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Última despedida al corredor de fondo Alfredo Pérez Rubalcaba

El Congreso de los Diputados ha acogido la capilla fúnebre del exministro y exvicepresidente del Gobierno

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU | AFP

Alfredo Pérez Rubalcaba era flaco como un alfiler y menudo como un naipe y de joven era tan veloz que el récord español de los 100 metros se le quedó a cinco décimas y una lesión muscular de distancia. Es extraño encontrar a tanta gente congregada por su muerte; en los alrededores del Congreso han esperado decenas, centenares de personas y se hacía todavía más extraño que dentro de ese ataúd estuviera el cuerpo flaco y menudo y un día veloz del exatleta.

El silencio era esto, un aire denso y un espíritu de profundo respeto en la parte más baja de la carrera de San Jerónimo, un silencio apenas quebrado por el llanto de un bebé y el aleteo de las palomas. En la escalinata de los leones, el presidente en funciones y la presidenta del Congreso esperaban junto a Pilar Goya, viuda de Rubalcaba. Frente a ellos, los visitantes desenfundaban sus móviles. Y mientras tanto llegaba el Mercedes de la funeraria Parcesa, entre luces de policía y ante la mirada de todos, y paró a 15 ó 20 metros de Pilar Goya, en una línea que parecía muy recta. Ante sus ojos se aproximaba a paso ligero la pesada pieza de madera cargada con el cuerpo de su marido. Luego unas escaleras, las puertas abiertas del Congreso, más aplausos.

No hay tantos políticos como Rubalcaba. ¿Quién de todos ellos haría que una mujer o un hombre amaneciera un sábado, un sábado soleado y fantástico, tomara el autobús o el coche o el metro, se plantara en el centro de Madrid y aguantara el tiempo de cola necesario –dos horas– para despedirse de un hombre al que nunca conoció? La fila en este sábado rodeaba el Congreso, y no para tomarlo, se estiraba a través de las terrazas y doblaba la esquina y continuaba, en otra calle, hasta la puerta del Museo Thyssen y un poco más. He calculado la distancia en metros: 300. También el número de periódicos en mano: ocho. Todos eran El País.

Última despedida al corredor de fondo Alfredo Pérez Rubalcaba

Los reyes, en la capilla ardiente de Rubalcaba. | Foto JP Gandul | AFP

Era necesaria para la despedida una paciencia de maratonista. Rubalcaba no lo fue en el deporte, donde lo suyo fueron las distancias cortas, pero sí en la política, donde sufrió las miserias y saboreó los triunfos del hombre que dedica su cuerpo y alma a una pasión. En 1974 se afilió en el Partido Socialista. En 1979 se casó con Pilar Goya. En 1982 comenzó a trabajar para el ministerio de Educación. En 1992 le hizo Felipe González ministro de esta cartera. En 2006 le hizo Zapatero ministro de Interior. En 2010 pasó a vicepresidente. En 2011 perdió las elecciones como candidato del PSOE. El año en que ETA anunció el fin de la violencia. En 2014 volvió a la universidad, y eso no lo habíamos dicho: el exministro y exvicepresidente era profesor de Química Orgánica en la Complutense.

Hay un perfil maravilloso que escribió Juan José Millás sobre Rubalcaba. Lo escribió, claro, cuando el político seguía en activo, con la perspectiva de las elecciones. Una anécdota define muy bien su personalidad: Rubalcaba no leía resúmenes de prensa, que es lo que hacen todos los políticos –en el caso de Donald Trump, en el espacio de una hoja–, devoraba periódicos enteros. Nada podía escapar de sus manos.

En 2019 murió a los 67 años, víctima de un infarto cerebral. Su féretro, arropado por una bandera de España y otra de su partido, ha presenciado la tristeza de sus amigos, la emoción de los reyes, el respeto digno de los adversarios que le temieron. Su vida se interrumpió por sorpresa una tarde de miércoles. Por la derrota de ETA lo recordaremos quienes no lo conocimos; por ser un profesor entregado quienes fueron sus alumnos; por ser un buen hombre quien pudo llamarlo esposo. Y por el apellido de su madre todos nosotros.

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