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"Margot Wölk arriesgaba su vida tres veces al día por Hitler". Rosella Postorino revive su historia en 'La catadora'

Foto: AP Photo

“¿Qué habría hecho yo de haberme encontrado en su lugar?”. Rosella Postorino nació en Reggio de Calabria hace 40 años. No vivió el nazismo. No conoció a Hitler. Pero de algún modo conectó con Margot Wölk: la mujer que probó la comida del Führer durante años a riesgo de perder la vida envenenada. Fue testigo de su locura, de su hipocondría, de su neurosis. “Tal vez yo, de haber estado en su lugar, habría sido así de mezquina, me habría sentido tan asustada, tal vez habría sido tan valiente en algunas situaciones, habría sido igualmente humana en sus contradicciones y ambivalencias”.

Rosella Postorino comenzó a contar historias siendo niña, ajena al mundo que le rodeaba. “Creo que te conviertes en escritor cuando superas la vergüenza ante ti mismo de ser escritor”, continúa. “Decir que quieres escribir significa que tienes algo que decir que los demás tienen que leer. Es una forma de arrogancia. Y en mi familia, típicamente calabresa, algo machista, llevar la palabra ya era algo difícil”. Ahora publica una novela, La catadora (Editorial Lumen), que tardó tres años y medio en escribir por los desafíos inherentes a su oficio: trabaja para editoriales y se vuelca en las novelas de otros a tiempo completo; las suyas las reserva para fines de semana y vacaciones.

"Margot Wölk arriesgaba su vida tres veces al día por Hitler". Rosella Postorino revive su historia en 'La catadora'

Rosella Postorino. | Foto: Penguin Random House

¿Por qué te impresionó tanto la historia de Margot Wölk?

Porque cuando la leí fue como encontrarme ante un personaje mío en carne y hueso. Todos mis personajes poseen esta característica: se encuentran en un límite muy sutil entre la condición de víctima y la condición de culpable. Margot, que no era una mujer nazi, dijo en la entrevista que Hitler era un cerdo que le arruinó la vida. Pero trabajó para protegerle la vida. Me encontré con una mujer que arriesgó su vida tres veces al día durante mucho tiempo para salvar a Hitler. Era una víctima. La redujeron a cobaya.

Al mismo tiempo era una privilegiada: comía bien mientras la población moría de hambre. Así se convertía en una pieza del engranaje de un sistema mucho más grande que ella: el III Reich. Me di cuenta de que ella era el personaje del que siempre quise escribir.

¿Qué ocurrió desde que conociste la historia hasta que te lanzaste a ella?

En el momento en que leí el artículo sentí como un fulgor, de forma inmediata y como no me había pasado antes. Hace muchos años estudié alemán, aunque lo he olvidado mucho, y tengo amigos en Alemania. Así que pensé en ir a visitarlos y aprovechar para hablar con esta señora, hacerle muchísimas preguntas. No sabía qué es lo que podía pasar después. Podía salir de ahí una entrevista, o una novela. A lo [Emmanuel] Carrère. A través de una amiga, conseguí la dirección de Margot Wölk y le escribí una carta. Justo la semana que mandé la carta, murió. Caí en una especie de depresión. Pensé que era una señal para dejarlo.

Lo que nunca había hecho como escritora era escribir una novela de la manera más clásica posible. Si lo hacía, tenía que desafiar todo. Tenía que contarlo en primera persona. Tenía que meterme en la cabeza de Margot Wölk aunque ella estuviera lejos de mí, una mujer muy distinta a mí, de otra generación, de otra cultura. Quería pensar como ella. Me convertí en ella, y ella se convirtió en mí.

Por eso la bauticé con mi nombre: todos me llaman Rosella. Pero mi nombre es Rosa.

¿Qué os une?

Lo que más nos une es que ella es una persona indignada con Dios. Ella tuvo formación católica. Yo también la he tenido. Para mí, ser católica significaba ser una persona sirviente, ser una católica extrema. Recuerdo que a los 10 años, cuando me confirmaron, estaba en el colegio y el párroco nos pidió que escribiéramos una carta al obispo. Todos escribieron cuatro o cinco líneas. Yo escribí diez páginas de casi tipo teológico. El párroco, al leerlo, no creyó que lo hubiera escrito yo. Me ofendí muchísimo. Me tomaba muy en serio mi vocación. Pensé en hacerme monja. Pero al crecer me empecé a plantear todo lo que no me encajaba del catolicismo: es un cuento que desde el punto de vista narrativo funciona mal.

Fue como un amor no correspondido, fue como dejar a alguien que no te quiere lo suficiente. Pero al que tú querías. Te queda algo de rencor. Yo vivo esta forma de indignación que le he trasladado a Rosa. Rosa tiene una frase muy fuerte en la novela, casi una blasfemia: “Ante lo creado, Dios contempla el exterminio”.

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Portada de ‘La catadora’. | Fuente: Penguin Random House

¿Cómo recuerdas tu infancia?

Mi infancia estuvo marcada por que nos fuimos de Reggio de Calabria al norte de Italia. Mi padre era operario, trató de mejorar su situación emigrando al Norte. Allí tenía parientes que le podían echar un mano, pasó de operario a pequeño comerciante. Para él fue como un ascenso social.

Este traslado del Sur al Norte fue fundamental para mí; descubrí una identidad que los demás me atribuían antes de que yo lo supiera. Si tú vas al Norte y has nacido en el Sur, eres un terrone (podríamos traducirlo como paleto). Me acuerdo perfectamente de una pintada en la pared cuando llevaba poco en Liguria: “Fuera los terroni de aquí”. Yo le pregunté a mi madre qué eran los terroni. Mi madre no tuvo el valor de responderme.

También recuerdo un día, al poco de llegar al colegio, que yo, teniendo acento calabrés, salí a la pizarra y al hablar todos los niños se empezaron a reír. No entendí por qué lo hacían, me eché a llorar. Esto me marcó mucho. Al cabo de seis meses hablaba igual que los demás. Incluso cometía sus mismos errores gramaticales, siendo consciente de los mismos, para ser igual que ellos. Era la mejor de la clase, esa fue mi forma de vengarme.

Digamos que ajusté cuentas con mi origen cuando fui a la universidad. A diferencia de la gente, que se fue a Milán, yo me fui más al sur: me fui a Siena. Allí había muchísima gente del Sur y me hicieron ver que utilizaba sin darme la palabra terrone. Entonces advertí que me hice cómplice de quienes me discriminaban.

Leí a Salvini decir, después de que la Unión Europea rechazara los presupuestos de Italia, que “no están atacando a un gobierno, sino a un pueblo”.

Se llenan la boca con la palabra pueblo. Es la palabra salvoconducto, la que nos tiene que librar de todo. Es absurdo. Es una forma de instrumentalización. Es una forma de comunicación que tergiversa la realidad. Buscan una serie de antagonistas que narrativamente funcionan. Los antagonistas extranjeros que llegan desde el mar, o el que vive en el norte de Europa. Crean toda una serie de antagonistas que pueden acabar con Italia, y hay que luchar contra ellos. No es distinta a la forma de revanchismo que tenía la Alemania de Hitler. Era una nación que se consideraba culpable de la I Guerra Mundial. Se sentía maltratada por las demás naciones. Alemania necesitaba espacio. Como si alguien la hubiera encerrado. Pienso que es propagandista utilizar al pueblo. Salvini lo hace continuamente. Y usa la retórica de la familia muchísimo. Cada vez que tiene que decir algo de los inmigrantes, mete el tema de la seguridad. “Lo digo como padre”. Habla del pueblo como una divinidad. Algo perfecto, algo a lo que no te puedes oponer. Cuando la Justicia le tumba algo, dice lo mismo: “La magistratura no es el pueblo”. Es una locura.

Me despertó mucho interés el modo en que presentas el fascismo, que se sintetiza en una frase: “Una vez leí en una novela que no existe otro lugar donde el silencio se haya impuesto tanto como en las familias alemanas”.

No comprendo por qué se sigue prefiriendo al líder fuerte. Kierkegaard decía que la libertad es un vértigo para los seres humanos, que es difícil de soportar. Me pregunto si sigue siendo así, si exige demasiada libertad, si la población prefiere vivir infantilizada y sin asumir esa responsabilidad.

Ahora quiero hacer presentaciones en las escuelas. Creo que es algo útil. Precisamente porque la literatura no tiene un objetivo pedagógico. Cuando me siento a hablar con alumnos, me siento culpable: como si les dijera que el mundo es una mierda. Los adolescentes me plantean preguntas como por qué las personas hacen cosas malas sabiendo que obran mal.

Si eres Rosa Sauer y robas comida sabiendo que está mal, por qué lo haces. Si no quieres traicionar a tu marido porque lo amas, por qué lo haces. No aceptan la ambivalencia, la zona gris. Justamente porque son idealistas, son maniqueos. Explicar a un adolescente por qué puedes amar a tu marido y acostarte con otro hombre es muy duro.

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