El síndrome de Ulises, cuando la soledad y el miedo se apoderan del migrante
Foto: Santi Palacios

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El síndrome de Ulises, cuando la soledad y el miedo se apoderan del migrante

Fátima tiene 12 años. Vivía en Siria. Un día, yendo al colegio, fue testigo de cómo una bomba caía sobre sus amigos, que caminaban delante. La guerra le obligó a ella y a su familia a trasladarse al Líbano. Durante un año, debido al miedo y a la ansiedad, se encerró en su casa. No quería ir al colegio o hablar con otra gente porque pensaba que, si salía a la calle, le pasaría lo mismo. Tampoco quería conocer a otros niños para evitar que vieran su deformación en los pies. Necesitó un año de apoyo social para salir y relacionarse de nuevo.

por Raquel Grela

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Fátima tiene 12 años. Vivía en Siria. Un día, yendo al colegio, fue testigo de cómo una bomba caía sobre sus amigos, que caminaban delante. La guerra les obligó a ella y a su familia a trasladarse a Líbano. Durante un año, debido al miedo y a la ansiedad, se encerró en su casa. No quería ir al colegio o hablar con otra gente porque pensaba que, si salía a la calle, le pasaría lo mismo. A esto se añade que, debido a una deformación con la que nació en los pies, tampoco quería conocer a otros niños. Necesitó un año de apoyo social para salir y relacionarse de nuevo.

Pablo es un solicitante venezolano de protección internacional que lleva viviendo seis meses en España sin su mujer y sus hijos. Está haciendo todo lo posible para reunirse de nuevo con su familia. Sin embargo, desde que emigró, le acompaña un sentimiento de culpa porque aunque él se encuentre seguro y pueda comer todos los días, sabe que sus seres queridos no tienen la misma suerte y eso le causa impotencia.

Sus nombres son ficticios, pero sus historias, reales. Son un ejemplo de lo que el psiquiatra Joseba Achotegui denominó en 2002 el síndrome de Ulises porque las experiencias que los pacientes le contaban describían el sentimiento de soledad, desconfianza y miedo que sentían tras haberse visto forzados a emigrar y a dejar todo atrás; lo mismo que se narra en la Ilíada de Homero, en la que el héroe griego pasó diez años en tierras desconocidas y otros diez tratando de encontrar el camino de vuelta.

No se trata de un nuevo tipo de enfermedad mental, sino de un cuadro de estrés crónico que presenta síntomas de otros trastornos como la depresión o la ansiedad porque, tal y como explica Mari Ángeles Plaza, psicóloga de CEAR Madrid –organización que trabaja especialmente con solicitantes de asilo– a The Objective, “son indicios normales y adaptativos a una situación nueva”. ¿Por qué aparece? Por enfrentarse a situaciones tan traumáticas como la guerra o las extremas condiciones de algunos países que obligan a miles de personas a emigrar.

Tanto Plaza como Alaa Karouda, responsable del área de Psicología en URDA –asociación que trabaja tanto en España como en Líbano atendiendo a personas desplazadas o refugiadas–, coinciden en que no se suele emplear el término síndrome de Ulises, sino que se trata a la persona según los síntomas que muestre.

En 2017, en las peticiones de asilo, hubo más de 110 nacionalidades diferentes, entre las que destacan Venezuela (23,2%), Ucrania (11,6%), Siria (8,7%), Colombia (5,8%), Honduras (4,9%) y Marruecos (4,1%), según datos de CEAR. En el caso de URDA, la mayoría de personas con las que trabajan son refugiados sirios, cuya situación empeora al llegar a Líbano ya que son considerados turistas o inmigrantes ilegales por el Gobierno, por lo que se encuentran en un vacío legal y les impide acceder a estudios superiores o trabajar legalmente.

Refugio en la ciudad de Bar Elias (Líbano) | Fotografía: AP Photo – Bilal Hussein

¿Cómo se manifiesta el síndrome?

Pérdida de memoria y de apetito, tristeza, ansiedad, dolores de cabeza, preocupaciones excesivas, soledad, insomnio, problemas respiratorios o gastrointestinales y problemas de concentración son algunos de los síntomas que provocan los siete duelos migratorios a los que se enfrentan los migrantes: abandonar su país y a sus seres queridos de manera forzada; el cambio de cultura y de idioma; poner en riesgo su vida tanto por las condiciones del viaje como por la existencia de mafias; la lucha por la supervivencia –encontrar vivienda, trabajo, comer todos los días–; el racismo y los prejuicios de otros grupos étnicos; la posibilidad de detención y expulsión; la incertidumbre del futuro; y la posibilidad de ver hecho añicos su proyecto de vida de mejorar tanto sus condiciones como la de sus familiares.

De hecho, Karouda explica a The Objective que los niños sufren un «miedo irracional» y, a modo de mecanismo de defensa, lo proyectan en objetos que les recuerdan malas experiencia como, por ejemplo, el sonido del viento porque “les hace rememorar ruidos determinados que escucharon durante un bombardeo”. Lo mismo ocurre con los gritos.

Valla de uno de los campos de refugiados en Idomeni, Grecia | Fotografía: Alberto Pons

Además, la falta de oportunidades para que los inmigrantes mejoren sus condiciones de vida y la sensación de que ellos ya no son los que toman las decisiones que determinan su futuro, sino que son otros agentes (personas, Estados) quienes lo hacen, pueden empujarles al suicidio, tal y como explican ambas psicólogas: “Cuando perdemos esa capacidad de autonomía se produce un estado de indefensión, vulnerabilidad y frustración que daña nuestra salud mental”. Por ello, los procesos de inclusión son necesarios para que estas personas se sientan empoderadas y con autonomía suficiente que les ayude a afrontar nuevas situaciones y a construir nuevos proyectos.

“No es solo lo que esa persona tenía, sino lo que ya no va a volver a tener más” – Mari Ángeles Plaza

¿Pueden sufrir este síndrome las personas de los países desarrollados? “Cualquier persona por el hecho de migrar, sea de donde sea, puede tener estos duelos”, responde la psicóloga de CEAR, ya que todos los migrantes pasan por un proceso de adaptación a un nuevo ambiente con diferentes costumbres y culturas.

Pero mientras que una persona que pertenece a los denominados países más industrializados tiene seguridad y tranquilidad porque el viaje lo realiza en condiciones legales y suele ser una decisión voluntaria y previamente planificada, la mayoría de migrantes que presentan este síndrome han tenido que abandonar su país –y su identidad– de manera forzada, huyendo de diferentes peligros, saltando vallas o subiéndose en una patera, escondidos, y sin saber si volverán a pisar tierra.

Cuando llegan al destino final se produce un choque entre las expectativas y la realidad con la que se encuentra, lo que genera una sensación de fracaso por las metas que no va a poder alcanzar. La presión de tener que adaptarse económica y socialmente lo antes posible para aprender a convivir en un nuevo entorno les hace sentir ansiedad e irritabilidad, lo cual empeora por la situación de explotación, incomunicación y la humillación a la que, la mayoría de las veces, se ven sometidos. Tampoco cuentan con amigos o apoyo social por la desconfianza que tienen hacia el resto de personas porque muchas situaciones traumáticas que han experimentado han sido provocadas por otros seres humanos.

Inmigrantes descansan en un gimnasio en Tarifa después de haber sido rescatados en el Estrecho de Gibraltar | Fotografía: AP Photo – Emilio Morenatti

El inmigrante no solo sufre por haber dejado a sus seres queridos atrás, sino que también se siente responsable de la reunificación familiar, algo que se consigue en muy pocas ocasiones. Volver al país de origen tampoco suele ser una opción porque, en el caso de los refugiados sirios, Kadoura apunta que la vida de muchos de ellos “ha sido completamente destruida y han perdido todo”.

La forma de reaccionar ante esta situación también depende de si el inmigrante es mujer, hombre o niño. La psicóloga de URDA explica que los hombres se quejan frecuentemente de sus condiciones de vida y se sienten frustrados por no poder cumplir el rol que, de acuerdo con su cultura, deben desempeñar: sostener económicamente a su familia, algo verdaderamente difícil para un refugiado sirio en Líbano. Los menores faltan al colegio y las mujeres muestran una “carencia de amor y de atención” hacia sus hijos al no sentirse bien con ellas mismas debido a la depresión y la ansiedad por un futuro incierto. También descuidan las tareas del hogar de las que, según su educación, se deben hacer cargo. Además, en este contexto, son un sector más vulnerable ya que a lo largo de su proceso migratorio son víctimas de violencias que los hombres no suelen padecer.

Lo que sí manifiestan todos es lo que Achotegui apunta como regresiones psicológicas, es decir, conductas de dependencia y sobrevaloración de las personas que han establecido como autoridad, alejándose de la autonomía hacia la que deberían avanzar. También reaccionan con pataletas y “protestas infantiles ante situaciones de frustración y dolor”.

¿Qué puede hacer la sociedad para ayudarles? 

Cada persona expresa su dolor de manera distinta: algunos necesitan más confianza, otros no saben expresarlo porque ignoran lo que les ocurre y otros requieren más apoyo “ya que vienen de situaciones muy traumáticas”. Pero no todo depende de las ONG, los psicólogos y los médicos, también es necesaria una mayor sensibilización y concienciación de la sociedad para ayudar a que los inmigrantes tengan más oportunidades y evitar  los prejuicios racistas.

Generalmente, todo el mundo necesita expresar su dolor para sentirse más aliviado, por ello, la psicóloga Plaza apunta a que “como sociedad tenemos esa función de acoger, escuchar, comprender, de poder acompañar a estas personas y de darles espacio”. Cuanta más autonomía e independencia vayan adquiriendo, más rápida será su recuperación emocional y personal.

«Los refugiados no necesitan que alguien les dé consejos, solo poder desahogarse» – Alaa Kadoura 

Pero ayudar no siempre es una tarea fácil. Kadoura cuenta que al principio, hablar con los refugiados sobre sus sentimientos es complicado porque “no sienten que necesiten ayuda psicológica o no comprenden qué les sucede”. Por ello, para crear lazos de confianza, los trabajadores de URDA organizan actividades gracias a las que, poco a poco, hacen ver a los refugiados que “expresando sus sentimientos, se sienten mejor”. “Ellos solo quieren sentirse escuchados porque tienen mucho que decir; no necesitan que alguien les dé consejos, solo poder desahogarse”.

Un rohingya en un campo de refugiados de Bangladesh | Fotografía: URDA

Sin embargo, la recuperación total es imposible debido a la marca que les han dejado las experiencias traumáticas. De hecho, muchas veces se produce lo contrario: los síntomas “se vuelven crónicos” porque desde que el inmigrante sale de su país hasta que llega a un territorio seguro pasa mucho tiempo y solo suma nuevos traumas.

Ambas expertas coinciden en que el interés por la psicología ha ido aumentando y, gracias a ello, Kadoura indica que el número de personas que sufre el síndrome de Ulises no está incrementando, sino que “se podría decir, incluso, que está descendiendo”.

CEAR explica que España cuenta con un circuito de protección social para aquellas personas que piden asilo, financiado por el Gobierno, que provee de ayudas sociales a estas personas como cobertura social, sanitaria, jurídica y psicológica. Sin embargo, si la persona que llega no es solicitante de protección internacional “no tienen el mismo acceso a las ayudas sociales y, por supuesto, no tienen los mismos derechos sociales”.