Todos quieren a Ignacio Peyró: 6 elogios 'subjetivos' a propósito de 'Ya sentarás cabeza'
Foto: Rita Tudela| The Objective

Cultura

Todos quieren a Ignacio Peyró: 6 elogios 'subjetivos' a propósito de 'Ya sentarás cabeza'

Reunimos las voces de compañeros y amigos que desgranan un libro que es la memoria del tiempo en que Peyró fue periodista

por The Objective

Cuenta Ignacio Peyró en su entrevista con Ariana Basciani, aquí mismo, que el periodismo siempre le pareció «tan divertido como importante». Pero este artículo, que acompaña a la conversación que publicamos, no busca las opiniones de Ignacio sobre el periodismo o sobre su último libro, con el debido respeto: más bien la de algunos amigos y compañeros, queridos en este periódico, subjetivos todos, que nos escriben unas líneas sobre Ya sentarás cabeza y su autor, el hombre de la foto, a quien comparan con el irrepetible Josep Pla. Veamos y leamos.

Daniel Capó

–Empecé a leer las columnas de Ignacio Peyró a mediados de la pasada década, cuando nuestro hombre firmaba en El Confidencial Digital unas páginas cultas y eruditas, de una rara distinción. Era otra época y nosotros también éramos distintos; más jóvenes, más inexpertos. Nos carteábamos mucho y hablábamos a menudo por teléfono, pero fue a la vuelta de mi viaje de bodas, en 2006, cuando nos vimos por primera vez en Madrid. Yo salía del Prado y él llegó en taxi. Brillaba sobre la ciudad una luz celeste, nítida, sin rastro de polen primaveral. Sin rastro, diría, de vejez.

Supongo que se trata de un privilegio de la juventud contemplar el mundo con una luz intacta. A esa edad, el famoso verso de T. S. Eliot: «te mostraré el miedo en un puñado de polvo» se lee como una hipótesis, no como una experiencia. No debería, quiero decir. No tan pronto. Aquella tarde hablamos durante horas de pasiones comunes: de libros, pintura y música, y de la palabra hecha carne como un abecedario, seguramente el único posible, el único digno.

Al leer ahora Ya sentarás cabeza, los diarios que Ignacio Peyró escribió en aquel periodo, pienso que nuestra amistad se fraguó en un tiempo que pertenece a la historia, pero que no es estrictamente histórico; al menos no lo era para nosotros. Pues se trataba de un mundo todavía alado y etéreo, ligeramente desprendido, sobre el que empezaban a caer con suavidad las sombras inevitables de la vida: esa asfixiante pesadez de la que debemos protegernos; no por miedo ni cobardía, sino por respeto hacia la vida misma, por respeto hacia nosotros y los demás. Ignacio captura con maestría aquellos años, aquella inocencia entreverada de ambición y cultura. Ese mundo que fue el nuestro y ya no lo es.

David Mejía

–Ignacio Peyró es, como todo gran escritor, un gran aforista. Pero no todo aforista es un gran escritor; los aforismos del escritor florecen salvajes e imprevistos, aunando la magia de lo personal y la brevedad del infinito. Por eso me gusta leer a Peyró: su mirada es personal, vernácula, y te asoma verdades totales.

Víctor de la Serna

–Ignacio Peyró es un personaje de la generación del 98 trasladado 120 años más tarde, con una cultura y una curiosidad que ya no se encuentran, y un amor por la civilización británica que muchos compartimos pero que él basa en un conocimiento enciclopédico y profundo. Su sentido de la ironía se agradece muchísimo en esta estólida España de 2020.

Jorge Freire

–Abundan en Peyró las paradojas. Paradójico fue que entrase por la puerta grande de la literatura con una celebración de la anglofilia que era, en realidad, una fiesta del castellano. Y paradójico es que su resonante éxito no le prive de esa extraña sensación de inactualidad que le es tan propia. Al fin y al cabo, uno nunca sabe si está leyendo a un clásico o a un coetáneo. ¿Es casualidad que, por orden alfabético, haya que colocar sus libros al lado de los de Pla y de Pepys? Cierto es que, según aquella chanza de Mark Twain, clásico es aquel libro que todos elogian y que nadie lee, pero aquí, reconozcámoslo, sucede lo contrario. Durante los últimos dos años, era habitual ver gente en el metro blandiendo el Comimos y bebimos y aguantándose la risa a duras penas. Ya sentarás cabeza confirma lo que ya sabíamos (que su autor, tan erudito como ameno, enarbola como nadie el viejo dictum horaciano del «instruir deleitando») y también lo que solo intuíamos: que su obra memorialística, colada de matute y a la chita callando en todos sus libros, es lo más estimulante de la década. De este ensayo puede decirse lo que Teju Cole escribió acerca de la mejor novela de Naipaul: es un libro que, bajo su enorme longitud, cobija a quien lo lee. Tiene para todos: al lector le ofrece horas de placer y exuberancia; al escritor, lecciones de preceptiva literaria. No hay aquí rastro de indulgencia, pecado mortal del diarista, sino contención y distancia. Decía el Fénix de los Ingenios que «como las compra el vulgo es justo / hablarles en necio para darles gusto». Mentira. Peyró demuestra que se puede ser popular y leído, vender como rosquillas y, al mismo tiempo, ponerse aspiraciones altas. De todos los escritores nacidos en democracia, es el mejor con diferencia.

Juan Claudio de Ramón

–Cuando leí Comimos y bebimos pensé: Caray, es tan bueno como Julio Camba. Al leer Ya sentarás cabeza pienso, caramba, pero si esto está a la altura de Josep Pla. En realidad, llega un momento en que la más elogiosa de las comparaciones resta. Ni Camba ni Pla: Peyró; un escritor que quedará, un clásico de cuarenta años. Una suerte para Madrid, para España, para la lengua y para nosotros.

Antonio García Maldonado

–Ya sentarás cabeza abarca, como aclara el subtítulo, anotaciones escritas entre 2006 y 2011. Yo conocí a Ignacio Peyró unos años después, en 2015, en un encuentro en Madrid auspiciado por mi primo Manuel Arias. Él ya trabajaba como redactor de discursos en La Moncloa y llegó bien trajeado, elegante, aunque se le notaba cansado. Pidió un pelotazo, sacó un paquete de tabaco y, tras ofrecerme uno, ante mi agradecido rechazo me dijo algo así como: «Haces bien, tengo que dejarlo, me he notado un bajón tremendo en este año». Él tenía entonces unos treinta y cinco años, y el comentario me pareció exagerado, hasta que tres años después (los que me lleva) yo sentí el mismo bajón. Por eso, leer su nuevo y maravilloso libro tiene tanto de proustiana remembranza de aquellos días: eran los últimos días del Ignacio Peyró que observa y se observa en Ya sentarás cabeza. Los de un escritor y periodista que fuma y bebe mientras se abre camino en un Madrid a veces hostil, otras casero y paternalista, del que levanta un dramatis personae hilarante y fino; los de un diarista polivalente, capaz de ver borgianamente el mundo en un atardecer extremeño o en un buen guiso con sobremesa bien regada en un restaurante entre maravilloso y demodé; los de un memorialista que agradece a sus maestros y aporta su grano a una tradición en la que gusta reconocerse, aunque sin hacer apología del pasado, por más que le duela dejarlo atrás.

Me quedo, entre los muchos subrayados de mi ejemplar, con dos. El primero, de 2008, año de comienzo de la crisis que marcó a su generación, que es la mía, y que involuntariamente recuerda al Kafka de 1914 que escribía que Alemania acababa de invadir Rusia y que él se iba a nadar: «Días de pánico en la bolsa y días de tanta calma en el campo que el único drama, aquí, es contemplar cómo las tardes van siendo cada vez más cortas». Y con este, escrito un año antes, y que tan al pelo viene ante nuestro obligado teletrabajo: «Se ha hablado de la mirada humana pero no de la necesidad de que alguien nos dirija la palabra, de que no existimos si no nos hacen caso. Gozoso roce de lo humano, el jefe que olvida su meteorismo para dar los buenos días, comer en media hora, decirle a alguien una payasada. Sí, hay que elegir un oficio acorde con el carácter de cada uno pero por desgracia no bailo sevillanas». Y es que el humor, podría decirse que inglés, pero que con Peyró es también muy castizo, deja momentos de auténtica carcajada que son, a su vez, de fino diagnóstico antropológico: «Todo nuestro andamiaje moral convive a un solo paso de esa moral del otro lado, como quien, a la mitad de una reunión, se descubre en el bolsillo un matasuegras».

Queda claro que ningún acontecimiento pasa en vano ante los ojos de Ignacio Peyró, que, como un buen cazador atento, se cobra piezas literarias reunidas en un libro que nunca quieres que se acabe, y que no acaba, porque sigue con su autor, a quien ya exigimos nuevas entregas. La suya es una «percepción indolora del tiempo», que es «una de las mejores aficiones que pueden tenerse». Y añade: «El silencio es otro plus y, como no sé si estoy alegre o triste, opto por la alegría porque el tono es tan menor que alegría y tristeza son mínimas e indistinguibles».

Hay una generosidad enorme en quien se toma su talento y su tiempo en agrandarnos y alegrarnos el mundo a los demás. Y eso hace Ignacio Peyró en este libro tan inolvidable e imprescindible como su autor.

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Puedes encontrar Ya sentarás cabeza en tu librería más cercana y en la página de la editorial.

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