Sociedad

«Vamos a violar a tu hija»: la huida a España de una familia rusa LGTBI para vivir en libertad

Alina llegó incluso a temer por perder la custodia de su hija por haber aparecido en un anuncio mostrando a su familia LGTBI

por María Hernández Solana

Yuma y sus dos hijas, Alina y Mila, junto a la novia y la hija de Alina, han tenido que huir de Rusia ante el temor de que las amenazas de muerte recibidas en las últimas semanas se hicieran realidad. El único motivo, ser lesbianas y decirlo abiertamente.

La familia, que siempre ha sido activista por los derechos LGTBI, participado en manifestaciones y diferentes actividades, protagonizó un anuncio de la cadena de supermercados VkusVill en el que promocionaba sus productos sentadas a la mesa como una familia cualquiera.

Esto, que a un sector de la población le pareció un avance en la visibilización del colectivo LGTBI, despertó la indignación entre los más conservadores, que no son pocos en el país. La cadena finalmente retiró el anuncio y llegó a pedir perdón por herir la sensibilidad de sus clientes y trabajadores.

«Nosotras hemos vivido la homofobia, ataques de grupos neonazis y de policías» debido al activismo que llevan a cabo, nos explica desde Barcelona Mila, la más joven de la familia, con 23 años, y la única que se puede comunicar en inglés. A su lado, su madre y su hermana que, a pesar de estar agotadas, no quieren dejar de formar parte de todo aquello que pueda ayudar a visibilizar la situación del colectivo.

Pero lo que pasó después de participar en este anuncio fue una violencia de un nivel que ya no podían soportar. «Empezaron a llegarnos emails, fotos, y muchos de ellos eran muy estúpidos, pero otros eran realmente aterradores», narra. El momento clave llegó cuando empezaron a recibir fotos de la hija de Alina, que tiene ocho años, con comentarios como «vamos a violarla, vamos a matarla». Y no fueron hechos aislados, no, fueron «más de 100 personas mandando este tipo de mensajes», y ahí es cuando la familia decidió que tenía que marcharse. Además, su dirección se hizo pública a través de un grupo de neonazis, lo que hacía que las amenazas fueran aún más reales.

La posibilidad de denunciarlo a la Policía ni siquiera era una opción, explica Mila. «A mí me ha dado palizas la Policía en manifestaciones pacíficas», dice con una naturalidad que asusta. Además, la llamada ley de la propaganda gay, aprobada por Rusia en 2013, hace que la situación de la familia Yuma se complique, porque la prohibición de hacer propaganda delante de menores es tan ambigua que podría llevarles incluso a perder la custodia de la niña por no ser una familia tradicional. «Entendimos que si queremos seguir teniendo a nuestra niña, si queremos salvar nuestras vidas, tenemos que salir de allí».

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Alina y su hija y Yuma con su pareja. | Foto: cedida por la familia

 

Una nueva vida en Barcelona

No es la primera vez que la familia tiene que huir de Rusia por miedo a las represalias por su activismo. Tras la purga de homosexuales en Chechenia, Yuma y sus hijas tuvieron que huir de Moscú durante dos años por ayudar a los afectados. Se refugiaron en Georgia. Sabían que su vuelta a Rusia no sería definitiva, de hecho, planeaban mudarse a Argentina, pero no esperaban que su salida fuera a ser tan repentina.

Su plan de ahorrar para mudarse al país sudamericano y que Alina y Yuma pudieran casarse con sus respectivas parejas y tener hijos tuvo que cambiar por la urgencia de la situación. Y de repente, España pasó a ser una opción más viable. «Muchos de nuestros amigos nos dijeron que España es uno de los mejores países para las personas LGTBI con hijos, que nuestra familia iba a estar en un lugar seguro», dice Mila. Por eso, empezaron a pensar que «no sería como en Rusia, donde enseñamos a la niña a mentir a todo el mundo sobre nuestra familia, y que finalmente podría ser libre».

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Alina, su hija, Yuma y Mila en Barcelona.

Ahora, a pesar de todo lo vivido, estas tres mujeres ponen todas sus fuerzas en empezar una vida nueva en un lugar en el que no tengan que tener miedo. «Tratamos de reírnos de todo, pero realmente ha sido un mes sin descanso, las maletas, el odio, tener que esconderse… No tenemos una casa, hemos perdido nuestros trabajos». Han pedido ayuda a Cruz Roja para asentarse en la ciudad, pero ahora mismo, «solo queremos paz durante un día, porque no la hemos tenido en meses».

«Ahora mismo no queremos recordar lo que ha pasado, cómo fue, lo asustadas que estábamos, ahora queremos pensar en lo bueno, porque esto también es una historia bonita», dice Yuma, traducida por su hija. Bonita por el cariño y el apoyo de la gente que se ha puesto de su parte, no solo fuera de Rusia sino dentro del propio país. También se queda con haber podido abrirle los ojos a muchas personas fuera del colectivo: «Hay gente dispuesta a escucharnos y hemos cambiado un poco su vida y su mundo».

El futuro en Rusia

Saben que en otros lugares están más seguras que en Rusia y, sobre todo, serán más libres de ser ellas mismas, pero aunque las leyes y el Gobierno les hagan la vida imposible, sigue siendo su casa y, por eso, luchan con la esperanza de que algún día se dé el progreso social que ya se vive en otros países. Sin embargo, aunque el activismo es parte de su vida y no tienen intención ninguna de abandonarlo, las perspectivas desde las que lo abordan son distintas.

«Yo soy joven, tengo 23 años, y por eso soy una revolucionaria y creo en la revolución. Sé que no es lo mejor, pero lo llevo en mi corazón, soy activista», dice Mila, a la que de pronto se le ha iluminado la mirada. «Somos diferentes», añade mirando a su madre. «Ella ha vivido más y yo soy joven y espontánea, quiero cambiar el mundo ya», explica divertida. Además, confía en que las nuevas generaciones de feministas y activistas por los derechos LGTBI van a conseguir el cambio por el que tanto lleva peleando su madre.

Yuma, que tiene más experiencia en esto del activismo y que ya dejó atrás el ímpetu de la juventud, no es tan optimista como su hija. «Quiero creer en un futuro bonito e integrador para Rusia, pero creo que está muy lejos aún». Desafortunadamente, no ve «nada que dé una esperanza de cambio». Sin embargo, tiene claro que esta lucha es su responsabilidad, la de aquellos que viven en la actualidad la represión y ven afectados sus derechos.

María Hernández Solana

De Murcia y madrileña de adopción. Escribo a menudo sobre derechos humanos e inmigración. También estudié Publicidad, pero lo mío es el periodismo. Y los viajes.