El tabú de no poder tener hijos: «Éramos ludópatas de los tratamientos de fertilidad»
Foto: ADAEC| Cedida

Sociedad

El tabú de no poder tener hijos: «Éramos ludópatas de los tratamientos de fertilidad»

Uno de esos tabúes que empeoran con el tiempo: el de la infertilidad. La mayoría de las mujeres en España viven esta realidad entre el miedo al rechazo y la frustración.

por Carolina Freire Vales

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La producción en cadena de las vidas: nacer, crecer, enamorarse, matrimonio, hijos, jubilación. Chaplin con su bigote ajustando las tuercas de cada etapa. Es paradójico que, mientras aplaudimos la originalidad y aspiramos a ser únicos, llevemos el camino tan grabado en el subconsciente. Un camino de rosas, fácil por su previsibilidad. Un camino de cuyas piedras es mejor no hablar, igual que no se habla de política o de religión.

En España, más de la mitad de las mujeres infértiles vive su situación con vergüenza. Es esa piedra en el camino. Quienes tropiezan con ella callan por miedo al rechazo social. Quienes ven a otros tropezar, miran hacia otro lado. Es, como eso de morirse, un pequeño contratiempo que les sucede a los demás.

Es este, además, uno de esos tabúes que empeoran con el tiempo. Según un estudio acerca de la consideración social de la esterilidad en España que presenta el Institut Marquès, hace cinco años, en 2015, un 35% de mujeres estériles vivía su condición como tabú. Ahora, en 2020, el porcentaje ya rebasa el 50%. «Tengo algún defecto. Estoy incompleta. No soy todo lo que debo ser». Este es, según la psicóloga Arancha García, el tipo de pensamientos que rondan la cabeza de una mujer estéril. «El impulso que nos lleva a querer ser madres es algo instintivo, más emocional que racional, por eso es un trabajo muy difícil de hacer», añade.

Soledad Domenec tenía 27 años, una pareja estable y ganas de tener un hijo. Después de varios intentos fallidos, empezó lo que ella llama el «bucle de tratamientos de fertilidad»: 10 años, 13 tratamientos. Probó inseminación artificial, fecundación in vitro y ovodonación. Al ver que no daba resultado, se dijo: «Pues ya está. Hemos llegado hasta aquí. No puedo estar lanzando la moneda a ver si sale cara o cruz toda la vida». Tanto económica como mentalmente, había llegado el momento de parar. «Mi marido siempre decía que éramos ludópatas de los tratamientos de fertilidad. Todo lo que ahorrábamos, iba para un nuevo tratamiento. Llegó un momento en que nos olvidamos de nuestra felicidad», me cuenta.

De primeras, Soledad [que aparece retratada en la foto que encabeza este artículo] tenía la sensación de ser la única persona infértil en el mundo. Fue empezar a contarlo y los tratamientos de fertilidad salían de debajo de las piedras en su entorno cercano. «Creo que la gente no lo habla por un rechazo natural, porque lo que se salga de lo tradicional no está bien visto. Además, da la sensación de que, como mujeres, no somos completas si no somos fértiles».

Con el tiempo, entendió que tratarlo con naturalidad era la única opción y que esa espontaneidad tenía que salir de ella para contagiarse a los demás. Este mes cumple 40 años y me cuenta que, en más de una ocasión, se ha sentido desplazada de su entorno, de la sociedad. «Tus amigas de toda vida empiezan a tener niños y no te llaman para los cumpleaños. Normalmente, cuando una amiga o alguien de tu familia se queda embarazada, te lo oculta. Yo no me lo explico». Entiende que, muchas veces, esta torpeza nace de un sentimiento bueno: de querer evitar que se sienta mal. «Agradezco mucho cuando las personas de mi vida vienen y me dicen directamente: ‘Mira, Sole, no sé cómo tratar este tema contigo’. Siempre las pongo en la misma situación:
–¿A ti te gustaría que te tocase la lotería?
– Sí
– Y si me tocase, ¿te alegrarías por mí?
– Sí.
– Pues esto es, para mí, exactamente lo mismo».

Es esa alegría genuina, junto con el paso del tiempo, lo que hace que la piedra en el camino sea eso, una piedra más. «La madurez hace que veas que no eres la única diferente», explica Soledad. «Cada día vemos con más normalidad otros estilos de familia».

¿Por qué vamos hacia atrás?

En 2014, España –donde un 9% de niños nace gracias a la reproducción asistida– se colocaba a la cabeza como la sociedad más tolerante y abierta respecto a la infertilidad. Seis años después, ha bajado a un tercer puesto, por detrás de Reino Unido y Suecia. «El problema en España es social», me explica la doctora Marisa López-Teijón, directora del centro que condujo el estudio del que hablábamos antes. «Cuando una mujer le cuenta a las personas de su entorno que va a someterse a un tratamiento de fertilidad, todo el mundo opina y no se sienten apoyadas», aclara, respaldando el testimonio de Soledad.

También hay, asegura, un factor político. Me pone en situación: «Tú imagínate que ahora mismo se haga una encuesta en España que diga: ‘Vamos a aumentar la cuota de dinero que se da para la reproducción asistida en la sanidad pública’. La gente diría que no, que hay otras prioridades. Dirían: ‘Golfearon muchísmo y ahora tienen mal las trompas y tenemos que pagarlo todos’. Asegurarían que eso no es una enfermedad. El problema es que todo el mundo cree que no les va a tocar a ellos».

En lo legal, como país, aprobamos, según la doctora. «Aquí tenemos unas leyes muy abiertas con respecto a los tratamientos de fertilidad, en comparación con otros países». Sin embargo, el resto de factores hace contrapeso y por eso vamos hacia atrás.

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Foto: Liv Bruce | Unsplash

La falta de conocimiento sobre ciertas enfermedades que afectan al aparato reproductor de las mujeres, en especial la endometriosis, también juega en contra de que se normalice la infertilidad. La endometriosis se produce cuando las células del revestimiento de la matriz (útero) crecen en otras zonas del cuerpo. Puede causar dolor, sangrado abundante, sangrado entre periodos y problemas de esterilidad. Es una enfermedad muy común: la sufre una de cada diez mujeres. Sin embargo, los diagnósticos suelen llegar tarde por ignorancia.

Ese fue el motivo que llevó a Soledad a formar parte de ADAEC (Asociación de Afectadas por la Endometriosis). En una de las consultas, tras someterse a un tratamiento, el médico le dijo que era una pena que no le hubiesen diagnosticado esta enfermedad antes (los síntomas aparecieron cuando tenía 16 años y no fue diagnosticada hasta 11 años después). «Si se hubiese cogido a tiempo, a lo mejor hoy serías madre», le espetó.

«Yo no quería que eso siguiese sucediendo a otras mujeres. Quería colaborar para que hubiese diagnósticos más precoces», me cuenta. También quería ayudar a que las propias mujeres desmitificasen la enfermedad y a que deje de definirse como ‘incapacitante’. «Aunque parezca increíble en el 2020, la menstruación sigue siendo un tema tabú. Si hasta nos pasamos las compresas como si fuese droga. Es impresionante».

Así fue como Soledad, consciente de que no podría ser madre, decidió ayudar a otras mujeres a luchar por ello y a aprender a rendirse si es necesario. «Cuando me llaman mujeres con problemas de fertilidad siempre soy la persona más optimista del mundo. Yo lo intenté 13 veces, ¿cómo no voy a animar a alguien para que lo haga? No tienen por qué ser otra Sole, que no lo consiguió».

También está ahí, como apoyo y como ejemplo, si los tratamientos no funcionan. «Si no funciona, estoy para dar ejemplo de que la vida sigue. De que igual el futuro no es como lo habían imaginado, pero es igual de feliz y maravilloso. De que la vida sigue».

Carolina Freire Vales

Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.