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Ser guionista en España: una realidad precaria incluso para los nominados a los Goya

Foto: ACADEMIA DE CINE | RRSS

A pocos metros de la sede del Partido Popular en Madrid, compartiendo incluso fachada, está el edificio de la Academia de Cine, apenas reconocible por una placa en una calle particularmente lustrosa de Madrid –Zurbano, lo dijo The New York Times en 2015, es una de las mejores calles para vivir en Europa–. Allí se congregaban, a menos de tres semanas de la entrega de los Goya, siete de los autores nominados a mejor guión original y a mejor guión adaptado (Pablo Berger, Carla Simón, Andoni de Carlos, Paco Plaza, Fernando Navarro, Alejandro Hernández y Coral Cruz) y todos ellos compartieron las virtudes y miserias de ser guionista en una industria tan dura. También las experiencias de escribir las películas que ahora representan.

La moderadora arranca y les plantea una cuestión: la dificultad de encontrar superficies comunes entre todas las cintas, tan diversas. Hay terror, hay drama, hay comedia. “Quizá que todas salen de las tripas”, responde Alejandro Hernández, guionista de El autor. Y Pablo Berger, que escribe los propios guiones que dirige –está nominado por Abracadabra–, encuentra la afinidad de sus compañeros cuando dice que el patrón común que todos comparten es que son los “raritos” del circuito: “No vamos por autopistas, sino por carreteras secundarias”.

Ser guionista en España: una realidad precaria incluso para los nominados a los Goya

Tres de las favoritas a mejor guión de los Goya.

En estas carreteras transita desde muy poco Carla Simón, que fue el gran descubrimiento del cine español. Tanto que su debut en el largometraje, Estiu 1993, es la candidata a representar al país en los próximos Oscar. En aquel guión puso el corazón y su historia: siendo una niña perdió a sus padres y fueron sus tíos quienes la acogieron en su familia. Curiosamente, en una película donde la muerte está tan presente apenas se menciona: la propia Simón no supo que sus padres estaban muertos hasta que cumplió los 12. Sí comprendió, en cambio, que nunca volvería a verlos. Su reto en este guion, dice, no fue tanto rebajar la sensibilidad como añadirla: ella es mucho más fría.

Paco Plaza y Fernando Navarro comparten su experiencia como tándem creativo detrás de Verónica: ellos aspiraban a construir el gótico vallecano [sic] con esta película. Esto es, respetar el género de terror pero también el costumbrismo español, contar una historia con personajes que conocemos y con brotes de humor necesario. Es una cuestión fundamental en su manera de comprender el cine: reivindican que el verdadero género no solo asusta, sino que ilumina los laberintos de la psicología humana: Verónica, reivindican, es también la historia de una adolescente que se resiste a crecer. Igual que El exorcista es el relato de una chica poseída, sí, pero también la imagen de una madre que se siente culpable por no prestar las atenciones que reclama su hija.

Sorprende, en cualquier caso, que en este evento apenas contemos dos mujeres: es una situación que no pasa desapercibida para Cruz y Simón, que tienen perspectivas distintas de un mismo escenario. “Tendría que haber muchas más mujeres”, dice Simón. “Es un proceso largo, pero cada vez hay más mujeres educándose. Se necesitan referentes. Hay trabajo por delante. Yo conservo la esperanza y en Cataluña tengo más amigas directoras que amigos directores”.

Hernández cuenta que estudió cine en Noruega, donde asegura que, durante aquel año, de 27 películas que se hicieron, 14 estaban dirigidas por mujeres, y sostiene que como profesor ha descubierto que las mujeres –sus alumnas– son más talentosas que los chicos en promedio, tienen historias más interesantes que compartir. “Tenemos un manantial que se pierde en las tuberías”, dice, con cierto lamento. Cruz considera que si las mujeres son minoría en el cine es responsabilidad, al menos en parte, de las propias mujeres: “Tenemos que ser más ambiciosas, escribir género”. Cree que la mujer debe pensar en grande y en la taquilla para ser considerada, no limitarse a proyecto pequeño, casi íntimos. Y luego se disculpa con Simón, que es una honrosa excepción.

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Tres de las películas nominadas al Goya por su guión.

La cita, llegada a su conclusión, comienza a cobrar tintes reivindicativos, especialmente por Navarro, al que secunda el resto. Porque un conflicto con el que tienen que lidiar los guionistas, cada día, es la precariedad y el olvido. No hay película sin guión y nunca la hubo, protestan. Esta situación –el olvido– se remarca cuando Simón y Plaza tienen que abandonar la sala por compromisos relativos a la ceremonia: nadie reclama, sin embargo, a los guionistas. Esta observación corre a cargo de Navarro, entre el humor y la resignación.

Él mismo recuerda la ocasión en que quisieron plantear –hace cinco años– una tabla salarial de mínimos que permitiera unas retribuciones acordes al trabajo que ejercen los guionistas, así como una serie de derechos fundamentales: muchos invierten meses de trabajo sin cobrar, no reciben el dinero hasta que el proyecto se consolida. Las claves para la subsistencia hasta entonces son un misterio. En aquel momento, la respuesta de Competencia fue contundente: una multa de 36.000 euros para Alma, el sindicato del que forman parte. Ahora negocian con el Gobierno para conseguir unas condiciones más favorables, tal y como ocurre en Estados Unidos. El éxito de esta medida, sospechan, pasa por la unidad del colectivo y la comprensión de las televisiones: a día de hoy, son las que más ficciones producen en España.

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