William Deresiewicz: «Internet es un gran centro comercial que no deja espacio a la contracultura»
Foto: Mary Ann Halpin

Cultura

William Deresiewicz: «Internet es un gran centro comercial que no deja espacio a la contracultura»

En 'La muerte del artista', el autor advierte sobre un presente desolador que no sólo amenaza a los artistas, sino por extensión, a los consumidores de cultura y a la salud democrática de la sociedad en su conjunto

por Begoña Donat

En su último libro, La muerte del artista (Capitán Swing, 2021), el ensayista y crítico cultural estadounidense William Deresiewicz (Englewood, New Jersey, 1964) apunta a los desafíos tecnológicos a la creatividad sin proveer de respuestas para confortar. Porque la solución a esta gran deriva que sufre el arte pasa, en primer lugar, por percatar al lector de la gran trampa urdida desde Silicon Valley, tomar conciencia individual, instar a los artistas a agruparse en defensa de sus intereses y revertir los prejuicios causados por la cultura del libre acceso. 

El nuevo paradigma digital transmite la falsa sensación de que desde casa, provistos de ordenador, smartphone y conexión a internet, es posible erigirse en músico, escritor, artista plástico y audiovisual, y vivir de ello. Para respaldar ese anhelo, ahí están las plataformas de crowdfunding; para promocionar la marca personal, las redes sociales.

«No todo el mundo es artista. Crear arte lleva años de dedicación, y eso requiere un medio de apoyo, de subsistencia. Si las cosas no cambian, una gran parte del arte dejará de ser sostenible», subraya Deresiewicz.

El autor, Premio Hiett en Humanidades y Mención Bakalian a la Excelencia en la Crítica, ha entrevistado para este ensayo a 140 artistas que han desvelado la crudísima realidad disfrazada de oportunidad por las grandes compañías tecnológicas. Las todopoderosas Amazon, Google, Facebook, Spotify y Apple se lucran de ese esfuerzo; el éxito, si se logra, es flor de un día, merced de la inmediatez y la fugacidad de esta era virtual, ávida de novedad; los alquileres en las urbes que prometen contactos y visibilidad son inasequibles; el verdadero talento queda sepultado entre la hiperatrofiada y desmonetizada oferta cultural… En sus más de 400 páginas de reflexión y testimonios, el escritor advierte sobre un presente desolador que no sólo amenaza a los artistas, sino por extensión, a los consumidores de cultura y a la salud democrática de la sociedad en su conjunto. 

La sensación que provoca la lectura de tu ensayo es lo mismo que provocan los documentales sobre el cambio climático: impotencia e incapacidad para cambiar la situación. ¿Qué puede un ciudadano de a pie contra las grandes tecnológicas?

En los últimos años hay una nueva conciencia política, un despertar y una energía que atraviesan el mundo. Desde 2008, la población está retando y cuestionando en todas partes a sus gobiernos, y eligiendo a nuevos partidos que no existían hace unos pocos años, porque están enfadados con la desaparición de la clase media. Necesitamos conseguir que el arte forme parte de esa conversación. No tenemos que olvidarnos de esta parte de nuestras vidas. 

¿Cómo andamos de desmemoria al respecto?

La vida ha empeorado para la mayor parte de la gente en los últimos 20 años, pero hay algo que ha mejorado: todo lo que encontramos de manera gratuita en internet. La gente que no se dedica a la cultura, lo que conoce es que la música y los productos audiovisuales están a su disposición a coste cero. No se paran pensar en la gente que está al otro lado de la cadena de abastecimiento.

Es como el pan y el circo en la Antigua Roma. Nos mantiene entretenidos y distraídos, sin reparar en lo que implica esa gratuidad.

Eso es. Necesitamos hacer que la gente repare en la calidad de los productos. Vale, toda esta oferta es barata y/o gratuita, pero ¿es buena? Porque no lo creo. Es como la comida rápida. Puedes comprarte una hamburguesa por un dólar, pero sabes que es basura. Y esto no sucedería si la economía del arte fuera justa con los artistas, 

Tu libro se centra en la situación en Estados Unidos, pero muchas de las encrucijadas que planteas empiezan a afrontarse en nuestro país. ¿Cómo crees que se va a extrapolar la situación a Europa?

La mayoría de lo que planteo es relevante en todo el mundo, porque trata de cómo internet ha cambiado la economía de las artes, y la red de redes está en todas partes. Con mi limitada comprensión de las condiciones en Europa, diría que las mayores diferencias son que disponéis de seguridad social. No afrontáis los mismos costes sanitarios que nosotros. Y la formación universitaria es más razonable que aquí. No obstante, lo más relevante no es el aspecto de los gastos, sino el de las ganancias, porque internet ha provocado que los ingresos sean casi ninguno o cero.

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Imagen vía Editorial Capitán Swing.

Habría una segunda diferencia: la inversión pública en cultura, que por un lado democratiza el acceso, pero por otro, le resta valor en la percepción de la gente.

Eso es muy interesante. No lo había pensado. Aquí no tenemos nada igual. Internet ha provocado que el público valore menos o nada la cultura porque es gratuita. En cierto modo, la música es como el agua, abres el grifo y fluye, así que ni piensas en sus costes. Lo que comentas es que, en cierto modo, eso ya está pasando en Europa con la cultura, porque el Gobierno la provee gratuitamente. El otro tema es que no es una actividad neutral, en la financiación gubernamental, filantrópica o de una fundación privada –que aquí abunda- hay comités que toman decisiones acerca de quién recibe ese apoyo. Es una burocracia. Y cuando esto sucede, surgen otros tipos de corrupción. Todo pasa por afinidades, parentescos, conexiones sociales y con quiénes se sienten cómodos los miembros del comité… También, bajo mi experiencia, las burocracias gubernamentales o sin fines de lucro tienden a ser muy conservadoras. Pueden pensar que están siendo radicales y que financian arte experimental, pero no es para nada cierto. Tienden a ser muy sensibles a todo tipo de crítica. 

¿Dónde queda el mercado en esta ecuación?

Se supone que el capitalismo es el mal, y en ciertos aspectos lo es. Pero el mercado juega un papel importante en la financiación del arte, porque brinda a la audiencia una voz. Cuando se persigue que la gente compre música o libros, tenemos que averiguar lo que quieren, y no lo que quieren los consejos de arte o los gobiernos. Antes de que internet apareciera, el consumidor se preguntaba qué disco comprar, en cuál hacer la inversión de sus 18 euros, que era una cantidad asumible, pero no trivial. Pero cuando es gratuito, bien porque la provee el Gobierno o bien porque lo hace internet, ¿a quién le importa su valor? Me conecto a Spotify y escucho un número infinito de canciones, que vienen y van lo más rápido posible, y no me despiertan ningún interés. Estoy en mi cincuentena y no quiero ser nostálgico, pero en los sesenta, los setenta, incluso en los ochenta y en los noventa, el arte todavía tenía un peso para la gente, el rock independiente, por ejemplo, significaba mucho para muchas personas. El público se lo tomaba con seriedad y por consiguiente, también el artista. Cuando un artista sacaba un nuevo disco, era un gran acontecimiento al que la gente le prestaba atención. Significaba algo importante o podía significarlo, pero ahora, raramente tengo esa sensación.

¿Qué me dices de la contracultura, qué futuro tiene con la vinculación de los artistas a marcas?

El concepto contracultura ya no tiene ningún sentido. Principalmente, porque, como apuntas, los artistas trabajan con marcas o con patrocinios. Pero es que además, cada uno ha de ser una marca en sí mismo. Todo el mundo esta en el negocio de convertirse en una mercancía que pueda ser empaquetada para internet. Así que la idea de contracultura se vuelve imposible en esta situación, ya que, en el mismo momento en el que entras en internet, lo haces en el mainstream, estás tratando de atraer a un público generalista y lo haces con todas las técnicas que cualquier compañía emplearía.

¿De qué manera ha perjudicado este frenesí a los contenidos que exigen una escucha o una visualización más detenidas?

Como en internet estás compitiendo con tantos otros artistas por la atención, todo tiene que provocar una atracción obvia, como un anuncio para incitar a la compra de un producto. Ya no existe la sutileza, la música que toma un tiempo para absorberla, que es más tranquila, ya sea literal o figuradamente, porque construir una audiencia para una propuesta así, puede suponer hoy día varios años. Así que todo son colores brillantes, sonidos fuertes, melodías obvias… Como cualquier marca de consumo, como un bote de refresco. Eso es la verdadera destrucción de la contracultura.

En el libro te refieres a una comunidad bohemia que no quieres revelar, ¿todavía existe? 

Si la contracultura existe, ha de esconderse cuidadosamente y mantenerse alejada de internet. En el comienzo de la era digital había espacio para todo tipo de pequeñas páginas estrafalarias, peculiares, singulares, pero ahora está todo organizado por las grandes plataformas. Internet sólo es un gran centro comercial, no hay sitios oscuros en el buen sentido. ¿Todavía existen lugares donde la gente continúe haciendo su trabajo de forma genuina, evitando internet y estableciendo o manteniendo este tipo de comunidades bohemias? Estoy seguro. Pero me pregunto si van a ser capaces de revolucionar el mundo como sus predecesores, porque han de mantenerse en las sombras. Piensa cuando el mundo descubrió a Picasso, la cultura cambió. Del mismo modo que el punk rock del Nueva York de los setenta, con gente como Patti Smith. 

¿Crees que la nueva generación, nacida y criada en esta cultura digital, vive de manera diferente la promoción de la marca personal y la omnipresencia en redes a los nacidos en la era analógica?

Quizás consideran que lo que reciben hoy en día es genial y que les encaja a la perfección, pero no necesariamente. Tienen acceso a una forma de trabajo anterior, la nuestra, y pueden comparar. Pregunté a los artistas más jóvenes si sentían cómodos con el marketing y toda esta autopromoción, pero la mayoría me dijo que no. Saben que apesta. No sólo tienen que trabajar durísimo por una muy pobre recompensa, sino que sienten que cada día se están exhibiendo en internet y ya no les queda nada personal para sí mismos. Viven con la sensación de estar prostituyéndose.

¿Qué hay de movimientos sociales como #MeToo o Black Lives Matter, afectan a la cultura de la manera que antes lo hicieron, por ejemplo, la lucha por los derechos civiles en los setenta?

Por muy valiosos políticamente que sean estos movimientos, son un desastre para las artes, porque ahora las dominan. Es como la situación del Partido Comunista en los años treinta. Tu arte ha de adherirse a esta causa ideológica y el margen de divergencia es muy estrecho debido a internet, Twitter especialmente, donde todo se controla con un microscopio. Así que además de tener que satisfacer las realidades económicas de internet con el branding personal y un arte llamativo, que resulta superficial, ahora, en los últimos años, los artistas tienen que alinearse con estas causas políticas e ideológicos. 

Hoy día, la primera noticia que lees ligada a un festival de cine es la presencia o no a concurso de mujeres en la dirección. 

Ahora parece el único criterio por el que se juzga el arte. Ni siquiera nos preguntamos si tiene o no calidad. Sólo hacemos un censo demográfico. ¿Cuál es el género, cuál es la raza de la persona que lo ha hecho? ¿Arroja las señales ideológicas adecuadas? Si es una película de temática trans, solo es bien vista si cuenta con el casting adecuado. Piensa en el caso de Lin-Manuel Miranda, al que se ha criticado porque el elenco de su película In the Heights no era lo suficientemente negro. La gente no dispone de espacio para respirar, para tener una opinión independiente. Cuando hablamos del significado del arte en los últimos 200 años, nos referimos a un lugar donde aprender nuevas y quizás incómodas verdades, donde el aspecto esencial era la libertad, primero de la monarquía y de la iglesia, y más recientemente del Estado, de la moral convencional y de las convenciones dentro del arte. Ahora cada vez hay menos libertad, a causa de internet y de los debates políticos que estamos comentando.

Las grandes empresas esgrimen sus buenas prácticas a través de la Responsabilidad Social Corporativa mientras están barriendo a toda la competencia para convertir sus negocios en monopolios. ¿En qué te basas para augurar en el libro su caída?

Mi opinión es que la gente es más proclive a tomárselo en serio ahora que hace una o dos décadas. Una de las cosas que hizo que las grandes compañías tecnológicas alcanzaran tal éxito y se hicieran con los monopolios es que al inicio de internet, la gente las adoraba. Tenían un trabajo de relaciones públicas fantástico. A la gente les encantaban los gadgets que inventaban. Primero fue Apple, luego Facebook y Silicon Valley. Cuando empezaron a desarrollarse, formularon la idea de que no eran los de antes, no eran Detroit ni Nueva York, sino California y les importaba el mundo. Esgrimían que eran socialmente conscientes. Y a la gente le hizo feliz tragarse esa propaganda. Pero no creo que ahora nadie lo compre. Más allá de los aspectos de la privacidad y de la interferencia política, creo que a gente se ha percatado de que estas corporaciones gigantes están acaparando toda la riqueza y ellos, cada vez menos, ya sean o no artistas. La economía es cada vez más y más desigual. La gente solía culpar a Wall Street. En 2008 era una diana fácil y merecida, pero ahora es Silicon Valley. La gente todavía usa esas plataformas, todavía compara productos de Amazon, pero no se cree que sean una fuerza de bien en el mundo. La mejor evidencia de este cambio en la opinión pública es que los políticos han empezado a enfrentarse a ellas, ya que los partidos sólo prestan atención a aquello que piensan que quieren sus votantes. En Washington y creo que también en Europa, están avanzando para tratar de regular y fragmentar estas empresas.

¿Dónde deja al periodismo esta crisis?

Claramente ha habido una crisis paralela en el periodismo por idénticas razones. Las plataformas se han llevado los beneficios, la prensa está colapsando y lo primero que los periódicos y las revistas recortan es la cobertura de las artes, porque la consideran lo menos importante. Al mismo tiempo, no se ha llegado a desarrollar el periodismo ciudadano. Esto formaba parte de la utopía tecnológica, pero era obvio que los amateurs no pueden hacer periodismo de investigación. En cambio, sí se han volcado en hacer crítica de cultura. Hay una enorme cantidad de crítica amateur en internet, lo que considero muy poco saludable para las artes. En el libro señalo la relevancia de la existencia de críticos profesionales que realmente comprendan lo que están haciendo. En los últimos años, no obstante, aunque todavía no he reparado en que haya sucedido en la crítica, sí que me he dado cuenta de que en el mundo intelectual, especialmente como consecuencia de la ortodoxia política que se está imponiendo en las noticias principales, las voces más interesantes se están moviendo hacia plataformas independientes. Muchos grandes periodistas han dejado medios como The New York Times. Cada vez hay más gente que tiene podcasts. Sé que hay, literalmente, un millón. Son medios que permiten a expertos serios, a gente profesional dirigirse directamente a su audiencia y hacer cierto dinero. Pero como sucede con el arte, es posible que se esté abriendo una nueva vía para el periodismo, pero muy poca gente va a poder ganarse la vida. Y en el caso de la crítica, no tengo claro que pueda sostenerse económicamente. Hasta ahora había sido viable porque los periódicos y las revistas la valoraban lo suficiente para incluirlo y sus lectores la valoraban lo suficiente para que estos medios mantuvieran la sección. 

¿Qué será entonces de la crítica musical si sus autores no pueden ganarse la vida con su trabajo? 

Como en el arte, hay mucha gente en la veintena que se dedica a ello porque pueden vivir de forma barata, no tiene familia que mantener, pueden dormir en un futón en el suelo y tienen la voluntad de dedicarse a esto, pero a medida que se hacer mayores, van a tener que dejarlo atrás, lo que implica que no vamos a tener críticos. En el caso de los artistas, puedes utilizar el argumento de que muchos hacen sus mejores trabajos en la juventud, pero con los críticos no es así. En la misma naturaleza de la crítica está que cuanta mayor sea tu experiencia y cuanto más sepas, mejor será tu trabajo. Vamos a perder eso y me entristece mucho. 

Begoña Donat

Periodista freelance y especialista en la comunicación integral de organizaciones culturales.