El último desfile de Carolina Herrera o la discreta elegancia de la diseñadora venezolana que hizo suya la Gran Manzana
Foto: Caitlin Ochs| Reuters

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El último desfile de Carolina Herrera o la discreta elegancia de la diseñadora venezolana que hizo suya la Gran Manzana

por Tal Levy

No fue una retrospectiva, sino una nueva colección otoño-invierno en la que reafirmó su sello. Tampoco hubo lágrimas en la pasarela, pero sí una emoción contenida en medio de un discreto “gracias”, “gracias”, que Carolina Herrera repitió cuando cobijada por aplausos apareció junto a su equipo, con su habitual camisa blanca, sin estridencias, al final del que sería su último desfile como directora creativa de su marca.

No cierra un ciclo en la moda, en su caso imposible; la acompaña “día y noche, noche y día”, como ese tema de Cole Porter en la voz de Ella Fitzgerald que sirvió de fondo a la exhibición de conjuntos con el clásico binomio blanco y negro tan característico suyo. También hubo vestidos estampados con figuras de animales metalizados y plumas, otros de corte fluido con plisados, así como faldas largas de colores vibrantes sujetas al ciño con gruesos cinturones que contrastaban con la versátil prenda que hasta la saciedad Carolina Herrera ha dicho que no debe faltar en ningún armario: una blusa blanca, esa que desde la primera que tuvo cuando empezó la escuela no ha dejado de usar.

Con lazo, sin mangas, con volantes o cuello en “V”, da igual. No ha necesitado nunca excusa alguna para lucirla, ya sea para jugar al tenis, trabajar o saludar al término de sus desfiles, como en esta su última ocasión a partir de la cual cede el testigo a un joven de 31 años, Wes Gordon, quien desde hace unos once meses ha sido consultor creativo de la casa.

Quien la conoce o ha seguido de cerca su carrera sabe que cuando exclamó “¡no me estoy retirando! Voy hacia adelante” a The New York Times (diario que reveló que el 12 de febrero sería su despedida de las pasarelas) no era un mero decir.

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Carolina Herrera en la fiesta de Vanity Fair por los Oscars 2017 | Foto: REUTERS / Danny Moloshok

¿De la noche a la mañana?

Esta dama, palabra que hoy día pocas veces se encarna, estaba predestinada, aun sin saberlo, a abrirse camino en el mundo de la belleza y el glamour. Hoy continúa, a sus 79 años, con 12 nietos y 6 bisnietos, ya no al ritmo de colecciones cada seis semanas, sino como embajadora global de la marca.

Por eso, hace 37 años, cuando esta mujer de la alta sociedad caraqueña a sus 42 y con cuatro hijos abrió su negocio, el mismo día en que nació su primer nieto, muchos pensaron que sería una aventura pasajera, un capricho de quien hasta el sol de hoy no sabe pegar ni un botón.

Como “aseñorados” fueron tachados por algunos críticos sus primeros diseños. Pero no se desanimó. Había llegado para quedarse. También fue apodada “Nuestra Señora de las Mangas” ella, tan católica siempre, de las que van a misa los domingos, debido a sus tempranas creaciones con abultados hombros.

“Lo puedes hacer y lo tienes que hacer”, le insistía Reinaldo Herrera, veterano editor de la revista Vanity Fair, a quien le debe más que su apellido y el título de marquesa consorte de Torre Casa que obtuvo tras su matrimonio en 1968 y que ostentó hasta 1992.  

Su segundo esposo secundaba así a Diana Vreelland, quien la animó a ser diseñadora y se convirtió en su mentora. Esta emblemática editora de Vogue y Harper’s Bazaar solía fumar tabaco con boquilla, tal cual las estrellas del cine glamoroso de Hollywood que Carolina Herrera admiró cuando era una quinceañera.

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La diseñadora Carolina Herrera en su estudio de Nueva York preparando un desfile en 2012 | Foto: REUTERS / Lucas Jackson

De Balenciaga a Warhol

Pero María Carolina Josefina Pacanins Niño, como fue bautizada, tan sólo había trabajado unos seis meses en su vida como encargada de relaciones públicas de la boutique de Emilio Pucci; sin embargo, figuraba en las listas de las más elegantes del jet set internacional. Y es que desde pequeña estaba rodeada de belleza.

Hija de quien fuera gobernador de Caracas, cuando apenas se empinaba sobre sus trece años fue a París con su abuela para ver un desfile del maestro español Cristóbal Balenciaga. Eran los tiempos en que lo más que podía era imaginarse como amazona de lo mucho que le gustaba montar a caballo.

Quizá por eso una figura ecuestre de bronce decora su oficina, en plena Séptima Avenida de Nueva York, coronada por una imagen suya de labios rojísimos creada por Andy Warhol, con quien se codeaba en el mítico Studio 54 que solía frecuentar.

Allí, en medio de una fiesta en 1979, el pionero del pop-art quedó prendado de su bolso de noche de oro y con cierre de diamantes, obsequio de su marido, que ella aceptó darle a cambio de un retrato que hoy vale millones. Siempre ha tenido muy buen ojo.

Para Carolina Herrera, la moda y las artes plásticas se asemejan; es tan sólo el movimiento que la una incorpora lo que las diferencia.

Fotografiada por Robert Mapplethorpe y Annie Leibowitz, ella departía en esa época gloriosa de Manhattan por igual con Yves Saint Laurent, Mick Jagger o su entonces esposa Bianca Jagger, quien fue testigo de su primera colección en el Metropolitan Club, donde la supermodelo Iman desfiló por la pasarela, y también de esta última, en el Museo de Arte Moderno (MoMa) durante la Semana de la Moda de Nueva York.

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Modelos preparándose para el desfile de Carolina Herrera durante la New York Fashion Week en el MOMA, 2017 | Foto: REUTERS / Eduardo Muñoz

Neoyorquina de adopción

Sin duda, se reconoce como venezolana, pero como diseñadora se siente de Estados Unidos, país donde ha desarrollado toda su carrera y que le concedió la nacionalidad en 2009.

Ha vestido a tres generaciones de una misma familia icónica estadounidense: a Jacqueline Kennedy Onassis, su amiga por demás, en los últimos años de su vida; a su hija Caroline Kennedy el día de su boda en 1986, un año después de la cual motivada por esa gran satisfacción daría a conocer su primera colección de novia; y a su nieta Rose en su primera comunión.

Las primeras damas Hillary Clinton, Nancy Reagan, Laura Bush y Michelle Obama han lucido sus creaciones, así como la empresaria y diseñadora Ivanka Trump en el baile de investidura de su padre, Donald Trump. También la princesa Isabel de Yugoslavia. Y aunque tiene a su modisto de cabecera, la reina Letizia siempre ha recurrido a diseños con la impronta de Carolina Herrera, quien acostumbra visitar España, donde vive su hija que lleva su mismo nombre y es la directora creativa de fragancias de la casa CH desde 1996. Otra de sus cuatro hijas, Patricia, es consultora de proyectos especiales.

Para recuperar los aromas de su infancia en Caracas, Carolina Herrera debutó en 1988 con el primero de sus perfumes, convertido en un clásico con esa base de jazmín que desde siempre ha formado parte de su vida. En 1991 crearía su contraparte masculina y, una década más tarde, abriría en Madrid la primera de sus tiendas prêt-à-porter y de accesorios para hombres, mujeres y niños, para después, en 2011, extender sus horizontes con su línea de gafas.

En España le fue concedida la medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2005, que recibió de manos del rey Juan Carlos I y que se suma a diversos reconocimientos entre los que destaca, además, el doctorado honoris causa en Bellas Artes del Instituto de Tecnología de la Moda de Nueva York en 2012.

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En la Semana de la moda de Nueva York se presentó el último desfile con Carolina Herrera como directora creativa | Foto: REUTERS / Caitlin Ochs

El misterio de la feminidad

La consigna de sus diseños: “Impecable hacia afuera y perfecta por dentro”. Sus trajes ya están acostumbrados a pasearse también por la alfombra roja en los cuerpos de actrices como Kathleen Turner, Angelina Jolie, Renée Zellweger, Nicole Kidman o Penélope Cruz. Y es que Herrera ha sabido conjugar dos adjetivos: femenina y glamorosa.

“Para mí un icono de elegancia de verdad es la reina Isabel de Inglaterra, que lleva más de 50 años siendo fiel a una determinada forma de vestir”, ha afirmado a Vanidades la modista, quien fue amiga de su hermana, la mismísima princesa Margarita.

En términos de elegancia, difícilmente alguien podría cuestionar que Carolina Herrera es toda una reina. Tal vez nada mejor que una imagen de André Leon Talley, exeditor de Women’s Wear Daily y Vogue, para ilustrarlo: “Cuando subió por las escaleras, el Mar Rojo se abrió”.

En la página web de su marca se lee su carta de intención: “Tengo una responsabilidad para con la mujer de hoy: hacerla sentir segura, moderna y sobre todo hermosa”.

De acuerdo con The Business of Fashion, su casa factura unos 1.000 millones de euros al año. Eso sí, lo suyo nunca han sido los números y es que como “niña bien” fue criada bajo la premisa de que hablar de dinero era señal de mala educación.

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Colección Fall/Winter Women’s 2018 de Carolina Herrera durante la Semana de la Moda de New York 2018. | Foto: REUTERS / Caitlin Ochs

 

Al igual que con su inseparable Reinaldo Herrera, ha tenido un matrimonio feliz desde hace unos 30 años con la centenaria firma española Puig, alianza que le ha permitido crecer y expandirse alrededor del globo con más de un centenar de tiendas, después de haber empezado su recorrido en el mundo de la moda con el editor venezolano Armando de Armas.  

“Es muy fácil hacer una colección en la que quepa todo. Pero pensar en una línea y no salirte nunca de ella… Eso es difícil. Las tendencias uniforman a la gente, con ellas no hay creatividad ni individualidad. Para mí la moda es una cuestión de estilo propio”, considera Herrera, según ha recogido Vogue España.

De allí que más allá de creer lo que otros dicen, hay que tener espejos de cuerpo entero, como suele repetir la diseñadora para quien no hay nada que envejezca más que vestirse de más joven.

“Antes trataba sobre lo romántico y lo misterioso, de dejar algo a la imaginación. Ahora la feminidad es mostrar todo lo que tienes. No lo comparto, creo que el misterio es muy importante. Pero la desnudez está de moda. Hace poco me preguntaron si pensaba que alguien (que no mencionaremos) era un icono de la moda. Respondí: ‘Cuando se ponga un vestido, podré decirlo. Ahora va desnuda, así que no lo sé”, ha dicho a Harper’s Bazaar con su peculiar sentido del humor.

Las épocas, sin duda, han cambiado, y aunque no le gustan los selfies por considerar que atentan contra la belleza, allí sigue ella, en su siempre “saber estar”, tan segura, impecable y sofisticada como siempre.