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Scrolling After Sex: ¿Están las redes sociales calando en la literatura?

Foto: freestocks.org | Unsplash

¿Cuántos de los diálogos de las novelas de los últimos años se habrían dado en realidad por Whatsapp? Según el Estudio Anual de Redes Sociales de 2017 elaborado por IAB Spain, el 89% de los usuarios de móviles españoles utiliza la aplicación de mensajería instantánea una media de 5 horas y 13 minutos semanales, siendo la red social a la que más tiempo dedicamos al día.

De unos años a esta parte, la conversación con un amigo, con un conocido, con un familiar o con tu pareja no concluye con el fin de una cita, sino que puede continuar en todo momento y tornar incluso en algo más interesante y dialécticamente jugoso en el terreno online. Porque de entre las charlas rápidas y puntuales que agiliza esta y otras aplicaciones, se cuela a diario otra cháchara acaso con más enjundia, que se alarga a veces durante horas y que busca cercar asuntos divinos y humanos con la ayuda extra de los emojis.
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De acuerdo con el dato que ofrece IAB Spain, por lógica los personajes de las novelas más recientes deberían pasar un tiempo considerable chateando durante el transcurso de la historia, a no ser que el escritor decida conscientemente omitirlo, algo que cada vez resultará más difícil de hacer si no quiere faltar a la verdad. La ausencia del teléfono móvil en los productos culturales comienza a parecer falaz y ridícula (como si estuviésemos tratando de esconder algo, admitiendo a su vez lo antirromántico que resulta mostrar lo que ya es una extensión de nosotros mismos). Sucede que en la literatura, además, el móvil cumple una función extra: se convierte en un artefacto conversacional. ¿Cómo funciona como aparato narrativo? ¿Cómo se transcribirán y se reflejarán las conversaciones que mantenemos gracias a aplicaciones como WhatsApp y Telegram, así como nuestra actividad en Facebook o Twitter, que ocupa ya un lapso importante de nuestro día a día?

Lo cierto es que ya incluso se enseña a escribir en Facebook. El prestigioso taller de escritura creativa Fuentetaja ofrece el curso “Facebook como espacio de creación: narrativas de las redes sociales”, cuyo objetivo es aprovechar “una oportunidad de oro para la literatura”. “Cientos de ojos del ámbito literario (y, lo más importante, extraños a él) que se pasan el día mirando la pantalla del smartphone de forma enfermiza. Ahí pueden estar sus textos. Aprovechémonos de la adicción”, enuncia su página web. El taller lo imparte el periodista y poeta Sergio C. Fanjul, conocido, además de por sus artículos en El País y otros medios, por sus habituales (a veces jocosos, siempre interesantes) textos en su muro de Facebook. Él mismo pronto publicará un libro recopilatorio con sus mejores estados, titulado Los Diarios Electrónicos. Pero no es el primero.

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Portada de "Listen to Me" vía Bella Varsovia.

 

Manuel Vilas, que este año ha conquistado a propios y extraños con Ordesa (Alfaguara), ya publicó en 2013 el libro Listen to me (La Bella Varsovia), un dietario que recopila sus actualizaciones de estados de Facebook durante cinco años, desde el 2008 al 2013. Las editoras Elena Medel y Alejandra Vanessa se preguntan en el prólogo de la obra si con Facebook “nace un nuevo género literario” o “permite, más bien, un continente distinto para los temas de siempre”. Sin embargo, aquí los argumentos y las tramas los aporta la propia cotidianidad; el lenguaje se libera y el estilo se vuelve consciente de que otros ojos leen su escritura sin pasar por imprenta y la evalúan con likes y comentarios. Crecen las mayúsculas, surgen los diálogos con Dios, Juan Carlos I y Bob Dylan; también las recomendaciones musicales; emerge la más cruda sinceridad: “Al próximo capullo que me invite a una lectura de poemas o a la presentación de su libro o al bautizo de su hijo o me meta en una mierda de grupo de descerebrados me plantaré en su casa y le meteré dos tiros”.

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Imagen de 'Listen to Me'. | Foto: Isabel Bellido / The Objective.

 

Lo más interesante acaso sea discernir entre el usuario de redes y el autor; el que escribe en Facebook mientras en otra ventana gesta sus grandes obras: “Listen to me crece en paralelo a la mayoría de sus novelas, y a su último poemario (…) El sexo irrumpe mientras escribe y promociona El luminoso regalo, igual que la muerte planea sobre la época de Los inmortales; antes sabremos cuándo viaja y a qué destino, cuándo enferma y de qué, por qué escanea y sube las imágenes”, explican Medel y Vanessa.

Otra recopilación –esta más reciente- a tener en cuenta es la del periodista, y pieza clave de la parte más indie de Orense, Isaac Pedrouzo. El sello musical Mont Ventoux estrenó en marzo de 2017 su faceta editorial con Todo tiene una historia, una suerte de diario pop extraído de sus posts de Facebook con lista de Spotify incluida (cada día lleva por título una canción).

Alejados de la autobiografía (o de la autoficción) nos encontramos con incursiones en la novela de nuevas formas narrativas a partir de la transcripción literal de mensajes vía chats. En Lolito (Backie Books, 2013), de Ben Brooks, leíamos cómo Etgar, el protagonista, descubre en Facebook que su novia le ha engañado y comienza a intimar con una mujer veinte años mayor que él a través de un chat para adultos; Richard Yates (Alpha Decay, 2011), de Tao Lin, por su parte, está escrita casi en su totalidad a partir de conversaciones extraídas del chat de Gmail.

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Portada de "Todo tiene una historia" vía Mont Ventoux.

 

Estos recursos no solo son expresivos o estéticos, también sirven para expresar los nuevos usos y costumbres de la generación millennial, que con frecuencia llevan aparejados cierta soledad y desasosiego y, en ocasiones, incapacidades y problemas de comunicación. Pero en este mundo vivimos todos: también Marta Sanz, que en Clavícula (Anagrama, 2017) reproduce e-mails intercambiados con su marido durante su estancia en Latinoamérica.

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Interior de 'Clavícula' de Marta Sanz. | Foto: Ana Laya / The Objective.

Scrolling After Sex: ¿un libro paradigmático?

Si en estos últimos meses has curioseado Instagram a través de su lupa, no es extraño que haya aparecido una foto de un nuevo lector que comparte fragmentos o páginas de Scrolling After Sex, el primer libro de Leticia Sala. La editorial, Terranova, en un correo a sus clientes se confiesa “muy desbordada” por “el abrumador éxito” de sus “recientes lanzamientos”.

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Portada de 'Scrolling After Sex'. | Imagen vía Terranova.

 

Tras este revelador título -en el que no es difícil verse reflejado- hay un collage de textos de la barcelonesa Leticia Sala (1989), primero abogada y ahora escritora que cuenta con 19.000 seguidores en Instagram, su red social por excelencia. Desde una historia publicada durante su adolescencia en Fotolog hasta su más reciente escrito: todo ello está en un tomo cuidado al máximo en el que la forma cuenta tanto (a veces incluso más) que el contenido, en el cual encontramos como temas “la muerte, el sufrimiento, el amor” y una peculiar narración de su relación sentimental con Pau, su novio, pero también con el mismísimo Internet. A él le hace preguntas sobre su futuro:

¿Va a cambiar la forma de nuestros pulgares?
¿Lo llamarán scrolling disease?
¿Tendré acceso a mi cuenta actual de Instagram cuando tenga 90 años?
¿Cuál será mi última conexión?
¿Nos inventaremos una memoria externa para traspasar nuestros recuerdos para funcionar más rápidamente y que no nos bloqueemos?”.

 

Y elucubra sobre su presente:

 

Cuando uno borra a su ex de todas las redes siempre olvida LinkedIn”.
Nuevo adjetivo del siglo XXI: ser generoso con los likes”.
Número de capturas de pantalla como unidad de medida de mis sufrimientos vigentes”.
Una vida sin control find me da más ansiedad que una vida sin Google”.

 

Asistimos a las primeras conversaciones por Whatsapp con su actual pareja -cuando aún ni siquiera se habían desvirtualizado- (hablan de comida, de planes, intercambian fotos, casi se quieren), escribe enlaces a canciones de YouTube sobre los que nunca podremos hacer click, nos muestra sus selfies, inserta emojis en las páginas, pantallazos de la aplicación que estudia su ciclo menstrual, así como su fertilidad.

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Foto: Isabel Bellido / The Objective.

 

Un libro planteado “por pantallas”, fruto de una conversación (seguramente varias) de Leticia Sala y su editor, Luis Cerveró, quien le propuso hacer algo “muy libre”, que constituyese “una recopilación” del trabajo de la escritora (aunque contiene varios textos inéditos). “Él mismo me dijo que si quería añadir fotos o ilustraciones, perfecto”, cuenta Sala. Como es natural, se conocieron vía Instagram. En enero del año pasado sus textos comenzaron paradójicamente a despuntar en una red social en la que las fotografías son el contenido rey, y en abril él le propuso publicar un libro. El resto, es presente.

Ambos coinciden en que no ha existido una inspiración previa para editar el libro.La pauta era sencilla -apunta el editor-: plasmar en papel el mundo de Leticia. Ella ya es así. Tiene pantallazos de las conversaciones con su novio, su madre, fotos de su perra, apuntes digitales, posts en todas las redes sociales”. “Leticia es una autora que emplea técnicas y herramientas muy digitales. Escribe en su móvil, en Facebook, en Instagram, habla con su pareja y sus amigas por Whatsapp y todo eso forma parte de su ejercicio literario. El diseño en ese sentido no es un acto forzado, sino la plasmación más directa de su estilo. El único ejercicio consciente de diseño es la portada, que funciona por contraste y remite a las novelas románticas de toda la vida”, continúa.

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Dirección creativa y diseño del libro: Marc Monguilod - Background/Textura: Sir Pau - Lettering: Wete | Imagen vía Terranova.

 

Todo es libre, pero nada es casual. Por ejemplo, las páginas que contienen únicamente capturas de pantallas de su conversación por Whatsapp con Pau, su novio, más que a la realidad de los hechos, respondían a una pregunta: “¿de qué forma más clara se puede explicar esta nueva forma que tenemos de comunicarnos y en la que surgen las relaciones?”. Para ella, usar esos pantallazos es una “consecuencia muy lógica” al hablar del “amor en redes”. Igual de natural le parece que “todas estas nuevas tecnologías se incorporen de forma muy orgánica al arte, a la narrativa, a todo”.

“Estamos en ese momento de impás en el que todavía se nos hace un poco raro, pero en realidad esta clarísimo que en Whatsapp están pasando mil cosas. Mi sensación es que esto sí que va a continuar, se va a desarrollar y nos va a parecer lo más normal del mundo”, opina Sala, que, con todo, es consciente de que los más “conservadores” puedan hacer “una separación entre lo que sucede en redes y lo que sucede en la vida real”. “Se me hace muy difícil -admite- porque está todo tan ligado que para mí lo natural es que se incorpore todo junto en un mismo pack, que es un poco la idea del libro”.

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Foto: Isabel Bellido / The Objective.

 

Cerveró, por su parte, cree que “tanto aquí como fuera se está innovando poco, y está un poco abandonado el formato libro como terreno de juego o experimentación”. “El libro ha quedado un poco para gente más tradicional, y las experimentaciones se dan en ambientes más tecnológicos”, pese a que “este tipo de libros ha existido desde hace mucho tiempo, y con mayor presencia desde las vanguardias del siglo pasado”. “Lo raro es que hayan tendido a desaparecer justo en un momento en el que la gente es mucho más propensa a mensajes cortos, abundantes y heterogéneos que a poder dedicarle tres horas al día a una novela de 800 páginas”, reflexiona.

Con todo, el editor de Terranova no cree que “se convierta en tendencia o en estándar usar pantallazos”, más allá de que pueda “trascender como lenguaje literario de manera minoritaria, marginal o experimental”. Apunta más a la mera transcripción y pone como ejemplos el libroWorking On My Novel, de Cory Arcangel, formado exclusivamente por una sucesión de tweets, o los dos volúmenes de Albertine Meunier sobre su historial de Google.

 

—you were too good for this world. #scrollingaftersex

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En cualquier caso, parece que es el turno de los millennials para innovar y sacar provecho narrativo de Internet; los mismos a los que están encandilando los recursos expresivos de buena parte de Scrolling After The Sex. “Somos una generación que hemos crecido con y sin Internet y eso hace que todos los temas de Internet nos fascinen. Me da la sensación de que a las generaciones posteriores no les va a impactar tanto porque para ellos ya va a ser evidente”: no va a sorprender “que haya conocido a mi novio o a mi mejor amiga por redes”. Lo extraño, y quizás algo preocupante, es que aún no sea “un tema súper recurrente”. Quizás porque, como escribe Leticia Sala en su libro, “las redes sociales se han viciado bastante: ahora es un lugar de ego y vanidad, que en última instancia solo acaba provocando ansiedad y tristeza”.

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