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Las mentiras de la industria y el marketing para dirigir la alimentación infantil, al descubierto

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Los dietistas-nutricionistas Aitor Sánchez y Lucía Martínez han escrito ¿Qué le doy de comer? (Paidós), una guía para que los más pequeños coman de forma saludable y sus padres aprendan a elegir mejor qué alimentos les dan, pero también una aproximación a cuestiones cotidianas como la presencia de móviles, los terroríficos menús infantiles de los restaurantes, las chuches de los abuelos, la celiaquía o el vegetarianismo.

 

Todos los bebés del mundo crecen con leche materna y todos los bebés del mundo comen comida. Esta afirmación puede parecer una obviedad, pero cuando hablamos de alimentación infantil el ruido publicitario y el miedo a no ofrecer lo mejor a nuestros hijos pueden provocar la tormenta perfecta de mitos y desinformación. Para luchar contra las mentiras de la industria, las recomendaciones sanitarias obsoletas y las creencias populares, los dietistas-nutricionistas Aitor Sánchez y Lucía Martínez han escrito ¿Qué le doy de comer? (Paidós), una guía cuyo principal objetivo es que los más pequeños coman de forma saludable en las diferentes etapas de su vida y sus padres aprendan a elegir mejor qué alimentos seleccionan para ellos. Pero también una aproximación a cuestiones cotidianas como la presencia de móviles en la mesa, los terroríficos menús infantiles de los restaurantes o las chuches de los abuelos. Y por supuesto, multitud de propuestas para desayunos, meriendas o cenas.

“Está claro que lo que tienen que comer los niños es comida saludable” afirma Sánchez, autor del blog y los libros Mi dieta cojea. “El problema es cómo lo ejecutan muchas veces las familias o los problemas que afrontan cuando tienen que hacer alguna adaptación”, tema que abordan en el tercer capítulo, reservado a niños con necesidades específicas como diabetes o celiaquía. “Porque no es tan complejo lo que finalmente hay que darles, sino que lo complejo es integrarlo en nuestro modo de vida y nuestro modelo social”.

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Aitor Sánchez, co-autor de ¡¿Qué le doy de comer? | Foto: Carola Melguizo | The Objective.

La primera lección, entonces: no existe la comida para niños diferenciada de la comida para adultos. Y cualquier mensaje que indique lo contrario, logrando de paso hacerte sentir mal, probablemente trate de venderte algo. “El miedo es uno de los recursos más utilizados por la industria alimentaria. Si en un anuncio parece que un niño puede resfriarse o no desarrollarse lo suficiente por no comprar ese producto, es comprensible que las madres y padres que lo vean digan, a ver si voy a ser el tacaño que no va a comprar lo mejor a su hijo”, cuenta Sánchez en referencia, por ejemplo, a esas leches que prometen más crecimiento, más desarrollo cognitivo o mejor salud general por unos (muchos) céntimos más. “Por otro lado, te encuentras papilla para seis, ocho o 10 meses, mi primer yogur, mi primera galleta, mi primer potito, potito fácil digestión, potito para la noche, potito para el día… Cuando te hablan con tanta concreción las familias que acaban de lanzarse al mundo de la alimentación infantil, que están estresadas y tienen tantas incertidumbres, compran esos productos para rebajar todas esas dudas y pensar que lo están haciendo bien. Porque la alcachofa o la berenjena no ponen para cuántos meses son, ni siquiera sé si a los niños le puedo dar un puerro”, añade.

El problema es que los alimentos que son saludables para todo el mundo no publicitan que están especialmente diseñados para la familia. No prometen ocho vitaminas y calcio. Por lo que pueden hacernos dudar. “Podríamos llamar a unos garbanzos energía y crecimiento, pero encontramos ese claim en una leche que, además, está formulada de una manera que no es nada interesante”, continúa Sánchez. “También hay mitos arraigados como que el desayuno es súper importante para los niños, que por la mañana necesitan azúcar para su rendimiento intelectual, lácteos o carne para el crecimiento y que leche de continuación, papillas y potitos son el ABC en la alimentación de los bebés”, señala. “Al final, el mito que subyace a todo esto es que los niños tienen que tomar alimentos específicos para niños. Y si lo analizas, el 90% de los alimentos infantiles son malsanos”, sentencia Sánchez.

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Portada de ‘¿Qué le doy de comer?’, Ediciones Paidós | Foto: Carola Melguizo | The Objective.

Publicidad y marketing

Asumir que la industria y el marketing dirigen la alimentación infantil es el siguiente paso para reconocer estos ardides y armarnos contra ellos. “Que estamos vendidos a la publicidad está claro, en el tema de alimentación y en cualquier otro. Lo que es necesario es criterio, información verídica y educación a la población para que sea capaz de distinguir qué mensaje es de marketing y lo único que persigue es aumentar las ventas y qué mensaje es de salud y adecuado. Incentivar el espíritu crítico creo que es básico y un adulto medio debería saber distinguir un mensaje publicitario, pero un niño no”, señala Martínez, autora del blog Dime qué comes y los libros Vegetarianos con ciencia y Vegetarianos concienciados.

El problema de la publicidad es, en opinión de ambos nutricionistas, la falta de regulación. La responsabilidad recae, de este modo, en la propia industria, el llamado autocontrol. Pero, si una empresa quiere vender más, en este caso alimentos infantiles, ¿limitará sus mensajes promocionales? La evidencia científica señala que no. “Existe un control publicitario fuerte en otros países como Chile o Suecia, donde, primero, no se ha dado manga ancha para que los alimentos pueden decir lo que quieran de sí mismos, y segundo, se protege especialmente a una población más vulnerable como la infanto-juvenil”, señala Sánchez. “En España se toma la perspectiva de que todo el mundo tenga información y libremente elija, pero la elección no es libre si lo que estamos recibiendo son mentiras. En ese sentido, ningún gobierno se ha atrevido a controlar la legislación de publicidad infantil y materia alimentaria”, añade.

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“Las medidas políticas están influenciadas por los intereses económicos de la industria alimentaria, que es muy poderosa”, afirma Lucía Martínez. | Foto: Carola Melguizo | The Objective.

De este modo, la responsabilidad se traslada a los individuos. Se alerta de las terroríficas cifras de sobrepeso y obesidad infantil –el 35% de los niños y adolescentes en España– pero se responde únicamente con campañas de sensibilización. Entretanto, los niños ven una media de 25 anuncios de comida al día, la mayoría de productos tremendamente calóricos, bajos en nutrientes, con alto contenido en azúcar, grasa y sal y, para rematar, promocionados por estrellas y personajes a los que admiran o divertidos monigotes. “La administración claro que está preocupada porque también paga las consecuencias. El problema es que combatirlo los pone en un papel todavía más complicado porque tendrían que enfrentarse a la industria. Ni siquiera en el caso de los expertos podemos descansar”, señala Sánchez mientras recuerda cómo la Asociación de Pediatría avaló el consumo de galletas Dinosaurus, cuyo contenido en azúcar alcanza el 21%. Y Martínez continúa enumerando casos: “Las medidas políticas están influenciadas por los intereses económicos de la industria alimentaria, que es muy poderosa. Detrás de la pirámide de la alimentación está la industria alimentaria. Detrás de campañas gubernamentales como Lácteos insustituibles está la Federación Nacional de Industrias lácteas. La Comunidad de Madrid está haciendo campañas en colegios públicos para fomentar el consumo de carne roja detrás de las cuales está Provacuno. En todos estos temas hay alguien poniendo la mano y están cayendo euros”.

¿Qué podemos hacer?

Empezando por la acción individual, Martínez recomienda: “Los padres deberían desconfiar de cualquier producto que se autopromocione. No hay manzanas diciendo, cómprame a mí que tengo más fibra que la naranja, porque van sin envase. En general, no compres los productos que llevan un envase en el que se hacen autobombo. Si no están seguros, el alimento fresco y la materia prima lo menos procesada posible siempre es una buena elección”. A nivel institucional, “Lo primero es sacar a la industria alimentaria de la mesa de decisiones. El consejo general de dietistas nutricionistas no participa en la elaboración de la pirámide de alimentación. Esto ya nos tendría que tomar la atención”, continúa diciendo la autora. Y en la misma línea Sánchez recomienda contratar a profesionales independientes. “Tenemos la buena práctica de la Generalitat de Catalunya, donde las dietistas-nutricionistas, que son funcionarias, están haciendo unos materiales fantásticos”, señala.

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| Foto: Carola Melguizo | The Objective.

Para terminar, merece una mención aparte la persecución que sufre cualquier dieta fuera de lo común, empezando por las vegetarianas y las veganas. “Esta preocupación tiene dos frentes. Por un lado, a nivel social o poblacional puede haber cierta desinformación, la gente puede pensar, cómo va a crecer un niño sin carne y pescado, qué pasa con las proteínas, y eso puede generar un temor o nerviosismo frente a algo que no es habitual en nuestro entorno”, explica Martínez. “Por otro, la industria de la carne está preocupada: tienen miedo a perder cuota de mercado y hacen campañas de promoción diciendo barbaridades como que los niños necesitan ocho raciones de carne a la semana. Otras empresas más listas están sacando su línea vegetal”, añade la nutricionista.

“Con las dietas vegetarianas o veganas hay un error de base y es que mucha gente dice, un niño no puede estar solo a base de verduras. Debería comer la misma cantidad de ensalada un niño vegetariano que un niño con dieta convencional porque las diferencias dietéticas están en la otra fracción, en que un niño come carne o el pescado y el otro, garbanzos”, señala Sánchez. “Hay 700 millones de vegetarianos en La India o Sri Lanka. Si allí se puede y tenemos millones de vegetarianos en todo el mundo, digo yo que no será tan complicado llevar una dieta vegetariana en Madrid”, remata.

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