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No, la víctima de La Manada no gritó ni peleó: así paraliza la disociación

Foto: ELOY ALONSO | Reuters

Leemos estos días que algunas de las consignas que se ven en las manifestaciones contra la sentencia de La Manada son superficiales, sin altura intelectual. Que el “no es no“, que llena pancartas y lemas, es absurdo porque ella no dijo que no. Y es verdad: esa chica de 18 años que se vio en un portal rodeada de cinco tíos más grandes que ella no dijo no (tampoco dijo sí, claro). No dijo que no, no gritó, no trató de salir corriendo, no les dijo que ni de coña le ponían una mano encima, no peleó, no arañó, no les partió la cara cuando notó que le bajaban el pantalón, no mordió, no pataleó, no lloró. No hizo nada de eso, porque la víctima de La Manada exactamente no hizo nada.

Así consta en la página en la página 367 de la sentencia de la Sección Dos de la Audiencia Provincial de Navarra:

“—¿Qué manifestación hizo usted, de cara a ellos, para que supiesen que usted estaba en situación de shock y que estaban teniendo esa situación de relaciones sexuales sin consentimiento por su parte? ¿Cómo pudieron ellos; si usted hizo algo, manifestó algo, verbalizó algo?

(Antes de terminar la pregunta contestó)

—No, o sea, yo cerré los ojos, si… eh… no hablaba, no, no estaba haciendo nada, estaba sometida y con los ojos cerrados, si eso… o sea, estaba con los ojos cerrados y sin hacer nada, ni decir nada, ni nada, entonces sí…

—Desde el punto de vista de los cinco procesados si usted en algún momento hizo algún gesto, alguna manifestación, alguna actuación suya dio a enten…

(La testigo, sin dar lugar de nuevo a que se cierre la pregunta, contestó diciendo)

No, no hablé, no, no grité, no hice nada, entonces, eh… que yo cerrara los ojos y no hiciera nada lo pueden interpretar como… eh… como que estoy sometida o como que no.”

 

Miles de personas se manifiestan ante las puertas del Ministerio de Justicia. | Foto: Sergio Perez/Reuters

 

 

Y, ¿por qué? ¿Por qué no chilló? ¿Por qué no peleó? Es la pregunta que se formula un gran número de personas estos días.

La respuesta es que no pudo elegir, que su cerebro de forma instintiva, irracional, involuntaria, escogió el mecanismo que le parecía más eficaz para tratar de garantizar lo más importante: la supervivencia.

“En medio de una agresión sexual, el circuito de miedo del cerebro domina. La congelación se produce cuando la amígdala, una estructura crucial en los circuitos de miedo del cerebro, detecta un ataque y envía señales al tronco encefálico para inhibir el movimiento. Sucede en un instante, automáticamente y más allá del control consciente. Es una respuesta cerebral que rápidamente cambia el organismo a un estado de vigilancia. Los ojos se ensanchan, las pupilas se dilatan. La audición se vuelve más aguda. Simultáneamente a la congelación, los circuitos de miedo liberan una oleada de “sustancias químicas de estrés” a la corteza prefrontal, la región del cerebro que nos permite pensar racionalmente, que hacen que se deteriore rápidamente”. Así lo explica el psicólogo de la Universidad de Harvard James W. Hopper en su artículo de The Washington Post.

Así tenemos que ante un ataque, el circuito del miedo, primero, nos congela y, después, provoca que las reacciones ya no estén al cargo de nuestra parte racional.

Guillermo Fouce, doctor en Psicología y presidente de Psicólogos Sin Fronteras, compara la reacción que se tiene en una situación de crisis, trauma y pánico con la que tendría un animal en una situación de amenaza. “Pueden hacer tres cosas: atacar, que es lo que haría, por ejemplo, una serpiente por sentirse fuerte; huir, lo que haría una ratita al ver a la serpiente y evaluar que no puede atacar, por lo que corre y se escapa; y, paralizarse, que es lo que haría un conejo o un armadillo, hacerse bola, quedarse quieto, hacerse el muerto”, explica a The Objective.

Esta última opción es la que explica lo que podía haberle pasado a la víctima de La Manada: “Es una reacción parasimpática del cerebro. Quedarse quieta e inmóvil para minimizar el daño. Cuando se produce en humanos, que somos más complejos, esta reacción lleva en ocasiones acompañada la disociación, un mecanismo con el que desconectamos de lo que está pasando. Nuestro cerebro se va a otro sitio, nos abandonamos. Incluso hay estudios que demuestran que en esta disociación generamos endorfinas para reducir el dolor”.

 

Miles de personas se manifiestan ante las puertas del Ministerio de Justicia. | Foto: Sergio Perez/Reuters

 

“En una situación en la que no puedes atacar y no puedes huir, esta reacción es lo más normal del mundo. Se produce con frecuencia en agresiones sexuales, situaciones de emergencia, grandes catástrofes, bombas”, añade.

Así, si nuestro cerebro percibe el escape como imposible y la resistencia como inútil, la víctima ni luchará ni huirá, sino que los reflejos de supervivencia extrema (lo que los científicos llaman “respuestas de defensa animal”) se harán cargo. “Estos pueden activarse automáticamente cuando el cuerpo está en manos de un depredador, y cuando, como informan la mitad de las víctimas de violación, tememos la muerte o lesiones graves”, definía Hopper.

“Ninguno sabemos ni podemos planificar cómo vamos a reaccionar ante una situación inesperada de trauma. Nuestro cerebro evalúa la situación con los datos que tiene, pero no analiza pros y contras, simplemente actúa. Porque su última preocupación es la supervivencia“, señala Fouce, que también es vocal del Consejo Oficial de Psicólogos de Madrid.

En la revista Marianne han llamado a esta reacción de parálisis y disociación con un nombre conjunto: sideración. Esta palabra, que no está recogida en la RAE, hace referencia a la reacción psicológica que anula de manera repentina las actividades emocionales y motoras de una persona debido a un suceso traumático. “Las personas que se enfrentan a estas situaciones inusuales a menudo se paralizan y sienten que sus cabezas van a explotar, que pueden morir de estrés”, dice la psiquiatra Muriel Samona en la publicación francesa, que continúa: “Y este es realmente el caso: el estrés extremo conduce a riesgo vital para el cuerpo. Para escapar, el cerebro elige un cortocircuito, secretando hormonas que anestesiarán a la víctima”. Focue, profesor de Psicología de la Universidad Complutense, explica que en España en vez de sideración suelen hablar, por un lado, de la parálisis ante un suceso traumático y, por otro, de la respuesta disociativa que lleva aparejada.

 

Eliminar la culpa y los mundos paralelos

Cuando las víctimas miran hacia atrás, su primera reacción siempre suele ser de culpa. Y otra vez, ese por qué. ¿Por qué no peleé? “Las respuestas de hábito pasivo pueden ser desconcertantes. Parecen exactamente lo opuesto de cómo deberían haber respondido”, dice Hopper. “Pero cuando el circuito del miedo toma el control y la corteza prefrontal se ve afectada, los hábitos y los reflejos pueden ser todo lo que tenemos”.

Esta misma afirmación apuntala Fouce: “Cuando trabajamos con la víctima, le explicamos que si hubiese reaccionado de otra manera igual estaría muerta. Porque su cerebro hizo lo que veía más eficaz para sobrevivir, es un mecanismo aprendido innato, un aprendizaje de la especie”.

Así, para descargarla de ese sentimiento de culpa, los psicólogos le explican que su reacción fue normal, que es lo que la mayoría de personas harían, y se esfuerzan en destruir lo que Fouce llama mundos paralelos. “Son los ‘y si, y si‘. Que hubiese pasado si hubiese chillado, si hubiese corrido. La víctima construye mundos alternativos paralelos. Entonces lo que intentamos es reducir la situación al absurdo, explicarle que en realidad, en aquel momento, solo podía hacer lo que hizo, aunque hubiese querido hacer otra cosa, no hubiera podido hacerlo”.

 

No tiene sentido plantear el consentimiento

Este miércoles, seis días después de la sentencia de La Manada, 1.869 psicólogos y especialistas en tratamiento psicoterapéutico de víctimas de maltrato y abuso sexual han firmado una carta, remitida al Ministerio de Justicia, en la que afirman que “la paralización y el bloqueo son reacciones automáticas y normales ante el pánico”.

Según esta carta abierta, existe una teoría, denominada Polivagal del psiquiatra Stephen Porges, según la cuál “ante una amenaza de muerte, lesión grave o violencia sexual, es común una respuesta de inmovilización con latidos más lentos y del corazón y reducción de la sensibilidad al dolor”. Estos profesionales argumentan que “el bloqueo” es una “forma rápida de reacción del sistema nervioso para tratar de sobrevivir y minimizar el impacto“.

Por ello, insisten, no tiene sentido plantear la cuestión del consentimiento, “ni tampoco hay lugar para preguntar a la víctima ni es determinante el hecho de que tuviera respuesta sexual”.

Estos psicólogos, que subrayan su “más profundo y enérgico rechazo a la sentencia”, pretenden aportar “información científica” al caso de La Manada que contribuya a esclarecer aspectos y no ponga, en ningún caso, “el foco” en la víctima.

Las víctimas son las grandes olvidadas de nuestro sistema“, dice también Fouce, que considera que es “absolutamente necesaria” la incorporación de equipos forenses y psicológicos en las etapas judiciales y la formación de los magistrados. Una formación que, en España también se está haciendo, ha adquirido mucho protagonismo en Francia, donde la Escuela Nacional de Magistratura (ENM) francesa ofrece, desde 2013, un seminario a los jueces sobre la violencia sexual que ya ha impartido a 1.000 magistrados.

Ahora, en España, después de que el caso de La Manada haya llegado a la ONU y al Parlamento Europeo, asociaciones de juezas, organizaciones feministas y expertos siguen reclamando la revisión de la tipificación del delito de agresión sexual —artículo 178— que considera que tiene que haber violencia e intimidación. Mientras, miles de españoles siguen llenando calles y plazas para que a la próxima chica de 18 años que podríamos ser cualquiera no le haga falta decir no.

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