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Vladímir Putin: el ‘guardia civil’ que mantiene en jaque a Occidente

Foto: Evgenia Novozhenina | Reuters

El año 2014 fue especialmente trágico para Malaysia Airlines. En tan solo cinco meses dos de los aviones de la principal aerolínea de Malasia se quedaron por el camino. Algo inédito. El primero, un Boeing 777 que cubría la ruta entre Kuala Lumpur y Pekín, terminó cayendo a plomo en algún lugar del Océano Índico. El segundo, otro Boeing 777 que cubría la ruta entre Ámsterdam y Kuala Lumpur, fue derribado por un misil mientras sobrevolaba el oriente de Ucrania.

Durante mucho tiempo se especuló sobre el quién y el por qué. ¿Quién propició la desgracia? ¿Por qué motivo? Un lustro después comienzan a despejarse las incógnitas. En el caso del primer Boeing 777, el que tenía planeado aterrizar en Pekín, una concienzuda investigación publicada por la revista The Atlantic ha concluido que la culpa fue de un piloto que atravesaba una crisis existencial y decidió suicidarse y ‘suicidar’, de paso, a las casi 300 personas que le acompañaban a bordo. En el caso del segundo Boeing 777, el que fue derribado cuando atravesaba la región de Donetsk, los investigadores europeos que llevan años tratando de esclarecer el suceso acaban de publicar sus conclusiones: el misil fue lanzado por tres militares rusos y un rebelde separatista ucraniano que operaban codo con codo y probablemente confundieron el avión de pasajeros con vaya usted a saber qué.

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Soldado separatista ruso armado sobre el fuselaje del Boeing 777 de Malaysia Airlines que se estrelló cerca del asentamiento de Grabovo. | Foto: Maxim Zmeyev | Reuters.

La presencia de soldados, agentes de inteligencia y ‘voluntarios’ rusos en el oriente de Ucrania para apoyar a las guerrillas separatistas y pro-rusas de la región del Donbass continúa escandalizando a muchos observadores occidentales. En opinión de Estados Unidos y sus aliados lo que está haciendo Rusia es alentar un alzamiento militar contra el gobierno de Ucrania surgido en 2014 tras unas protestas ciudadanas que expulsaron al anterior. Es decir: Rusia estaría alentando un golpe (¡otro más!) contra la democracia. Sin embargo, desde el punto de vista ruso las cosas se perciben de forma diferente. Rusia estaría alentando, en todo caso, una revuelta contra un gobierno ucraniano aupado al poder por las potencias occidentales, un gobierno partidario del ingreso de Ucrania en la OTAN; un gobierno, en fin, abiertamente hostil a tan solo 850 kilómetros de Moscú.

El despliegue ruso en Ucrania –más disimulado en el Donbass y sin complejos en Crimea– fue el segundo zarpazo de Rusia a Occidente después del aviso lanzado unos años antes, en 2008, cuando Georgia intentó recuperar el control sobre la república rebelde de Osetia del Sur, abiertamente rusófila, con el apoyo de la comunidad internacional. La acción militar de Rusia detuvo en seco la pretensión. Todavía llegaría un tercer zarpazo, en 2015, con el envío de tropas a Siria para evitar un cambio de régimen que podría haber perjudicado sus intereses geopolíticos. Recientemente, los rusos han sido acusados de manipular las elecciones estadounidenses que dieron la presidencia a Donald Trump, de apoyar a gobiernos contrarios a Washington como el de Venezuela o el de Irán, y hasta de influir en el procés.

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Reunión sostenida en las afueras de Moscú entre Maduro y Putin y otros representantes de ambos gobiernos en diciembre de 2018. | Foto: Maxim Shemetov | Reuters.

Esta agresividad, escenificada por el demonizado presidente Vladímir Putin, contrasta con la docilidad mostrada durante el último cuarto del siglo XX por Mijaíl Gorbachov y Borís Yeltsin; unos años dominados por el aperturismo del primero y por el alcoholismo simpático del segundo, que aparecía tajado frente a las televisiones de medio mundo cada vez que tenía ocasión. Fueron, aquellos, dos líderes con unas ganas tremendas de integrarse en el libre mercado y el juego de las democracias promovido por Occidente. El contraste con Putin es, pues, evidente.

¿Por qué han cambiado las cosas? ¿Por qué Putin ha roto con las agendas de sus antecesores y se ha puesto firme? Y sobre todo: ¿está la sociedad rusa dispuesta a seguir todos y cada uno de los pasos de un líder al que, según dicen las encuestas, adora?

Estas son, básicamente, las preguntas que busca contestar el veterano periodista Rafael Poch (Barcelona, 1956) en su último ensayo: Entender la Rusia de Putin (Akal). Vaya por delante que Poch no es un opinador cualquiera. Pasó dos décadas siendo el corresponsal de La Vanguardia en Moscú y Pekín, y otra década reportando desde Berlín y Europa del Este. Vaya también por delante que Poch esgrime un punto de vista alejado del eurocentrismo imperante en Occidente. O como él mismo dice: “Este libro es la obra de un Putinversteher –el que comprende a Putin–, de alguien que considera que, a la hora de observar nuestro mundo, la razón y el intento de comprender son preferibles a la disciplina y la demonización”.

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Imagen vía AKAL.

Para intentar comprender a Putin –su figura, lo que representa– el periodista catalán nos invitar a viajar en el tiempo. Sólo así puede uno sumergirse en el carácter único que se atribuye al pueblo ruso; esa gente dura, supuestamente hosca, que no pasa ni media y que, sin embargo, ha consentido de buen grado vivir dominada por el autócrata de turno durante la mayor parte de su historia. Poch identifica tres rasgos característicos en la tradición nacional rusa. A saber: su peculiar cristianismo (las condiciones en las que se implantó y desarrolló la Iglesia ortodoxa), un estatismo exacerbado (la concentración de poder en manos de un monarca-propietario) y su mundo agrario (que arrastró hasta el mismísimo siglo XX una resistente tradición comunal). En esos tres factores se encuentra el caldo de cultivo del totalitarismo –aviso: Poch desprecia el término por propagandístico y prefiere el de autocracia– que suele aparecer en las definiciones que buscan explicar la política rusa.

El papel de la Iglesia no es ni anecdótico ni ‘cultural’. Poch subraya que la evolución de la Iglesia oriental, que a diferencia de la Iglesia romana-occidental depende del emperador de turno para sobrevivir, fomenta la fundación de un Estado autocrático centralizado que deja pocos espacios al pluralismo y la autonomía. Esta sumisión de la Iglesia hacia el Estado se acrecienta cuando, tras la caída de Constantinopla en el año 1453, la Iglesia rusa rompe con los ortodoxos no rusos. Es decir: con los eslavos y los griegos. Entre otras cosas porque aprovecha dicha ruptura para adoptar la lengua eslava litúrgica en detrimento del griego. “Así –aclara Poch– el Estado ortodoxo con Iglesia autocéfala y lengua eslava litúrgica se condenó a cocerse en su propia salsa cultural, sin apenas intercambios y ventanas abiertas a la influencia exterior”. Este aislamiento también tuvo sus ventajas, claro. Y es que ese carácter ‘único’ fue la gran justificación ideológica de la expansión rusa. Si se consideraban a sí mismos los únicos depositarios de la fe verdadera, cualquier ofensiva militar de Rusia se convertía automáticamente en una cruzada.

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Ivashka Peresvétov aconsejando a Iván el Terrible. | Imagen vía historydoc.edu.ru

La génesis de ese Estado autocrático fomentado por la Iglesia ortodoxa rusa se produce a finales del siglo XV. Dos hombres son especialmente responsables de que surja: Iván IV, apodado “El Terrible”, y un consejero llamado Ivashka Peresvétov a quien Poch compara con Maquiavelo. Este hombre, Peresvétov, habría dedicado buena parte de su tiempo a sugerir a Iván el Terrible independencia de criterio –“el zar debe ser temible, autónomo y decidido”–, no depender de terceras personas –“hay que eliminar a los intermediarios entre el zar y el pueblo, actuar al margen de ellos, apelar directamente al pueblo desde cualquier lugar”– y crear un ejército de soldados y funcionarios directamente sometidos al zar para disuadir a la nobleza local de hacer tonterías. Iván el Terrible siguió esos consejos y ciudades como Nóvgorod, un centro comercial que actuaba como ciudad hanseática en la red de comercio báltica, sufrió las consecuencias de no plegarse a los designios del autócrata.

A la hora de forjar la conciencia nacional rusa, tan importante fue la mano de hierro esgrimida por Iván el Terrible como lo que sucedió inmediatamente después de su muerte. Durante los años siguientes, desde 1598 hasta 1613, Rusia se vio sumergida en un caos espectacular. Un período que se ha denominado smuta y que consistió en la disolución del absolutismo monárquico a causa de enfrentamientos nobiliarios y revueltas populares que desembocaron en una guerra civil y la consiguiente intervención de fuerzas extranjeras. De los polacos católicos, para más señas, que además lograron imponer su propio zar. Esta época concluye con una gran revuelta nacional que trae de regreso el statu quo de la mano de una nueva dinastía: los Románov. “Todos, y el pueblo llano en primer lugar, sufrieron las consecuencias de aquella inestabilidad con tremendas hambrunas, pero lo importante es la lección de fondo que se extrajo de la smuta: la alternativa a la autocracia, al poder despótico y centralizado del zar, es un caos fenomenal de hambrunas e intervencionismo extranjero. Esa es una mentalidad muy arraigada en la conciencia rusa que continua abonando hoy el apego a un poder personal fuerte cuya alternativa sólo puede ser caótica”, sentencia Poch.

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Retrato de Iván IV realizado por Viktor Vasnetsov (1897), exhibido en la Tretyakov Gallery en Moscú. | Imagen vía Wikipedia.

La tercera pata que ayudaría a comprender la conciencia nacional rusa es el campesinado. Una categoría, la del campesino, importante por su peso demográfico: todavía en el siglo XX, en vísperas de la Revolución Rusa, representaba el 85% de la población. Es obligatorio que estén en la ecuación. Pero, ¿cómo era aquél campesino acostumbrado a unos biorritmos demenciales por culpa de las latitudes en las que se veía obligado a trabajar y unas condiciones climáticas que venían, muchas veces, cargadas por el mismísimo diablo? Sobre este pilar fundamental de la sociedad rusa se han escrito kilómetros de tinta; el anarquista Piotr Kropotkin ensalzó su figura –“se somete a la fuerza fácilmente, pero no le rinde culto”– mientras que otros revolucionarios se encontraron a un sujeto que lo único que buscaba era “ser explotador en lugar de explotado”. El periodista catalán concluye que el campesino ruso es una persona tan monárquica como anarquista; alguien que se muestra desconfiado ante el poderoso pero que, al mismo tiempo, pasa la vida esperando la llegada de un buen zar que haga justicia de acuerdo con la ley de Dios.

En este contexto es natural –expone Poch– comprender por qué el consenso y el pacto se pueden llegar a considerar, como de hecho sucede a menudo, síntomas de debilidad. Y de ahí que el cambio, en Rusia, sólo pueda concebirse como convulsión, como una apuesta al todo o nada, que tienda al derribo de lo establecido y rara vez a la reforma. Al intelectual opositor ruso no le suele quedar otra que la radicalidad.

Pese a todo lo anterior, y pese a dedicar casi medio ensayo a detallar el contexto histórico de Rusia, Poch rechaza el determinismo. Es cierto que la cultura, la mentalidad y las tradiciones tienen un peso que sirve para explicar mejor una serie de cosas (¿acaso el estalinismo puede explicarse sólo recurriendo a Marx?), pero la herencia cultural –la conciencia nacional– no implica una condena histórica ad eternum. De modo que, en efecto, el pasado del pueblo ruso ayuda a entender la figura de Vladímir Putin. Pero no basta con eso. Conviene indagar, también, en lo sucedido durante los años inmediatamente anteriores a su aparición.

Humillación. Esta es la palabra que Poch escribe una y otra vez a lo largo del ensayo: humillación, humillación, humillación. Para comprender a Putin primero se debe comprender lo que sintió el pueblo ruso tras la caída de la Unión Soviética. Un episodio, el de la caída, que el periodista catalán analiza brevemente antes de concluir que aquello fue una decisión impulsada por la desilusión palpable del pueblo soviético pero motivada, sobre todo, por el pragmatismo que movía a unas élites –rusa, ucraniana y bielorrusa– que vieron en la defunción de la segunda potencia mundial una manera de mejorar su propio estatus. Parafraseando a Trotski: con la caída de la Unión Soviética estas élites pasarían de ser meros directores de consorcio a ser los accionistas mayoritarios del tinglado. Pasarían, en fin, de ser burócratas a ser propietarios.

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Vladimir Putin junto al presidente de Bielorrusia Alexander Lukashenko en la ceremonia de clausura de los Juegos Europeos 2019 en Minsk. | Foto: Sergei Gapon | AFP.

El problema es que hubo decenas de millones de rusos que recorrieron el camino inverso y pasaron de ser burócratas a ser pobres de solemnidad. La producción cayó un 20%, la inflación se situó en el 2.500% y la cotización del rublo se estrelló. Los ahorros de muchísimas personas se volatilizaron prácticamente de la noche a la mañana. Poch ilustra la debacle económica de Rusia tras la caída de la Unión Soviética con una anécdota personal: “Mi propia secretaria, que ganaba 200 dólares al mes haciendo trabajos banales (concertar citas, buscar documentación, transcribir cintas de entrevistas y cosas así), vio cómo su sueldo cambiado a rublos superaba casi cien veces el de su marido, profesor de Física en la mejor universidad moscovita”. Esto conllevó, como era de esperar, crisis matrimoniales, de identidad, existenciales y un buen puñado de suicidios.

En paralelo, la sociedad sufrió el auge de la delincuencia, continuos cambios de mando en las instituciones de Estado –entre 1991 y 1999 el país tuvo ocho primeros ministros, cuatro ministros de Defensa, cinco de Interior, ocho de Privatización, nueve de Finanzas, nueve secretarios del Consejo de Seguridad y doce ministros de Economía–, la pérdida de territorios y la guerra de Chechenia. En esta última unos cuantos miles de guerrilleros pusieron en jaque al otrora temible ejército ruso. Fue un drama nacional.

Por si todo esto fuera poco, los rusos también tuvieron que ver cómo su presidente se paseaba borracho como una cuba por los foros de medio mundo mientras recibía aplausos y palmaditas en la espalda. Palmaditas en la espalda por, entre otras cosas, disolver el Parlamento a cañonazos en 1993 para imponer un régimen presidencialista. Un regreso parcial, éste, a la autocracia tradicional rusa que sin embargo fue aplaudido por Occidente ya que Yeltsin se dejaba hacer mientras una serie de dirigentes se llenaban los bolsillos privatizando y exprimiendo todo lo que pillaban.

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Bill Clinton y Boris Yeltsin, 'chisposo' en la Casa Blanca em 1994. | Foto vía Kremlin.ru bajo licencia CC BY 4.0 vía thevintagenews.com

“Todas esas escenas bananeras fueron aplaudidas con entusiasmo desde Occidente y vendidas por sus medios de comunicación como victorias de la democracia, pero el conjunto de la situación tuvo su humillante correspondencia en el ámbito exterior: Occidente le perdió por completo el respeto a Rusia”, aclara Poch. Una actitud comprensible, quizás, pero “absolutamente miope” porque esa falta de respeto desembocó en un ninguneo constante que acabaría por traer consecuencias. Se violaron acuerdos, se ocuparon –cultural y políticamente hablando–  países de la vieja órbita soviética y se finiquitaron regímenes aliados de Rusia en Oriente Medio y el norte de África.

Con este suma y sigue llegó un punto en que la sociedad rusa se sintió completamente humillada. Humillada en lo personal. Humillada en lo social. Y humillada en el plano patriótico. ¿Que por qué no explotó entonces…? Buena pregunta. Rafael Poch nos recuerda, en su respuesta, la smuta que tuvo lugar tras la muerte de Iván el Terrible, o las penalidades de la época revolucionaria, que no fueron precisamente pocas. Mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. Algo así. Y mientras tanto el resentimiento seguía creciendo. Imparable.

En un momento dado la élite rusa, con los bolsillos llenos y los estómagos bien alimentados, volvió en sí. Ser el cachondeo de medio mundo cuando apenas unos años antes la sola mención de Rusia bastaba para poner en posición de firmes a cualquiera había dejado de ser de recibo. A eso dedicó Borís Yeltsin los últimos años de su vida: a tratar de restablecer el orden elemental de las cosas y recuperar en cierta medida el orgullo patriótico.

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Vladimir Putin en 1994 cuando era vice alcalde de San Peterburgo, junto al entonces alcalde Anatoly Sobchak. | Foto: Dimitry Lovetsky | AP vía TIME Magazine.

El elegido para comandar el regreso a una posición de poder fue un anodino ex agente del KGB llamado Vladímir Putin. ¿Por qué él? Porque, como explica Poch, había demostrado tres cosas: ser leal, obediente y ajeno a la corrupción generalizada; no ser un nostálgico de la Unión Soviética; y, por último, no pretender revertir la ola de privatizaciones realizadas hasta la fecha. Putin fue percibido como un hombre centrado, pragmático, que no cuestionaría lo hecho hasta ese momento pero que empezaría a poner unos cuantos puntos sobre unas cuantas íes. Un ejemplo: poco después de llegar al poder, en marzo del 2000, reunió a los magnates del país para comunicarles que él no se metería en sus asuntos si ellos no se metían a enredar en política. Todos estuvieron de acuerdo menos dos multimillonarios –Borís Berezovski y Vladímir Gusinski– que optaron por desafiar al advenedizo. El advenedizo, en consecuencia, se los quitó de en medio.

Putin, apoyado por el incremento de los precios del petróleo, invirtió parte de los ingresos nacionales en mejorar las pensiones y los sueldos de los funcionarios. Asimismo, terminó con el conflicto en Chechenia tras aliarse con una facción local y, en política exterior, decidió tender una mano amiga a Estados Unidos tras los atentados contra las torres gemelas de Nueva York. Permitió el tránsito de recursos militares estadounidenses por su territorio y no se opuso al establecimiento de bases en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central. Pero esta actitud no cambió en absoluto la postura de Estados Unidos y sus aliados. Todo lo contrario: cuanto más reafirmaba su posición interna en Rusia, más hostilidad le demostraban desde fuera. “Esta experiencia –recuerda el periodista catalán enfilando la recta final del ensayo– inculcó en toda una élite de los antiguos servicios secretos un vivo resentimiento y cinismo en materia de relaciones exteriores: no sólo los gestos de buena voluntad de Rusia no tenían la menor contrapartida, sino que se imponía la idea de que ‘el mundo no respeta a los débiles’”.

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Vladimir Putin, entrecomillando en la más reciente reunión del G20 en Osaka. | Foto: Yuri Kadobnov | AFP POOL

Animado por la coyuntura favorable en los precios de la energía y aupado por la ola de nacionalismo que empezó a recorrer el país tras su llegada al poder, Putin comenzó a soltar zarpazos: Georgia en 2008, Ucrania en 2014 y Siria en 2015. Esto, dice Poch, es lo que le ha valido el apelativo de presidente totalitario, de ser el azote de la democracia y otras definiciones en la misma línea. Cabe decir que Poch no discute muchas de las acusaciones que recibe el régimen ruso, ni Putin en particular, pero sí quiere ponerlas en perspectiva. ¿Por qué cuando Rusia encarcela opositores o ataca las libertades más elementales hay protestas o sanciones y cuando lo hace Arabia Saudí o algún régimen afín a Washington no sucede nada? ¿Por qué los muertos de la guerra del Donbass son pérdidas inadmisibles y las ocasionadas por la yincana estadounidense en el mundo árabe se cuentan como daños colaterales por el bien del mundo libre? Este es el tipo de interrogantes que van brotando aquí y allá durante la lectura del ensayo.

Como no podía ser de otra manera, Rafael Poch termina su libro mirando hacia el futuro: explicando los obstáculos que le esperan a Putin (spoiler: unos cuantos, y habrá que estar atentos porque no está del todo claro que su arrojo y su popularidad basten para superarlos) y reflexionando sobre qué escenario nos regalará el nuevo orden mundial, con una Rusia malherida pero más rugidora que nunca, una China en despegue vertical y unos Estados Unidos sumidos en la crisis interna más severa de su historia reciente. Está por ver qué fichas mueven a continuación los contendientes. Será, cuando menos, interesante.

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