Portillo de Toledo apenas supera los 2.000 habitantes. Sin embargo, desde este pequeño municipio castellano se distribuye ropa deportiva a más de 120 países. Detrás de esa historia está Fructuoso López, ‘Fortu’, fundador de Joma, una empresa que hoy factura cientos de millones y vende una prenda cada pocos segundos. Pero el origen de todo fue mucho más humilde: un niño que empezó trabajando como ayudante en el campo y aprendió el oficio de zapatero casi por necesidad.
De pequeño, Fructuoso recorría los caminos con apenas seis o siete años llevando agua y comida a los jornaleros. «Trabajaba ya de niño… no tenía más remedio, pobrecito», recuerda una familiar. Aquella infancia marcada por el esfuerzo acabaría definiendo el carácter de quien levantaría décadas después una de las grandes marcas deportivas españolas.
De zapatero a empresario
El primer paso fue aprender el oficio. De adolescente empezó en el taller de un zapatero del pueblo. Con el tiempo se formó en patronaje por correspondencia y, tras cumplir el servicio militar, encontró trabajo en una fábrica madrileña que fabricaba botas de fútbol. Allí ganó su primer sueldo estable, pero pronto decidió dar el salto por su cuenta.
«Empezó la zapatería en un doblado de la casa de mi madre», explica su hermana. Era el inicio de una aventura empresarial que crecería con una lógica sencilla: reinvertir todo lo que se ganaba. «Si ganaba un euro, lo volvía a meter en la empresa para crecer y crecer», recuerda.
La decisión clave llegó con apenas 22 años. López compró una pequeña fábrica en Fuensalida y amplió la producción. A partir de ahí comenzó a fabricar calzado deportivo. Así nació Joma, que con el tiempo se convertiría en una de las marcas más importantes del sector en España.
Una multinacional que sigue en el pueblo
La empresa nunca abandonó su origen. A pesar del crecimiento internacional, la sede sigue en Portillo de Toledo. La compañía ha recibido ofertas para trasladarse a otros lugares, pero la familia siempre se ha negado. «Ellos dicen que quieren seguir aquí en su pueblo», explican vecinos. El impacto ha sido evidente: cientos de familias viven hoy directa o indirectamente de la empresa.
El propio Fructuoso López, ya octogenario, continúa acudiendo a la fábrica. No le atrae la idea de retirarse ni de cambiar su estilo de vida. «La vida es levantarse cada día con ganas de hacer cosas», asegura. «Yo vengo a la empresa con esa ilusión desde que llego hasta que me voy por la noche».
La compañía se ha convertido en un negocio familiar. Los hijos participan en la gestión y la tercera generación ya empieza a incorporarse. Uno de ellos reconoce que el fundador sigue siendo el gran referente dentro de la empresa. «Siempre está pensando en cómo mejorar, en qué hacer nuevo», explica. «Lo que sabe de marketing, comunicación o redes sociales a mí todavía me sorprende».
Hoy Joma es una empresa global. Desde sus instalaciones salen decenas de miles de prendas cada hora, la marca patrocina a deportistas y selecciones internacionales y su producción se distribuye por todo el mundo. Pero en Portillo de Toledo muchos siguen viendo en la compañía algo más que un negocio: el ejemplo de cómo una empresa familiar puede transformar la economía de un pueblo y proyectar su nombre mucho más allá de sus fronteras.
