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Wendy Guerra: “Fidel Castro marca un antes y después en el mundo”

La escritora ofrece una nueva visión sobre la contrarrevolución cubana en 'El mercenario que coleccionaba obras de arte'

Foto: Gonzalo Recio | Alfaguara

Una escritora cubana buscaba un protagonista y encontró un antihéroe. En su nueva novela, El mercenario que coleccionaba obras de arte (Alfaguara, 2019), la escritora Wendy Guerra (Cuba, 1970) modela desde la ficción la historia real de un mercenario anticastrista que se convierte en mecenas de arte.

La novela es un juego de máscaras y sangre. No solo el líquido derramado en combate, en la revolución cubana y sus contrarrevoluciones, es también aquel, que en el sexo, une a dos personajes antagónicos que intentan convertir, el uno al otro, en su seguidor.

La obra de Guerra no se entiende sin Cuba, así como El Caribe no se entiende sin erotismo y realismo mágico. La ex alumna del boom latinoamericano, para no faltar a la palabra, responde a esta entrevista por teléfono, desde una peluquería; porque en tiempos de promoción literaria, no hay tiempo libre para los autores, así que se sobrepone la vida privada del escritor y la promoción editorial.

La estructura de la novela podría dividirse en dos partes: una historia de amor y el diario revolucionario de un mercenario, ese personaje real pero anónimo ¿Fue tu forma de poder llevar el testimonio a la ficción?

Primero porque la parte de la oligarquía era muy densa y habría sido una perspectiva unilateral expresar la opinión de un solo personaje, en un terreno que yo desconocía como lo es el campo de batalla y los años 80. Debía ser interesante para que la gente no se aburriera por la densidad temática: sangre, asesinato y muerte. Había que crear dos historias, dos personajes que correspondieran a dos revoluciones. La novela fue un trabajo de “cachumbambé” como decimos en Cuba, de subir y bajar tonos, de bajar esquemas, la relación entre ellos es muy endogámica, y me pareció interesante abordarla para definir la novela.

Wendy Guerra: “Fidel Castro marca un antes y después en el mundo”

“Leones de la frontera” de José Bedia es la imagen de la cubierta de “El mercenario que coleccionaba obras de arte” | Imagen vía Penguin Random House

Valentina y Adrián son ideológicamente distintos. ¿Incluiste estos dos personaje disimiles para buscar la reconciliación entre los opuestos y, a la vez, desmitificar la carga de la palabra ideología?

En la película La gran belleza el personaje principal responde a una colega escritora que lo tacha de fracasado porque solo ha escrito un buen libro que todos, en ese grupo de intelectuales y burgueses, son unos fracasados y que deberían tener el valor de enfrentar sus demonios y asumir sus propias cobardías. Esa escena me recordó muchísimo a los cubanos, nuestras batallas, nuestras guerras; dentro del exilio, dentro de la isla. Yo quería que los dos protagonistas de mi novela se hermanaran en la decadencia de dos sistemas que no sirvieron para nada y se convirtieron en un ejercicio fallido. Al final ellos son dos cuerpos vencidos, invitando el uno a otro a seguir el viaje.

Una forma de confiar en el otro…

Ahí nadie confía en nadie, es una forma de reclutamiento de la vida, ellos no pueden aspirar a tener otro tipo de pareja por la vida anómala que han llevado.

La historia nos ratifica que hay un eterno retorno a apoyar discursos revolucionarios que parecen sacados de un infomercial, ¿por qué crees que seguimos creyendo en esos discursos?

Los medios y editoriales, la mayoría en manos de la izquierda, no ven políticamente correcto cuestionar la revolución cubana o la bolivariana, entonces se necesita una utopía, se necesita algo que no sea Trump y, en esto último, estamos de acuerdo, pero entonces nos vamos al otro lado, a lo que no es Trump y ahí comienzan los malos entendidos y la esclavitud de soportar eso con tal de no pasarse al otro lado. El hombre tiene que aprender a encontrar un punto intermedio, un equilibrio, un eje que nos sirva no como un dogma, sino como modo de vida.

La cárcel, en el caso del personaje de Falcón, se convierte en el lugar para redimirse en la lectura y las imágenes artísticas para salvar el alma. ¿La cultura es una forma para acabar con las falsas esperanzas?

A todos nos salva el arte y a todos nos salva salvar la cultura. El personaje de Adrián Falcón compra arte y salva. A mi me parece interesante la forma como él tiene de ver la vida, de una manera más exquisita. Él estudia en la cárcel, estando ahí está mucho mejor, aunque lo que viene después pareciera contradecir todo esto.

¿El arte se convierte para él en la fachada para ser mercenario?

Claro, a mi me parece que él es una persona que tomó esta decisión. A su padre lo fusilan en la Cuba revolucionaria. Siempre me pregunté cuando entrevistaba a la persona en la que se basa Adrián Falcón -no diré su nombre- quién sería realmente si el no hubiera vivido esa experiencia que trastornó su vida. La persona real es un hombre sensible y especial cuyo dolor transformó su sensibilidad en insensibilidad, que terminó pasando factura a todo un continente. Son personajes bipolares completamente.

La derecha nos usa y tolera, la izquierda, en cambio, nos pide la cabeza, y el centro simplemente nos ignora, pero muy pocos pueden tener una visión real, equilibrada, de lo que hemos sido. (Extracto de ‘El mercenario que coleccionaba obras de arte)

 

En el libro justo usas la palabra bipolaridad, Adrián Falcón dice “debes ser bipolar si quieres entender a Fidel” ¿Este hombre se terminó convirtiendo en una especie de Fidel?

Yo creo que la figura de Fidel Castro marca un antes y después en el mundo dependiendo de cuál sea tu referente. En Miami dices esto y te matan, y en Cuba dices esto mismo y vas a la cárcel. Yo creo que Fidel cambió la vida a todo el mundo y es el punto de quiebre del personaje, porque se ve obligado a ir al exilio, porque a su papá lo fusilan al calor de la revolución y, por tanto, nunca pudo ser una persona normal debido a toda la doctrina fidelista.

De los asesinatos al sexo. La sangre es un liquido que está presente en toda la novela. ¿Es el hilo conductor?

Y de todas nuestra vida y de todo nuestro cuerpo. Yo la usé como una estructura porque si te cortas sale sangre, si te suicidas te cortas las venas. Siempre hay sangre. La imagen de la sangre es parte de la estructura interna en la novela y seguro te diste cuenta porque es un personaje en la novela. La novela empieza con sangre.

La sangre signa a Adrián Falcón, es un hombre que reconstruye su vida y la sangre en el sexo lo une al personaje de Valentina quien, a su vez, busca deconstruirlo. ¿Es un juego de construcción/deconstrucción de la personalidad de ambos? ¿Uno es héroe y el otro un antihéroe?

Yo tengo muchísimos amigos que han sido guerrilleros y que hoy no les interesa ser guerrilleros y ellos podrán reconstruirse en la vida real por donde puedan irse reconstruyendo. Para mi son antihéroes, son villanos. La literatura no es un dogma, así que cada quien lo vea como quiera, seguramente la familia del protagonista verá en su padre un héroe.

¿Por qué lo ves como un villano?

Es un perfecto villano y por eso hice esta novela.

¿No le das el beneficio de la duda?

Yo lo veo como un antihéroe porque se burla de sí mismo, se llama mercenario, es un personaje que está más allá de todo; la verdad, no.

Estuviste en la Feria del Libro de Bogotá junto a Laurence Debray y Karina Sainz Borgo conversando sobre  revoluciones. ¿Es posible exorcizarse de la revolución en la literatura cubana o venezolana o en las literaturas en países donde haya ocurrido una revolución?

Deberíamos. Sería lo más sano. Yo traté de trasladar la novela a Centroamérica tratando de alejarme pero no lo logré, mientras más me alejaba, me acercaba. Yo espero que dentro de unos años ya pueda escribir otro tipo de literatura, una novela italiana, una novela china. Yo escribí una novela sobre Anaïs Nin que ocurre en 1922 en La Habana (Posar desnuda en La Habana, 2010) de esa época y pude alejarme de todos pero no es siempre, es difícil. Yo le llamo el monotema.

¿Tendrían los escritores que abrirse a otros temas?

Los que hemos crecido en una sociedad tan dogmática no deberíamos decirle a nadie lo que tiene que hacer. Para mi sería muy sano, sentimentalmente y psicológicamente pero cada cual que escriba lo que siente.

***

El mercenario que coleccionaba obras de arte no es una novela que escape de los estereotipos clásicos: Revolución cubana, París, contrarrevolución, sexo, Caribe, narcotráfico, violencia y eslóganes ideológicos. Sin embargo, Wendy Guerra logra mantener la tensión narrativa a través de una historia de amor de extrañas lealtades que invita al lector a reflexionar sobre sus propias creencias e ideologías.

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