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Combustibles renovables, la carrera industrial que Europa no puede perder

La nueva regulación ha puesto en marcha el mercado, pero no ha resuelto todavía la parte más difícil: levantar la capacidad industrial que tendrá que abastecerlo

Combustibles renovables, la carrera industrial que Europa no puede perder

Europa ya no discute solo cómo descarbonizar su economía. Discute algo más incómodo: ¿quién va a fabricar, dentro de sus fronteras, los combustibles que necesitará su tejido productivo durante las próximas décadas?

La regulación ha empezado a moverse antes que la oferta. FuelEU Maritime, ReFuelEU Aviation y la nueva Directiva de Energías Renovables (RED III) han convertido los combustibles renovables en una obligación creciente para navieras, aerolíneas y refinerías. Algunos países europeos, como Alemania, ya están avanzando en la adaptación de sus marcos nacionales para activar esa demanda, mientras España sigue pendiente de cerrar una transposición clave para dar certidumbre a los proyectos y a los compradores. Lo que antes podía presentarse como una decisión voluntaria de sostenibilidad empieza a entrar en la cuenta de resultados, y quien no incorpore combustibles renovables tendrá que asumir el coste de no hacerlo.

«Lo que está cambiando es la naturaleza del riesgo. Hace unos años la pregunta era si estos combustibles funcionarían. Hoy la pregunta es quién será capaz de producirlos con la escala, el coste y la trazabilidad que se exigirá antes de 2030. La tecnología importa, pero el verdadero filtro va a ser la ejecución industrial», afirma Yann Dumont, CEO de Reolum.

Yann Dumont, CEO de Reolum.

La nueva regulación ha puesto en marcha el mercado, pero no ha resuelto todavía la parte más difícil: levantar la capacidad industrial que tendrá que abastecerlo. Entre una obligación europea y una planta operativa hay varios años de ingeniería, permisos, financiación, compras de equipos y contratos con clientes. Para una naviera o una aerolínea, además, no basta con que exista un proyecto. Necesita saber cuánto producto tendrá disponible, a qué precio y con qué garantías de entrega.

En ese mapa, España empieza a aparecer con ventaja. No solo por el recurso solar y eólico, sino por una combinación menos frecuente, suelo industrial, conocimiento técnico, puertos, conexiones logísticas y comarcas que ya tienen cultura energética. La electricidad pesa mucho en el coste de un combustible sintético, así que producir donde la renovable es abundante puede marcar la diferencia. La cuestión es si el país será capaz de convertir esa ventaja natural en plantas construidas, contratos firmados y actividad industrial real.

La Robla Green, en León, resume esa oportunidad. El proyecto combina biomasa, captura de CO₂ biogénico, hidrógeno renovable y síntesis de e-Metanol en un mismo complejo. La Instalación prevé producir 140.000 toneladas anuales de e-Metanol verde en una comarca marcada por la antigua actividad minera y térmica. No es solo una planta energética. Es una prueba de que la transición puede convertirse en industria, empleo cualificado y cadena de valor local.

«Yo no creo en una transición energética que se mire solo desde Bruselas o desde los mercados. La geopolítica nos está diciendo algo bastante simple, que, si Europa no fabrica sus propias fuentes, seguirá dependiendo de otros. Pero fabricar aquí no puede significar aterrizar en un territorio, usar sus recursos y marcharse. En lugares como Castilla y León, la transición tiene que dejar riqueza, conocimiento y una razón para que la siguiente generación se quede», sostiene Yann Dumont.