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Valeria Luiselli confronta la nostalgia del presente en su última novela: 'Desierto Sonoro'

Foto: Diego Berruecos | Cedida por la editorial

Leer a Valeria Luiselli

Me propuse no hablar con Valeria Luiselli. Y (casi) lo conseguí.

Quise oírla, atender a sus ecos. Ver qué escondían los repliegues de su voz. La estuve escuchando recitar extractos de Desierto sonoro (Sexto Piso, 2019), en silencio. En la librería/galería La Social, en Barcelona. A su lado. Le saqué fotos. Grabé sus palabras con el móvil. La rocé involuntariamente con el codo.

Pero me mantuve en silencio, atendiendo; como haría un lector (y no un entrevistador que inquiere). Quise entender sin preguntar.

La escritora mexicana Valeria Luiselli, que viene de gira por Italia y Suiza y en estos días presenta en España la edición castellana de Desierto sonoro, originalmente escrita en inglés bajo el título de Lost children archive, vivió en Barcelona hace más de una década. Trabajaba de camarera en el Bar del Pi, en la Plaça Sant Josep Oriol, en el barrio Gótico.

Valeria Luiselli: “Barcelona fue la primera ciudad que me dio trabajo, independencia económica y una libertad que no conocía”. 5

Imagen vía Editorial Sexto Piso.

Ya desde su primer libro, el conjunto de ensayos Papeles falsos (Sexto Piso, 2010), que comenzó a escribir en Barcelona y fue la primera ciudad en la que el libro se presentó (a cargo de Enrique Vila-Matas), Luiselli funge en su narrativa la experiencia personal con la reflexión crítica sobre la cultura. Así que no es baladí traer a colación este detalle biográfico. Máxime cuando se habla siempre mucho de sus estancias en Corea del Sur, Sudáfrica, Costa Rica, México, Estados Unidos.

Se hace mucho énfasis en la errabundia de la escritora mexicana, pero no se incide en el origen de todo: esa imagen que ahora vemos en un pequeño portátil (se había de proyectar en una pantalla más grande, sobre la pared, pero -por alguna razón- el enfoque se cortaba, tal que una metáfora de la espectacularidad, particularmente en el ámbito anglosajón, de la que hoy participa la escritora). Es el metraje que uno de sus amigos barceloneses guarda de la época 2001-2006 y con el que está tratando de montar una película.

El corte que vemos (de apenas unos tres minutos de duración) se corresponde con el Bar del Pi. Valeria está junto a la barra, fuma despreocupada, todos fuman despreocupadamente. Hacen broma, dicen: “era obligatorio fumar para poder trabajar en aquel bar”. Está allí, pero no la vemos ejercer de camarera. Solo está, Valeria, con sus mechas californianas y su sonrisa grácil. Entretanto, sus compañeros y amigos van y vienen con las bandejas en la mano. Es una celebración de la juventud, de la amistad. Se abrazan. Se prodigan muestras de cariño.

Es 2004. Valeria tenía 21 años.

Valeria Luiselli: “Barcelona fue la primera ciudad que me dio trabajo, independencia económica y una libertad que no conocía”. 1

Valeria en la presentación en Barcelona | Foto: Miquel Taverna | CCCB.

La escritura crea espacios inverosímiles

Sirve la breve pieza de vídeo para que Valeria nos cuente del día que le entregaron su pasaporte italiano, que le permitía -al fin- trabajar. Un golpe de suerte que pensaba le iba a durar 10 años. Justo los diez años que van de esa imagen al viaje que en 2014 le llevaría junto a su exmarido, su hija y su hijastro hasta Arizona, para comprobar la parte del muro fronterizo con México desde el lado gringo. Viaje que se convirtió en la pulsión originaria de Desierto sonoro.

Diez años atrás, en 2004, Valeria iba por Barcelona con una bicicleta prestada, se encontró con una baraja de cartas completa por la calle (es muy supersticiosa) y todo comenzó a ir bien, nos cuenta (y se dijo entonces). Precisa que Barcelona fue la primera ciudad que le dio “trabajo, independencia económica y una libertad que no conocía”. Le permitió relacionarse libremente con la ciudad (cosa que no podía hacer en el D.F.: deambular a las cuatro de la mañana feliz -y segura- con la bicicleta).

La vida le brindó además “un grupo de amigos que no esperaba tener nunca”, algunos de los cuales hoy están aquí, en La Social; un grupo de amigos con los que ha venido discutiendo durante muchos años sobre la fiebre documental, “cómo realizar y trabajar con los archivos, sobre cómo se cuenta la historia urbana de una ciudad con estrepitosos cambios, si con nostalgia o con rabia”. Punto que es central en su obra, particularmente en los ensayos de Papeles falsos, que le sirven, de alguna forma, para re-examinar su mexicanidad, y en su primera novela, Los ingrávidos: un texto lleno de espacios urbanos fantasmales, subterráneos.

Valeria Luiselli: “Barcelona fue la primera ciudad que me dio trabajo, independencia económica y una libertad que no conocía”. 2

Imagen vía Editorial Sexto Piso.

Luiselli cuenta que, ya desde entonces, en 2004, supo que no podría renunciar a ese goce que es el pasear las ciudades, que siempre le ha acompañado. Una idea de movimiento muy presente en su narrativa. En especial en sus novelas. Si la trama central de Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011) pivota sobre los encuentros fantasmales que se producen en el metro de Nueva York entre el poeta Gilberto Owen y su traductora, en Desierto Sonoro es un road trip que lleva a una familia postmoderna (padre y madre con hijos de matrimonios previos) a un viaje hacia su disolución como ente familiar, camino de la frontera mexicana. Dos batallas contra esa “nostalgia del presente”. Confiesa Luiselli: “Vivir de ese modo la Historia, como en la época de la nouvelle vague, ya no resulta hoy, para los que estamos en la treintena, algo tan apetecible”.

Volverse americana

Después del viaje real de 2014, y alertada por el grave problema inmigratorio que existía en los Estados Unidos, Luiselli volcó su furia política en el ensayo Los niños perdidos (Sexto Piso, 2016), amén de servir como traductora voluntaria en la corte estadounidense, para ayudar a los niños perdidos y solos a que el estado les asignase un abogado y poder litigar por el derecho a permanecer en el país. “No soy el tipo de escritora que se pueda aislar de la vida inmediata”, confiesa, pero felizmente se dio cuenta de que volcada a la narrativa, la rabia debía convertirse en una suerte de pregunta abierta, y de ahí que optase en Desierto sonoro por la poesía y una especie de misticismo fundacional muy en la línea de la tradición narrativa norteamericana del desarraigo y la búsqueda, en particular la de Steinbeck. A esto se ha de sumar la gran tradición del viaje de (auto)conocimiento y descubrimiento de un inmenso paisaje hostil, el desierto.

Valeria Luiselli: “Barcelona fue la primera ciudad que me dio trabajo, independencia económica y una libertad que no conocía”. 4

Foto: Diego Berruecos | Cedida por la Editorial.

Desierto sonoro es una historia contada a dos voces (la esposa protagonista y su hijastro) y dividida en siete partes más un preludio. Como es habitual en la narrativa de Luiselli, la propia novela se interroga por la forma en que una determinada historia ha de ser contada y contiene un cuestionamiento moral sobre los límites y el alcance de las obras literarias, en especial como potencial denuncia política. Así las cosas, hay una doble búsqueda: la de la esposa que va tras el rastro de los migrantes mexicanos y la del marido que busca los ecos sonoros y las huellas de Gerónimo y los últimos apaches del territorio norteamericano.

Luiselli resuelve la trama con las voces de los hijos de los protagonistas, gracias a lo que la autora denomina “la entropía creativa de los niños”, que alcanza la narración y la nubla de una fábula increíble y potencialmente inverosímil, como toda verdad pura.

Aparecen en Desierto sonoro los diálogos con otros textos (Pound, Rulfo, Schwob, T.S. Eliott, Rilke), e incluso genera una dramática novela falsa, igual que sucedía en Los ingrávidos: “Las elegías de los niños perdidos”. En el ámbito anglosajón se ha querido ver esta novela como una suerte de indisimulada autobiografía o de autoficción encubierta. Siendo esto en parte cierto, lo más importante de la novela es que le sirve a Luiselli para americanizarse. Después de haberse marchado a vivir a Harlem en 2007 y más tarde al Bronx, se nota que a la autora mexicana le era perentorio enraizarse en esa tradición que también es en parte la suya.

Valeria Luiselli: “Barcelona fue la primera ciudad que me dio trabajo, independencia económica y una libertad que no conocía”.

Imagen vía Editorial Sexto Piso.

Podríamos decir que, en cierta medida, es una culminación de sus tanteos previos, porque aquí está todo lo que hubo antes: la idea de poder recordar el futuro, el aliento ensayístico imbricado en la prosa, la idea del archivo y el documento, la imposibilidad de registrar de una forma completamente objetiva los rastros del pasado (de ahí la idea del eco y el sonido que reverbera desde un lejano pasado), la hibridación de dos mundos (el español/el estadounidense) y la multiplicidad de temporalidades.

Sin embargo, y vale la pena recalcarlo, hay algo que ha mejorado notablemente, y es que donde antes Luiselli resolvía sus tramas de manera enunciativa, aquí lo realiza al modo de la alegoría. Y aunque a algunos lectores les pueda resultar un tanto chocante y quizá sorpresivo, permite que la novela dé el salto de buena obra literaria a obra de calidad mayor, y lo que le asegura no solo su entrada en el canon contemporáneo sino su longevidad y preeminencia.

Una obra maestra

Ya dije antes que me propuse (no) hablar con Valeria Luiselli. Y (casi) lo conseguí. Pero no, aunque es cierto que es vergonzoso afirmar lo evidente, se ha de hacer. Es necesario. No podemos pasar de puntillas sobre el arte que nos confronta y nos sirve si no para ser mejores, sí para plantearnos las preguntas de una manera más acertada. Y así, ese lunes, mientras Luiselli estaba sentada en el sofá de terciopelo rojizo, en La Social, de rodillas y a sus pies, me vi obligado a hablarle, a borbotones y atropellada, fragmentariamente, como sucede en sus novelas. A lo que ella, abrumada y algo tímida, correspondió con la reverberación de una sonrisa apacible.

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