¿Qué nos cuentan los refranes sobre las mujeres?
Foto: Sandy Miller| Unsplash

Cultura

¿Qué nos cuentan los refranes sobre las mujeres?

La misoginia del refranero español no es exclusiva de nuestra lengua, como demuestran estudios en otros idiomas. El lenguaje en sí no es sexista, pero refleja y reitera patrones culturales de desigualdad

por Patricia Álvarez Sánchez

Las lenguas pueden compararse con un ser vivo porque se originan en una determinada cultura y pueden llegar a desaparecer. Sin embargo, no pueden ser sexistas en la medida en la que no son seres conscientes provistos de pensamiento.

Aun así, en las lenguas se reflejan muchos aspectos de los mundos de los que surgen y el pensamiento de sus hablantes. Además, estar inmerso en una lengua concreta implica que tengamos tendencia a entender el mundo de una cierta manera.

Al igual que las imágenes que consumimos a diario, las lenguas son construcciones ideológicas de nuestros mundos. Su análisis demuestra, entre otras cosas, que las sociedades en las que vivimos están repletas de estereotipos que encasillan a los hombres y a las mujeres en ciertos roles. Al examinarlas podemos entender que estas crean, reiteran y ratifican desigualdades.

La misoginia en los refranes

Los refranes, proverbios y dichos populares resultan especialmente interesantes de analizar porque existen desde tiempos remotos, aparecen en todas las lenguas y en una gran variedad de textos. Asimismo, son formas de sabiduría popular y gracias a ellos podemos analizar las costumbres sociales de una comunidad lingüística.

En español existen cientos de refranes donde se descalifica a las mujeres de diferente manera. De hecho, nos advierte Isabel Echevarría que «la misoginia del refranero es sin duda uno de sus rasgos temáticos sobresalientes». Entre ellos se encuentran: «El llanto de una mujer no es de creer» y «Mujer al volante peligro constante»; también otros en los que se nos cosifica: «Mujer que al andar culea bien sé yo lo que desea» y «No hay mujeres feas, solo hombres sobrios». En cuanto a la violencia contra la mujer, contamos con el desgraciadamente archiconocido dicho «La maté porque era mía», que lleva décadas en uso.

Existe también una ingente cantidad de refranes que retratan a las mujeres como irreflexivas y charlatanas. Por ejemplo: «Las palabras, hembras son; y el hecho, varón». En este sentido resulta muy interesante la obra de Mary Beard Mujeres y poder (2018). En ella la historiadora nos explica que desde la Antigüedad se ha desprestigiado a las mujeres por su supuesta «cháchara liviana» para impedir que ocupemos posiciones de poder.

En este sentido, otros refranes enfatizan la idea de que las mujeres no podemos guardar secretos: «Secreto en mujer no puede ser» y «Si el secreto es de mujer, secreto deja de ser». Muchos otros nos encorsetan en el rol de ama de casa como en «La mujer que no sabe cocinar y la gata que no sabe cazar nada valen».

Pero esto no es un hecho aislado del español. Anna T. Litovkina desvela en su obra Women Through Anti-Proverbs (2019) cómo gran parte de los refranes en inglés en los que se menciona a las mujeres ofrece una visión estereotipada de la mujer.

Entre ellos se nos retrata como consumistas y materialistas en «Diamonds are a girl’s best friend» (Los diamantes son los mejores amigos de una chica); indiscretas en «Any woman can keep a secret, but she generally needs one other woman to help her» (Cualquier mujer puede mantener un secreto, pero necesita a otra para ayudarla), malintencionadas en «Women are the root of all evil» (Las mujeres son la causa de todo mal), y volubles en «Women are as fickle as April weather» (Las mujeres cambian de opinión como el tiempo en abril).

Mujeres animalizadas, animales humanizados

Echevarría señala también que «una de las expresiones más claras de la misoginia en los refranes es la animalización de las mujeres, bien con la identificación plena, bien con la asociación».

La comparación de las mujeres con diferentes animales es una forma de menospreciar nuestra capacidad intelectual y de raciocinio. Si reflexionamos sobre el uso que se realiza de muchos nombres de animales en femenino, nos percataremos de que estos retratan a las mujeres de forma despectiva. Este significado connotativo, es decir, aquel que de forma secundaria viene dado por una asociación cultural, es bien conocido por los hablantes, aunque puedan existir diferencias en cuanto a su uso.

Así contamos con los términos: cotorra (charlatana), pájara (astuta, con pocos escrúpulos), pava (incauta, ingenua), perra (despreciable), rata (miserable), tigresa (activa sexualmente), vaca (gorda), víbora (malvada) y zorra (astuta, en un sentido negativo, o promiscua).

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Tim Mossholder | Unsplash

Asunto de peso

Por otra parte, Susana Guerrero ha publicado recientemente el resultado de una investigación en la que ha indagado en las palabras que se refieren a la gordura en un corpus de 100 textos. Esta investigadora llega a la conclusión de que, entre los términos que se refieren a la gordura de distintas maneras, el 50% se refiere exclusivamente a mujeres, mientras que solo el 20% se utiliza para los hombres y el resto para ambos.

No es descabellado pensar, por lo tanto, que la lengua –al igual que las imágenes– refleja también lo importante que es el cuerpo de la mujer en la sociedad y su cosificación.

Un uso desigual del lenguaje

La desigualdad no es tan fácil de identificar en el lenguaje, porque los hablantes no nos sentimos consumidores (como en el caso de las imágenes) sino agentes activos. Utilizamos el lenguaje en todos los ámbitos de nuestra vida, pero no solemos reflexionar sobre él.

Poco evidente es seguramente nuestra constante utilización de implicaturas que naturalizan la desigualdad. Según Paul Grice, una implicatura es aquello que comunicamos en un mensaje sin expresarlo explícitamente con las palabras. Por ejemplo, si escuchamos a una persona decirle a otra que va a explicarle otra vez cómo coger un autobús, interpretamos que ya se lo ha explicado anteriormente y también que no ha funcionado.

En la lengua existen multitud de implicaturas que reiteran la desigualdad entre las mujeres y los hombres. Seguramente una de las más evidentes es cuando una mujer le cuenta a otra persona que tiene suerte porque su marido le ayuda a hacer las tareas de la casa. La implicatura en esta oración es que las tareas son suyas y que se alegra de que su pareja (quien supuestamente no tienen ninguna obligación de hacerlo) partícipe.

Otro ejemplo es la pregunta a una mujer sobre por qué no ha tenido hijos, cosa que ocurre constantemente. En esta pregunta, seguramente no malintencionada en muchos casos, estamos naturalizando el hecho de que las mujeres deberíamos concebir. Les invito a que reflexionen sobre cuántas veces le han hecho esta pregunta a un hombre.

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Vitolda Klein | Unsplash

El lenguaje, reflejo de patrones culturales

Como conclusión, podemos afirmar que el lenguaje refleja y reitera patrones culturales de desigualdad de género. Esto ocurre también en muchas otras parcelas de nuestras vidas: la organización del empleo, el silenciamiento de los logros de las mujeres en muchos libros de texto y la publicidad que consumimos a diario.

Sin embargo, ocurre de una forma más sutil en las lenguas, que invaden y están presentes en todos los ámbitos de nuestras vidas. Desde ellas se menosprecian las capacidades de las mujeres, se justifica la violencia contra las mujeres y se naturaliza el mandato de la maternidad con expresiones sobre las que apenas reflexionamos.

Decía Dámaso Alonso que «una lengua ha sido lo que sus hablantes hicieron de ella (…), será lo que hagan de ella». Así, son dignas de señalar las respuestas en inglés a algunos de los refranes mencionados. De «A woman’s place is in the home» (El lugar de una mujer es el hogar), ha surgido «A woman’s place is any place she wants to be» (El lugar de una mujer es donde ella quiera estar). Así es y así debemos decirlo.The Conversation


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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Patricia Álvarez Sánchez

Profesora de Traducción e Interpretación en la Universidad de Málaga y doctora en Humanidades por la Universidad de Cádiz