The Objective
Opinión

Felipe VI en México y la obligación de estar por encima de las trincheras

«Hará lo que tiene que hacer un rey y no lo que hacen los políticos, que es azuzar a su electorado buscando los votos»

Felipe VI en México y la obligación de estar por encima de las trincheras

El rey Felipe VI. | Diego Radamés (EP)

Los historiadores asistimos desde hace años, y especialmente desde ambos lados del Atlántico, a una especie de guerra sentimental alrededor del pasado que no está conduciendo a nada bueno. Mucho ruido, muchas consignas, muchos discursos políticos convertidos en titulares virales y, sin embargo, muy poco conocimiento histórico real.

La noticia de que Felipe VI acudirá a México para apoyar a la selección española durante el Mundial ha sido interpretada inmediatamente en clave política, para sorpresa de nadie. Hay quienes verán detrás la mano de Pedro Sánchez; otros lo considerarán una cesión ante Claudia Sheinbaum; algunos lo leerán incluso como una forma de «normalizar» tensiones diplomáticas recientes. Pero quizá convendría recordar algo elemental: los gobiernos son efímeros; las naciones, no. Sánchez se irá y Sheinbaum también. Felipe VI seguirá siendo rey de España y México continuará siendo una nación fundamental para España por historia, lengua, economía, cultura y vínculos humanos.

Precisamente por eso la monarquía debe actuar de forma distinta a los gobiernos. Mucho más elevada y desde luego mucho más prudente que esto empieza a parecer el patio de un colegio inundado de hormonas adolescentes. Lo lógico es que se lleve todo por el cauce de poca contaminación por la pelea partidista inmediata. Y en ese sentido creo sinceramente que el Rey hace bien aceptando la invitación y viajando a México. Porque las relaciones entre dos países con siglos de historia compartida no pueden quedar secuestradas por la bronca política del momento. Simplificando, esto es como claudicar y, el día de la comunión de tu hija y aunque te lleves mal con tu suegra, haces la vista gorda y te sientas a comer en la misma mesa. Porque prevalece el acto de tu hija sobre tu particular guerra con la madre de tu pareja. Se llamaba sentido común. Ahora se llama equidistancia. Curiosa manera de querer andando todo el día guerreando. ¡Qué necesidad!

El problema es que llevamos demasiado tiempo utilizando la historia como un arma arrojadiza. Y lo peor es que lo hacen prácticamente todos. La izquierda y la derecha. España y México. Los nacionalistas y los supuestos defensores de la unidad nacional. Cada uno escoge fragmentos del pasado, los simplifica, los adapta a su marco ideológico y los convierte en munición política. Y aquí paz, pero no después gloria, sino confusión y una mezcolanza absurda. 

No aplaudí las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso durante su viaje a México y tampoco lo hago ahora. Entre otras cosas porque, en su intento de responder al relato indigenista y victimista de ciertos sectores mexicanos, terminó cayendo también en simplificaciones históricas nada rigurosas. Decir que México no existía antes de la llegada de los españoles es una afirmación profundamente imprecisa. Claro que existían civilizaciones, estructuras políticas y culturas complejísimas antes de 1521. Otra cuestión diferente es que el actual Estado mexicano naciera en 1821 tras independizarse de España y que durante tres siglos aquel territorio formara parte del Virreinato de Nueva España. Pero precisamente porque la historia es compleja, conviene huir de frases grandilocuentes que solo sirven para encender más el debate. Y, si no es mucha molestia, conviene hablar con claridad y datos, lo mismo que se le pediría a un médico… por ejemplo. 

Tampoco comparto algunas afirmaciones que he escuchado al historiador y divulgador Juan Miguel Zunzunegui, cuya labor divulgativa me parece valiosa en muchos aspectos. Por ejemplo, cuando sostiene que Isabel la Católica prohibió la esclavitud indígena. La realidad histórica es más matizada. Isabel expresó en su famoso codicilo testamentario la voluntad de que los indígenas fueran tratados bien y considerados súbditos de la Corona, pero aquello no constituyó una abolición legal total y tajante de la esclavitud indígena. De hecho, aunque la esclavitud fue progresivamente limitada y combatida desde muy temprano en comparación con otras potencias, existieron excepciones legales. Los caribes fueron esclavizados en determinados contextos desde 1569; los mindanaos en Filipinas desde 1570; y los araucanos tras la rebelión mapuche de 1608.

Precisamente ahí está el problema de fondo: cuando convertimos la historia en propaganda, dejamos de explicar matices y empezamos a fabricar relatos morales simples. Héroes perfectos frente a villanos absolutos. Buenos y malos. Civilización frente a barbarie. Y la historia no funciona así.

Pero también tengo para el otro lado, que no es escaso en hacer exactamente lo mismo. Hace unos días leía en Babelia un artículo de Ángel Munárriz sobre Hernán Cortés y el uso político del pasado por parte del PP y Vox. El texto criticaba precisamente la instrumentalización ideológica de la historia. El problema es que terminaba cayendo parcialmente en aquello mismo que denunciaba: utilizar el pasado desde una mirada política contemporánea. Y aquí conviene hacer una distinción importante que en España parece molestar muchísimo: no todo el que escribe sobre historia es historiador. No todo el que lee historia sabe de historia; no todo el mundo que escucha podcast (o los hace) de historia sabe de historia. No pasa nada por decirlo. Igual que no todo el que opina sobre medicina es médico, aunque con la medicina se atreven pocos. El conocimiento histórico exige método, contexto, manejo de fuentes, a veces complejísimas y, sobre todo, una enorme prudencia moral a la hora de juzgar épocas completamente distintas a la nuestra.

La historia no está para darnos lecciones morales adaptadas a nuestras ideologías actuales. La historia no es un púlpito político; su función no es confirmar nuestras posiciones partidistas. La historia intenta, humildemente, comprender cómo pensaban, actuaban y vivían quienes estuvieron antes que nosotros. Contextualizar no significa justificar. Pero condenar permanentemente el pasado desde parámetros actuales tampoco ayuda a comprenderlo.

Tanto en España como en México, algunos sectores políticos parecen necesitar emocionalmente esta batalla constante sobre el siglo XVI. Unos para alimentar discursos victimistas nacionales; otros para construir un relato patriótico simplificado y reactivo. Mientras tanto, los historiadores seguimos intentando recordar algo bastante menos espectacular pero probablemente más útil: que el pasado fue complejo, contradictorio y profundamente humano.

La conquista de México no fue un cuento infantil de héroes y demonios. Hubo violencia, abusos, epidemias y destrucción, por supuesto. También alianzas indígenas masivas con los españoles, construcción institucional, mestizaje, evangelización, universidades, imprentas y una realidad virreinal enormemente sofisticada durante tres siglos. Reducir todo aquello a «genocidio» o, en el extremo contrario, a una empresa puramente civilizadora es falsear la historia por motivos ideológicos.

Quizá por eso la presencia de Felipe VI en México tiene un valor simbólico interesante. No porque vaya a resolver ningún conflicto historiográfico, evidentemente, sino porque representa otra manera de entender las relaciones entre países. Más serena, más diplomática y más consciente de que las naciones maduras no pueden vivir eternamente enfadadas con su pasado. Felipe VI hará lo que tiene que hacer un rey y no lo que hacen los políticos, que es azuzar a su electorado buscando los futuros votos.

España y México están condenados —afortunadamente— a entenderse. Comparten lengua, millones de vínculos familiares, inversiones, cultura e historia. Muchísima historia. Demasiada como para reducirla a consignas políticas de corto recorrido. La labor de los historiadores no consiste en alimentar trincheras ideológicas, sino precisamente en desmontarlas.

Publicidad