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Vitoria, la ciudad pintada

Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective

Los murales de Vitoria reflejan el pasado y el presente de sus barrios y las inquietudes y las vidas de sus vecinos. Allá las paredes no sólo te escuchan: también te hablan.

 

En las fachadas del Casco Viejo de Vitoria y otros barrios aledaños hay ancianos, hay consignas, hay animales, hay instrumentos, hay flores con pétalos amarillos… todo pintado, todo gigante. Hay una sucesión de murales con títulos que invitan tanto a reflexionar como a echar raíces: La noche más corta, Continentes, En la cresta de la arruga, Érase una vez el voluntariado. Y hay colores que pareciera que siempre han estado ahí, esperando a que alguien los descubriera. En un mundo en el que las paredes y los muros suelen ser sinónimo de división, de desigualdad o de enfrentamiento, los de Vitoria son capaces de unir a toda una vecindad. Son un antídoto contra la desconfianza.

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Uno de los trabajos del Itinerario Muralístico. | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

“A mí me gusta pensar en estos murales como recipientes del recuerdo. Cuentan lo que no se cuenta en los libros, la historia del pueblo, y muestran las inquietudes de la gente”, dice Verónica, una de las fundadoras e impulsoras del Itinerario Muralístico, un circuito sui generis que revela mucho más de lo que la ciudad sugiere a primera vista. Verónica lleva un pantalón con unas manchas de colores que se ven como si le hubiera alcanzado la onda expansiva de una bomba con pintura fresca. Nació en California en 1972. Decidió instalarse en Vitoria en 2001, tras visitar a su madre —que daba clases de Literatura Medieval en la universidad— durante una de sus vacaciones. Y tiene uno de esos apellidos capaces de sacar de quicio a los funcionarios públicos, largo y difícil de pronunciar: Werckmeister, que quiere decir “maestro de obra”. Su significado es casi una declaración de intenciones: a ella siempre le ha motivado el trabajo colaborativo.

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Verónica Werckmeister | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

Detrás de cada mural, me comenta, hay artistas con experiencia y voluntarios y voluntarias: personas comunes —en ocasiones, sin ninguna relación con el arte— que quieren construir una parte de la identidad de la ciudad con trazos realistas y abstractos. Hasta hace un par de años, había además unas “brigadas de la brotxa”, remuneradas, en las que a veces participaban jóvenes con problemas (vinculados a los servicios sociales) o con empleos precarios o con cierta trayectoria artística. Y hay un concepto. Usted está aquí, por ejemplo, nos evoca a los que abandonaron su lugares de origen para tratar de comenzar de nuevo y contiene referencias a los estampados familiares de los hogares y al viaje, simbolizado por pedazos de neumáticos usados. No hay presente ni futuro sin memoria rinde homenaje a las víctimas del 3 de Marzo —una masacre policial de 1976, en contra del movimiento obrero, que dejó 150 heridos y cinco muertos—; exige una reparación para los familiares de los afectados; y exhibe una gran hoja en blanco en una esquina para representar la cara B de aquellos hechos, los episodios que aún no han sido narrados. Somos agua / Somos arte es un mural ubicado frente a una piscina y un teatro y presenta personajes que van más allá de la realidad, como una lamia, una sirena o una marioneta de hilos que se convierte en una bailarina pálida que se mueve sin ellos. Y así hasta sumar más de una veintena de intervenciones urbanas en Vitoria y los alrededores.

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Fachada de “No hay presente ni futuro sin memoria”. | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

Werckmeister es licenciada en Historia, Estudios Latinoamericanos y Teoría y Práctica del Arte. Sus primeras armas como muralista las hizo en el Social and Public Art Resource Center de Los Ángeles. Ha participado en la producción de murales en Chicago, San Francisco, Filadelfia, Oakland, Barcelona, Sevilla, Madrid, Bilbao y otras ciudades. Y piensa que el arte comunitario es aún el patito feo del movimiento Street Art. “No es ostentoso, no se nutre de artistas ‘estrella’, no promueve una marca y, por supuesto, no suele ser digno de reproducir en camisetas molonas”, escribe en su blog.

En Vitoria, los murales promovidos por el Itinerario Muralístico están firmados por una seguidilla de nombres y apellidos: Miren Elorrieta, Tomás Galindo, Guadalupe Serrano, Iratxe Chasco, Erika Martínez, Txus Peña, Elena Zapirain, Charo Uribe, Julen Morillas… Ocupan superficies grandes: fachadas que a veces tienen más de 200 metros cuadrados. Suponen una inversión económica considerable, que ronda los 30.000 euros, pero que resulta insignificante si los comparamos con los 20.000 que pidió el cubano Wilfredo Prieto por un vaso de agua medio lleno en una feria de arte contemporáneo. Y su principal financiador es el Ayuntamiento. “La pintura sale un poco cara porque no es industrial, sino artística —explica Verónica—. Es la misma que utilizan los pintores en tubos, pero en botes grandes. Porque aquí intentamos hacerlo todo como Picasso, para que dure”. La diferencia es que el Guernica, la obra más emblemática del malagueño, es hasta ocho veces más pequeña que algunas de las fachadas de este recorrido artístico.

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Detalles de varios murales colectivos | Fotos: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

 

El mural primigenio, que vio la luz en 2007, se llama Al hilo del tiempo, está en la plaza de las Burullerías, nos recuerda que allá, en el medievo, hubo un mercado de telas y muestra varios tejidos: entre ellos, uno amarillo con unos dragones pintados con sutileza. “Entre los que nos ayudaron, había un chico que dibujaba muy bien y quería hacer un dragón escupiendo fuego. El grupo a cargo del mural no lo veía como tema central y buscamos la forma de que él dejara una huella a través de unos bordados que simulamos con la pintura”, dice Werckmeister. El primer paso para participar de todo este proceso creativo es asistir a un taller de varias sesiones en el que se hace el diseño. A veces, hay una idea que sirve de eje o de guía, como la sostenibilidad, el activismo o la igualdad de género. A veces, se investiga el pasado del entorno de la fachada elegida. Y, finalmente, los interesados reciben formación de seguridad, para evitar accidentes en los andamios de obrero que se levantan, y trabajan sobre la pared unas cuatro semanas.

La ruta de los murales no se camina como si uno estuviera en el museo de turno.  En el Casco Viejo es una telaraña al aire libre que se extiende a través de calles curvas que le dan al sector una apariencia de almendra. Es un paisaje rodeado de locales que quizás no viven su mejor momento: cerrados a cal y canto o con carteles de “se vende”, “se traspasa” o “se alquila”. Y es una experiencia basada en el descubrimiento, porque la mayoría de los murales están llenos de detalles curiosos que cuesta identificar con una simple ojeada. En Eskuz esku —“mano a mano” en castellano—, hay una canción de cuna cerca de la ventana de una casa donde había un bebé que necesitaba silencio; en ¿Qué haremos con lo que sabemos?, hay un ovni; y en otro mural, un reloj escondido.

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“Eskuz esku” (mano a mano) | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

 

A menudo, la historia contenida en los muros, paredes y murallas más famosos del planeta es deprimente. Durante siglos, la Gran Muralla fue una frontera delirante entre la “civilización” china y los pueblos “bárbaros” que la amenazaban. “Si Jesucristo viviera y quisiera predicar en la zona palestina de Jeruralén, tendría que conseguir un salvoconducto”, escribió la periodista chilena Yasna Mussa en 2008. “De lo contrario, al tratar de salir de Belén, la ciudad donde nació, llegaría hasta una muralla de concreto donde una cuadrilla de militares le impediría cruzar”, añadía. En la época de la Guerra Fría, el Muro de Berlín era un foco de tensión entre las ideologías predominantes —el comunismo y el capitalismo—. Y hoy uno de los proyectos que exteriorizan el carácter beligerante del presidente estadounidense Donald Trump es una muralla moderna para frenar a los emigrantes irregulares. Las paredes y sus sucédaneos —los muros, las tapias o los tabiques— ni siquiera gozan de una buena reputación en nuestro imaginario: para mostrar empatía, se dice, “construimos puentes” y “derribamos muros”; las paredes son “peligrosas” porque nos “oyen”; y al que le cuesta escuchar le decimos que está “sordo como una tapia”. En Vitoria, sin embargo, las paredes abogan por la confraternización: “Ideas grandes, relaciones grandes, paredes grandes…”, escribe Verónica en la página web del Itinerario Muralístico, y sus palabras suenan como una prédica que tiene eco.

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Mural del colectivo Fill in Culture en un pasaje vecinal. | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

 

En Zaramaga, un barrio de origen obrero, del norte de la ciudad, inmerso en esta apuesta por el bien común y el asociacionismo, desde hace ya unos años los murales no son la excepción, sino la regla. Allí, han sabido reconvertirse y superar varias crisis y sus murales transmiten hoy un mensaje de optimismo. En los colegios, hay murales que fomentan el deporte o valores como la tolerancia. En los mercados, hay murales que hacen de enganche con los comercios de toda la vida —“carnicerías, pollerías, fruterías, charcuterías, pescaderías”, se lee en uno de ellos—. En una pared a la que se le nota el ladrillo, hay un mural a lo ancho que promueve los buenos tratos. Hay otros murales que identifican negocios particulares. Y una de las últimas tendencias son los garajes pintados, accesos a estacionamientos subterráneos que son decorados con diferentes motivos: automóviles clásicos, gramófonos, superhéroes, escenas de antiguos oficios.

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Mural de Kapone. | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

Aratz RB, licenciado en Bellas Artes del colectivo Fill in Culture —que además está conformado por un un ilustrador (Kapone) y un arquitecto (Egoitz K)—, es uno de los responsables de estas intervenciones. Dice que ahora estos garajes ya no son vistos como urinarios públicos; que ya no los ensucian con pintadas como de patio de escuela —del tipo “te amo, Catalina”—. “Y dan visibilidad a calles y a callejones por los que antes casi nunca pasaba nadie”. Uno de estos trabajos —calcula— “puede costar entre 1.000 y 1.500 euros”, y muestran desde avionetas hasta bailarines de swing o bicicletas.

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Garaje pintado | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

Aratz lleva una gorra oscura y una camiseta clara y está concentrado desde hace un rato en la vidriera de una cafetería del centro de la ciudad para la que está acabando un encargo. Este nuevo diseño de Fill in Culture está inspirado en el blues y el jazz — dos ritmos afroamericanos que gracias a un festival anual se han convertido en santo y seña para los vitorianos—. Tiene un sinfín de espacios vacíos para que se produzca un juego con los reflejos en los ventanales. Y también, un rastro blanco de humo que ayuda a enmarcar algunas tipografías. Según Kapone, que está haciendo varios retoques para que los cristales destaquen en la lejanía, los murales nos abren los ojos y fomentan rutas alternativas entre los vecinos, entre los turistas e, incluso, entre los instagramers. A él, le gusta pintar “muñecos” mitad humanos, mitad objeto. Una de sus creaciones es una mujer con cuerpo de caja registradora y otra, un tipo con una radio en lugar de cabeza.

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Trabajo del colectivo Fill in Culture en un café céntrico de la ciudad | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

 

De vez en cuando, una pared desnuda se insinúa a cualquiera de los miembros de su colectivo y le hacen una fotografía que luego archivan como si se tratara de una postal que llega desde un país remoto o de un souvenir raro, que sólo entienden ellos. Y entonces, la foto de esa pared sucia a veces, y a veces desangelada, entra a formar parte de su particular atlas de murales (todavía) inexistentes.

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