en el momento de ser violadas. Quién no ha escuchado alguna vez la salvajada esa de «claro, como van vestidas así, les pasa lo que les pasa…». Bueno, pues la exposición desmontaba ese mito aberrante, el mito de que la mujer violada, en el fondo, «se lo ha buscado solita». Los atuendos eran de todo tipo: desde un grueso chándal hasta el uniforme de trabajo pasando por el vestido infantil que llevaba una cría. Pero la culpa sigue asociada al cuerpo femenino y a su proyección. Las dinámicas de dominio sexual hombre/mujer, con sus claroscuros y contradicciones, están trazadas en varios relatos de Cartilla. Creo que pueden rastrearse bien en Solo es agua, en La visita o en El alumno.

Aunque todos los relatos están salpicados de referencias artísticas y literarias, el mensaje que desprenden es que la cultura no es una tabla de salvación, algo que muchas veces se dice.

Cartilla de redención está salpicada por mis filias y mis obsesiones literarias y artísticas. Tiene mucho de homenaje a las obras de arte que me han marcado. Por ejemplo, Una historia inglesa nace de un juego metaliterario con obras como El perro de los Baskerville, Jane Eyre, Otra vuelta de tuerca o Agnes Grey. También aparecen muchas referencias a artistas que me fascinan, como Hannah Höch o George Grosz, o al arte de la modernidad, desde William Morris a la Bauhaus. Mis protagonistas son mujeres cultas, con formación y un alto nivel intelectual, en ese sentido sí que pertenecen a una élite y sí que, en cierto modo, viven alejadas de ambientes toscos o vulgares, a los que en el fondo desprecian y temen. Sin embargo, una fuerza externa irrumpe en sus vidas desestabilizándolas, rompiendo el precario equilibrio sobre el que pivotaban y en el que se creían protegidas y a salvo del dolor. De poco les va a servir entonces toda su cultura. He querido mostrar cuán débiles y expuestas estamos, en realidad, las personas que nos dedicamos a flotar entre papeles e ideas. 

Purificación Mascarell: «He querido mostrar cuán débiles y expuestas estamos las personas que nos dedicamos a flotar entre papeles e ideas»

Imagen cortesía de Purificación Mascarell.

Hablando de tus referentes, he empezado preguntándote por Quiroga, pero ahora toca hablar de Elena Fortún, pues has editado Celia novelista (Renacimiento, 2021). Hablemos de Celia, ¿algo más que un personaje infantil?

Todos los personajes que trascienden los libros son algo más que personajes adscritos a un género concreto. Ocurre con Sherlock Holmes, ¿algo más que un personaje del género detectivesco? Por supuesto que sí. Un símbolo, un icono, un fenómeno de masas, un influencer con millones de seguidores. A nuestra escala nacional, Celia ha trascendido a la autora y sus libros, y tiene también una pléyade de admiradores que van desde Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite o Francisco Nieva hasta los miles de niños y niñas que han leído sus historias y han crecido con ella, desde los años treinta del siglo pasado hasta el presente. La prueba de que Celia es algo más que un personaje infantil es su reedición en Renacimiento, una editorial para adultos, y su excelente recepción actual entre la crítica y el público. Pero Celia nació de la pluma de Elena Fortún como una amiga para los más pequeños, y así seguirá siéndolo. Es ya un clásico, como los que a ella le gustaba tanto leer.

Quizás me equivoque, pero ¿podríamos decir que, a través de Celia, Fortún critica la educación que se daba a las niñas y el rol que se esperaba que jugaran una vez mayores? 

Fortún era una escritora inteligentísima, con un dominio de la expresividad del castellano, una fina ironía y un don para cautivar narrando historias como muy pocas autoras españolas. Las aventuras de Celia son un manual de cómo «contar bien» para que la atención del lector nunca decaiga, con un lenguaje claro y preciso, un ritmo trepidante y unos diálogos que contienen toda la frescura de la oralidad. Fortún es, ante todo, una grandísima narradora. ¿Cuánto había de crítica social en sus historias infantiles? Esto ya cae del lado de la exégesis. Y de ese lado hemos interpretado a Celia como un símbolo: el de la mujer emancipada, libre, culta, rebelde ante las injusticias, el tipo de mujer «nueva» o «moderna» que posibilita la Segunda República y que se ve obligada a volver al redil doméstico tras el fin de la Guerra Civil. La biografía de ficción de Celia tiene claros paralelismos con la de su autora y con la de tantas otras mujeres de la época. Si Celia estaba destinada a ser una profesional de éxito, independiente y dedicada a la creación literaria, a medida que avanza la saga (y la propia historia de España se va tornando gris), Celia tiene que exiliarse, trabajar de institutriz, regresar a un Madrid franquista y casarse con un hombre al que no queda claro si ama. No sabemos si de forma deliberada o no, pero Elena plasmó así la historia de los proyectos frustrados de muchas mujeres de los años treinta. 

Y, por lo que se refiere a Elena Fortún, ¿qué ha pasado para que solo ahora se vuelva a reivindicar?

Se ha reivindicado en otros momentos del siglo XX: nunca dejó de reeditarse y de leerse durante el franquismo. En los años ochenta, su biógrafa, Marisol Dorao, hizo una labor encomiable por recuperar la memoria de la autora; y en los noventa tuvimos a Celia en la televisión pública con la serie de José Luis Borau, otro gran admirador. Ahora su recuperación se enmarca en el rescate general (y tan necesario) de las autoras de la Edad de Plata. La construcción de un nuevo canon de la literatura española de la primera parte del siglo XX, abierto a las miradas periféricas, femeninas y alternativas, enlaza con el momento de esplendor del feminismo actual. Fortún y sus compañeras de viaje fueron unas pioneras que abrieron la senda por la que ahora caminamos. Además de grandísimas artistas, son nuestras «madres» intelectuales. ¿Cómo no vamos a reivindicarlas? 

Anna María Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.