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Raquel Riba, creadora de Lola Vendetta: "Hay que quitar el manto de santas a las madres y darles humanidad"

Lola Vendetta nació hace cinco años y desde entonces —katana en mano— se abre paso en el mundo de los feminismos ilustrados

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Raquel Riba Rossy (Igualada, 1990) no es madre, pero tiene una hija, una criatura propia, de sus entrañas, suya. A veces la ha salvado y otras revolucionado, casi siempre la ha hecho más dura, más fuerte, siempre la ha llevado a sitios increíbles. Ay, Lola.

Raquel cuenta siempre que Lola, de apellido Vendetta, nació de la necesidad de expresar la rabia que sentía hacia las cosas y los individuos que, textualmente, le tocaban los ovarios. Desde pequeñita le regaló una katana. Ahora, la niña tiene cinco años y la vida de su creadora —que ha dibujado cientos de viñetas y ha conseguido cientos de miles de hermanas para Lola— ya parece la de otra.

“Antes de empezar con el personaje vivía muy atrapada en ansiedades, en una no definición de mí misma, no sabía qué quería, tenía mucho miedo al rechazo, mucha historia de sentirme desplazada, de no encontrar mi sitio, mucha dependencia emocional con los hombres. Desde entonces hasta ahora, he vivido un proceso de soltar mucha porquería. He soltado bloqueos a nivel sexual y sobre todo a nivel laboral, el conflicto alrededor del dinero, de tener mi propio trabajo y de hacerme valer en cuanto a mujer trabajadora”.

Raquel cuenta que siempre tuvo una creencia muy arraigada; ella no lo iba a lograr, tenía mucho talento, pero ella no, el mundo era demasiado complicado para las mujeres. “Ha sido un trabajo constante de decirme: ‘¡No me da la gana de creerme que no soy capaz o que hay una fuerza superior a mí que no me deja salir!”. Como no le dio la gana de achantarse y de plegarse, puede contar esto ya con dos libros de sus dibujos publicados y el tercero en camino; como no le dio la gana de plegarse y achantarse, puede contar esto ya convertida en una de las ilustradoras españolas más reconocidas. En su último trabajo, ¿Qué pacha, mamá? (Lumen, 2018), Raquel se dibuja y dibuja a Lola no como Lola sino como hija de una madre. Una excusa para acercarse al verdadero reto: explorar a la madre de la hija, ese ser que fue y es mujer mucho antes que madre.

¿Por qué escribir ahora sobre la maternidad?

Tuve que volver a casa de mis padres a los 27 años. Yo siempre me había jurado que no iba a volver a vivir allí y de repente me volví a ver como hija de mis padres, no como Raquel por el mundo, especialmente como hija de mi madre porque con ella hablo muchísimo. Pensé que tenía que aprovechar para sacarle más chicha al personaje de la madre, que ya había salido en un capítulo del primer libro, porque no había otro tema que pudiera trabajar mejor en ese momento.

A raíz del libro, te preguntan mucho si tienes ganas de ser madre. ¿Las tienes?

A corto plazo, no. Es que parece que hablas de madres y enseguida te tienes que multiplicar. A mí siempre me han gustado los niños, pero ahora mi vida se está volviendo muy interesante y no me quiero meter en esa aventura, quiero una aventura muy diferente. Si sucediera, por cosas de la vida, no me destrozaría mis planes. Pero ahora se está poniendo demasiado interesante como para interrumpirla con eso.

¿Hemos conseguido que la maternidad ya no se vea como una opción obligatoria?

Somos de las pocas generaciones que empieza a planteárselo desde dentro; y salen otras perspectivas como la de las madres que sí quieren tener hijos y no pueden. Creo que la generación de nuestras madres tuvieron una falsa sensación de libertad en la que se pensaban que ya estaba todo solucionado, que ya habíamos superado el machismo o la obligación inconsciente de que nos quedemos en casa con los niños. Creo que ahora tenemos que hacer un trabajo personal para decidir dónde están nuestros límites a la hora de sentirnos obligadas a tener hijos. Trabajando lo personal, se trabaja lo público, y no en relación inversa. Trabajando las barreras que una pone en cuestión de la maternidad, de los feminismos desde dentro es cómo se ven los efectos fuera y puedes empezar a abrirte camino entre tanta presión externa. 

 

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¿Cuesta aceptar que las madres además de ser madres son antes mujeres? 

Son, además, seres sexuales. Seres con ideas, con proyectos, con aspiraciones… Venimos de una educación, de una herencia cultural en el que el máximo exponente de madre es una mujer como la Virgen María, que vive y se desvive por su hijo, es su sombra. Ese rol materno ya pasó a la historia un poquito. Ahora es diferente. Igual nunca fue así y ahora lo que sucede es que tenemos los medios para expresar el mundo interno de las madres. Ya pueden empezar a hablar, ya no viven dentro de su casa, cuidando de los hijos sin que nada penetre las paredes de la casa. Ahora hay una cosa maravillosa que se llama internet y que la gente la utiliza para hablar de su vida y de distintas realidades. Hay que quitarle ese manto de santa a la madre, darle humanidad, esa también era mi intención en este libro, Porque la madre puede ser una cabrona también, puede ser muy mala gente, o buena, tiene claros y oscuros como todos los seres humanos del mundo. Parece que una cuando es madre pasa a una esfera donde ya no se puede comportar de una manera maligna y eso no es verdad. Todos los seres humanos tenemos esa parte oscura, incluso perversa. 

En su libro ‘Nosotras. Historias de mujeres y algo más’, Rosa Montero reivindica que pasen a la historia también las mujeres que han sido malvadas, no solo las maravillosas.

Es que hay que legitimar también la rabia femenina, porque una de las herencias culturales que tenemos es la de esa mujer complaciente, bonita, que se ve bien en todo momento. Hay que legitimar las emociones negativas. Hay muchas mujeres que están absolutamente cerradas a sentir lo más oscuro, digamos más lo más siniestro de una; no es que yo soy buena, sí, pero ¿el que más eres? No te cierres. Sí eres tú misma cuando estás enfadada, cuando eres oscura, cuando le sueltas un comentario jodido a otra persona, eres tú, lo que pasa es que te has creído una identidad que no engloba todo lo que verdaderamente eres. No hay ninguna necesidad de usar esa oscuridad para hacer daño a otros pero mientras no seas consciente de ello probablemente lo que hagas es usarla sin darte cuenta porque todo de lo que no eres consciente funciona a sus anchas sin tu control.

Antes de hacer esta entrevista, Raquel Riba participó en una charla sobre feminismos ilustrados. Ahí contó que una de las cosas que más le ha costado es aprender que no tiene que decir sí a todo. Que puede —que debe a veces— decir que no. Después de pensarlo mucho, nos cuenta, cree que se debe a que tenemos la sensación de que nos va a llegar “una ola de rechazo” donde nosotras marquemos los límites. Esta idea la enmarca, la une, con otra un poco más allá: “En el mundo de las mujeres hay mucho miedo. Se nos ha educado alrededor de la idea de ser dependientes de un amor externo, entonces cuando yo sufro el rechazo estoy perdiendo el amor externo y por tanto estoy perdiendo más o menos lo que me define como ser”. Sigue: “Empezar a ser quien realmente soy y recibir rechazo implica perder eso que me han dicho que es el fundamento de todo. Esto implica desmontar absolutamente todo el sistema mental que tienes. Esto es muy fuerte y no se puede banalizar. Hay que invitar a otras mujeres, a las amigas, a las hermanas, a hacer y acompañar en este proceso. Si quieres te ayudo. Nos ayudamos juntas”. Raquel da un par de pinceladas de ejemplos que a ella le parecen útiles: dejar de creernos que somos por defecto más sentimentales, parar de tragarnos todas las películas románticas que nos venden desde pequeñas, empezar a hablar más de empresas, proyectos e ideas.

“Así como el conflicto masculino, creo yo, es no tocar nunca las emociones y todos demostrar que son super machos, el conflicto femenino es justamente el contrario: dejar de hablar de emociones en algún momento y decir qué quiero la vida, cuáles son mis aspiraciones”. Sobre este mundo binario va a girar su nuevo libro Lola Vendetta y los hombres (Lumen, 2019). Ahora, “abruptamente generalizando”, considera: “A los niños se les educa con que tienen que ser valientes y a las mujeres, que nos meten a todas en el mismo cajón, se nos educa para ser perfectas. Todo tiene que estar impoluto. Tenemos miedo en las escuelas. De pequeñitos, todos hacemos igual, pero a partir de una cierta edad, en la edad que les empieza a preocupar cómo me veo, qué hago, quién soy, cómo me defino… Cuando empiezan a definirse, las niñas empiezan a entrar en conflicto, no expresan sus ideas, no dibujan…”.

Esa perfección obligada es la que aplicamos de forma atroz, implacable sobre una cosa que podemos, deseamos controlar: nuestro cuerpo.

En alguna ocasión has descrito el cuerpo como un continente alucinante que te puede llevar a muchas partes. ¿La aceptación del cuerpo es una batalla que acabamos de empezar?

Estamos viviendo dentro de una máquina, que nos trae cosas impresionantes: una caricia, un abrazo de un niño, jugar con un perro o hablar con un adulto, abrazar a tu madre, a tu padre,  a tu pareja. Son una serie de cosas que al final conforman la calidad de la vida y tu cuerpo lo está haciendo constantemente, pero le damos súper duro. También por educación, también porque nos han enseñado a vivir en un bucle de perfección constante. No importa lo delgada y lo fit que estés que nunca es suficiente. Esto tienes que frenarlo tú, porque la sociedad fijo que no lo va a frenar porque le va de puta madre que tú estés en ese bucle. Es una tarea de muchos años. 

¿Y cómo lo frenas?

Una de las cosas importantes es tener conversaciones con tu voz interna. Tú te encuentras ante el espejo y dices “buf, vaya mierda” y te vas. Pues darte cuenta de que acabas de decir “vaya mierda” mirándote el cuerpo. Que te maltratas muchísimo. Que salimos a la calle a hablar del maltrato y a denunciarlo, que está superbien, pero esa gran manifestación que hacemos en público tendríamos que hacerla también en la esfera privada. Tenemos que ser manifestantes contra la voz interna que nos machaca. Hay que reeducar a esa niña que está dentro de tu cabeza diciéndote cosas que ha aprendido. Se puede desaprender también. 

 

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Un estudio realizado por la Royal Society of Public Health y la Universidad de Cambridge que analizaba el posible impacto de las redes sociales en los jóvenes definió a Instagram como la peor para la salud mental de los adolescentes. “Instagram logra fácilmente que las niñas y mujeres se sientan como si sus cuerpos no fueran lo suficientemente buenos mientras la gente agrega filtros y edita sus imágenes para que parezcan perfectas”, aseguró uno de los jóvenes encuestados. Lola Vendetta tiene 359.000 seguidores en Instagram.

¿Cómo tratas de gestionar esta responsabilidad?

Al ser consciente de que tengo mucha gente, intentó hablarles un poco de todo de mi vida, no solo les enseño mis fotos retocadas donde no se me ve la celulitis, les explico y enseño qué es lo que estoy pensando, me grabo por la mañana sin haberme secado el pelo o así. Intento romper esa barrera que se genera de internet, que puede ser más frío o más falso, y acercarme un poco más. Luego como espectadora que ve a otras personas, creo que cuanto más tiempo dedicas a observar la vida de los demás menos estás dedicando a tener contacto humano real. El contacto humano está comprobado que mejora situaciones de depresión, de ansiedad, el aislamiento… No somos bichos que nos podamos aislar. Creemos que estar viendo las vidas de los demás a través del móvil es estar en contacto y la realidad es que el contacto humano no solo es lo visual, se tiene que tocar, oler, sentir que hay conexión. Cuando tengo una temporada de trabajo muy bestia, de trabajo, trabajo, trabajo y estoy como en un bajón emocional, que no sabes qué me pasa y me vas a cenar con amigas una noche y digo: “Bua, tengo que hacer esto más a menudo”. El ser humano es social.

En algunas publicaciones pones el hashtag #LaPeorFeministadelMundo. ¿Por qué?

Sí, soy la peor feminista del mundo. Porque cometo errores cada dos por tres, me equivoco muchísimo y no estoy leyendo las 24 horas del día sobre feminismo, porque hay veces mi cabeza también se cansa. Hay veces que se me agotan las emociones de estar leyendo noticias superfuertes sobre violaciones, entonces hago por ejemplo días de no ver nada, de ser solo yo, Raquel por el mundo, en mi casa, mi calle, mis dibujos. A veces una está tan conectada con todo que se nos olvida. Yo también me hago mis parones. Digo que soy la peor feminista del mundo porque de repente estoy comenzando el día tan feliz porque estoy en Madrid y me apetece hacer un story, y me mandan mensajes: deberías estar comentando esto que ha pasado, no me lo puedo creer… Cuando pasan cosas así digo que yo no nací para estudiar Ciencias Políticas ni para ser abogada y no estoy conectada las 24 horas del día. Prefiero conectar solo con las personas que tengo al lado. Además, soy la peor feminista porque soy una lectora muy lenta. No me he leído todos los libros de estos de cajón, algunos sí, pero hay muchísimos que entonces están ahí pendientes. No me quiero meter prisa, no quiero que por leer un libro me pierda un rato de hablar con mi pareja, con mi madre, con mi padre.

Antes de la siguiente pregunta, recordamos este tuit:

¿Se ha trasladado a las feministas una exigencia que antes aplicábamos a otras figuras, a las madres, por ejemplo?

Nos gusta mucho definir a las personas permanentemente, sin entender que todos transitando hacia nuevas definiciones de nosotros mismos, constantemente. A los 14 años yo estaba en la escuela del Opus Dei y una de mis mejores amigas me dijo que era lesbiana, me quedé en shock máximo. Tampoco sentí rechazo ni nada, pero me quedé en shock porque yo estaba en mi burbuja porque solo había recibido información por un medio. La miraba desde mucha inseguridad, cuando en realidad una persona que ha estado en otro contexto vital diría “ah vale y ¿ahora qué?”, tan normal. Ahora a los 28 miro a mí yo de los catorce… Entonces el ser humano está en constante transición y todas los que estamos en el mundo del feminismo todavía más. Porque constantemente está saliendo una cantidad de información sobre definiciones, sobre distintas cosas que haríamos. Nos vamos ampliando.

Así, con Lola y una katana por bandera, Raquel comenzó a arrancar las barreras que le había puesto la vida, todas. Y en eso sigue. Muchas —casi las más— estaban, están, dentro de ella, de nosotras, de todos. “He trabajado de una manera muy profunda sobre las herencias culturas y sobre mí. He visitado lugares de mi misma que me daban pavor, que no tenía narices de mirar adentro y admitir que sí había sentido eso. Ha sido una liberación impresionante. Nada de lo que está sucediendo en este momento podría haber sucedido sin todas esas liberaciones. Ojalá la mayoría de mujer pudiera someterse a ellas, dejarse abrir y soltar”. Ahí Raquel para y reflexiona sobre el peso que ha tenido en este proceso su grupo de Revolución femenina, que le ha permitido encontrar lugares seguros en los que soltar. “Mientras todo se está moviendo, muy rápido, en tu vida, es difícil encontrar el espacio para hacerlo. De ahí la importancia de ponerte en una sala con otras mujeres y encontrar un espacio consagrado para soltar la información , todas las cargas”. Raquel para, de nuevo, y termina: “Ahí es donde yo he hecho el trabajo más grande. Conmigo”.

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