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Vincent Monadé: “Es fundamental para el libro tener un presidente que revindique la lectura”

Desde 2013, Vincent Monadé es el director del Centre National du Libre. Reivindica que el escritor debe ser pagado siempre y, por ello, todos los festivales que reciben ayudas públicas en Francia están obligados a retribuir a los escritores participantes con unas tarifas mínimas preestablecidas (150€ por mesa redonda; 250€ intervención en solitario; 400€ más de una intervención por festival). Asimismo, a pesar de las reticencias iniciales, ha conseguido que las editoriales que reciben ayudas del Centre National du Livre para la traducción estén obligadas a pagar 21€ por páginas a sus traductores. Sostiene que la política francesa de protección de la cultura es una excepción no solo a nivel europeo, sino a nivel mundial, una excepción cuyo modelo debería ser imitado por todos aquellos países que quieran reforzar y fortalecer económicamente todos los agentes que participan del mundo del libro, desde los creadores a los libreros, pasando por los editores.

 

Su conferencia en el Forum Edita llevaba por título, La excepción de Francia. ¿Por qué Francia es, en Europa, una excepción en sus políticas de protección del libro, mientras los otros países están a la cola en este tipo de políticas?

El sistema francés de protección del libro viene de la Segunda Guerra Mundial, es, por tanto, un sistema antiguo que tiene como propósito proteger lo que nosotros denominamos “la excepción cultural francesa”, es decir, nuestros artistas, nuestros productores de contenido y nuestros vendedores. A lo largo de los años, hemos ido reforzando este sistema ley tras ley, comenzando con la política llevada a cabo por De Gaulle y con su ministro de cultura, el escritor André Malraux, y siguiendo con las leyes de los años ochenta de Jacques Lang. Este sistema de protección es muy fuerte porque implica a todos, desde los artistas a los productores/editores y también a los lugares de venta, es decir, tanto cines como librerías. En efecto, el cine y los libros son dos sistemas muy financiados por el Estado Francés y gracias a esta financiación y a este apoyo se dibuja un paisaje que es una excepción única en el mundo.

 

Usted citaba Alemania como otro país particularmente atento a la cultura.

Sí, en Alemania existe un sindicato muy importante que reúne editores y libreros, además del muy consolidado Goethe Institute. En Inglaterra tienen el British Council y en España tenéis el Instituto Cervantes, el problema es que estas tres instituciones son estructuras potentes para la proyección de la cultura nacional en otros países. La política de protección de la cultura en Francia no funciona así. Es cierto que Francia tiene una red de influencia que pasa por la difusión y consolidación de la francofonía -el francés es, de hecho, la segunda lengua traducida del mundo- y tiene una importarte red de embajadas, pero, al mismo tiempo, tiene una estructura de protección de la cultura a nivel interno que le ha permitido reforzar y proteger su cultura frene a los productos culturales de fuera, en especial, los productos norteamericanos.

 

En su conferencia, ha hecho hincapié que esta protección por parte del Estado Francés de la cultura no debe interpretarse como una intervención ideológica, sino como una forma de equilibrar el mercado.

Juntamente con Alemania, Francia es el país más kenesiano de Europa y esto es debido a que las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial fueron muy duras y se impuso la idea de que era necesario apoyar y contribuir a la reconstrucción de estos países desde el Estado. El kenesenismo no es una teoría que pueda considerarse desde los parámetros derecha/izquierda. Ahora se suele contraponer al liberalismo el keniesanismo, pero no es así: el mercado existe y hay que respetarlo. Se trata de dar una ayuda a los sectores más pequeños del mercado para que puedan subsistir.

 

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Asistentes a la ponencia de Vincent Monadé en Forum Edita. | Foto vía Forum Edita.

Editores como Gallimard o Le Seuil forman parte de una asociación de editores que ayuda a la creación de las librerías, creando así un círculo colaborativo entre los distintos actores del mundo del libro. 

Esta asociación de la que hablas fue creada por Gallimard hace unos veinte o veinticinco años, cuando no había Internet, pero sí la Fnac y la idea de partida era que no se podía dejar que solo quedasen las grandes cadenas, que dominaran la distribución. Los editores franceses han entendido que no pueden tener un único interlocutor entre los vendedores, necesitan tener muchos interlocutores para así no depender de una sola persona que un buen día puede imponer unas condiciones de precio o cualquier otra condición inaceptable. Esta asociación tiene como objetivo defender las librerías, que hacen un trabajo muy importante en el territorio francés para defender a los editores y sus libros. Si vas a una gran cadena como puede ser la Fnac te darás cuenta de que en todas las tiendas hay los mismos libros, es decir, novedades. Sin embargo, en las librerías independientes encuentras las novedades, pero también un fondo, cuya elección dependerá de cada librero y, por tanto, en cada librería encontrarás libros distintos. El sector en Francia se sostiene en la idea de que pueden establecerse acuerdos entre editores-escritores-libreros, acuerdos que tienen como objetivo obtener beneficios para el sector.

 

Esto hace que el sector del libro funcione como grupo de fuerza que hace que a la política importe a tal punto la cultura que su ministra sea la editora de Acte Sud. Asimismo, el hecho de que la actual ministra de cultura sea una editora refuerza la figura del editor como intelectual que habla de tú a tú con el poder político.

En Francia no hay político que no quiera, en un momento u otro de su carrera, escribir un libro y publicar un libro, porque se juega su reconocimiento intelectual. Este deseo de publicar hace que haya, obviamente, libros innecesarios, pero también libros fantásticos, pero lo significativo es que para los políticos es importante tener un libro publicado en su curriculum. Por otro lado, en Francia nos gusta mucho la figura del intelectual y nos interesa su intervención en el espacio público, una intervención que realiza a través de sus textos, pero también en televisión. Pienso en Frédéric Beigbeder, en André Glucksmann, Bernard-Henri Lévy, Alain Finkielkraut, Patrick Boucheron… sus intervenciones en el debate público van más allá de su esfera de competencia universitaria. Esto es un fenómeno muy francés y, si bien los intelectuales son fuertemente contestados en las redes sociales, siguen siendo una figura con mucho prestigio. Se entiende, por tanto, que nuestro presidente de la República sea alguien que reivindique la cultura del libro y reivindique la lectura y convierta esta reivindicación en uno de los ejes de su pensamiento político. Es fundamental para el bienestar del libro tener un presidente que revindique la lectura, que revindique la cultura y cite a autores en sus discursos.

 

Este reconocimiento de la figura del intelectual quedó patente el otro día cuando trasladaron a la fallecida Simone Veil al Panthéon de los hombres ilustres.

Bueno, Simone Veil era, ante todo, una auténtica política, que se implicó a lo largo de toda su vida en la política francesa y tuvo un papel imprescindible en el movimiento feminista y en la lucha por el derecho del aborto.  Yo tuve la suerte de conocerla; era una mujer difícil, tenía muy mal carácter, pero era admirable en cuanto formó parte de todas las luchas y todos los debates del siglo XX y lo hizo partiendo de su experiencia en los Campos de Concentración. Las mujeres y la paz fueron sus dos grandes combates en la vida. Y sí, tienes razón; hablando contigo me doy cuenta que, seguramente, Simone Veil fue la única política que haya ganado el estatus de intelectual. Ella y Christiane Taubira, que fue la ministra que impulsó la ley del matrimonio homosexual, han tenido una dimensión intelectual muy importante y, como comentas, es la prueba de nuestro deseo de ser dirigidos por personas no más inteligentes, pero sí más capaces que nosotros.

 

El año pasado, entrevistamos a Teresa Cremisi, que subrayó la importancia del libro de bolsillo y de libros de segunda mano en la creación lectores. Usted propone poner una tasa a los libros de segunda mano. ¿Esto no incrementaría el precio y, por tanto, debilitaría el público potencial que adquiere estos libros por su bajo precio?

No, porque estamos hablando de céntimos de euro por cada libro. No cambiaría nada, solamente serían 5 o 10 céntimos más caros. El libro de bolsillo es en Francia el libro que más se vende, es el pulmón de la edición. Por un lado, gracias al libro de bolsillo, los editores franceses pueden incrementar su volumen de negocio y, por tanto, hacer más dinero. Por el otro lado, el libro de bolsillo es vital para los jóvenes, para los estudiantes, porque valen solo 7 o 8 euros, frente a los 22 euros de las ediciones de tapa dura. Volviendo a la cuestión de la tasa sobre los libros de segunda mano, hasta ahora no había necesidad de ponerla, porque era relativamente pocos los libreros de segunda mano, estaban en el Boulevard Sant Michel, en la zona de la Sorbona… Internet ha hecho crecer el mercado a través de Amazon y la situación ya no es la misma. Ahora estamos hablando de una empresa que venden un valor que no han creado y lo hacen de manera industrial. Hoy en día, los libros de segunda mano representan el 15% del mercado del libro y no veo por qué deben escapar de una regularización por parte del Estado que permitiría financiar a los editores y a los autores de esos libros.

 

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"En el mundo del libro, por lo que se refiere a los contratos editoriales, no hay desigualdad." | Foto vía Forum Edita.

 

Usted propone que las librerías deben ofrecer al cliente una experiencia que Amazon no les puede ofrecer. Pensando en una librería como Shakespeare and Co., convertida en un lugar turístico, ¿no se corre el riesgo de que los libros dejen de ser el centro de las librerías?

A mí no me moleta que una librería venda otros productos, como camisetas o tazas de café, al contrario, creo que puede ser una estrategia muy inteligente. En Inglaterra, después de un periodo de destrucción de librería, estamos asistiendo ahora a un revival de las librerías y todas ellas son tiendas híbridas y lo que importa no es tanto lo que se venden cuanto la experiencia que ofrece a los clientes. Claro que pueden vender camisetas, pero los importante es que estas camisetas no sean las mismas que se vende en el H&M, porque de lo que se trata es de ofrecer algo distinto, una experiencia única. Por esto lo ideal es que las librerías busquen un diseñador local al que se le puede ofrecer la librería como punto de venta y así la librería se convierte en el único lugar de venta de este diseñador. De esta manera, la gente irá a la librería en busca de sus diseños y la librería apoyará a un creador. Es muy importante la calidad del servicio al cliente y la experiencia que se le ofrece al cliente; esto es lo que explica la resistencia de las tiendas físicas ante que la compra por internet.  En Bretaña, hay una red de bares-librerías, donde se puede comer, beber, comprar libros y leerlos. Lo que no funciona es el modelo de librería y de tienda que ofrece lo mismo que ofrecen las grandes cadenas o que ofrece internet.

 

Livres Hebdo publica cada año un resumen de los sueldos y tipos de contratos en las editoriales francesas y se observa que hay cierta desigualdad entre hombres y mujeres. Aquí, Mujeres del Libro está luchando contra la desigualdad en el mundo literario. ¿Le consta al Observatorio del Libro Francés esta desigualdad de género?

Quiero ser muy preciso con respecto a este tema. Desde el Centro del libro, no constatamos una desigualdad en temas literarios. Entre los grandes escritores que venden mucho, hay grandes escritoras, entre las que cabe destacar Amélie Nothomb o Fred Vargas, cuyos contratos, como la de los grandes escritores con elevadas ventas, son contratos estrella, todos ellos negociados por los agentes literarios. En la literatura en su conjunto, no creo que haya desigualdad, aunque lo que sí es cierto es que, por tradición, en Francia los libros de literatura juvenil se venden más baratos y, normalmente, este tipo de literatura está escrita por mujeres. A parte de esto, no hay discriminación, no lo creo: además de las escritoras contratos “estrella”, están otras autoras como Christine Angot, Raphaëlle Giordano, Anna Gavaldá… son personas que viven en una economía de mercado y cuánto más potentes sean sus obras más pueden negociar su contrato y el tema del sexo no tiene ninguna importancia. Dicho esto, por lo que se refiere a las empresas, es cierto que los sueldos de las mujeres son un 25% más bajo, que las mujeres tienen una doble jornada de trabajo, en la oficina y en casa… En este sentido, hay todavía mucho trabajo por hacer, pero en el mundo del libro, por lo que se refiere a los contratos editoriales, no hay desigualdad. Seguramente, en el mundo del cine la situación sea diferente y posiblemente sí haya una diferencia de salarios entre actrices muy célebres y actores muy célebres.

 

Por último, le quería preguntar sobre las jubilaciones de los escritores en Francia, puesto que, en España, los escritores y los creadores, en general, no puede cobrar pensión más derechos de autor si estos superan al sueldo mínimo interprofesional.

Para nosotros, los derechos de autor se pueden cobrar y añadir a cualquier tipo de ingreso. Yo escribí un libro siendo funcionario y recibí mis derechos de autor, que, evidentemente, tengo que declarar y, por tanto, pagar mis impuestos. Fuera de esto, no hay ninguna prohibición sobre la posibilidad de acumular distintos tipos de ingresos. Por lo que se refiere a la jubilación, actualmente los escritores reivindican tener una pensión acorde con su cotización. Los escritores aceptamos las cotizaciones sociales, pero exigimos tener una protección por parte del Estado en forma de una jubilación que sea acorde a la cotización social que se ha pagado a lo largo de los años. En 2014, se multiplicó por dos por la jubilación en 2014, pero no se ha especificado qué jubilación se cobraría. Los autores no están en contra de este tipo de cotización, pero el día que les toque quieren ver el fruto de todo lo que han pagado. Sin embargo, todavía hoy nadie sabe decir a los escritores qué cobrarán cuando se jubilen. Por ello, los escritores necesitan un estatuto en el que se acepta cotizar según determinados tramos a cambio de recibir una protección por parte del Estado en términos de pensiones, por ejemplo. No se puede pedir a la gente que cotice sin decirles cuál será su pensión.

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