Historiar con calidad

Miguel Herrero de Jáuregui

Miguel Herrero de Jáuregui

Profesor de Clásicas en la Universidad Complutense de Madrid

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con la colaboración de

Cuando recibió el Nobel, Vargas Llosa pronunció un discurso memorable, Elogio de la lectura y la ficción, en el que decía: “Gracias a la literatura desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas”. Y así es: atendiendo al origen de las palabras, poeta es “hacedor”, historia es “indagación”, narrar es “conocer”. Las etimologías atestiguan que en su raíz profunda, el contar es un modo privilegiado de aprehender la propia experiencia. Hoy el término que prima en español es el relato, un participio latino que significa “lo acarreado”: la comunicación y transmisión de la experiencia, tan importante como su comprensión directa y formulación primigenia. Ahora bien, los términos en boga crecen como las burbujas y suelen acabar como ellas.

“La selección encuentra su relato”, “Europa carece de relato”, “que ETA no gane el relato”, “Trump prepara su relato”, y más frases similares circulaban sin control y a velocidad desbocada a mediados de noviembre en tertulias y periódicos de izquierda, derecha y centro. Ni en los libros para políticos y directivos, ni en las conferencias de gurús de la comunicación, falta ya nunca el capítulo sobre la necesidad del relato. La relatofilia, por no decir relatofagia, lo conquista todo. Cuando hace poco me sorprendí pensando que a los huevos revueltos del desayuno quizá les faltaba relato, me di cuenta de que la palabra es ya insalvable. Pero lo que hay detrás del término aún se puede preservar del destino terrible de los hallazgos demasiado exitosos, convertirse en clichés antes de haber llegado a ser verdades.

La nueva moda, como tantas veces sucede, proviene del entusiasmo por un descubrimiento cierto. Hasta hace pocas décadas, el discurso narrativo era secundario, siempre subordinado al modo descriptivo que permitía conocer con objetividad: un cuento era un entretenimiento escapista; un ejemplo para ilustrar con emoción la argumentación racional; un modo de conocimiento infantil y primitivo, y a lo sumo, un talento artístico al alcance de unos pocos genios. Marcados por el hito inaugural de la filosofía y la ciencia occidentales, aquel famoso “todo es agua” de Tales de Mileto frente al “Océano es el padre de todas las cosas” de Homero que pasaba del lenguaje mítico al lógico, concebíamos el progreso humano como avance de la ciencia objetiva frente a la narración fantasiosa, subjetiva y, a la postre, falsa.

Ni en los libros para políticos y directivos, ni en las conferencias de gurús de la comunicación, falta ya nunca el capítulo sobre la necesidad del relato.

Pero hoy sabemos, con el respaldo de neurólogos, lingüistas, antropólogos, terapeutas, historiadores, informáticos y muchas otras ciencias respetables, que la narración no es un modo infantil de aprehender la realidad que debe ser superado por la adultez racional, ni mucho menos es sentimiento frente a intelecto. Contar y escuchar historias es en los seres humanos parte innata de la comprensión del mundo y la comunicación, complementario al modo descriptivo, lógico y argumentativo. El modo narrativo se distingue del descriptivo, pero no se opone a él, sino que busca en la realidad sentido, personajes con voluntad, conflicto y resolución. El mito busca las contradicciones que rehúye el logos. En “Juan es arquitecto” o “Pedro bebe agua” hay una descripción. En “Juan es Pedro”, o “bebe agua envenenada” hay un conflicto que suscita la curiosidad por conocer qué sucede y cómo se resuelve, y por tanto una narración en potencia. La diferencia entre descripción y narración no está en los polos verdad-falsedad, objetividad-subjetividad o intelecto-pasión, sino en la explicación frente al interrogante.

Ahora bien, del desprecio de la narrativa se ha pasado a encumbrarla como una técnica de persuasión que la convierte en puro instrumento. La nueva conciencia del poder del relato en la mente humana ha provocado una verdadera eclosión de historias a todos los niveles. Pero demasiadas veces se concibe el storytelling como estrategia de márketing con las que los contadores de historias hechizan a los pasivos oyentes y les hacen consumir, votar o pensar lo que los contadores quieren: visión reduccionista y banal de los aspirantes a hacerse con un recetario de liderazgo en un cursillo semipresencial. La narratividad no es un arma que unos poseen y otros no, sino que es parte de nuestra naturaleza pensante y social. Que toda persona comprende y comunica en historias el cosmos circundante, incluido su propio yo como personaje, es una certeza cuya traslación es mucho más amplia que una técnica retórica.

Por la misma razón, también se toma el relato como un instrumento de construcción de identidades colectivas en torno a una ideología. Como resultado de la traducción del inglés narrative, relato se hace equivaler a una idea vaga, a menudo trufada de falsedades o al menos medias verdades, que se repite como argumento reivindicativo. El relato de la derecha o la izquierda, el relato de los nacionalistas, de las víctimas, de los inmigrantes, de los terroristas, de Europa. A cualquier ente colectivo se le adscribe un relato o se le reprocha que carezca de él. Se habla con facilidad pasmosa de relatos dominantes y alternativos, de relatos que hay que sostener o combatir. Pero la función principal de una historia no es encarnar principios abstractos, del mismo modo que la música o la pintura no surgen para ilustrar textos (aunque puedan hacerlo con brillantez). De una historia puede desprenderse valores nítidos o moralejas, pero con mucha mayor frecuencia habrá colisión de personajes con luces y sombras, ambigüedades y contradicciones.

La narratividad no es un arma que unos poseen y otros no, sino que es parte de nuestra naturaleza pensante y social.

En realidad, ambos excesos son usos romos del storytelling como una técnica para adornar y transmitir mejor una idea previamente concebida: es decir, lo siguen viendo en el fondo como mero pathos y excluyen al logos y al ethos del ámbito narrativo. Pero igual que la narratividad humana no es mero cuento para evadirse, tampoco se puede reducir a técnica para vender, ni imagen para ilustrar. No es un mecanismo para lograr un fin, sino que pertenece a nuestra especie como rasgo especialmente distintivo. Otras especies tienen formas muy evolucionadas de lenguaje, pero solo el homo sapiens, todos y cada uno de sus individuos, crea y busca historias sin cesar. Como la sociabilidad, la comida o el rito, historiar pertenece a nuestra más honda esencia. Somos seres narrativos, destinados a contar y ser contados. El conflicto es innato a nuestra condición, y dar a cada conflicto una forma determinada en el marco de una historia nos permite darle sentido, comprenderlo, resolverlo o sobrellevarlo. La ficción, en palabras de Samuel Johnson, nos permite “disfrutar mejor la vida, o soportarla mejor”. O como decía, de nuevo, Vargas Llosa, “multiplica las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación”.

Todo ser humano, sépalo o no, rompe las barreras físicas de la materialidad inmediata con su imaginación narrativa, creadora y receptora, contando y escuchando. Ahora bien, igual que hay alimentos, música y formas de sociabilidad mejores y peores, más o menos adecuadas para el cuerpo y la mente, también hay ficción de mayor y menor calidad. No educan igual nuestra capacidad narrativa, de contar y escuchar, Madame Bovary y la revista del corazón, la Odisea y el videojuego, Shakespeare y la Isla de las Tentaciones, Cervantes y el argumentario de la semana. Y no escojo estos casos para ilustrar un tópico sermón sobre el valor de los clásicos ni despreciar tantas series y películas de altísima calidad, sino por señalar con ejemplos obvios las diferencias de profundidad, complejidad y capacidad de estimular nuestra mente.

La atención a la calidad de las historias permite escuchar una conversación, leer una novela, o ver una película de un modo más hondo y fértil. Ser consciente de la diversidad de puntos de vista, de la tensión que anuda los conflictos, de la construcción de personajes en tantas situaciones de la vida, permite criticar y disfrutar los discursos políticos, las relaciones humanas, las artes discursivas y plásticas. Y por supuesto, permite contar sin autoengaños, divagaciones, estereotipos, o pura confusión. La capacidad narrativa no lo es todo, ni llave mágica a un conocimiento superior, pero permea buena parte de la comunicación humana, y de nosotros depende saber darle altura y profundidad. Saber descifrar las historias del mundo no es volver a una gnosis neomítica, sino aprovechar las posibilidades del modo humano de conocer el cosmos.

Huyamos pues del prontuario de tópicos para las tertulias, del relato como recurso fácil de evasión, como técnica de venta de productos para consumir o votar. Esforcémonos en historiar y escuchar las historias de otros con la vista puesta en el conflicto narrativo que suscita interés e interrogantes, sin estereotipos ni moralinas en los personajes, con la conciencia de que el punto de vista puede y debe cambiar. Aprendamos a historiar con calidad.

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Miguel Herrero junto a Aspen Institute España y The Objective te invitan a la primera edición del curso Storytelling, el arte de contar historias. En este vídeo te contamos el propósito de este taller en el que aprenderás a desarrollar tu capacidad narrativa para contar y analizar historias.

Más información e inscripciones: ethos@theobjective.com