«Una inteligencia artificial superior a la nuestra, por definición no la podremos controlar»
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Economía y capital

«Una inteligencia artificial superior a la nuestra, por definición no la podremos controlar»

El profesor emérito de la Universidad de Stanford Hans Ulrich Gumbrecht publica 'El espíritu del mundo en Silicon Valley', donde reflexiona sobre el mundo tecnológico y sus implicaciones

por Néstor Villamor

Durante su etapa como profesor en la Universidad de Jena, Hegel tuvo la oportunidad ver a Napoleón recorriendo la ciudad alemana después de que las tropas francesas vencieran a las germanas. El impresionado filósofo escribió a un amigo contándole lo «maravilloso» que había sido ver «esa alma del mundo, cabalgando a través de la ciudad para explorarla». Ahora, más de 200 años después, el pensador Hans Ulrich Gumbrecht sentencia en su libro El espíritu del mundo en Silicon Valley (recién editado en español por Deusto): «Si Hegel estuviera vivo a día de hoy y se cuestionara dónde está el espíritu del mundo, lo ubicaría al norte de San José y al sur de San Francisco, en Silicon Valley, el centro de la industria tecnológica».

El autor, nacido en Alemania, llegó a Estados Unidos en 1989 para dar clase en la Universidad de Stanford, muy vinculada al llamado Valle del Silicio. Se mudó «justo la semana en la que empezó el tinglado de la reunificación alemana», según cuenta elocuentemente en entrevista con The Objective. Desde allí, y como observador desapasionado —que ni es originario de Silicon Valley ni pertenece al mundo de la tecnología—, ha sido testigo de la evolución de una pequeña región de California que está transformando el mundo.

¿Qué le llevó a escribir este libro?

A lo largo de los años he estado escribiendo sobre eso, pero nunca había escrito un libro sobre el tema. Y de repente, un amigo mío me dijo: «Deberías escribir un libro sobre este asunto». Y el impulso también fue pensar en con qué se asocia Silicon Valley: con milmillonarios, con mucha riqueza… Para Europa, los americanos siempre son un poco tontos, no son intelectuales… y yo creo que no es así. Esa capacidad de escribir código, de desarrollar esto cada vez más y de imaginarse una inteligencia artificial yo creo que, hoy en día, en 2020, es el centro de la intensidad intelectual.

«Una inteligencia artificial superior a la nuestra, por definición no la podremos controlar»

Portada de ‘El espíritu del mundo en Silicon Valley’, de Hans Ulrich Gumbrecht. | Foto: Deusto

En su libro se ocupa bastante de la inteligencia artificial. ¿Es posible que esta tecnología ponga en peligro a la humanidad?

Completamente. Si se habla con uno de esos jóvenes programadores que cambian el mundo escribiendo código, ellos te dicen que la posibilidad de que una inteligencia artificial superior a la humana tenga la idea de que lo humano sobra —que somos ecológicamente irresponsables, que comemos demasiado o que somos estéticamente poco elegantes o lo que sea— y que hay que eliminarlo no es muy alta ni muy baja, pero es posible. Entonces, hay un riesgo muy grande. El pensamiento de que vamos a crear una inteligencia superior a la humana y luego la vamos a utilizar es contradictorio porque, si es una inteligencia artificial que sea superior a la nuestra, por definición no la podremos controlar. Entonces, si no la podemos controlar, que sea un peligro para la humanidad y que lleve a una reducción de la libertad humana es entre posible y probable. Y los que trabajan en esto dicen: «A pesar de este peligro, no podemos no hacerlo, es demasiado fascinante como para no hacerlo».

¿Cómo se puede defender la humanidad de este peligro?

No tengo la receta para eso. Podría decir, medio en serio medio irónicamente, que tengo 72 años y probablemente no lo voy a vivir. La cuestión de cómo defenderse es de mis nietos [se ríe]. De todas formas, yo diría, críticamente quizás, que esta preocupación de anticipar todo lo que pueda acontecer a la humanidad y de tener ya soluciones preventivas a mí me parece demasiado europea, me parece un producto de esa mentalidad del Estado de bienestar de Europa. Yo discrepo de Trump, no lo he votado y no me gusta cómo ha llevado la pandemia, pero quizá también la pandemia genera una obsesión preventiva tan grande que ya está como paralizando la vida totalmente. En este sentido y en cuanto a la inteligencia artificial, me parece ambiguo dejar que se pare la vida que llevamos con cada peligro posible del futuro.

«Si hubiera unas elecciones para menores de 30 años en EEUU, ganaría Bernie Sanders»

Un dato que cuenta en su libro es que «en los últimos años, Silicon Valley ha contratado a tantos graduados en Ingeniería como en Filosofía, Historia o Literatura». ¿Qué aportan los graduados en carreras humanísticas a las empresas tecnológicas?

Es un dato súper interesante. Lo que yo no sabía es que muchas veces estas empresas hacen una entrevista sin interesarse prácticamente en la carrera del candidato porque, y esto es lo importante, el 99% del trabajo que van a hacer para Google, Apple u Oracle lo aprenden con ellos. Lo que aprenden en la universidad es poco importante. Entonces, en las entrevistas, lo que buscan es cierta agilidad intelectual, cierta flexibilidad intelectual: la capacidad de imaginar cosas que no existen, un pensamiento no convencional. Y resulta que, con ese enfoque, acaban con mucha gente de ciencias humanas. Alguien que lee mucha literatura y que se expone a la tradición filosófica, muchas veces tiene una agilidad intelectual mayor que el especialista más cualificado en, digamos, una rama de ingeniería.

También menciona la connotación negativa que tienen en EEUU palabras como «neoliberalismo» o «competitividad». ¿Cree que puede triunfar allí una propuesta socialdemócrata como la de, por ejemplo, Bernie Sanders?

Yo creo que es una cosa generacional. En Estados Unidos, si hubiera unas elecciones en las que no pudieran votar los mayores de 30 años, Bernie Sanders ganaría con un 65 o 70%. La generación que viene tiene una mentalidad muy semejante a la europea, en el sentido de que en Europa se aceptan impuestos bastante altos, se tienen unos patrones de igualdad… Y no digo que los jóvenes estadounidenses finalmente hayan descubierto que eso es mejor: parece ser un cambio interno de Estados Unidos. Si eso finalmente se va a realizar no lo sé.

Hablando de igualdad, en su libro escribe que «la desigualdad no es un problema por definición, sino, ante todo, un incentivo». ¿La considera algo positivo?

Hay límites. En Estados Unidos, si alguien pierde su empleo y no tiene ahorros y no encuentra un nuevo empleo, se puede ver mendigando al día siguiente. Eso no me gusta, no me parece bien. Ahora bien, en Estados Unidos, el que más gana en un departamento universitario, por ejemplo, es el que tiene mejores evaluaciones de los alumnos, el que tiene ofertas de fuera, el que publica cosas de importancia internacional. Entonces, a mí me parece bien que exista una diferencia y no solo por meritocracia, sino porque es una motivación y porque simboliza un esfuerzo, un talento.

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Vista aérea de Palo Alto, en Silicon Valley. | Foto: Mac Gaither | Unsplash

Teniendo en cuenta que nos ha hecho más dependientes de la tecnología, pero que, por otra parte, ha diluido la importancia de la geografía, ¿la crisis del coronavirus afianza o amenaza la posición de Silicon Valley como capital espiritual del mundo, por así decirlo?

Estoy convencido de que, tarde o temprano, el espíritu del mundo se va a mover. Ahora, con el coronavirus, la electrónica ya está normalizada e institucionalizada y quizás se puede decir que con este grado tan alto de institucionalización, la electrónica es un poco menos el futuro y un poco más el presente y quizá lo que se está acercando más es esta discontinuidad del futuro, la discontinuidad de una inteligencia artificial superior a la nuestra, que va a ser producida por código electrónico, pero quizá una vez aparezca, vaya a ser una cosa completamente diferente, que nosotros, con nuestros cerebros humanos, no conseguimos imaginar.

Néstor Villamor

Gallego de nacimiento y madrileño de alquiler. Aprendí este apasionante oficio en La Voz de Galicia, Icon, BuenaVida, El País… Ahora sigo creciendo en The Objective.