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De 'Los Soprano' a 'True Detective': ¿por qué las grandes series no pueden vivir sin la física?

Los escritores buscan nuevas respuestas para explicar el mundo y lo hacen a través de las series

Foto: HBO

The Big Bang Theory. True Detective. Los Soprano. Breaking Bad. Rick & Morty. Todas tienen en común que la física, igual que la filosofía, han caminado de la mano en sus episodios. “Y además”, comenta el crítico Víctor Sala, “en muchos casos era imposible esperarlo”. El fenómeno de las series lleva años desarrollándose en España, animado por la nueva ola de la ficción que llega desde Estados Unidos, y sus creadores —que son autores en el sentido francés de la palabra— alternan disciplinas bien distintas para dar un poso a sus ficciones, a veces a través del humor y a veces no, a veces con rigor y a veces con un atrevimiento pasado de frenada. Era imposible que esta cuestión no se abordara en el Kosmopolis, celebrado en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Nic Pizzolatto escribió True Detective pensando en varias líneas de tiempo, jugando con las porosas fronteras entre el ayer, el ahora y el mañana. La elasticidad del tiempo en esta serie, hablando de la primera temporada, no es un asunto que se pasa por encima, como ocurre en los flashbacks de Padre de familia, sino que es sustancial tanto en el fondo como en la forma. Hay pocos personajes de ficción en la última década tan poderosos como el detective Rust Cohle, inmortalizado por Matthew McConaughey, que desarrolla la idea nietzscheana del eterno retorno y elementos fundamentales de la física cuántica haciendo uso de una lata de cerveza.

“La pregunta que debemos hacer cuando este detective nos cuenta esta teoría es: ¿y qué?”‘, plantea el filósofo y periodista Joan Burdeus. En el vídeo se puede ver al detective Cohle explicando la naturaleza del tiempo, inspirado por una de las teorías predominantes, por lo que fuera de nuestra dimensión todo estaría repitiéndose una y otra vez. Esta circunstancia le produce una angustia existencial insoportable. Burdeus, recuperando a Nietzsche, menciona que no tenemos por qué dejarnos llevar por el desconsuelo, igual que no lo hizo el pensador alemán a pesar del extracto que cita de La gaya ciencia:

“¿Cómo te sentirías si un día o una noche un demonio se deslizara furtivamente en la más precaria de tus soledades y te dijera: ‘Esta vida, tal como la estás viendo y tal como la has vivido hasta este momento, deberás vivirla innumerables veces y no habrá en ella nada nuevo, cada dolor, cada placer, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo increíblemente pequeño y grande volverá a ti, y todo en el mismo orden y en la misma secuencia. […], incluso este instante y yo mismo, el eterno reloj de arena de la existencia, siempre de nuevo y tú con él, pequeña partícula de polvo?”.

La física cuántica ha venido renovar este qué, explica Burdeus, que antes eran elucubraciones sobre teorías clásicas y que ahora son fórmulas matemáticas. La científica Sonia Fernández-Vidal argumenta que el nacimiento de la física cuántica tuvo unas implicaciones “muy fuertes”, pues se desmonta completamente la idea del universo mecánico, donde todo es orden y todo es llanura, “el universo comienza a parecerse más a una gran idea que a una gran máquina”.

La dificultad que encontramos para comprender estas teorías, continúa, es que pertenecen a un mundo que “está fuera de lo ordinario”. Nuestros ojos no pueden observar sin instrumentos un átomo, no pueden ver el movimiento del tiempo. Por eso cautiva la filosofía y por eso las series, cuando acceden a la ciencia, quedan tan enriquecidas: nos ayudan a hacernos preguntas y a aproximarnos al conocimiento del mundo en su naturaleza más compleja. A fin de cuentas, somos el único animal sobre la Tierra —hasta donde sabemos— que es capaz de hacerlo.

“Esto nos ha dejado personajes angustiados por un futuro incierto”, dice Sala, que pone un nuevo ejemplo. El mafioso Tony Soprano (James Gandolfini) entra en una crisis existencial tras un incidente —no revelaremos demasiados spoilers— y se plantea nuevos interrogantes. En el hospital conoce a un hombre que es físico y que le introduce en la ecuación de Schrödinger. Los guionistas supieron llevar magistralmente a la pantalla un debate con mil aristas.

Burdeus analiza la escena. “Aquí vemos dos discursos diferentes todo el tiempo”, arranca. “Un discurso sobre la ciencia, sobre qué es el mundo, con el físico diciendo que son bolas chocando azarosamente en el vacío en una ilusión de separación. Y el discurso del mafioso, que llega a otra conclusión: todo es todo y la vida es una mierda. Lo que hace la literatura es cubrir este trecho, la literatura es un puente entre la física y la filosofía”.

Luego agrega: “Cuando ves que los guionistas se acercan a la física, ves que lo hacen igual que lo hacían los escritores hace 1.000 años con la teología. Siempre hay una teoría que describe el mundo mejor que las otras y en este caso es la física cuántica. Cuando ves que un guionista echa mano de la teoría de Schrödinger, sabes que está cogiendo carrerilla para dar ese salto tan difícil”.

Fernández-Vidal comparte sus palabras y lamenta que los científicos se hayan convertido en los sacerdotes modernos, “un rol del que deberíamos huir” por una razón de peso: “No hay una verdad absoluta, todo son verdades provisionales”. Eso explica que el desarrollo del monólogo en la escena no recayera en un cura o un filósofo, sino en un científico. Los escritores buscan en la física cuántica una explicación al mundo, no siempre con éxito. “La ciencia plantea más preguntas que respuestas, por eso nos cuestiona constantemente”, concluye Fernández Vidal. “Donde te deja la ciencia, comienza la literatura, la poesía o la metafísica”.

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