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Zugarramurdi: el pueblo de las brujas que nunca existieron

Foto: Grabado de 1700-1799 | Wellcome Collection bajo Licencia Creative Commons

El infierno comenzó con la llegada de una misteriosa muchacha francesa a la aldea. Corría el año 1608 y la chica, una tal María de Ximeldegui, había decidido abandonar apresuradamente su país de origen. ¿Por qué? Los especialistas no lo tienen claro. Algunos sostienen que escapaba de un juez francés que no hacía más que cepillarse gente en la región del Labort. Otros dicen que era la enviada de alguien interesado en soliviantar a las gentes del lugar. Sea como fuere, lo cierto es que una vez instalada en Zugarramurdi la muchacha francesa no tardó en lanzar acusaciones de brujería a diestro y siniestro. Como explicaremos más adelante, en circunstancias normales la cosa no habría pasado a mayores. Pero aquel año de 1608, como también explicaremos más adelante, no estaba siendo muy normal. Por eso aquellas acusaciones desembocaron en una histeria colectiva que dejó miles de denuncias de brujería en los pueblos y valles del norte de Navarra y un Auto de fe que mandó a la hoguera a varias personas. Tan grave –y tan absurda– fue la escabechina que hasta la propia Inquisición decidió echar el freno y, avergonzada, correr un tupido velo sobre la última persecución de brujas que hubo en España.

Un poco de contexto cultural…

Tal y como explica el antropólogo Mikel Azurmendi en su ensayo Las brujas de Zugarramurdi, la cuestión de la brujería en la sociedad labradora-ganadera de habla vascuence en la montaña pirenaica de inicios del siglo XVII era una cuestión de sentido común. A fin de cuentas, si después de haber puesto cuidado y esmero en las labores del campo, si después de haber rezado todas las oraciones habidas y por haber, si después de haberse comportado como un buen vecino y un mejor cristiano resulta que llegaba una tormenta o una pandemia y arrasaba con todo… ¿de quién podía ser la culpa? Pues de una fuerza misteriosa, tóxica, desatada con nocturnidad y alevosía por algún mal agente. Obviamente.

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Imagen vía Editoria Almuzara.

Pero, claro, por muy bien que hiciesen su trabajo y por mucho que rezasen, los habitantes de aquellos valles, como los habitantes de cualquier otro lugar del mundo, seguían sufriendo las inclemencias meteorológicas y contrayendo enfermedades contagiosas cada cierto tiempo. Es decir: que el asunto de las brujas y los brujos –porque también se creía en los brujos– no era un fenómeno extraordinario. Para los campesinos vascos de la época era todo lo contrario; un hecho cotidiano. Sin más. Por eso las acusaciones de brujería eran relativamente frecuentes, afectaban a gente del entorno –que si fulano me ha mirado mal en la taberna y dos horas después ha caído un rayo en el tejado de casa, que si mengano no me ha saludado al pasar a su lado y dos días después se me ha muerto una cabra– y se solventaban sin grandes dramas en la parroquia del pueblo. ¿Cómo? Pues en una ceremonia convocada por el sacerdote local en la que se reunían todos los vecinos para escuchar cómo el acusado o acusada de brujería admitía públicamente haber obrado mal y pedía perdón por su malquerencia. Entonces el resto del pueblo aceptaba las disculpas y aquí paz y después gloria. El tema rara vez pasaba a mayores.

Sin embargo, aquella forma tan pragmática de resolver la cuestión de la brujería en las aldeas pirenaicas se iba a topar de bruces con una corriente teológica procedente del centro de Europa que había cobrado importancia con el paso de los siglos y que el papa Inocencio VIII convirtió en doctrina oficial de la Iglesia Católica en 1484. Esta corriente centroeuropea ignoraba la postura mantenida hasta entonces –una postura que despreciaba la brujería como una burda superchería y que animaba a no perder el tiempo con gilipolleces– y abrazaba la creencia de que había gente que se reunía con el Diablo para ponerse a su servicio. Dicho de otro modo: Inocencio VIII convirtió la brujería en una herejía. Envalentonados por la nueva postura de Roma, dos años después, en 1486, los dominicos alemanes Heinrich Kramer y Jacob Sprenger escribieron el tratado más importante que existe sobre la persecución de brujos y, sobre todo, de brujas. El Malleus Maleficarum.

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Portada del Malleus maleficarum en una edición de 1669. | Imagen vía Wikipedia.

Su libro fue acogido con entusiasmo por muchos religiosos obsesionados con la presencia demoniaca, pero también con escepticismo por un sinfín de teólogos que acusaron a Kramer y Sprenger de no presentar un argumento sólido justificando su fobia y, todavía peor, de recomendar procedimientos poco éticos o directamente ilegales a la hora de perseguir la brujería. Es más: la mismísima Inquisición Española advirtió en 1538 a sus agentes contra una lectura demasiado entusiasta del Malleus Maleficarum alegando que sus autores podrían haberse venido demasiado arriba escribiendo según qué cosas.

Con todo, y pese a la prudencia mostrada por tantos eclesiásticos de peso, el libro de los dominicos alemanes aportó una justificación teológica a las hogueras que se extendieron en los siglos venideros por todo el continente.

… y ahora un poco de contexto histórico

Situémonos en 1607. Es decir: un año antes de que María de Ximeldegui aparezca en Zugarramurdi lanzando acusaciones de brujería a diestro y siniestro.

¿Qué pasó en 1607?

En Zugarramurdi nada. Pero a 25 kilómetros del pueblo, en San Juan de Luz, sucedió algo muy extraño: cinco mujeres acusadas de brujería que se estaban sometiendo al consiguiente perdón vecinal no pudieron recibirlo porque la ceremonia fue interrumpida al saberse que una de las mujeres que las había acusado estaba malherida tras haber recibido una brutal paliza a manos, supuestamente, del marido de una de las acusadas.

¿Una riña subida de tono? ¿Un contencioso entre dos familias que llevan tirándose los trastos a la cabeza desde hace generaciones? ¿Un “si tú me acusas atente a las consecuencias” de manual? ¿O algo más?

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Zugarramurdi es un sitio aislado que está rodeado de prados y de ganado. | Foto: Borja Bauzá | The Objective.

Parece que algo más. Según cuenta Azurmendi, en San Juan de Luz había entonces dos grupos enfrentados por intereses económicos. A saber: el grupo de los comerciantes, al alza gracias a la actividad pesquera y comercial de los puertos de la zona, y el grupo comandado por la familia Urtubi-Alzate, dueña del castillo de Urruñe. Es decir, era un enfrentamiento entre la burguesía del Labort, cada vez más acaudalada e insolente, y los señores feudales de la franja occidental del Pirineo galo, cada vez menos influyentes pero no obstante reacios a ceder un milímetro.

Lo que vincula este conflicto con la ceremonia de perdón vecinal que se estaba llevando a cabo en 1607 es la propia naturaleza de las acusadas. Las cinco mujeres estaban relacionadas, algunas por sangre, con los Urtubi-Alzate. Por su parte, las dos acusadoras estaban relacionadas con los representantes del poder municipal de San Juan de Luz. Es decir: con la burguesía del Labort.

La Inquisición Española advirtió en 1538 a sus agentes contra una lectura demasiado entusiasta del Malleus Maleficarum alegando que sus autores podrían haberse venido demasiado arriba escribiendo según qué cosas.

Como el ritual parroquial de conciliación tuvo que ser abortado de repente y sin perdón vecinal, las cinco mujeres acusadas de brujería fueron trasladadas a la prisión de Bayona. La respuesta de los Urtubi-Alzate no se hizo esperar; mandaron un grupo armado a interrumpir la procesión del día del Corpus. Tras el pitote, la burguesía decidió humillar públicamente a la sobrina del señor feudal. Consumada la humillación, los Urtubi-Alzate volvieron a soltar una dentellada; esta vez escogieron el día de San Juan, festividad en la villa, para enviar a ocho jinetes enmascarados con la misión de sembrar el pánico entre la población. Dicho y hecho. Pero, no contentos con eso, al día siguiente los Urtubi-Alzate mandaron más gente armada a San Juan con la misma misión. En esta ocasión ya sí se registraron varios heridos de diversa gravedad y amenazas a los ediles municipales. Total: que así siguieron las cosas unos meses, con las dos facciones devolviéndose los agravios, hasta que, finalmente, los Urtubi-Alzate decidieron pedir la intervención del rey. En una carta que Azurmendi califica de “patética” –por el tono plañidero que emplea– los señores feudales piden al monarca que limpie la región del Labort de brujas.

No sabemos cuánto le importaban a Enrique IV estas cosas de brujas, brujos y maleficios varios, pero sí sabemos que el rey galo estaba buscando la manera de reforzar su absolutismo y que, por este motivo, no estaba muy contento con las autoridades municipales del Labort. De modo que las súplicas de los Urtubi-Alzate le vinieron muy bien para aprobar el envío de una comisión judicial que peinase el Labort de herejes y socavase, así, el poder de sus ciudades. Al frente de la comisión estaba Pierre de Lancre; un juez particularmente sanguinario, un auténtico pirómano con toga, que forzó el exilio de centenares de vecinos temerosos de acabar hechos cenizas en los años sucesivos.

Al otro lado de la frontera había una persona siguiendo muy de cerca todos estos acontecimientos: León Aranibar, viejo espía de Felipe II y abad del imponente monasterio de Urdax. Su abadía controlaba varias aldeas españolas y unos cuantas francesas, pero Zugarramurdi, que era una de las más próximas, había roto lazos con Urdax en 1580 tras constituirse como parroquia local e iba por libre. Algo que a León Aranibar no le hacía ninguna gracia.

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La cueva de Zugarramurdi. Aquí, supuestamente, celebraban las brujas sus aquelarres. | Foto: Borja Bauzá | The Objective.

Los hechos

En 1608 la joven francesa llamada María de Ximeldegui, recién instalada en Zugarramurdi, acusa de brujería a cuatro vecinas llamadas María Xuruteguia, Estevanía de Navarcorena, Juana de Telechea y María Pérez de Barrenechea. Luego las acusaciones se multiplican hasta afectar a seis personas más; todas parientes de las primera cuatro mujeres.

Tras conocer las acusaciones los vecinos de Zugarramurdi se reúnen para celebrar el acto de reconciliación sacramental. Este acto lo dirige un sacerdote llamado fray Felipe. La ceremonia transcurre sin incidentes; los acusados piden perdón por los agravios y el asunto se archiva sin más historia.

Teniendo muy presente lo que está sucediendo en el Labort –allí las acusaciones por brujería ya no se solucionan con un apretón de manos en la parroquia del pueblo sino con el potro de tortura y una soga de por medio– el abad de Urdax decide contactar con dos inquisidores de Logroño para que investiguen a los vecinos de Zugarramurdi. El antropólogo Mikel Azurmendi sostiene que es legítimo sospechar que el abad actuó por lucro personal y para satisfacer viejos deseos de venganza. No es casualidad –señala Azurmendi– que las personas acusadas de brujería por la joven francesa pertenecieran a las mismas familias que lideraron el proceso de independencia de Zugarramurdi tres décadas antes. Además, tras su denuncia el abad consiguió ser nombrado comisario inquisitorial en la región. Es decir: aumentó su caché como eclesiástico. Todas estas ‘coincidencias’ son las que hacen preguntarse si María de Ximeldegui no fue en realidad una agente actuando en nombre de alguien.

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El monasterio de Urdax, fuente de problemas, está ubicado a tan sólo 5 kilómetros de Zugarramurdi. | Foto: Borja Bauzá | The Objective.

Los inquisidores de Logroño envían a Urdax a dos de sus agentes que, en completo secreto, se dedican a interrogar a varios vecinos de Zugarramurdi. El 27 de enero de 1609 las cuatro primeras acusadas son arrestadas y enviadas a las mazmorras que tiene la Inquisición en la ciudad de Logroño.

Una semana después aparecen en Logroño los seis parientes que también habían sido acusados de brujería. Han hecho el viaje por su cuenta y riesgo. Es decir: voluntariamente. En Logroño buscan aclarar que ni ellos ni las cuatro detenidas han practicado la brujería y que si todos ellos pidieron perdón por los agravios en la parroquia de Zugarramurdi fue porque así es como se hacían las cosas en la aldea; que si les llegan a decir que se iba a meter alguien de fuera a husmear hubiesen ignorado el ritual parroquial y hubiesen defendido que ellos jamás han realizado maleficio alguno. Tras varios días de espera los inquisidores, en lugar de recibirles, ordenan su arresto. Es decir: los seis parientes terminan en las mismas mazmorras que las cuatro mujeres.

Los dos inquisidores –Juan del Valle Alvarado y Alonso de Becerra y Holguín– deciden informar a la Suprema de la Inquisición en Madrid (el cónclave que dirige el Santo Oficio) de la detención de los diez habitantes de Zugarramurdi. Los inquisidores jefes se muestran dubitativos; les parece que Valle Alvarado y Becerra están llevando las cosas demasiado lejos. Por eso les piden que comiencen de nuevo el proceso y envían un cuestionario para que lo respondan los prisioneros. Además, piden unos interrogatorios limpios, sin triquiñuelas ni amenazas.

Valle Alvarado y Becerra ignoran las instrucciones de la Suprema de la Inquisición; los interrogatorios que conducen están plagados de tretas –consiguen que los prisioneros se acusen los unos a los otros– y amenazas. Además, y dado que los acusados sólo pueden contestar en vascuence, lengua que los inquisidores ignoran, se contrata a varios intérpretes que tergiversan y malinterpretan, queriendo o sin querer, las palabras de los acusados. Finalmente, los diez prisioneros claudican y terminan reconociendo que practican la brujería, que se reúnen con el Diablo y lo que haga falta.

El 20 de junio de 1609 llega un tercer inquisidor a Logroño. Se trata de Alonso de Salazar y Frías. Su labor a la hora de frenar las barbaridades de sus colegas será determinante después del Auto de fe.

La Suprema de la Inquisición no las tiene todas consigo; tras saber que los diez prisioneros han reconocido ser siervos del Diablo piden a Valle Alvarado que realice un viaje de reconocimiento por Urdax y Zugarramurdi. A ver si puede confirmar que, en efecto, existe una diabólica secta de brujos contaminando la franja occidental de los Pirineos.

Valle Alvarado tarda un mes en ponerse en marcha, pero una vez lo hace no pierde el tiempo. Es recibido en Urdax con redoble de campanas, se reúne con el juez francés Pierre de Lancre para conocer sus métodos y, tras predicar un Edicto de fe –una proclama que invita a los vecinos de un lugar a denunciar delitos de herejía bajo pena de excomunión si no lo hacen–, regresa a Logroño con otros quince detenidos.

Ante lo que está sucediendo el obispo de Pamplona, Venegas de Figueroa, decide visitar la parte de su diócesis que está siendo frecuentada por los inquisidores de Logroño. No se fía de su trabajo. Antes de finalizar su investigación independiente ya ha llegado a una conclusión; conclusión que transmite a Bernardo Sandoval y Rojas, inquisidor general, en una carta en la que dice que todo el asunto es una parida monumental. También critica duramente a los párrocos locales que están colaborando con Valle Alvarado en la caza de delaciones.

En enero de 1610, y tras saber que cinco de los detenidos en las mazmorras de Logroño han fallecido en cautiverio, la Suprema de la Inquisición propone que los inquisidores de Logroño proclamen un Edicto de gracia para dar la oportunidad a los brujos y brujas de Zugarramurdi y sus alrededores de acogerse al perdón de la Iglesia. Desde Logroño se ignora la propuesta y se siguen recibiendo acusados de brujería. Algunos de ellos son sacerdotes que se han negado a aceptar que sus feligreses sean herejes.

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La iconografía brujeril está por todas partes en un pueblo que ahora vive del turismo gracias al proceso inquisitorial de 1610. | Foto: Borja Bauzá | The Objective.

Entre junio y septiembre de 1610 suceden varias cosas importantes. A saber: el inquisidor Salazar empieza a dudar de lo que están haciendo sus dos colegas y así lo dice, una epidemia de tifus acaba con varios detenidos y el rey Felipe III escribe a varias órdenes religiosas para que envíen predicadores a la montaña navarra advirtiendo de los riesgos que encierra aliarse con el Diablo.

En octubre de 1610 el tribunal de Logroño anuncia un Auto de fe. Se celebrará, dice, el 7 de noviembre. Mientras tanto el abad de Urdax, ya nombrado comisario inquisitorial, se pone a predicar contra la brujería y alienta los linchamientos contra los vecinos sospechosos de participar en aquelarres.

El domingo 7 de noviembre se celebra en Logroño el famosísimo Auto de fe de 1610. De los 32 reos condenados por brujería se quema en la hoguera a once de ellos; seis que siguen vivos y cinco que murieron estando en la mazmorra. Son los reos que han mantenido su inocencia hasta el final. Del resto de condenados hay varios que son sentenciados a prisión perpetua.

Tras el Auto de fe de Logroño se desata una persecución en el Pirineo vasco-navarro y otras zonas colindantes. Según cuenta Azurmendi, basta una simple habladuría soltada por un niño cualquiera para que todo el mundo comience a acusarse de historias raras. Asimismo, los progenitores de algunos niños que confiesan haber participado en aquelarres quieren tomarse la justicia por su mano y ajustar cuentas con los adultos que, supuestamente, habrían secuestrado a sus hijos por la noche. En dos palabras: demencia colectiva.

El año 1611 es francamente convulso. El inquisidor Salazar se enfrenta abiertamente a sus dos colegas mientras éstos siembran la creencia de que existe una plaga de brujos que afectaría al 30% de la población que hay entre Guipúzcoa y la zona norte de Navarra. Becerra y Valle Alvarado proponen lidiar con la situación creando una zona cerrada –que hubiese comprendido 40 villas– para depurar a la población de esa zona sin intromisiones ni fugas. Azurmendi y otros antropólogos que han estudiado el caso hablan de una “solución final” y comparan la idea de los dos inquisidores crédulos con el Holocausto.

El 26 de marzo el inquisidor general, harto de la situación, hace llegar a los inquisidores de Logroño un Edicto de gracia. Las órdenes son claras: proclamarlo en toda la zona, incluyendo prisiones y mazmorras, para que quien se quiera acoger a él pueda hacerlo sin temor a sufrir represalias. Es el primer intento de la Inquisición Española por pacificar el panorama. Asimismo, el inquisidor general pide que quien lleve el Edicto de gracia a los pueblos y ciudades de la región se tome la molestia de esclarecer el asunto de una vez por todas. Salazar se pone en marcha.

Poco después de emitirse el Edicto de gracia, el obispo de Pamplona escribe un informe alertando del deterioro social creado por los predicadores enviados por Felipe III. También dice que se han cometido un sinfín de episodios de tortura y multitud de linchamientos.

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Entrada del Museo de las Brujas de Zugarramurdi. | Foto: Borja Bauzá | The Objective.

En junio de 1611 el inquisidor Salazar empieza a repartir el perdón de la Iglesia y a investigar el asunto mediante interrogatorios benévolos a vecinos y campesinos. En su periplo se cruza con el obispo de Pamplona, quien le da su opinión. Mientras tanto la Suprema de la Inquisición ha amonestado a Becerra y Valle Alvarado. Dice la Suprema que son unos intransigentes gobernados por la cerrazón. Unos radicales, en definitiva.

El proceso da un giro clave. A partir de junio de 1611 cualquier acusado de brujería es inocente hasta que se demuestre lo contrario, y no al revés. De ahora en adelante cada vez que Valle Alvarado y Becerra aseguren tener encerrado a un brujo o a una bruja, la Suprema de la Inquisición exigirá que demuestren empíricamente la acusación.

Mientras tanto Salazar descubre, durante su viaje proclamando el Edicto de gracia, una verdad tan siniestra como predecible: muchas acusaciones por brujería tenían como único fundamento una enemistad personal previa entre la persona acusada y su acusador.

A partir de junio de 1611 cualquier acusado de brujería es inocente hasta que se demuestre lo contrario, y no al revés.

En 1612 el inquisidor Salazar regresa a Logroño. El informe que ha escrito durante el viaje tiene 11.200 páginas. Argumenta que el problema de la brujería, de existir uno, no reside en los supuestos brujos sino en los predicadores que advierten contra su presencia.

Finalmente, en 1614, la Suprema de la Inquisición se pronuncia sobre el informe de Salazar. Dicho pronunciamiento ocupa 18 páginas y se titula Instrucciones. En él se dice que, efectivamente, lo sucedido en la montaña vasco-navarra ha sido una ida de olla que ha acarreado unas consecuencias terribles y dicta una serie de parámetros para que, en el futuro, no se repita el episodio. Es una carta llamativamente tibia dados los acontecimientos que comenta pero, como dice el refranero castellano, menos da una piedra.

Cuatro siglos después: “El pueblo de las brujas”

Zugarramurdi no ha cambiado demasiado en los últimos 400 años. Es cierto que a la entrada del pueblo –llegando desde Francia– el visitante se topa con tres aparcamientos y un restaurante de tamaño considerable recubierto por cristaleras. Pero quitando eso, el asfalto de la carretera y los tractores que trabajan las praderas circundantes, la postal que uno se encuentra hoy no es muy diferente a la que se encontraron los agentes de la Inquisición que se infiltraron en el pueblo en 1609. Es más: el número de habitantes sigue siendo prácticamente el mismo (y en ningún caso supera los 250 vecinos).

Tampoco parece haber cambiado demasiado la imagen que se tiene del sitio; si en aquel entonces el pueblo fue señalado por los inquisidores como un lugar maldito en donde se convivía con lo demoníaco hoy Zugarramurdi atrae a más de 100.000 turistas anuales que lo único que quieren es hacerse una foto en “el pueblo de las brujas”.

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La aldea de Zugarramurdi vista desde una colina próxima. El lugar no ha cambiado mucho en los últimos 400 años. | Foto: Borja Bauzá | The Objective.

La pregunta es: ¿qué opinan las gentes del lugar?

Hablar con los nativos cuesta lo suyo. No parecen desagradables, pero cualquier interactuación con el forastero viene cargada de desconfianza y resignación. Algo que se entiende perfectamente si uno consigue que compartan su opinión y sus vivencias.

“Hasta hace 30 años lo de las brujas era un tema tabú”, explica una muchacha de mediana edad que no le quita ojo a la riada de turistas que va camino de la famosa cueva de Zugarramurdi; una cueva donde, según la leyenda, se organizaban los aquelarres. “Yo con mis padres, por ejemplo, nunca hablaba de eso”, añade. La chica explica que los primeros vecinos en mostrar interés por el episodio lo hicieron gracias a una serie de personas que comenzaron a dejarse caer por allí con ganas de indagar en lo sucedido. Eran los años 90. “Lamentablemente –agrega la mujer– cuando en el pueblo algunos empezaron a preguntarse por aquello ya se había perdido un montón de información”.

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Aquelarre en las cuevas de Zugarramurdi en 1998. | Foto: Pablo S. Quiza vía Wikipedia bajo Licencia CC BY-SA 3.0

No pasó mucho tiempo antes de que los visitantes pasasen de ser unos pocos, y genuinamente interesados en la caza de brujas de 1610, a ser millares con un interés meramente lúdico-festivo: ponerse hasta las trancas en la llamada “fiesta del aquelarre” que comenzó a celebrarse todos los meses de junio en la mítica cueva. La performance llegó a congregar a más de 10.000 personas con el consiguiente shock de los vecinos; el dinero que dejaba toda esa gente era más que bienvenido, sí, pero lo de que aquello pareciese el holocausto zombie durante semana y media no terminaba de sonar del todo bien.

Con los años Zugarramurdi logró quitarse de encima al ‘turista de desfase’ y volvió a proyectarse como un lugar de interés cultural. El problema –o quizás sea una ventaja– es que uno se pasea por el pueblo con la sensación de que allí cada uno piensa una cosa diferente sobre la brujería.

En la Venta Ansalas, un bar situado frente a la iglesia, la parafernalia es propia de Halloween. Los souvenirs que se ofertan –y que van desde pegatinas hasta camisetas pasando por figuritas, agendas y almanaques– giran en torno a la versión de la bruja que monta sobre una escoba y sale por las noches a hacer barrabasadas. También en esa línea se presenta un restaurante llamado Graxiana. El local se anuncia como “el albergue de las brujas” y en su menú encontramos el plato “akelarre”, el plato “encantado” (sorgindutako) y el plato “infierno”; filete de ternera, alas de pollo y dorada a la plancha, respectivamente.

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Fachada del Museo de las Brujas de Zugarramurdi. | Foto: Borja Bauzá | The Objective.

Enfilando hacia las afueras está el Museo de las Brujas. El sitio fue levantado hace década y media gracias a una iniciativa de la gente del pueblo y su misión es poner en su justo contexto los acontecimientos ocurridos a principios del siglo XVII. Una misión que la primera planta, donde se explica que las brujas nunca existieron y que aquella persecución fue el resultado de la empanada mental que arrastraban los inquisidores de Logroño, cumple con creces. El problema llega cuando uno accede a la segunda planta, construida con posterioridad, y se da de bruces con una oda a la naturaleza muy extraña que puede llegar a interpretarse como un mensaje en positivo. A saber: que quizás las brujas sí existieron pero que en tal caso nunca fueron como las pintaba la Inquisición. No es de extrañar, por tanto, que el libro de visitas del museo parezca el cuadernillo de un frenopático con tanto mensaje contrapuesto; los viscas a Cataluña (tras interpretar la persecución de las brujas como una persecución política) y los guiños al feminismo (tras interpretar que el nacional catolicismo de la época persiguió a mujeres por el mero hecho de ser libres) se alternan con mensajes diciendo que menudo pueblo tan bonito y con otros quejándose del precio de la entrada (“4,50, no me jodas!”).

La impresión que uno se lleva al abandonar Zugarramurdi es que, como dice Azurmendi, la “brujería resulta ser un comodín del pensamiento”. Es decir: un concepto que cada uno utiliza como más le conviene. Para algunos la bruja es una mujer malvada; una histérica peligrosa. Para otros la bruja es la mujer emancipada; una libertaria en un mundo gobernado por la misoginia. Luego hay quien ve en ella al disidente político de toda la vida. Y, por supuesto, nunca falta el freak que se lo toma todo al pie de la letra y considera que el mundo sería mejor si estuviese plagado de seres imaginarios.

Pero en el caso que nos ocupa no hubo ni aquelarres, ni brujas, ni disidentes. Lo que hubo fue una masacre de inocentes motivada por la estupidez y la falta de escrúpulos de una clase dominante supuestamente ilustrada.

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