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Studio 54, o la efímera historia del negocio que se convirtió en la meca del hedonismo de los setenta

Foto: Richard Drew | AP Photo

Antes de montar Studio 54, sus dueños se patearon Nueva York tratando de averiguar cómo podían crear el club definitivo. A Steve Rubell and Ian Schrager, quienes se conocieron durante su época universitaria, no les gustaban los clubes para heterosexuales que había entonces en la ciudad. Consideraban que casi todos eran demasiado pretenciosos y que estaban pensados únicamente para ir a ligar. Por eso reunieron un dinero y reformaron —sin permiso de obras, eso sí— un viejo local de la Calle 54 que antes funcionó como estudio de televisión y teatro de ópera. En apenas seis semanas los dos convirtieron aquel espacio del West Side de Manhattan en una modernísima discoteca.

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Steve e Ian. | Imagen vía Ian Schrager Company.

Studio 54, inaugurada por todo lo alto el 26 de abril de 1977, se convertiría en poco tiempo en el club nocturno mainstream más desprejuiciado y gay-friendly de la ciudad —uno de los poquísimos lugares donde se permitía el acceso a las mujeres trans, por cierto— y en icono de los últimos años de la llamada revolución sexual.

El carisma de Rubell —un joven gay, extrovertido y que funcionaría como magnífico relaciones públicas del local— y la diligencia de Schrager —hetero, bastante más reservado y verdadero cerebro del negocio— se revelaron enseguida exitosos, tanto que los dueños de muchas otras discotecas de la ciudad tardaron poco en tomarles tirria.

Las juergas allí eran de agárrate y no te menees, aunque muchos criticaron desde el principio la (políticamente incorrecta y peculiar) política de acceso al glamuroso establecimiento que sus dueños decidieron aplicar. “Studio 54 es una dictadura en la puerta y una democracia en la pista de baile”, decía el mismísimo Andy Warhol. “Studio 54 fue pionera en la creación de aquellas largas filas de gente esperando para entrar al club. Cuando una limusina se detenía delante de la puerta, a quien salía del coche se le dejaba pasar primero normalmente. Estos podían ser nuevos ricos, celebridades o seguidores de la moda. Luego íbamos la gente extravagante y de estilo de vida alternativo como yo. Entiendo que esto ocurría no solo porque fuéramos homosexuales, sino porque teníamos cierto look que ellos querían agregar a la mezcla”, explica el artista Marc Cohen.

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Bianca Jagger bailando en Studio 54 el 16 de diciembre de 1977. | AP Photo.

Afortunadamente para quienes no llegaron a conocer Studio 54, muchos de los asiduos a aquella especie de paraíso de las drogas, el sexo y la música disco solían fueron retratados por los fotógrafos que Rubell y Schrager contrataron para inmortalizar momentos que convertirían al club en símbolo de toda una época. Impagables son esas imágenes que muestran a Elton John abanicando a Divine, la ex primera dama de Canadá Margaret Trudeau dándolo todo en la pista de baile, un jovencísimo Michael Jackson deambulando por el local, o Bianca Jagger sentada en un caballo blanco —que, por cierto, le dio como regalo de cumpleaños esa misma noche el propio Rubell—.

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Andy Warhol y Margaret Trudeau fotografiados el 17 de enero de 1978. | Foto: Richard Drew | AP Photo.

"Solía ir allí con Andy [Warhol]", comenta la periodista y productora Joan Agajanian Quinn, editora en aquella época de la revista Interview en la Costa Oeste estadounidense. “Cuando Studio 54 abrió, la revista estaba al frente de las visitas nocturnas. Nosotros andábamos entrevistando a celebridades, atractivos y prometedores jóvenes y estrellas, así que estábamos en la lista permanente para llevar allí a nuestros invitados. Vi bastante petting, hasta el punto de la desnudez, en el balcón. Recuerdo el fuerte olor a cannabis, el montón de poppers y aquel olor acre”.

Resulta incuestionable que el club hacía gala de su hedonismo constantemente. “Sí que había sexo, drogas y alcohol. Y también mamadas en abundancia en los urinarios de los baños”, recuerda Cohen. Lo de vender alcohol no tendría nada de extraño si no fuese porque sus dueños no tenían permiso para hacerlo. De hecho, servían bebidas de ese tipo gracias al permiso de restauración temporal que obtenían cada día un recurso provisional que utilizaron durante más de un año. Aun así, los dueños del cortijo se forraron aquellos días y Rubell, que se creía entonces intocable, solía fanfarronear con el dinero que ganaba, llegando a asegurar en una entrevista que ganaban “siete millones de dólares al año, solo la mafia lo hace mejor”. Aquella torpe declaración les puso en el punto de mira de toda esa gente influyente a la que nunca invitaban a las fiestas, y también de las autoridades —que ya de por sí consideraban incómodos a esos dos tipos que con su negocio habían roto el statu quo en la ciudad—.

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Elton John, Lana Hamilton, y Rod Stewart llegando a Studio 54, el 10 de julio de 1978 a una fiesta de RCA Records. | Foto: Paul Burnett | AP Photo.

Todo lo bueno se acaba y la fiesta terminó para todos en enero de 1980, después de que el Internal Revenue Service (IRS) efectuara una redada en el local y encontrase dinero en efectivo —casi un millón de dólares escondidos en bolsas de basura ocultas en el falso techo de la oficina— y algunos restos de cocaína. La Hacienda pública estadounidense acabó condenando a tres años de prisión a Rubell y Schrager por evasión de impuestos —aunque los empresarios pasaron solo quince meses entre rejas—. Tras aquel periplo carcelario, Rubell murió en 1989 a causa de una hepatitis, y Schraeger —a quien Obama le concedió el perdón presidencial en 2017— decidió invertir en el negocio hotelero. De hecho, el de Brooklyn está considerado uno de los creadores del concepto de hotel boutique, y es público y notorio que se ha convertido en uno de los empresarios más exitosos del sector —con un puñado de hoteles repartidos por el mundo y diseñados por los mejores arquitectos del planeta—. Quien tuvo, retuvo.

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