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Sitges, la joya del Mediterráneo catalán brilla menos de lo que acostumbra

Foto: Borja Bauzá | The Objective

Los titulares de prensa se suceden a buen ritmo. Más de 3.000 empresas han llevado su sede fuera de Cataluña desde el referéndum; Frenazo industrial en Cataluña mientras Madrid se dispara; Salou, el 'kilómetro 0' de la ruina soberanista; o –este último de hace apenas cinco días– Catalunya, a la cola de España en el aumento de venta de vivienda. Industria, turismo, vivienda. Todo parece encontrarse en caída libre desde el referéndum por la independencia celebrado el pasado mes de octubre. Todo menos un pueblecito de la comarca del Garraf que parece estar aguantando el tirón. Más o menos.

Sitges comenzó a destacar como población sui géneris hace un par de siglos, cuando varios de sus habitantes decidieron marcharse a las Américas con la intención de hacer fortuna. Tal ánimo emprendedor no era raro en la época; otra cosa diferente era triunfar en el proceso. Por lo general a los sitgetanos les fue bien. Y aunque algunos, como Facundo Bacardí, que años más tarde fundaría en Cuba la empresa que todavía hoy lleva su nombre, decidiesen quedarse allende los mares, muchos optaron por regresar al pueblecito de su infancia.

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Sitges según el pintor Morés. | Imagen: Pintura cedida por Garazi Tamayo

Los indianos que regresaron se dedicaron a construir pequeñas mansiones a la vera del pueblo. La mayoría escogió ubicarse cerca del mar, en lo que ahora es el Paseo Marítimo. Son precisamente esas villas las que hoy hacen de la localidad una de las poblaciones más caras de la costa española. En Sitges no es difícil encontrar propiedades en venta por seis, diez o incluso catorce millones de euros. Lo que sí empieza a ser más complicado es encontrar tantos compradores como antes.

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Joan Buti dirige Finques Buti, la inmobiliaria más antigua del lugar. Buti tiene 60 años, la voz grave y una paciencia digna de santoral. Es la voz de la experiencia en uno de los mercados inmobiliarios más exclusivos y peculiares de España. Responde a las preguntas acompañado de una calculadora que utiliza para llenar de cifras sus argumentos.

Buti explica que muchas propiedades en Sitges pertenecen a familias de Barcelona de clase alta o muy acomodada que o bien viven todo el año en la localidad –sita a tan sólo media hora de la Ciudad Condal– o bien acuden a ella los fines de semana, puentes y vacaciones. Estas familias son las más comunes. En un segundo escalón, a bastante distancia de la burguesía barcelonesa, se encuentra una colonia de maños y madrileños también pertenecientes a la clase media alta de sus respectivas ciudades. Suelen utilizar Sitges como retiro vacacional. Por último, aunque casi a la par, está lo que Buti llama “el mercado internacional”; familias procedentes de Francia, Inglaterra e Irlanda que viven o veranean en el pueblo. Es este último perfil el que peor lleva lo del proceso independentista catalán.

El dueño de Finques Buti comenta el caso reciente de un cliente francés que visitó varios apartamentos. “Se marchó bastante convencido de querer comprar uno que le había gustado mucho, pero unos días más tarde me llamó desde Francia para informarme de que sus asesores financieros le habían recomendado esperar hasta que se calme la situación”. Por lo visto estos plantones son habituales desde agosto.

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Iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla. | Foto: Borja Bauzá / The Objective

Damián Peña, director de la oficina sitgetana del grupo inmobiliario Engels & Völkers, coindice con Buti. Dice que este otoño se han registrado menos solicitudes de compra de lo normal y también que hay bastante miedo fuera de España. Peña aclara que sus afirmaciones se basan en la intuición de alguien que está al pie del cañón. Las estadísticas oficiales –o, al menos, las que se elaboran siguiendo una metodología y datos contrastados– no saldrán hasta el verano. “De todos modos, el número de visitas a pisos y propiedades ha caído entre un 20% y un 30%, lo que hace suponer una caída de las ventas en los próximos meses. A menos visitantes, menos compradores potenciales”, explica.

Otra inmobiliaria histórica de Sitges es Fincas Maricel. Sus oficinas, que llevan gestionando transacciones inmobiliarias desde hace cuatro décadas, se encuentran en el Cap de la Vila, el centro neurálgico de Sitges. Allí atiende Carlos Solá, que ese día no parece estar del mejor humor del mundo, quizás porque a dos metros de la puerta los de Esquerra Republicana de Catalunya han montado un puesto informativo de cara a las elecciones del próximo 21 de diciembre que casi no deja ver el negocio.

“Claro que se ha notado”, asegura Solá al preguntarle por el proceso independentista. La percepción en Maricel es muy parecida a la de Engels & Volkërs: desde agosto las visitas a propiedades han caído un 20%. Por eso Solá estima que cuando lleguen las estadísticas oficiales se constatará una caída de las ventas del 15%.

Pese a que las tres inmobiliarias coinciden al apuntar que las familias extranjeras han dejado de buscar propiedades en Sitges, o por lo menos de buscar con las mismas ganas de antes, también dejan claro que, con todo, ni los precios se han visto afectados ni tampoco hay una avalancha de gente queriendo salir del pueblo cuanto antes.

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Todas las reseñas lo confirman, y cualquiera que haya pagado visita estará de acuerdo: Sitges es un pueblecito bonito, tranquilo, y divertido que no se apaga ni en los meses más ásperos del año. Un microcosmos único gracias al Festival de Cine de Sitges que se celebra en octubre, a la semana del carnaval de febrero y a las conferencias multitudinarias –muchas veces de carácter internacional– que se suceden cada dos por tres en el Meliá situado junto al puerto. También gracias al puñado de colegios internacionales que hay repartidos por la zona para satisfacer la demanda de esas familias, tanto extranjeras como barcelonesas, que viven todo el año allí, y al Institute of the Arts Barcelona, el centro superior de estudios artísticos que abrió sus puertas en 2013 y acoge a docenas de estudiantes procedentes de todo el mundo. Tampoco escasean las reseñas culturales; las que hablan de los museos agrupados en torno a la iglesia de Santa Tecla, las que hablan de Santiago Rusiñol y su influencia modernista sobre Sitges, las que hablan –como esta de Francisco Umbral o esta otra de Sergi Doria– de los cuatro años que pasó allí, escribiendo en el primer chiringuito de España, el controvertido escritor y columnista César González-Ruano, y las que hablan del novelista Ildefonso Falcones, a quien le gusta frecuentar los clubes más selectos de la localidad. También hay quien dice haber coincidido con el último Premio Cervantes, Eduardo Mendoza, tomando paella en una de las villas que están pegadas al Hotel Terramar. Sitges no es, en resumidas cuentas, un pueblo playero más.

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El turismo gay ha salvado Sitges. | Foto: Borja Bauzá / The Objective

Pero en lo que atañe a las inmobiliarias, lo que realmente marca la diferencia entre Sitges y otros pueblos costeros de España es ser desde hace décadas uno de los destinos preferidos de eso que la Wikipedia llama “turismo homosexual”.

Fue en la década de los 80 cuando Sitges se erigió como destino turístico gay para personas de todo el mundo, un estatus que sigue manteniendo en la actualidad y gracias al cual el pueblo ha conseguido capear bien las crisis de la última década; primero la económica y ahora la crisis política que se deriva del proceso independentista.

“El cliente gay es un cliente importantísimo para Sitges”, señala Buti. Son personas –explica– normalmente extranjeras, con gran poder adquisitivo y que se comportan de forma diferente a las familias. “El cliente gay suele tener inquietudes diferentes a las que pueda tener la típica familia con niños, y es mucho más tolerante con la inestabilidad siempre y cuando vea que ésta no afecta a su seguridad personal”. Por eso –sigue explicando Buti– durante la crisis financiera, cuando el mercado nacional estaba en plena retirada, el pueblo tuvo que apoyarse en la comunidad gay y en las familias de origen extranjero para poder capear el temporal. Y por eso ahora, con las familias de origen extranjero pensándoselo dos veces antes de invertir en Sitges, vuelve a ser de nuevo la comunidad gay la que ayuda a mantener el pueblo sin un stock de viviendas acumuladas. Ese stock –termina Buti– es el que pesa tanto en algunas poblaciones vecinas que, tras casi diez años de crisis económica, se topan ahora con el procés y la incertidumbre que éste genera sin haber podido desprenderse de toda la oferta que arrastraban. En pocas palabras: el cliente gay es el gran comodín de Sitges.

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Sitges, pues, es una realidad al margen de Cataluña pese a ser el pueblo más independentista del Garraf (según el recuento de votos de las últimas elecciones autonómicas) y estar a 40 kilómetros de Barcelona. Hay política en sus calles en clave de carteles, pancartas, banderas e incluso placas que hablan de la Guerra de los Segadores y de las tropelías que allí cometieron “las bombas castellanas”, pero uno debe esforzarse si quiere darse por aludido. No salta a la vista, ni es algo que se encuentre hasta en la sopa. No es, ni por asomo, un pueblo con la militancia de Arenys de Munt. Por encima de todo sigue siendo, como se ha dicho antes, un lugar tremendamente bonito y divertido que sirve a la burguesía barcelonesa de exilio vacacional dorado; un lugar en el que desconectar del clima político y en el que todavía se puede dormir con la buena conciencia de haber hecho una inversión inmobiliaria inteligente. Vender puede ser un poco más difícil que antes, pero el suelo sigue encontrándose entre los más exclusivos de España.

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Paseo Marítimo de Sitges con el Hotel Terramar al fondo. | Foto: Borja Bauzá / The Objective

¿Y después de las elecciones del próximo jueves?

Carlos Solá es pesimista: “Esto va a ir a más y será entonces cuando la gente, también los catalanes, empiece a marcharse a otras partes de España”. Joan Buti es todo lo contrario, optimista, y dice que pase lo que pase –gane quien gane– el proceso independentista tiene los meses contados. Sostiene que cualquier persona mínimamente inteligente actuará con la tranquilidad y el sosiego del que sabe que las revoluciones, si se hacen, han de hacerse de otra manera. Damián Peña es el más escéptico de los tres y opina que todo mejorará cuando “en Europa se deje de hablar de nosotros”. O sea, que si el asunto se prolonga serán malas noticias.

De forma parecida opina Borja Mateo, experto inmobiliario y autor de varios libros sobre el sector, al afirmar que los precios bajarán “incluso en un lugar como Sitges” si el procés se dilata en el tiempo. En cualquier caso, ve complicado asistir a un éxodo burgués por culpa de la política: “Cataluña ni es ni va a ser como Euskadi en los años 80, donde se cargaban a gente por la calle”. Mientras eso no pase –dice– no hay de qué preocuparse. Es más, si el procés se dilata en el tiempo y sus predicciones se convierten en realidad, Mateo cree que la bajada de precios tampoco será demasiado pronunciada. Durará el tiempo que tarde la gente en comprender que hay pueblos que nunca tocan fondo.

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