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Stanley Kubrick: cine, obsesiones y legado

Han pasado 20 años desde la muerte de Stanley Kubrick, uno de los cineastas más influyentes de la historia

Foto: ASSOCIATED PRESS

Stanley Kubrick tenía un árbol preferido. Estaba dentro de los terrenos de su casa en Hertfordshire, Inglaterra, que es icónica y tiene cuatro siglos de antigüedad. Kubrick solía sentarse junto a él. Antes de morir, le pidió a su esposa que lo enterraran allí y Christiane cumplió el deseo, añadiendo como epitafio una cita de Oscar Wilde: “La tragedia de la vejez no consiste en ser viejo, sino en haber sido joven”. Kubrick murió por un ataque al corazón a los 70 años, el 7 de marzo de 1999.

A la ceremonia acudió un centenar de invitados, familiares y compañeros, con la prensa a un kilómetro de distancia. Nunca fue amigo de la vida pública, mantuvo un perfil reservado que abría sus ranuras a través del cine. Cuentan que Kubrick supo desde el primer momento que el cine, como cualquier arte, no podía disociar su destino de la lógica del mercado. Así que siempre se interesó por la acogida de sus películas, del número de salas que las proyectaban, de los céntimos disponibles en cada presupuesto.

La crítica no siempre abrazó con entusiasmo sus películas. Tampoco lo hizo, por ejemplo, Woody Allen, que se sintió decepcionado la primera vez que vio 2001: Una odisea en el espacio. En cambio, volvió a verla unos meses más tarde y la película le gustó. Un par de años más tarde, la vio por tercera vez y cambió su opinión de arriba abajo: “Ha sido una de las pocas ocasiones en mi vida en que me he dado cuenta de que un artista iba muy por delante de mí”.

 

Su cine

No era el mejor estudiante de todos. Kubrick disfrutaba más fuera de la escuela que dentro, cuando se refugiaba en las salas de cine en sesiones dobles o sacaba fotografías en la calle o jugaba partidas de ajedrez. Con los años sus fotografías eran cada vez mejores y eso llamó la atención de algunos compañeros en la revista Look, con quienes trabajaba. La esencia artística de la fotografía está en todas sus películas.

Su primer trabajo como cineasta fue un pequeño documental, de apenas 12 minutos, donde repasa la jornada de la pelea del boxeador Walter Cartier. La delicadeza del cortometraje es hipnótica. Mucho antes de Toro salvaje, la película de Martin Scorsese de 1980, Kubrick levantó esta obra ejemplar con muy poco dinero. “Es una vida difícil”, comenta el locutor. “Pero merece toda su dureza y riesgo, para él lo merece todo”. Algunas de las técnicas que aplicó en esta cinta fueron señas de identidad en las posteriores, como el modo en que el boxeador se acerca a la cámara. Hay que recordar que era 1951.

En los primeros años aprendió del vanguardista Eisenstein, del aclamado Elia Kazan, de Max Ophuls. Con todo, sus preferidos fueron los italianos Vittorio De Sica y Federico Fellini y el sueco Ingmar Bergman. Kubrick tenía una idea muy clara sobre cómo debía ser el guión de una película. “Pienso que la mejor trama es que no haya trama”, dijo en una entrevista. “Prefiero un comienzo tranquilo, que se vaya metiendo en la piel de los espectadores y que los envuelva de tal forma que puedan apreciar las notas de gracia y los tonos suaves para que no tengan que ser golpeados con giros en la trama o herramientas de suspense”. El éxito de su primer cortometraje le animó a dejar su empleo en la revista Look y apostó por el cine. Después de dos cortometrajes más, uno en blanco y negro –Flying Padre (1951)– y otro a color –The Seafarers (1953)–, Kubrick rodó su primer largometraje: Fear and desire. Este título siempre ha tenido un halo de leyenda, por ser considerada como su primera película de verdad. Lo cierto es que comercialmente fue un fracaso, aunque se reconoció la belleza de su fotografía. Kubrick se esforzó por eliminar cualquier rastro de la película, pero también fracasó en ese intento.

Podemos decir que su primer gran éxito fue Senderos de gloria, donde trabajó con Kirk Douglas y con la que entró en una nueva dimensión cinematográfica. En esta película se encuentran su anhelos artísticos fundamentales. Con Douglas repitió en Espartaco y, ya como director apreciado por las gigantes productoras, continuó una trayectoria luminosa: Lolita, Teléfono rojo, 2001, La naranja mecánica, Barry Lyndon, El resplandor, La chaqueta metálica y Eyes Wide Shut. Kubrick había muerto cuando esta última se estrenó en cines. Y, por cierto, el genio pensó inicialmente en Woody Allen y no en Tom Cruise para protagonizarla.

 

Sus obsesiones

Kubrick tenía una sensibilidad atípica. Una vez ordenó que se paralizara una jornada completa de rodaje –durante La chaqueta metálica– tras la muerte accidental de una familia de conejos. La sensibilidad es fundamental para los artistas, siempre que no ciegue los juicios de la razón. Kubrick no tenía ningún problema con esto. Algunos actores perdían la cabeza por su perfeccionismo, era capaz de mandar repetir decenas de intentos la misma secuencia. La protagonista de El resplandor, Shelley Duvall, definió el proceso de rodaje como “insoportable”. Kubrick rodó 127 veces la escena donde Wendy [el personaje] sube la escalera llorando. A Duvall, por el estrés, se le caía el pelo a mechones. Estaba previsto que el rodaje terminara en 17 semanas; finalmente fueron 14 meses.

Su obsesión con la interpretación perfecta no era la única. Como fotógrafo, sentía fijación por el encuadre, ya fuera en sus autorretratos o en sus fotografías de calle. Explicó Vicent LoBrutto, biógrafo de Kubrick, que ni siquiera sus primeras fotos de prueba en su juventud son “prescindibles”.

Hay un vídeo maravilloso del videoensayista Kogonada que demuestra hasta qué punto Kubrick, como Buster Keaton –antes– o Wes Anderson –ahora–, estaba obsesionado con la armonía en los encuadres, que debían ser matemáticamente perfectos. Aquellos que descarrilan en esa linealidad, por llamarla de alguna manera, son quienes integran la periferia de la cordura. Esta simetría es un paso en firme hacia la belleza. Kubrick tenía un compromiso con el espectador, el compromiso de entretenerle e hipnotizarle, y otro con la Historia: “Espero realizar la mejor película de todos los tiempos”. Tal vez fue 2001.

 

Su legado

Pocos autores han influido en la forma de hacer cine como Kubrick. Deben ser tres o cuatro. Sin embargo, jamás ganó un Oscar. Ni él ni ninguna de sus películas. La Academia de Hollywood fue injusta con el maestro, a diferencia de los circuitos de cine europeos, que sí reconocieron cómo Kubrick estaba dando una vuelta de tuerca al cine como expresión artística.

Hay una columna del crítico Oti Rodríguez Marchante que define magistralmente su influencia: ¿Dónde no está Kubrick? En todos los ámbitos, pero, por ejemplo, en la música. “Es tan difícil hacer algo que no tenga algún tipo de deuda con lo que Stanley Kubrick hizo con la música en las películas”, concedió Paul Thomas Anderson en una entrevista. “Inevitablemente, terminas haciendo algo que probablemente él ya hizo antes. Nos estamos quedando atrás respecto lo que a él se le ocurrió”.

Kubrick está, incluso, lejos de la órbita terrestre; la unión Astronómica Internacional llamó Kubrick a un monte de la luna Caronte, en la órbita de Plutón. Kubrick está en el cine de P. T. Anderson, David Lynch, Darren Aronofski, Wes Anderson, Lars Von Trier, Gaspar Noé, Tim Burton. Parece que no hubo movimiento en el cine hasta que llegó Kubrick. Lo podemos comprobar en la exposición del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), que es un recorrido a sus bocetos, fotografías y documentos en todas las fases de producción de sus películas.

Luego está el legado anímico de Kubrick, que representa muy bien esta anécdota de Jack Nicholson: “Un día Stanley se me acercó y me dijo: ‘Jack, cada escena que quiero hacer siento que ya se hizo antes, por eso nuestro trabajo es otro: nuestro trabajo es hacerla mejor'”.

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