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Siguiendo los pasos de Rafael Alberti por El Puerto de Santa María

Foto: Inma Garrido | The Objective

En la ciudad gaditana del Puerto de Santa María, a la derecha de un camino, bordeado de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el nombre de un viejo matador de toros —Mazzantini—, había un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado La arboleda perdida.

Así contextualiza Rafael Alberti en sus memorias el lugar que le vio nacer y morir, El Puerto de Santa María, y así pone la chincheta justo en el lugar que le da nombre a las mismas, La arboleda perdida.

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Foto vía Wikipedia.

Aunque es más reconocido por su obra como escritor que como pintor, el autor gaditano arranca en la escritura relativamente tarde. Él quería ser pintor, y con ese afán trabajó gran parte de su juventud. Se apartó de la escuela muy joven y, mientras su madre le creía en el aula, él empleaba las mañanas en pintar caracolas en la playa. En Madrid conoció a Federico García Lorca, de quien se hizo inseparable, y fue a partir de estos años cuando su pluma empieza a pertenecer a una generación brillante de autores que le despertaron, no sin cierto complejo, el amor por las letras. Y las letras, precisamente, le condujeron a su otro gran amor, María Teresa León, con la que conectaba en rebeldía —ella también fue expulsada del colegio de monjas donde estudiaba— y quien estimuló en él la inquietud intelectual y política que a veces le faltó.

Este marinero en tierra vivió sus 15 primeros años en El Puerto de Santa María. Se fue de este lugar durante muchos años, pero esta ciudad nunca se fue de él. El Puerto está presente hasta un punto casi obsesivo en su obra. Y, aunque dicen que nunca hay que volver donde fuiste feliz, Alberti volvió tras un largo exilio convencido, quién sabe, de que nunca en ningún sitio se sentiría tan pleno como aquí. 

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Fundación Rafael Alberti

Vivíamos por estos años en una [casa] de la calle Santo Domingo, con un patio de sosas encarnadas y un gran naranjo en el centro. Tan alto era que siempre le conocí podadas sus ramas superiores. El pie del tronco lo abrazaban varios círculos de macetas, todas de aspidistras oscuras y jugosas.

Aunque no está verificado que fuese en esta casa donde nació, sí fue aquí donde los Alberti Merello residieron durante bastantes años. Hoy esta casa alberga la fundación que lleva su nombre, donde una exposición permanente recuerda al pintor y poeta. A veces acoge otras exhibiciones temporales, como la de este momento: “Exiliarte. Memoria de una carpeta dedicada a Rafael Alberti”. Son obras que se expusieron en París en 1966, donde más de cincuenta artistas e intelectuales españoles y franceses homenajearon al portuense.

En 1914 se mudan a la calle Nevería (ahora llamada Pedro Muñoz Seca), “calle de helados y refrescos en verano”. Este detalle lo recalca varias veces en ‘La arboleda perdida’ puesto que era un fanático de los helados. Tanto que en alguna ocasión declaró que cuando ganó el Premio Nacional de Poesía por ‘Marinero en tierra’, se gastó el dinero en un gabán y en muchos helados.

Fundación Rafael Alberti. c/ Santo Domingo, 25. M-D: 10-14h.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Iglesia Mayor Prioral

Nació en el seno de una familia muy religiosa, así que fue bautizado en esta iglesia. Aunque renegó del adoctrinamiento cristiano y no comulgaba con ciertas corrientes del clero, Alberti era un militante comunista atípico, puesto que era devoto de su virgen Santa María de los Milagros, patrona de El Puerto de Santa María, a la que le dedicó algún poema en Marinero en tierra. El carácter milagroso que le atribuyen los portuenses a su patrona cuando Alfonso X luchaba contra los musulmanes hizo que esta ciudad cambiase el nombre de Alcanate por el de Puerto de Santa María.

Iglesia Mayor Prioral. Plaza de España, s/n. Visitas al camarín de la virgen: Sábados 9:30 a 10h.

Iglesia de las Carmelitas

Si en la Iglesia Mayor Prioral recibe el bautismo, en la de las Carmelitas hizo su primera comunión vestido de marinero. Aquel día Paca Moy, la mujer que servía en su casa, lo despertó como hacía siempre, mejor dicho, como casi siempre, porque este día faltaban las dos onzas de chocolate reglamentarias. El ayuno antes de recibir al Señor así lo dictaba. Sin embargo, a tozudo no ganaba nadie al crío, así que al final Paca cedió y le dio las dos onzas que él se guardó en el bolsillo. Y allí estaba él, de rodillas ante el altar distrayendo los bostezos echándose a la boca de vez en cuando un pedazo de chocolate. ¡Qué pensaría Dios! Se arrepintió, pero poco, así que sólo se comió una onza. La otra la guardó para Paca.

Las hermanas carmelitas,

Con delantales azules,

Se parecen a los cielos

Cuando se quitan las nubes

En el colegio de esta misma orden también pasó sus primeros años. Recuerda cuando las hermanas acompañaban a los niños al baño, y cómo cuando cumplió edad de poder ir solo, su madre lo cambió de escuela con doña Concha, a la que no le guardó mucho cariño.

Iglesia de las Carmelitas. c/ Pedro Muñoz Seca, 44.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Colegio San Luis Gonzaga

La primera mañana de mi ingreso en aquel palacio de los jesuitas se me ha extraviado; pero, como todas fueron más o menos iguales, puedo decir que llegaba siempre casi dormido, pues a las seis y media, noche cerrada en el invierno, no es una hora muy agradable de oír misa, comulgar y abrir luego, todavía en ayunas, un libro de aritmética. (…) Allí sufrí, rabié, odié, amé, me divertí y no aprendí casi nada durante cerca de cuatro años de externado.

Mal alumno declarado, Alberti prefería pasarse las mañanas de rabonas en la playa. Odiaba prácticamente todas las asignaturas, especialmente el álgebra, y tenía cierta simpatía por la historia, ya que tenía facilidad para memorizar fechas de batallas. Sus continuas faltas de asistencia traían por el camino de la amargura a los jesuitas, que en más de una ocasión lo llamaron al orden por no asistir a clase. Luego, por la adolescencia y la curiosidad, se hizo autodidacta en fisiología, pero prefería estudiarla fuera del aula. Aunque eso enfadase mucho a los curas y al Señor.

Colegio San Luis de Gonzaga. Plaza del Ave María.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Playa de la Puntilla

El mar ha sido para Alberti un personaje más de su obra, pero también de su vida. “Cuando lo nombro tiene un significado profundo que conecta con mi infancia”, dijo el poeta en varias entrevistas. La playa de la Puntilla fue el escenario de su rebeldía y sus escapadas tempranas y aquí se pasaba las mañanas que debería haber empleado en estudiar. Cuando descubrió que este lugar no estaba libre de la mirada de los curas, cambió las dunas de cerca del pueblo por otras playas más apartadas.

Aquí también pasó sus últimas mañanas de niñez portuense, con su perrita Centella, cuando le expulsaron del colegio por haber rondado por la noche a Milagritos Sancho colándose en su casa por la azotea.

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?

 ¿Por qué me desenterraste
del mar?

En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste
acá?

Cuando en 1917 tiene que marcharse de El Puerto a Madrid con su familia, para Alberti vivir tan lejos de su tierra (y su mar) es un drama. No le gustaba nada Madrid, y todos los días pensaba en volverse andando a Andalucía. De hecho, llegó a preguntar el camino de vuelta, pero nunca llegó ni a emprender ese viaje.

Castillo de Santa Catalina

Cuando los otros niños y él no estaban en la playa de la Puntilla, se apartaban más y acaban en el castillo de Santa Catalina, lugares también frecuentados por sus tíos, que finalmente se convirtieron en sus delatores. Los muros de este castillito, como se conoce popularmente en El Puerto a esta fortaleza, los trepó el poeta miles de veces mientras el sol le secaba el agua salada de la espalda haciendo tiempo para volver a casa.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Plaza de toros

“¿Qué niño andaluz no ha soñado alguna vez con ser torero?”, se pregunta varias veces Alberti en sus memorias.

Por la vieja plaza de San Francisco, con sus magnolios y araucarios, próxima a la de toros, que nos mandaba en los domingos de primavera, a los alumnos castigados, el son de sus clarines; por una calle larga de bodegas, con una salida a un ejido donde pastaban las vacas y becerros que despertaron en mí y otros muchachos esperanzas taurinas.

Alberti declaró muchas veces su sueño de infancia de ser torero. Tanto, que una vez, de niño, se llegó a dejar coleta. Un rabillo absurdo de pelo que tapaba con la mano para que no se lo viesen los curas. Hasta que un compañero lo delató en plena clase y otro se la cortó allí mismo para lanzársela al cura a su mesa.

Durante toda su vida Alberti tuvo mucha simpatía por la tauromaquia y mantuvo amistad con toreros afamados de la época. Uno de ellos fue Ignacio Sánchez Mejías, torero y también escritor, cuñado de Joselito “El Gallo”. Sánchez Mejías, cuando Alberti ya vivía fuera de El Puerto y pasaba serias estrecheces económicas, le dijo a su amigo: “Rafael, tú como poeta nunca vas a ganar nada de dinero, vente con mi cuadrilla”. Pensó que era una broma, pero la broma iba tan en serio como que en el 28 estaba haciendo el paseíllo en Pontevedra. Allí estaba él, sin haber toreado poco más que a Paca Moy, vestido con un traje de luces prestado por su amigo Ignacio. Era seguramente el peor torero del mundo, nunca se supo, pero sí el más elegante de todos. Vestía el traje de luces negro y naranja que llevó Sánchez Mejías cuando guardó luto por la muerte de su cuñado. De esa guisa, cantando como una almeja entre otros toreros vestidos de rosa y oro, Alberti ocupó el burladero que caía en frente de la salida del toro. Por suerte, el público de Pontevedra no es el de la Maestranza, y aquel torero inexperto que llevaba más traje que valor no tuvo que salir al ruedo a hacer ningún disparate.

Plaza de toros. Avenida del Ejército, 59.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Calle Cruces

Se enamoró de Milagritos Sancho, una niña algunos años más joven que él con la que dio algún paseo sin llegar a más que a rozarle la mano y recibir como prenda un botón de su abrigo. Estaba tan enamorado de ella que una noche trepó con un amigo las azoteas de esta calle para colarse en su casa y verla un rato. Con tan mala suerte, que a Milagritos no la encontró, pero su perro se llevó tal pisotón que éste se le tiró a los ojos. Ante el escándalo, medio vecindario, incluidos los padres de Milagritos y los tíos de Alberti, se enteraron de la hazaña del chiquillo.

Para disculparse por los problemas ocasionados, le escribió una carta a Milagritos que nunca llegó. En las manos que cayó fueron en la de los curas, que acabaron por expulsarlo.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Bodegas Osborne

Siempre oí contar a mi madre que el primer Osborne era un inglés pobrísimo, de pantalones remendados, que apareció por las plazas y calles de El Puerto vendiendo estampas y rosarios y otras devotas chucherías. Ellos son los ojos azules, son los cabellos rubios, son, luego, también, toda esa romántica y fina Andalucía que va desde Cádiz, bordeando Gibraltar, hasta los limonares, los claveles y las viñas sagradas de Málaga.

Los orígenes de la familia Alberti, sin embargo, eran toscanos. En su casa recuerda a sus abuelos hablar italiano y acudieron a esta ciudad, como tantos otros, atraídos por el olor y el negocio del vino. La familia del poeta era bodeguera y su padre fue representante de vinos de jerez, un trabajo que le costó muchos meses fuera de casa sin ver la cara de sus hijos. Estas pequeñas bodegas fueron quedando a la sombra de las grandes, como la Osborne en El Puerto o la de los González Byass en Jerez de la Frontera y fue entonces cuando a su padre, una vez desaparecida la bodega familiar, lo contrataron en Osborne.

Alberti creció entre calles oliendo a vino, en una casa señorial levantada gracias a esos tiempos de bonanza que atravesaron sus abuelos. Creció normalizando las borracheras de sus vecinos, que dibujaban en zigzag la ribera del Guadalete con la esperanza de que la brisa enderezase el camino a su casa. De niño coleccionaba etiquetas de vinos de su ciudad que ilustraban reyes y zares. De adulto, ya en Madrid, como los estudios no le gustaban y la pintura no le llegaba para mantenerse ni a sí mismo, intentó seguir los pasos de su padre como representante. Viajó por pueblos como Morata de Tajuña, Colmenar de Oreja o Arganda del Rey con botellas de muestra, siempre dispuesto a inaugurar y clausurar la cata. Al final, por el bien de su hígado, acabó dejando el trabajo.

c/ de los Moros, 7. Información sobre visitas de ésta u otras bodegas de El Puerto aquí.

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Foto: Inma Garrido | The Objective.

Monumentos conmemorativos

Dos monumentos recuerdan al poeta en su tierra. Uno recostado y apoyado sobre un libro, el otro de pie con un libro en la mano. Los dos en su etapa madura y como escritor, no como pintor.

Plaza del polvorista, y Glorieta de la N-IVa. A la altura de la Avenida de las Américas y Avenida de la Guardia Civil.

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