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Alberto Garzón: Periquín en el ministerio

«No deja de ser paradójico que un ministro sea quien decida si debe dimitir o que por el contrario el jefe del Ejecutivo, en su capacidad precisamente de máxima autoridad del Gabinete, lo destituya»

Alberto Garzón: Periquín en el ministerio
Alberto Garzón, ministro de Consumo.|Europa Press

Cada vez que habla sube el pan, como se dice popularmente. Alberto Garzón (Logroño, 1985), el joven ministro comunista de Consumo se ha convertido en la bestia negra del sector ganadero por sus polémicas declaraciones sobre las macrogranjas contaminantes como antes lo fue del hostelero y turístico, del azucarero o el del juego. Recuerdan sus salidas de pata de banco a esa exitosa serie de mitad de los cincuenta y sesenta que emitía la Cadena SER, Matilde, Perico y Periquín, una familia media tradicional en la que padre y madre trataban de aparentar ante los vecinos lo que en realidad no eran, pero el niño, torpe o conscientemente, decía su verdad, aquella que no se podía pronunciar, y creaba una situación ridícula y muy embarazosa para sus progenitores.

Garzón es algo así. Es un Periquín a quien por aquello de las cuotas de Unidas Podemos le crearon un ministerio, el de Consumo, carente de competencias y que podía tener la categoría de una dirección general o al máximo una secretaría de Estado, cuando se formó el gobierno de coalición ahora hace justamente dos años. El fundador de Podemos, Pablo Iglesias, le birló su aura de político mejor valorado cuando era coordinador federal de Izquierda Unida. Le engatusó con lo que se denominó el pacto del botellín, es decir, una reunión al calor de un bar madrileño con un par de cervezas de por medio, para aceptar que su formación, que hasta entonces era el tercer grupo después de populares y socialistas, constituyera una alianza de izquierda (Unidas Podemos) e ir juntos en las elecciones generales de 2016. La fórmula le salió bien a Iglesias, pero dejó a Garzón como un vulgar figurante. Él sigue creyendo en el comunismo y piensa que tiene sentido hoy en día ser comunista siempre que exista el capitalismo, modelo que él califica como un sistema amoral regido sólo por el beneficio.

El hoy ministro de Consumo no es un cretino ni un ignorante que desconoce de lo que habla, como estos días a raíz de su entrevista en el diario británico The Guardian le han tildado prácticamente desde todos los ámbitos, y naturalmente el primero el ganadero. Lo que le falla a Garzón, economista de formación y educado en Málaga, es su manera de decir las cosas. Opina con atrevimiento, como lo hacía el niño de aquel maravilloso programa radiofónico de los cincuenta y sesenta. No calibra bien las palabras y todo lo que sale de su boca lo exagera, lo explota y lo distorsiona, porque antepone lo que no se debe destacar de lo que sí. Es chirriante. Y lo que es peor: como buen tímido orgulloso, pertenece a la cofradía de sostenella y no enmendalla. Tras el ruido de sus palabras al opinar que las macrogranjas industriales producen carne contaminante, Garzón asegura que sus manifestaciones (acusa, por otro lado, al periodista de haber cortado parte de la entrevista) las ha hecho como ministro y no a título particular. Lo que opina el ministro lo piensan grupos ecologistas y ganaderos tradicionales sobre las macrogranjas industriales, pero su manera de decirlo que puede inferir que la carne que se exporta no es de primera calidad es lo que ha desatado la tormenta. Él afirma que el ruido viene de la ultraderecha y de los lobbies controlados por las macrogranjas.

El Gobierno, y sobre todo los ministros socialistas empezando por el de Agricultura, Luis Planas, se han desmarcado inmediatamente de lo que él declaró al rotativo británico. Algunos barones del PSOE como el presidente de Aragón, Javier Lambán, han exigido su dimisión. «El señor Garzón habló a título personal y es él quien tiene que decidir si debe dimitir», ha afirmado la ministra portavoz, Isabel Rodríguez. En principio, ella sabe que no lo hará. Que recibirá una reprimenda de papá y mamá y hasta la próxima.

Cual Periquín en el Ministerio de Consumo tiene como uno de sus estandartes la batalla contra el alto nivel de consumo de carne en España y sus consecuencias para la salud y la crisis climática. Siempre observa, en concordancia con los juicios científicos sanitarios y grupos ecologistas, que los españoles comen demasiada carne. Eso mereció un comentario irónico no hace mucho del propio Sánchez: «A mí donde me pongan un chuletón al punto… Eso es imbatible».

No deja de ser paradójico que un ministro sea quien decida si debe dimitir o que por el contrario el jefe del Ejecutivo, en su capacidad precisamente de máxima autoridad del Gabinete, lo destituya. Garzón, en otras declaraciones muy de su estilo, dijo no hace tiempo que su jefe no era Sánchez sino el Gobierno en su conjunto.  

Todo parece indicar que en contra de lo que están pidiendo ganaderos, oposición y muchas voces importantes del PSOE, Alberto Garzón no va a ser destituido por Sánchez ni eso lo apoyarían sus colegas podemitas. La vicepresidenta Yolanda Díaz no se ha desmarcado de sus comentarios. Quizá se le aísle como si fuera un virus nocivo. Y eso aún a pesar del grave perjuicio que sus palabras van a causar a los socialistas y a los podemitas en las elecciones de Castilla y León el próximo 13 de febrero.

Fue el presidente regional, Alfonso Fernández Mañueco, quien alertó a principios de este mes de la entrevista en The Guardian. Ésta fue publicada el pasado 26 de diciembre. Sorprenden varias cosas. La primera, que nadie alertara desde esa fecha hasta el 4 de enero del hecho, ni siquiera el departamento de comunicación del ministerio. Ningún medio regional o nacional vio o prestó atención a las manifestaciones del ministro, lo cual pone de relieve el escaso interés que merece todo aquello que sale de la boca de Garzón. Otra garzonada, se dice con ironía en los medios. Y la segunda, que un diario británico quisiera realizar una entrevista a un ministro sin peso ni influencia política, un ministro que en las encuestas figura como el peor valorado. Quien se la hizo fue el corresponsal del diario británico, afincado en España desde hace tiempo. Desconozco cómo surgió la idea, pero me sorprende mucho que un medio británico se interese por las actividades de Garzón.

El ministro sabe perfectamente que está completamente desprestigiado públicamente y hasta aislado dentro del Gobierno. En circunstancias normales otro habría sido ya destituido. Pero todo lo que sucede en la coalición de socialistas y podemitas entra en la categoría de lo anormal, de lo peculiar. No es una coalición al uso. A veces recuerda aquellas gigantescas coaliciones italianas de los sesenta y setenta en las que todo estaba muy medido en función de las diferentes corrientes democristianas.

La crisis (mini, en principio) que ha causado Garzón muestra por si no hubiese quedado claro antes que hay dos gabinetes dentro del Ejecutivo: el de Sánchez y los ministros del PSOE y el de Yolanda Díaz y los otros cuatro del lado morado. Ahora que ya no está Iglesias el gabinete podemita, con la excepción de la vicepresidenta Díaz, ha quedado convertido poco más o menos en un grupo de tertulianos, que se permiten hablar de todo, cuestionar todo, proponer legislación que seguramente no llegará nunca a buen puerto y engordar su currículo como ministros y ministras de España. En ese sentido Sánchez ha sido hábil segándoles la hierba. Les deja hablar como si fueran Periquín antes que ese Pepito Grillo que representaba el fundador de Podemos. Los sustos aquellos de Iglesias cuestionando la monarquía, asegurando que  había presos políticos o que había que concederles a los catalanes un referéndum sobre la autodeterminación son ahora menos impactantes y el master of Universe monclovita los recibe con la auctoritas de dos años y medio en el poder. 

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