Rafael Reig: “La Movida es un fraude igual que la socialdemocracia”

Cultura

Rafael Reig: “La Movida es un fraude igual que la socialdemocracia”

'Amor intempestivo' de Rafael Reig es una confesión y es también una novela sobre una generación, sobre la escritura y sobre el sentido de la existencia

por Anna Maria Iglesia

En Amor intempestivo (ed. Tusquets), el escritor Rafael Reig se confiesa, pero como en toda confesión, hay algo que se oculta. La confesión tiene algo de juego o de engaño, es un mostrarse y, a la vez, un ocultarse. Así son las confesiones y así es la literatura, un lugar donde el yo siempre termina por convertirse en otro.

Consciente de todo ello, Reig nos cuenta su vida o, mejor dicho, nos cuenta la vida de un joven que se llama como él y que quiere ser escritor. Estamos delante de una novela de formación, pero no solo eso. Amor intempestivo es también una novela sobre una generación, sobre la relación con los padres, sobre el sentido de la escritura y, sobre todo, sobre el sentido de la existencia de cada uno. Confesar que se ha vivido para descubrirse a sí mismo y para descubrir el sentido de la propia vida.

“No hay mejor sitio para ocultarse que una confesión. A Agustín de Hipona y a Juan Jacobo pongo por testigo. Una confesión no solicitada”. Diría que aquí está una de las claves de Amor intempestivo.

Cuando uno se confiesa sin que nadie se lo haya solicitado implica siempre que está ocultando algo. En este sentido, yo tenía como referentes a San Agustín y a Rousseau y, por lo que se refiere a la frase, precisamente lo que me planteo en el libro es hasta qué punto yo no estoy tratando de ocultarme. Y estoy seguro de que en parte es así.

Al final, escribir implica siempre ocultarse, incluso, convertirse en otro.

Siempre, en toda escritura hay algo de ocultación, es inevitable. Pero voy más allá: cualquier tipo de argumento o expresión verbal conlleva una ocultación, es decir, muestra y a la vez esconde algo. Nunca se cuenta la verdad, siempre se es un poco trilero y prestidigitador, contando solo una parte, nunca todo.

El libro es una reflexión sobre el sentido de la escritura, reflexión que parte de la pregunta juvenil de si lo que te gusta es ser escritor o escribir.

Cuando tienes veinte años tienes que hacerte por fuerza la pregunta de si te gusta solamente la idea de ser escritor o si lo que te gusta de verdad es escribir. Cuando empecé a escribir tenía muy romantizada la idea de ser escritor, consideraba que lo mío era escribir, pero para poder apostar todo para y por poder dedicarme a la escritura debía ir más allá de esa idea romántica de lo que significa ser escritor, que tampoco va mucho conmigo, para preguntarme si me gustaba el oficio, es decir, si lo que me gustaba realmente era simplemente escribir. Hice la prueba y me gustó. Hoy en día cuando me siento verdaderamente escritor es cuando estoy solo muerto de miedo frente a la página, porque el miedo sigue estando ahí, porque no se termina de nunca de aprender a ser escritor y tampoco a escribir. Cada novela es una respuesta a una pregunta distinta a la que tienes que intentar dar una respuesta. Y ahí está lo bonito de ser escritor, en el miedo que sientes cada vez que te pones a escribir, en lo mal que lo pasas y, sobre todo, en lo que averiguas de ti mismo durante el proceso de escritura. Todo esto me parece mucho más bonito que la satisfacción de ir a un sitio y que te aplaudan. No digo que no se disfrute recibir el aplauso o los elogios, pero lo realmente bonito de escribir no es esto sino lo otro.

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Imagen vía Editorial Tusquets.

En Amor intempestivo, encontramos a un joven que quiere escribir la obra maestra.

Bueno, yo sigo queriéndola escribir.

Pero este deseo siempre va unido al miedo al fracaso. ¿La escritura siempre implica una forma de fracaso?

Sí, el tema del fracaso está presente, pero no lo plantearía exactamente así. Pensar que el miedo al fracaso es algo propio y exclusivo de los escritores no deja de ser una manera de mirarse una vez más al ombligo. Toda persona afronta el miedo al fracaso, porque toda persona, sea cual sea su profesión, quiere hacer que su vida sea lo más perfecta posible, quiere tener éxito en su trabajo, en su matrimonio, en su relación con los hijos… Nadie quiere que a su hijo le vaya mal o que su mujer se vaya con otro. Todos queremos que las cosas salgan lo mejor posible y, por tanto, todos convivimos con el miedo al fracaso, que, como te decía, no es para nada algo exclusivo de los escritores. El temor a fracasar nos define a todos, puesto que sabemos que las cosas son exactamente como quisiéramos que fuesen. Todos queremos ser buenos, pero conseguimos serlo solo a medias; todos deseamos querer bien a nuestra pareja, pero luego no hacemos lo necesario, porque no somos capaces. El escritor se enfrenta al posible fracaso de la misma manera que lo puede hacer un fontanero o una maquilladora: queriendo hacer, cada uno en su ámbito, el mejor trabajo posible.

Leyéndote recordé en más de una ocasión Los cinco y yo de Orejudo.

Es que Orejudo y yo somos como un monstruo con dos cabezas

Y es que ambos, frente a una literatura que ensalza la figura del escritor, optáis por la parodia y, sobre todo, por relativizar la figura del escritor, quitándole toda esa posible aura romántica que todavía conserva para algunos.

Sin duda, y diría que en mi caso la relativización de la figura del escritor es todavía mayor en cuanto yo soy comunista, mientras que Orejudo es algo más liberal. De todas maneras, esta falta de relativización no solo atañe a los escritores, diría que es un problema común a nivel social que atañe también a los actores, a los políticos y a todas aquellas figuras con un cierto reconocimiento social que piensan que por el mero hecho de tener una determinada profesión o por dedicarse a un determinado oficio están por encima de los demás, son mejores que los demás. Pero no es así, ni son mejores, ni son más inteligentes, ni saben más… No me parece que se pueda afrontar la vida teniendo una actitud así.

¿Hasta qué punto esta relativización tiene que ver con el hecho de una generación a la que tacha de “inoportuna” que se encontró con una serie de nombres de las letras reconvertidos en una especie de mandarines que no dejan paso a los que vienen detrás?

Debe haber algo de esto. Sin embargo, no hay que olvidar que todas las generaciones, sin excepción, quieren matar a un padre, quieren acabar con aquellos que les precedieron. Pero esto no es el problema y tampoco es algo además exclusivo del mundo de los libros. Más bien diría que el problema no son las nuevas generaciones, sino que es España, es este país: fíjate en las fotos del primer gobierno de Felipe González, casi todos tenían poco más que treinta años, eran todos muy jóvenes. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? Pues, han pasado cuarenta años y todavía siguen en el poder. Siendo muy jóvenes se instalaron en el poder y siguen sin soltarlo. En esta situación, cómo puede haber un relevo normal desde el punto de vista generacional. Y no me refiero solamente a nivel político. Yo leo y sigo atentamente lo que escriben los más jóvenes, los que han venido y vienen detrás de mí y reconozco que muchos de ellos tienen ideas que a mí nunca se me habrían ocurrido. Tienen algo que decir y me interesa escucharlos. Este interés nunca lo tuvieron quienes ocuparon el poder a finales de los ochenta, todo lo contrario. Ocuparon sus asientos en política, en las empresas, en las universidades… dispuestos a no levantarse nunca de ellos. Y, de hecho, todavía hoy tenemos que escuchar la opinión de Felipe González, cuando, en realidad, no debería tener ningún peso su opinión. ¿Qué hacemos escuchándolo todavía? Algo similar pasa también con los escritores o periodistas. ¿Tú crees que es normal que todavía hoy consideremos relevante la opinión de Cebrián? Volviendo a tu pregunta, no se trata tanto de que nuestra generación se haya quedado en medio, sino que en este país hemos sufrido un tapón histórico: desde finales del franquismo, el país estaba en manos de una especie de gerontocracia y, entonces, llegaron de pronto todos los jóvenes y ocuparon todos los puestos de poder, empezando por las universidades. Y lo que es increíble es que ahora todos ellos son catedráticos y sigue ahí, habiendo llegado con treinta años. Por esto te hablaba de un tapón histórico generalizado del que somos víctimas todos o, mejor dicho, del que algunos somos víctimas y otros beneficiarios.

Quizás esta situación explique que, en la obra de los autores de tu generación, pienso en Marta Sanz, en Belén Gopegui o en ti, haya un compromiso político que no encontramos en la literatura de la generación precedente.

Esta conciencia política que, indudablemente, está presente, se debe en gran medida a que nosotros somos las víctimas del fraude que supuso la socialdemocracia. Yo personalmente no, pues en 1982 no voté al PSOE, sino al Partido Comunista, pero mi generación es la que votó mayoritariamente a los socialistas liderados por González creyendo que supondrían un cambio radical. Y, sin embargo, no fue así: el PSOE fue el que rompió el mercado laboral, el que ideó la escuela concertada, el que construyó los primeros CIES para los inmigrantes… La decepción a raíz de la política que finalmente llevó a cabo el PSOE alejó de la política algunos, que ya dejaron de creer en ella, pero también despertó en muchos otros una mayor conciencia crítica, hizo que se fuera consciente de que de lo que se trata es de hacer política de verdad.

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«Cuando me siento verdaderamente escritor es cuando estoy solo muerto de miedo frente a la página, porque el miedo sigue estando ahí, porque no se termina de nunca de aprender a ser escritor y tampoco a escribir.» | Imagen vía Editorial Tusquets.

El desengaño sufrido por su generación contrasta con la confianza de la generación de sus padres, que creyeron en el progreso, creyeron que las cosas podían ser distintas y que sus hijos iban a vivir mucho mejor que ellos.

Fue así. Los sesenta fueron años en los que la generación de mis padres confió precisamente en esa idea de progreso, pero luego vino todo lo demás. En este sentido, por una vez, mi experiencia personal coincide con la experiencia social: la España alegre de los setenta en la que la gente iba a Madrid y a Barcelona porque había trabajo, en la que era relativamente fácil comprarse un piso, porque eran baratos, en la que era posible pensar que se podía vivir mejor que antes, ¿cómo acabó?

¿Podríamos definir Amor intempestivo como una novela de formación?

Sí, se podría definir, tal y como la definen en la tradición alemana, como un bildungsroman, De todas maneras, aunque se suele relacionar la novela de formación con la literatura alemana y con autores como Thomas Mann, también lo es el Lazarillo. De hecho, para mí no hay comparación, no solo el más grande de todos es aquel escritor al que no conocemos y que fue capaz de inventarse la vida de Lázaro de Tormes, sino que en el Lazarillo está el origen de la novela moderna. Y digo esto porque, si bien ya existían en cierta manera las novelas, incluso en Grecia o en Roma, ninguna es comparable con el Lazarillo, protagonizada por el primer personaje moderno de la historia de la literatura. Se trata de un libro inevitablemente anónimo, el autor no podía firmarla, porque ¿qué sentido tendría la vida de Lázaro contada por Lázaro firmada por x autor? Al no firmar el libro, el autor conseguía crear la duda en el lector, que se preguntaba si lo que estaba leyendo era verdad o no. Y como decía Machado, también la verdad se inventa. En esto consiste precisamente la novela moderna: inventar la verdad.

Ahora que hablas del Lazarillo, cuentas que, en la universidad, te dijeron que no podías entrar en filología hispánica, sino en comparada, porque en tu tesis estudiabas novelas extranjeras.

Fue absurdo. Cuando me lo dijeron, no podía no dejar de preguntarme cómo podía ser, cómo podían ser tan paletos para decirme esto. ¿Cómo se puede entender la novela española sin entender la novela europea? En España del XIX, casi todos los autores leían perfectamente el francés y, además, no nos olvidemos que Galdós tradujo a Dickens. Así que, cuando me dijeron que no podía entrar en hispánicas, me fui y dejé definitivamente la universidad.

La decepción hacia el sistema universitario es recurrente.

Al respecto, yo siempre desconfié de Podemos. Cuando me preguntaban el porqué de esta desconfianza, cuando me preguntaban por qué no les daba por lo menos una oportunidad, siempre contestaba que no me gustaban simplemente porque eran profesores de universidad. Y el tiempo me ha terminado dando la razón. Pero lo vi venir no porque yo tenga olfato político, simplemente porque sabía que venían de la universidad, del departamento de políticas de la Complutense.

Describes el Madrid de los ochenta y afirmas que la Movida terminó siendo algo de niños.

A mí lo que me sorprende es todo lo que ha quedado de la Movida. Quienes estaban en la Movida eran la élite madrileña. Los Urquijo, los Torroja… una panda de niños pijos y lo malo es que la Movida ha tapado todo lo otro que había, el heavy, la música de barrio, los grupos que nacían en la periferia y fuera de Madrid, como, por ejemplo, Los Ilegales o la música más política que se hacía en el País Vasco. La pena es que de aquellos años lo que ha quedado es música para quinceañeras y poco más. En mi opinión, la Movida es un fraude igual que la socialdemocracia.

Ya para terminar, en las últimas páginas habla que, al final, lo que importa es ser bueno, es construirse un alma.

Como decía Unamuno la vida de por sí no tiene sentido, pues se acaba con la muerte. El sentido que, sin embargo, podemos otorgarle reside en nuestra posibilidad de construirnos un alma, es decir, en nuestra posibilidad de ser buenos, de llegar al final y decir: “no lo he hecho del todo mal”. No podemos desperdiciar esta oportunidad.

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.