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Tres años de huidas y esclavitud, la pesadilla de Souleymane Barry para empezar una vida en España

Souleymane Barry tiene 24 años y huyó de Guinea a los 20. Llegó a España a bordo del barco de Open Arms en julio de 2018 y en menos de un año ha aprendido español y un nuevo oficio

Foto: Olmo Calvo | CEAR

Souleymane Barry tiene 24 años y huyó de Guinea a los 20. Llegó a España a bordo del barco de Open Arms en julio de 2018 y en menos de un año ha aprendido español y un nuevo oficio.

Casi un año después, es una de las 100.000 personas que espera en España a que su solicitud de asilo obtenga una respuesta, una cifra que no deja de aumentar.

Tres años de travesía

Souleymane salió de su ciudad en el año 2015, cuando tenía 20 años, huyendo de horrores que prefiere no recordar. Sin tener muy claro a dónde se dirigía ni cuánto tardaría en llegar, empezó un camino que le llevó a vivir situaciones que todavía no se atreve a contar en voz alta.

“Yo he empezado mi viaje como un viaje que no sé qué hay delante”, cuenta a The Objective en un español muy avanzado para los pocos meses que lleva en el país. “Si tú ves sufrimiento en tu país, en tu casa, no podemos sentirnos bien, tenemos que salir”.

Para tratar de llegar a Europa, Souleymane pasó por Mali, Burkina Faso, Níger y Argelia. En este último país estuvo un año trabajando con el fin de ahorrar para su travesía a algún país de Europa, que todavía no tenía claro, para lo que tenía que pasar por Libia.

Fue ahí cuando la pesadilla comenzó de nuevo. En la frontera entre Argelia y Libia, Souleyman se encontraba en un grupo en el que había 50 hombres y 30 mujeres, dos de ellas embarazadas. No todos sobrevivieron a esta etapa del camino. “Sí hay medicamentos, pero en Libia ser negro es un problema”, lamenta el guineano.

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Foto: Jerome Delay | AP

Allí, en la frontera de Debdeb, fue cuando la mafia entró en acción. “Cuando estaba en la frontera, todo mi dinero, la mafia lo coge todo”, recuerda mientras narra lo que fue el comienzo de un año y cinco meses de esclavitud en la ciudad libia de Sabratha.

Estábamos ahí como animales, porque ellos tienen armas y no puedes moverte”. Así describe su estancia en las casas en las que la mafia los obligaba a vivir para pagar su deuda por ayudarles a cruzar la frontera.

“Tú tienes que trabajar, no hay horario, él tiene un arma y la casa es de su amigo también, es todo la mafia”. Los obligaban a hacer labores de construcción y trabajos en el campo con apenas un bocadillo al día para comer, “es un trabajo muy duro”.

Souleymane recuerda ese periodo como el peor de su travesía hacia Europa. “Hay cosas que no quiero decir”, responde al ser preguntado sobre los horrores vividos en Libia. “Hay cosas que he visto que no puedo decir, porque todavía me despiertan por las noches”.

Tras casi un año y medio de esclavitud, logró reunir el dinero que la mafia le reclamaba para darle la libertad. Pero esta estaba todavía estaba muy lejos. Después de dejar atrás la pesadilla que vivió en Sabratha, Souleymane estuvo cinco meses trabajando en Trípoli, desde donde se puso en contacto con otra mafia para embarcarse finalmente hacia Europa.

Todas las esperanzas en una barca de goma

Cuando finalmente Souleymane se embarcó hacia Europa, lo hizo en una barca de goma junto a otras 60 personas, dejando otra vez su vida en manos de una mafia. “El objetivo es salir de África”, sentencia Souleymane, que no tenía muy claro en qué país iba a acabar. “No sabía si Italia, España, no lo sé, pero Dios me ha dado España, es un regalo para mí”.

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Uno de los migrantes en el barco de Open Arms, con un libro sobre Europa. | Foto: Olmo Calvo | AP

Tras ocho horas en la embarcación, el barco de Open Arms los rescató y puso rumbo a España después de que Italia y Malta denegaran el acceso a los barcos de organizaciones humanitarias. Cuatro días de viaje después, los migrantes llegaron a Barcelona entre aplausos y cánticos y fueron recibidos por un operativo dispuesto por el Gobierno, la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona y la Cruz Roja.

Aunque sigue esperando que España le dé protección internacional, Souleymane ya está adaptado al país y está agradecido de haber encontrado “muy buena gente”. “He hecho muchas cosas también”, explica. En menos de un año, ha aprendido español y ha hecho cursos que le han permitido encontrar un trabajo como ayudante de cocina. “Estoy aprendiendo platos de aquí”, cuenta ilusionado.

Ahora, aunque sigue teniendo pesadillas con los horrores que vivió en Guinea y después en Libia, Souleymane asegura que ya no tiene miedo: “Me alegro de estar aquí”.

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