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Tú también querrás ser científica: seis mujeres a seguir que no son CEO ni salen en revistas

Foto: MARÍA DEL ÁLAMO ORTEGA | Ilustración

En 118 años de premios Nobel, 599 hombres han recibido algún galardón en las categorías de Química, Física y Medicina. Al otro lado, un muro y 17 mujeres. La cifra de investigadores científicas en el mundo es del 28%, tres por cada siete hombres. En España, el porcentaje escala hasta el 40%. Pero el número de catedráticas de universidad es del 21%. Los datos se repiten entre las alumnas: 12% para Informática, un 25% para Físicas, 28% para Ingeniería y Arquitectura.

Lo más perverso de estos datos es que estamos condenadas a repetirlos. Solo un 7% de las chicas piensa en estudiar carreras técnicas. A partir de los seis años, las niñas atribuyen la inteligencia a un rasgo masculino. Las alumnas consideran sus aptitudes para las asignaturas de tecnología o ciencias muy por debajo de los que demuestran sus notas. Una investigación con estudiantes de secundaria francesas desveló que realizaban peor un ejercicio si se les decía que era de geometría que cuando creían que era de dibujo.

Nos faltan referentes y visibilidad, en libros de texto —donde solo aparecen dos mujeres por cada 228 hombres cuando se trata de tecnología, y una por cada 20 en ciencias—, y en medios de comunicación —un 74% de las fotografías en noticias científicas muestra únicamente a hombres frente a un 17% a mujeres—.

La ciencia y la tecnología moldearán el futuro en el que viviremos todos, y las mujeres tenemos que estar ahí para construirlo. Con ese firme propósito, un equipo de mujeres luchadoras y ambiciosas convirtió el día que marcó la ONU para la niña en la Ciencia —el 11 de febrero— en una iniciativa que ha conseguido marcar la agenda y en nombre de la que se han organizado más de 2.200 actividades por toda España para convencerlas a ellas, a todas, que, claro, la ciencia y la tecnología es cosa nuestra. Estas son las historias de algunas de esas mujeres, y una pequeña muestra de otras que investigan, gestionan y representan la ciencia y la tecnología en España. Estas son seis historias de mujeres que ya derribaron el muro y ahora hacen de sus palabras martillo.

Leni Bascones, física teórica

Nos faltan referentes y visibilidad, pero la ciencia sí es cosa de chicas

En lo alto de la estantería de un despacho abarrotado del Instituto de Ciencias de Materiales de Madrid, Leni Bascones guarda las enciclopedias coleccionables que inclinaron la balanza cuándo ella dudaba si hacer Historia o engrosar la famélica lista de mujeres que estudiaban físicas. El espacio decidió por ella. “Luego no hice astrofísica, pero las guardo todavía”, cuenta esta física teórica de la materia condensada a The Objective, unos días antes de que llegue la tercera edición del Día de la mujer y la niña en la Ciencia, esa iniciativa ansiosa que montó junto a un pequeño grupo de mujeres en 2016.

“Surge de la necesidad de solucionar un problema: las niñas no acceden a los estudios técnicos porque sienten desapego. Era algo muy complejo que no podía solucionarse con actos individuales, necesitábamos a muchísima gente”. Empezaron confirmando 15 actividades. Este año, las más de 2.000 actividades van a llegar a 130.000 personas. El 11 de febrero ya se ha convertido en un faro para las instituciones científicas y escolares.

¿Por qué se alejan las chicas de la carreras científicas? “Las niñas no tienen referentes. Desde que son pequeñas, empiezan a ver que todo lo técnico y prácticamente casi todo lo científico está asociado a hombres. Incluso en los juegos, la imagen es un científico loco. Los padres tienen diferentes expectativas para ellas que para ellos. Todo esto va haciendo que no se sientan identificadas: si les piden que dibujen a una persona que hace ciencia, dibujan a un hombre; y que se sientan menos capaces. Se va reduciendo su autoestima y les crea una ansiedad hacia las asignaturas técnicas”.

¿Cómo se puede solucionar esto? Tres claves: “Lo primero es quitar este contexto masculino. Hay que meter a mujeres en los libros de texto. Las mujeres tenemos que estar en el currículo que se estudia. Las niñas tienen que ver mujeres, referentes con las que sentirse identificadas. El resto de las cosas pueden ser más controvertidas, pero esa es clave. Segundo, hay que dejar de asociar las matemáticas y la físicas a la genialidad, porque si tienes un problema de autoestima, esto es lo primero que te vas a dejar. Cuando lleguemos al momento de que esa falta de autoestima ya no esté, podremos hacer otras cosas. Además, hay que comunicar que carreras como la ingeniería o la física tienen una utilidad pública, ayudan a las personas, porque hay una tendencia a que las chicas se decanten por carreras que tienen un bien social”.

Nerea Luis, 27 años, ingeniera informática

Nerea Luis tiene un mensaje claro, clarísimo, para todas nosotras: la tecnología nos la han vendido mal, muy mal, fatal. Lo asegura ella que es ingeniera informática, investigadora en inteligencia artificial y fundadora del T3chfest, uno de los eventos tecnológicos españoles más punteros. “Casi todo el discurso tecnológico se ha centrado mucho en el éxito y en el dinero. Pero la tecnología es un poder, es una herramienta para cambiar casi lo que quieras. La tecnología es crear”, explica entusiasmada.

Volvemos a los 90. Nerea es una niña de 12 años a la que le flipa la cultura japonesa, el anime y el manga, especialmente la serie Sailor Moon, y adora dibujar. Descubre en Internet un portal de conocimiento sin fin. Como las webs en las que buscaba información le resultaban feísimas, decide hacer ella una mucho mejor. “Inconscientemente estaba aprendiendo a programar. El ordenador me permitía crear algo desde cero con un coste muy bajo. Seguí hasta que dije: ¿qué tengo que hacer a nivel profesional para dedicarme a esto?”. Ingeniería informática. La respuesta le dio un nuevo camino. “Allí me hablaron de la inteligencia artificial. O sea, además de programar, podía dotar de inteligencia a algo que la no tiene. Pues, guau”.

Su carrera es una en las que hay menor proporción de mujeres: un 12%. Le echa la culpa, otra vez sin duda, al mensaje. “Analizas el perfil de la gente de Silicon Valley y es un tío blanco, joven, en el que no ves la parte humana. Mark Zuckerberg, mira qué tío más centrado. Elon Musk, teniendo éxito desde PayPal. Son modelos con los que es imposible que te sientas identificada siendo mujer. No conectas con ellos”. Y sigue: “Luego están los estereotipos, la idea del informático nerd, como en Big Bang Theory. O los videojuegos donde las mujeres están sexualizadas o en la otra punta, en una caverna”.

Esta ingeniera reclama hablar más de las mujeres reales que hacen tecnología, de las emprendedoras sociales que hacen cosas tan alucinantes como utilizar la inteligencia artificial para crear programas que detectan la dislexia.

Dice que habría que aprovechar que ahora todo el mundo usa la tecnología para enseñar a cacharrear con programas de open source, como Scratch o Arduino. “Que las niñas lo conozcan desde que son pequeñas. Para que les cambie la forma de pensar y les de la idea de que eso, también lo puedes crear tú”.

Gloria Brea, 41 años, bióloga celular

La familia de Gloria Brea está llena de médicos. A ella le parecía demasiada responsabilidad y decidió estudiar Biología. Sin embargo, ahora la tranquilidad de los padres de una niña danesa muy enferma está en sus manos. Brea está en un grupo de investigación sobre enfermedades mitocondriales poco frecuentes en el Centro Andaluz de Biología del Desarrollo. En concreto, estudia las enfermedades causadas por una deficiencia en la coenzima Q10. Esta molécula es un eslabón fundamental para que las células obtengan la energía para funcionar. “Los enfermos que tienen muy poca cantidad de esta molécula no tienen energía suficiente para llevar a cabo las funciones vitales. La mayoría muere prematuramente a los pocos días de haber nacido porque no son capaces de transformar la energía del alimento en energía útil”, explica.

En algunos de los casos que estudia el déficit de Q10 está causado por una mutación en los genes. Han encontrado 15 pacientes así en todo el mundo, ninguno en España. Una de ellas es la niña danesa: tiene ahora poco más de un año, problemas cardíacos, musculares y neuronales, pero sigue viva. “No vamos a poder curarla, pero sí podemos explicarles a sus padres por qué su hija está mala. Me dijeron que no me podrían agradecer nunca que les ayudáramos a saber lo que le pasa”.

Brea reivindica el poder de los equipos, de las hormiguitas científicas que no vemos, pero siguen. “Es muy perjudicial hacer entender que la ciencia solo es cosa de gente brillante, porque esto selecciona un tipo de perfil muy concreto, que no es tanto colaborador como competidor, rasgos que están tradicionalmente más atribuidos a los hombres. Parece que todos los científicos son coquitos que hacen cosas difíciles, cuando también estamos ahí muchos que somos necesarios y en los que prima más el esfuerzo, la constancia, la ilusión y la vocación que la brillantez”.

Por esa razón, esta sevillana decidió formar parte del equipo fundador que impulsó la iniciativa del 11 de febrero. “Tenemos que hacer visibles otros roles de personas que se dedican a la ciencia, que existimos y no se nos ve. Ir a los colegios a contar cómo somos, qué cosas hacemos, que no solo estamos metidos en el laboratorios, que tenemos una vida que tratamos compaginar, nuestros sufrimientos como todo el mundo. Somos personas normales, capaces de hacer cosas muy chulas”.

Patricia Heredia, 38 años, profesora de robótica

Patricia Heredia convirtió la carrera con la que soñada y no existía en una profesión real. De forma oficial es ingeniera de telecomunicaciones y profesora de robótica; en la realidad, inventora. Por orden cronológico, algunas pruebas: en su última charla, un acto plagado de señores, llevaba una falda en la que había cosido a mano decenas de leds que proyectaban luces según ella se movía —justo antes de salir al escenario, tuvo un fallo técnico y tuvo que ponerse a soldar la falda—. En mayo, se hizo viral por crear junto a cuatro de sus alumnas la aplicación G2P (Girls To Program) para ayudar a niñas de todo el mundo a aprender a programar.

A los 12 años contaba entusiasmada —ante la estupefacción esperada del resto de sus amigas— que se pasaba las tardes cargando el sistema operativo de Windows. Unos años antes, le regalaron en su cumpleaños una tele vieja solo para que pudiera abrirla y estudiarla por dentro. “Iba con la cinta aislante y el destornillador a todas partes”, resume riéndose.

“Se plantean las ingenierías de una manera muy poco creativa para las niñas y ellas se imaginan fábricas de coches, centrales eléctricas… Cuando con la tecnología también puedes hacer robots para niños autistas; exoesqueletos y diseños 3D para los goteros de hospitales; caleidoscopios digitales; cuadros que se actualizan automáticamente con tus seguidores en Instagram, o conseguir que tu móvil apague y encienda las luces”.

Este es el mensaje de una profesora tan apasionada que en Huesca ya se está motivando a la próxima hornada de inventoras: “Solo les diría que prueben la tecnología, que no tienen por qué ser ingenieras, pero que pueden aprender a programar cosas súper creativas y divertidas. Que sean lo que sean, van a tener que utilizar tecnología. Que no tiene género”.

Isabel Corraliza, 26 años, bióloga

Isabel Corraliza es bióloga, tiene 26 años y lleva los últimos tres trabajando en el Centro Nacional de Biotecnología, donde estudia una posible terapia con anticuerpos para tratar la leucemia. “Lo que hacemos en nuestro laboratorio son ensayos preclínicos, tanto invitro como con ratones. Ahí hemos visto un anticuerpo que tiene un efecto antitumoral para un tipo de leucemia”, nos cuenta. La ventaja de este tipo de terapia es que funciona como una fecha dirigida al tumor y reduce los daños colaterales. “Lo estamos caracterizando, todavía queda mucho, pero la idea es que si va bien, se continúe en fases superiores y se estudie si funciona en humanos. Lo último, intentar que se comercialice”, añade. Es un proceso larguísimo, durará unos 12 años. No tiene prisa.

Al retroceder en el tiempo, esta extremeña culpa de su interés por la ciencia a la asignatura de Biología de los últimos cursos de la ESO y a los profesores que la transmitían: “Empecé a tener curiosidad cuando nos metimos en biología celular y editado genético. Me parecía que lo que sucede en el cuerpo humano era lo más intrigante de nuestra existencia y apetecía conocerlo en profundidad”. Ahora, está preparado su doctorado en biociencias moleculares.

Tanto en su carrera como en los centros en los que ha trabajado, Corraliza recuerda una mayor proporción de mujeres que de hombres. “El problema es que luego, los altos cargos, los jefes de investigación y de grupo, son hombres. Y eso es lo que se refleja. ¿Por qué las mujeres no llegan a esos puestos? ¿Por la dificultades para conciliar vida familiar y profesional? ¿O se nos ponen más trabas? No lo sé, pero debería solucionarse”.

Rosa Villarroel, 65 años, física

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Lo primero que afirma Rosa Villarroel en nuestra conversación telefónica es que ella no es una científica. Ella, que lleva más de 30 años en la gestión del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN); ella que decidió estudiar física cuando a la sociedad todavía le costaba ver a las mujeres en las carreras universitarias, cuando el peso de la estructura social las empujaba fuera de la ciencia, de la tecnología. “No había muchas mujeres, pero tampoco era única. Quizás seríamos un 25%, que ya era un número importante de mujeres. ¡En el alumnado! En el profesorado muchísimo menos, catedrática yo no recuerdo ninguna, profesoras algunas, pocas”, nos cuenta.

“En mi generación era una cuestión cultural, por supuesto. Aunque no fue mi caso, era muy difícil que la gente de tu entorno te apoyara para entrar en una carrera técnica. Haz enfermería, te decían, o nos mandaban a letras. Cómo se le iba a ocurrir a una mujer ponerse el casco de una obra. La sociedad pesa. Hoy en día ha cambiado el discurso, pero tantos años sobre nuestras cabezas no cambian solo con un discurso”.

Ella llegó hasta allí porque desde pequeña le resultaban muy fácil las asignaturas de ciencias, todo lo que tuviera que ver con los números. “Además tenía la obsesión de hacer un robot. Yo creo que por vaga, para que me hiciera todo”, ríe. Acabó en Física, después dio un tiempo clases en la universidad —no le gustó—, empezó en un área de físicas del hospital y de ahí al departamento de sanidad ambiental del ministerio. Se hizo 1983 y entró en el recién creado CSN, un organismo de control de las instalaciones nucleares y radiactivas, dependiente del parlamento: “Un organismo de la democracia”.

Asegura que una solución clave es hacer más atractiva la ciencia. “Cuando hablas con los niños y niñas, quieren ser médicos, bomberos… No piensan en las profesiones científicas, porque no están en la calle o en la tele. Les falta una serie de Netflix”.

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