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Virginia Mendoza: “La realidad en Armenia es puro surrealismo absurdo”

Foto: Artak Petrosyan | Unsplash

En Armenia casi todo es posible

En esta historia son importantes las madrugadas. Comencemos por la segunda: 04:40 am de un frío domingo de febrero de 2013. Bajas del avión en un país desconocido, con el bolso lleno de chocolatinas que te ha regalado una amable señora que cree que eres monja (en el diccionario que llevas contigo, pues no sabes ni una palabra de ruso ni de armenio, hay una imagen típica de una iglesia armenia). Traes también como regalo de bienvenida tres direcciones de casas en las que (gente a la que acabas de conocer en el mismo avión) te invitan a hospedarte. No te dejan salir del aeropuerto de Zvartnots, a 10 kms al oste de Ereván, capital de Armenia. Nadie se cree que seas el señor Petrosyan (que es lo que pone en la etiqueta de tu maleta), hasta que un hombre altísimo, de casi dos metros, con un excelso bigote y una gorra de cuero confirma que, en efecto, él tampoco es la señorita Mendoza. Sales a la noche. Solo para descubrir que la persona que debía venir a buscarte se ha quedado dormida. Te han dejado tirada. Respiras la noche armenia y te dices, piensas: “Me da igual. Me siento como en casa. No, mejor aún, estoy en casa”. Llevas mucho tiempo desarraigada y, al final, has encontrado tu lugar en el mundo.

¿Es posible sentir que un territorio desconocido, del que apenas sabes nada sea verdaderamente tu casa? Vayamos a la primera madrugada y lo entenderemos mejor.

El también periodista Ander Izagirre te ha mencionado un nombre mágico: Armenia. Y te dice, a pesar de no conocerla, que te encantará. Aplicas, con la urgencia de otra noche, a un programa del Servicio de Voluntariado Europeo. Necesitas ir a Armenia, de la forma que sea; te has obsesionado. Y no sabes por qué, pero rellenas el documento en la madrugada, torpemente, aduciendo motivaciones anticipatorias. Te vas a dormir. Es bien entrada la noche. Y en el sueño se te aparece tu abuelo muerto. Te enseña su carnet de identidad, y dice, fíjate: “Yo nací en la calle de los Armenios”. Lo que, a todas luces, no es mentira, pero sí una verdad simbólica, una necesidad narrativa. Y, al día siguiente, te confirman que sí, que volarás a Armenia. Y recuerdas la verdadera calle en la que nació tu abuelo: la calle del Aire.

En esta historia todo es poético y sencillo a la vez.

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Imagen vía La línea del horizonte ediciones.

Un tributo para su abuelo

La joven escritora Virginia Mendoza, después de esto, se pasó año y medio deambulando por tierras armenias con la única referencia previa extraída de la lectura de El imperio, de Kapuściński. Y más que un viaje aquello fueron escapadas intermitentes. De ahí saldría Heridas del viento. Crónicas armenias (La línea del horizonte, 2018), un puro acto de amor al país del que se enamoró y que la recibió como una más (y que ya es su segunda casa). En última instancia, Heridas del viento es un libro dedicado a su abuelo, un tributo por haberle sabido marcar el camino.

Mendoza vivía y trabajaba en Armenia y aprovechaba cuando podía para ir perdiéndose por el país, buscando los lugares más recónditos y desperdigados. Hacía gala de esa idea armenia de que importa menos el destino que el trayecto. Así, el libro, igual que el país, es un desorden coordinado por las estampas de un lugar “que logra escapar a la dictadura de los relojes”.

Dividido en cuatro partes (sin solución de continuidad): Silencios, Voces, Estelas y Líneas. En la primera parte, Mendoza describe el país como un extraterrestre que llega allí y no entiende nada. En la segunda cuenta algunas historias que han sufrido los armenios y que ha marcado su carácter actual. En la tercera dibuja perfiles de personas que están obsesionadas con algo (como modo de aferrarse a la vida) y, finalmente, en la última parte, Mendoza traza los contornos de un país que no tiene salida al mar, en particular gracias a algunos símbolos.

Virginia Mendoza: “La realidad en Armenia es puro surrealismo absurdo”

“La mentalidad armenia de cara al desconocido: llénale la barriga y ya te dirá a qué viene”. | Foto: Yoeli vía Virginia Mendoza

En el fondo, soy muy armenia

Conversamos un ratito antes de la presentación barcelonesa de su libro en la librería Altaïr y Virginia Mendoza cuenta a The Objective que ahora entiende un poco de armenio (lo ha aprendido de oído), pero en el momento del viaje (recordemos que fue en 2013) no sabía nada. Por ello le llamaba mucho la atención que, cuando alguna amiga suya le traducía, descubría ese hablar metafórico de los armenios. Y es que el pueblo armenio tiene una relación muy cercana con la tradición y la poesía. Un ejemplo: en lugar de decir cariño dicen “me quedo con tu dolor”. Y es que el carácter armenio, como bien dice Mendoza, es amanecista.  “La realidad en Armenia es cualquier escena de Amanece que no es poco”, añade, refiriéndose a la película de José Luis Cuerda, de 1989. Un humor absurdo, surrealista, en entornos rurales, montañosos. Espacios llenos de silencios y crujidos. Armenia es el niño vulnerable del Cáucaso, un país que apenas consiguió independizarse de la Unión Soviética en 1991.

Virginia Mendoza se presenta tímida, pero la cálida y expansiva nerviosidad de su risa la desmiente. Habla de Armenia como quien habla de las verdades incontrovertibles (e ininteligibles) de la vida: sin encontrarle mucho sentido. Como quien relata un milagro intraducible a las palabras. Y algo de eso debe de haber en el pueblo armenio, un pueblo muy gestual, con cuyas gentes Mendoza conseguía comunicarse sin compartir el idioma, entendiendo cómo para ellos muy importante “la creación y fortalecimiento de los lazos sociales”. A pesar de esto, destaca  Mendoza de ellos su melancolía, una cierta escondida e inteligente tristeza, de sobreviviente. Y es que el pueblo armenio ha sido sometido a una plaga de invasiones, de vecinos hostiles, en 1988 sufrió un terrible terremoto (6,9 grados en la escala Richter) y durante el período 1915-1923 el Imperio Otomano intentó exterminarlos en lo que se conoció como el Gran Crimen (se calcula que hubo un millón y medio de víctimas). Pero, quizá por ello, se quieren hospitalarios, con esa noble esperanza de quien (casi) lo ha perdido todo; su amabilidad es uno de sus rasgos más destacados, dice Mendoza. Y añade: “Para ellos es muy importante que los extranjeros se sientan bien”. O tienen lista la mesa para el visitante o están prontos a llenarla nada más llega uno. “Siempre van a encontrar una manera de comunicarse contigo”, recalca. “La mentalidad armenia –escribe la periodista- de cara al desconocido: llénale la barriga y ya te dirá a qué viene”.

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Los armenios se quieren hospitalarios, con esa noble esperanza de quien (casi) lo ha perdido todo. | Imagen cedida por Virginia Mendoza.

El origen de todo

Armenia es el único país actual grabado en el país más antiguo del mundo. También es el primer país cristiano de la historia. Allí se han encontrado el zapato y la bodega de vino más antiguos del mundo. Por ello, para los armenios, escribe Mendoza: “solo su identidad está por encima de su palabra, y aquella depende en gran medida de esta”.

Armenia tiene sus raíces en una de las más antiguas civilizaciones del mundo (cuna de la agricultura) y es un país donde se recicla casi todo. Un país que mira a Europa, pero al que, desde Europa, lo vemos como una suerte de frontera imaginaria entre Europa y Asia. Tiene un poco más de 3 millones de habitantes (aunque se calcula que hay unos 8 millones más en la diáspora) y apenas unos 30 mil kilómetros cuadrados de territorio. Tienen su propio alfabeto y es una potencia mundial en el mundo del ajedrez. Su territorio se establece entorno las altas montañas que rodean el bíblico monte Ararat, en el que, según el Génesis, se estacionó el Arca de Noé después del Diluvio. Hayk es el patriarca fundador de Armenia, el tataranieto de Noé. Y Hovhannes Tumanyan es el autoproclamado “poeta de los armenios”, quien contribuyó decisivamente al desarrollo de la poesía épica armenia.

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