Qué diferente pudo ser la vida de Woody Allen
Foto: Carlo Alegri

Cultura

Qué diferente pudo ser la vida de Woody Allen

Alianza trae a España las perseguidas y finalmente publicadas memorias de uno de los últimos gigantes del cine

por Jorge Raya Pons

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Woody Allen no nació por providencia divina y lo hizo a su pesar, a decir de los llantos. Ningún cronista estuvo allí para preguntárselo y los testigos ya están en los huesos. En su identificación y en Wikipedia consta que vino al mundo el 1 de diciembre de 1935 y que fue a parar a Brooklyn, aunque él sostiene que en realidad fue el 30 de noviembre, curiosamente el mismo día —solo que ocho años antes— que su adorada hermana. Su nacimiento está sujeto a muchas circunstancias, aunque dos destacan sobre el resto. A saber: Martin Konigsberg y Netty Cherry podrían no haberse conocido nunca, no haberse enamorado, no haber compartido cama. Pero resulta que sí lo hicieron, es un sí en los tres supuestos, y se dio de esta guisa porque Marty tuvo un día de suerte. “Una noche”, cuenta Woody Allen, “durante la Primera Guerra Mundial, su embarcación fue alcanzada por un proyectil en las heladas aguas de Europa a cierta distancia de la costa. El barco se hundió. Todos se ahogaron, excepto tres tipos que nadaron varios kilómetros y llegaron a la orilla. Él fue uno de esos tres tipos que consiguieron derrotar al océano Atlántico”.

Lo relata en estas memorias que —al fin— salen a la luz con el nombre de A propósito de nada, que si bien no cayeron en las heladas aguas del océano y tuvieron que nadar kilómetros para llegar a la orilla, es de justicia decir que no atravesaron precisamente un camino de rosas hasta las librerías. Algunas editoriales han actuado con valentía para que así sea, como Alianza en España. ¿Por qué? Bueno, no es necesario centrarse más de lo debido en ello, cualquier interesado en la biografía de Woody Allen sabe que a principios de los 90 se le acusó de algo muy concreto y que esa causa, que no tenía ningún fundamento y que fue desestimada por la justicia sin necesidad siquiera de llegar a juicio, le ha perseguido de por vida. Igual que cualquier interesado sabe que Woody Allen pudo vivir en relativa calma y alejado del escarnio público durante unos años, pero que los cañones volvieron a la carga con el entusiasmo del #MeToo, que no entiende de tonalidades cromáticas y le metió en el mismo saco que a Harvey Weinstein y Roman Polanski. Este libro de memorias invierte demasiadas páginas y tinta a cuestiones que quien quiera entender ha tenido tiempo de sobra para hacerlo; el evento ocupa la mitad del libro, es más espacio del que ocupan sus películas.

Los eventos relevantes de la asombrosa vida de Woody Allen

Woody Allen, de haber tenido mejor oído, pudo ser músico de jazz. | Foto: AP

Pero es cautivador y entrañable comprobar cómo Woody Allen regresa en sus memorias a esa infancia que imaginábamos por Días de radio y al niño que se niega a hacer los deberes porque un día moriremos —Annie Hall—. Woody escribe sobre sus padres con la ternura con la que escribe a sus personajes; que compare el aspecto de su madre con el de Groucho Marx es lo de menos. Marty y Netty murieron muy mayores —a los 95 y a los 100, una genética privilegiada— y Woody se apresura a desvelarnos que ellos no tienen nada que ver con su misantropía, que no rebusquemos en su familia los orígenes de los miedos y ansiedades que le asfixian desde joven. Sus padres le procuraron todas las atenciones y todo el amor que se puede procurar en una familia judía de Brooklyn, aunque bien sabe Dios que no era fácil querer a ese renacuajo torpe y huraño.

Parece ser que hasta los cinco era un crío amable, monísimo y encantador, pero algo se torció y comenzaron a salirle pezuñas. Woody Allen tiene sus propias hipótesis: “Giran en torno al hecho de que tomé conciencia de la mortalidad y pensé: ah, no, yo no me apunté para esto. Nunca acepté ser finito. Si no os importa, quiero que me devolváis el dinero”. Salía a jugar a la pelota con los amigos, le seguía gustando el béisbol y se le daba de miedo, pero cada vez más fue disfrutando de los momentos de soledad, reservando tiempo para sus obsesiones —trucos de magia, jazz, historias de gángsters—, desarrollando un grado nada insignificante de aversión hacia el prójimo: “Siempre me inclinaba por actividades que me permitían disfrutar de la soledad, como practicar la prestidigitación, tocar el clarinete o escribir, puesto que así evitaba tener que lidiar con otros humanos, que, aunque no había ninguna razón que lo explicara, no me caían bien o no me inspiraban confianza”. Marty y Netty, por cierto, estuvieron siempre juntos y se quisieron a su manera: “Una manera que probablemente solo compartan algunas tribus de cazadores de cabezas de Borneo”.

Pero vayamos avanzando. Porque entre tanto, y parece que este artículo no vaya a salir de esos años en Brooklyn, descubrió el cine. Es razonable pensar que Woody Allen —nombre artístico y definitivo de Allan Konigsberg— no habría existido de no ser por su prima Rita, cinco años mayor, que lo llevaba siempre con su grupo de amigos para ver películas de las que rápidamente se enamoró. Encontró su lugar en el mundo; ante la amargura de la existencia, otra vida. Woody Allen es Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo: “No quiero realidad, quiero magia”. Eso explica que el personaje más afín de cuantos ha creado sea Cecilia, la torpe, infeliz y apasionada protagonista de La rosa púrpura de El Cairo. A Woody juntarse con chicos mayores le dio años de ventaja y con 17, siendo un mal alumno que detestaba el colegio y a sus maestras carceleras, multiplicaba por tres el salario de sus padres con las colaboraciones humorísticas en un periódico. Con 21 pasó a dirigir el equipo de guionistas de un programa de televisión y algunos años después le convencieron para que diera el paso a los monólogos; se convirtió en un humorista de culto, asfaltó la carretera que le condujo a los rodajes. Su primera experiencia —¿Qué tal, Pussycat?— fue un fiasco absoluto, pero le proporcionó una convicción y un deseo: jamás volvería a participar de nuevo en una película, a menos que tuviera el control absoluto del proceso creativo, y se mudaría a París tan pronto como fuera posible. Cumplió con el 50% del trato.

Los eventos más relevantes de la vida de Woody Allen

Woody Allen no tiene dudas entre ‘Annie Hall’ y ‘Manhattan’: ‘Wonder Wheel’.

Esta aventura ocupa las mejores páginas del libro, o tal vez las segundas mejores. Sí, las segundas mejores. Lo mejor del libro está en sus historias con las mujeres de su vida: la infeliz y brillante Harlene, la bella y atormentada Louise, la increíble e irrepetible Diane —“mi estrella del norte”— y el amor por el que nadaría kilómetros en las heladas aguas del Atlántico: Soon-Yi. Qué dedicatoria: “Para Soon-Yi, la mejor. La tenía comiendo de la mano y de pronto noté que me faltaba el brazo”. ¿Habría cambiado ese amor por una existencia apacible? Ya veis que no: “Trabajando en París. ¿Por qué no me quedé cuando se terminó de rodar Pussycat? Qué diferente habría sido mi vida. No podría haber sido un monologuista cómico. Jamás habría conocido a Soon-Yi. Tampoco habría tenido que pagar un precio tan alto por amarla. Todo ha valido la pena. Guapa, sexi, inteligente, divertida, una esposa perfecta. Ojalá no se olvide de hacerme incinerar”.

¿Y qué piensa de sus películas? Annie Hall, una peli del montón. Manhattan, una peli del montón malo. Le gustan Balas sobre Broadway, La rosa púrpura de El Cairo y Wonder Wheel. No reserva elogios hacia el cómico Mort Sahl: “Basta decir que me arruinó la vida de la misma manera que Charlie Parker se la arruinó a todos los saxofonistas que surgieron después de él”. Tampoco hacia Tennesse Williams, del que adora su Tranvía por encima de todas las cosas. No reserva reproches hacia sí mismo y hacia una obra que considera inexplicablemente sobrevalorada. Recuerda con amor a algunos de sus colaboradores, como el genio Gordon Willis (el príncipe de las Tinieblas). Recuerda que se interesó por la literatura para impresionar a las chicas y que luego aprendió a colocar esas discretas referencias aquí y allá en sus películas. Ha escrito todos sus chistes, cuentos y guiones en una misma máquina de escribir a la que no sabe cambiar la cinta. Sostiene que no es un intelectual, que nos tiene a todos engañados con esas gafas de pasta y ese aspecto de ratoncillo de biblioteca; a él lo que le gustaba de niño eran los deportes y las historias de la mafia, una profesión para la que habría sido un negado. Antes se habría hecho millonario vendiendo galletitas saladas. No le interesa la opinión de los otros, tal vez la de Diane Keaton y siempre que él se la pida, porque confía en su propio criterio. Dice que dejó de leer reseñas después de La última noche de Boris Grushenko: “La obsesión con uno mismo, esa traicionera pérdida de tiempo”. Nunca ha sufrido a ese monstruo bífido y de tres cabezas llamado Bloqueo Creativo que atormenta a su Harry Block en Desmontando a Harry. Ha trabajado cada día de su vida. Tanto la tarde que mataron a Kennedy como la mañana que le informaron de que Annie Hall se llevó cuatro Oscars reaccionó de la misma manera: pensó durante un minuto en ello, luego siguió escribiendo.

Así que, si os preguntáis qué le preocupa a sus 84 años, sabréis que no es su legado: “Ya casi he pasado la mitad de mi vida. A mi edad, estoy jugando con dinero de la banca. No creo en un más allá y realmente no veo qué importancia puede tener que la gente me recuerde como un cineasta o como un pedófilo o que no me recuerde en absoluto. Lo único que pido es que esparzan mis cenizas cerca de una farmacia”. Woody Allen no entiende de dicotomías: entre vivir en nuestros corazones y vivir en su casa, prefiere el sillón más cercano a la chimenea.

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Soon-Yi y Woody Allen, con sus hijas en Venecia (2003). | Foto: AP

Jorge Raya Pons

Castellón de la Plana, 1992. Vive en Madrid y es responsable de Cultura en The Objective. Anteriormente trabajó en El Mundo y Expansión. Un día aspiró a ser futbolista profesional. No cayó esa breva.