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Jenny Diski desmitifica los años 60

Saioa Camarzana

Foto: Wikicommons
Wikimedia

Jenny Diski, periodista y escritora, fue adolescente en la década de los 60. Esa época de liberación en la que los jóvenes se dejaron llevar por el ímpetu del cambio, el fervor de las drogas y el ritmo de la nueva música que les diferenciaba de sus padres. Surgieron Los Beatles, Bob Dylan, Andy Warhol, lucharon contra la guerra de Vietnam, la primera contienda que se televisó, y se preocuparon, mucho más que cualquier otra época anterior, por el yo y por cómo ser visto. La posguerra y la post austeridad trajo, por tanto, “una época para malcriar a los niños… durante un rato. Una época de paz, también, para consolidar el capitalismo”, escribe Diski en Los sesenta, un ensayo autobiográfico que edita Alpha Decay cuando está a punto de cumplirse el primer año de su muerte.

La infancia de la escritora no fue tarea fácil. Su padre engatusaba, su madre se sobrepasaba. Ella, sin escolarizar, acabó en un psiquiátrico en el que conoció a un chaval con el que entabló cierta amistad. De las conversaciones de ese chico con su madre concluyeron que, sin apenas conocer a Jenny, la ‘adoptarían’. Esa mujer era Doris Lessing, futura Premio Nobel de Literatura, y gracias a ella se formó y se forjó una carrera como profesora. Pero entre medias sucedieron los años 60, esa década de gran carga simbólica que se tiende a mitificar y que Jenny Diski define como el inicio del capitalismo y el egoísmo.

¿Cómo defiende esta postura y cómo argumenta su teoría? Muy fácil, aporta hechos. La música contribuía al mercado con las tiendas de discos Virgin, la revista Oz y las listas ‘cool’ de la revista Time Out. La ropa también hizo su parte con la apertura y cierre de boutiques de manera constante, por lo que se “estaba desarrollando una versión acelerada del capitalismo, que funcionaba como lo había hecho siempre”. Pero hubo algo que azotó y aceleró semejante proceso: el arte. “El mundo del arte (a la gente joven que no le apetecía ir a la universidad no le faltaban escuelas de arte y becas para asistir a ellas) se sumó a la fiesta y se le llamó en sí mismo Pop”, adelanta en Los sesenta. Exacto, pop significaba novedad, diversión, frescura. Y si el arte servía para evadirse, en algún momento, de la realidad, el arte se llevaba al comercio. Warhol, Lichtenstein, Hockney, las latas de sopas Campbell… del arte a la ropa y de la ropa a los paños de cocina. Y suma y sigue.

Pero los sesenta también estuvieron marcados por varios golpes como la Crisis de los Misiles entre Cuba y Estados Unidos y la guerra de Vietnam.

“Junto a la rabia y el estilo, la burla era otra forma de identificar quién éramos y quién no”, detalla Jenny Diski.

Además la escritora afirma que en los Estados Unidos ocurrieron cosas extraordinarias: “allí, la gente de nuestra edad había crecido con el simulacro nuclear y había aprendido a encogerse bajo sus escritorios. América se convirtió en sinónimo de violencia y racismo estructural. Kennedy fue asesinado, y luego Martin Luther King, y otro Kennedy, y Malcolm X”.

Jenny Diski desmitifica los años 60

La liberación sexual fue otro de los hitos que se recuerdan de esa época pero para Diski, mirándolo con la perspectiva y la madurez que aporta el tiempo opina que, sí, en su momento la ropa sobraba y quisieron establecer nuevas reglas, “hicimos estragos en las convenciones, pero inventamos convenciones nuevas que nos hacían sufrir igual. La liberación, al menos en su forma sexual, era una nueva forma de moralidad impuesta, igual de restrictiva y que ocasionaba tanta represión como la que acusábamos a la generación anterior”.

Entre los movimientos sociales ocurrió también la liberación gay a finales de la misma década. Pintadas en algunas paredes de Londres que Diski no consigue desentrañar si se trató de una campaña o de un grafitero ensalzando las alegrías de la vida. Lo que sí sucedió fue el Gay Power que “nació para pelear junto a otros grupos perseguidos como los negros, los hispanos y las mujeres, que luchaban por la justicia”. Aunque la propia autora remarca muy bien que aún se sigue luchando contra la homofobia aquella época marcó una liberación genuina. Las actitudes han cambiado, dice, “aunque eso solo implique que los intolerantes tienen que susurrarse su intolerancia unos a otros, ya se puede considerar un logro de verdad, del que la generación de los sesenta puede sentirse orgullosa”.

“La liberación, al menos en su forma sexual, era una nueva forma de moralidad impuesta, igual de restrictiva y que ocasionaba tanta represión como la que acusábamos a la generación anterior”

Con una pluma sencilla y directa Diski va uniendo y relatando la década de los sesenta desde dentro con su pros y sus contras. Todo ello, en cierto modo, cree que ayudó a la proclamación de Margaret Thatcher: “Me opongo a la afirmación de que la generación de los sesenta fuimos responsables de los años de Thatcher, pero a veces no puedo evitar ver cómo, involuntariamente, despejamos el camino a la extrema derecha, pavimentando, con la mejor intención, la carretera al infierno”.

De modo que lo que todos pensamos de una época de liberación absoluta no parece ser la realidad. 40 años más tarde la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres, por los derechos homosexuales, y las minorías en general, siguen teniendo razón de ser y espacio para el debate. Y, además, se siguen librando guerras. Desanimada Jenny Diski opina que “para una década tan conocida por su juventud políticamente radical, sorprende bastante el poco efecto que tuvimos”.

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Ander Izagirre: “No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo”

Jorge Raya Pons

Cada libro de Ander Izagirre es como un respiro: Ander es uno de los últimos románticos del oficio y su voz sirve como luz que guía a los periodistas que vienen. Ander es un hombre humilde que no alardea, que no presume, que ejemplifica el significado de sencillez y que mide cada palabra que emplea. Pero esto lo iremos descubriendo. Porque cuando Ander habla, lo hace con mesura, sereno, aunque poco a poco se suelta, bromea, se confiesa. Su trabajo como periodista es meritorio y valioso, encarna el periodismo de siempre, el que se pierde, el que requiere tiempo y valor y paciencia y un determinado sentido de la responsabilidad que solo se comprende desde la perspectiva del que asume el periodismo como un propósito, como algo más.

Acaba de llegar a las librerías Potosí (Libros del K.O.), un libro que es un reportaje y una novela y que nos abre un mundo minero violento, supersticioso, injusto, donde la explotación y la miseria lo impregnan todo, donde el protagonista es un Cerro Rico que es un infierno en la Tierra.

“Muchas veces los periodistas vemos lo que queremos ver”, me dice Ander. “Yo viajé por primera vez a Bolivia hace siete años para contar el trabajo infantil en las minas. Conocía la situación y fui a buscar una historia. Pero decidí estar un tiempo en el sitio y eso me permitió conocer a más gente, y entonces comenzaron a aflorar otras historias”.

Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)
Un minero boliviano traslada minerales en la mina del Rosario, en Potosi. (Foto: David Mercado/Reuters)

Ander quería explicar qué tipo de mundo conduce a una niña como Alicia, de doce años, a verse obligada a trabajar en una mina en peligro de derrumbe constante, sin seguridad laboral, cobrando un sueldo de miseria, sin cobrarlo, rompiéndose la espalda y renunciando a cualquier futuro. O cómo viven y mueren los tipos sin nombre en las minas, en accidentes o por enfermedades como la silicosis, que a duras penas les permite cumplir los 30 años, descabezando a las familias y dejándolas a merced de los explotadores.

Azarosamente, el cronista encontró otro mundo paralelo que no es noticia, que es ignorado, que las mujeres sufren en silencio y que los niños pronto entienden. Un machismo y una vileza que está profundamente arraigado en el espíritu minero:

“Las noticias eran los derrumbes en la mina, los problemas laborales, pero nunca las palizas, las violaciones incluso dentro de las familias. Eran casos horribles. Yo me metí en un universo minero con unas características bien conocidas: los mineros como héroes, como protagonistas de la lucha política, como huelguistas que acaban con dictaduras, como personajes admirados. Pero me di cuenta de que ese papel de minero duro tiene otra cara. Es alguien que sufre el infierno y que luego se lo hace pasar a otro, al más débil. Ese minero explotado se convierte en explotador y lo paga con el último, que suele ser una mujer o un crío. De esto me di cuenta en el segundo viaje”.

“Alicia es la demostración evidente de que hay lugar para la esperanza”

Ander, con todo, también se esfuerza por mostrar la cara luminosa, el lado amable de ese mundo: si bien hay miseria moral y económica, existen motivos para creer en que nada es para siempre, que hay vida más allá de Potosí, que algunos lo lograrán:

“Alicia es esa demostración evidente de la brutalidad de un sistema, pero también que hay lugar para la esperanza. A mí me asombraba la lucidez y la conciencia política de esta niña, que se organizaba con otras en asambleas de menores trabajadores y que fue hasta el Congreso en La Paz para leerle una carta al presidente, Evo Morales. Es una persona especial, capaz de imaginar una vida distinta. Las madres y los mineros ya están resignados a esa realidad que les ha tocado vivir. Pero esta niña es la que se dice que va a estudiar para conseguir otro trabajo y salir de allí”.

Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)
Varias familias mineras del Potosí, reposando. (Foto: David Mercado/Reuters)

La infancia de Ander no tuvo nada que ver con la de Alicia. Él nació en San Sebastián en 1976, en un lugar y en un tiempo donde todo volvía a ser nuevo; no era San Francisco en los años sesenta pero sí una ciudad que se abría al mundo. Ander adora Donostia y no la ha abandonado nunca. “Yo soy consciente de mi fortuna, más después de viajar por el mundo y ver sociedades tan distintas”, me dice. “He tenido suerte porque podría haber nacido en Berlín en los años 30 o en Níger en cualquier época”. Pero Ander creció en una casa feliz donde la lectura y el ciclismo compartían pasión y espacio.

­“Yo competí en ciclismo hasta los 20 años, el ciclismo me apasiona. Yo creo que de adulto no te puedes enganchar a algo con ese entusiasmo. Cuando me recuerdo de pequeño, me veo leyendo cómics y novelas de Julio Verne. Era la épica que me nutría, las historias que me flipaban. Pero el ciclismo estaba en esa misma categoría, aunque con la ventaja de que yo salía a la calle y Cabestany podía firmarme un autógrafo. Cabestany era mi ídolo, como el capitán Nemo [protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino, de Verne], solo que el capitán no me podía firmar autógrafos”.

Fue un niño muy curioso. Resulta significativo ese afán de coger la bicicleta y marcharse, de viajar, de descubrir, de dejar la mente en blanco y mirar nada más que la carretera y la montaña, sentir los golpes de pedal como las pulsaciones o como respirar: como algo en lo que uno no repara, pero que te mantiene vivo. Luego fue viajando más y más lejos, hasta Bolivia, hasta Groenlandia, de continente en continente, y sin darse cuenta había encontrado aquello que le hacía feliz.

Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)
Portada del último libro de Ander Izagirre. (Fuente: Libros del K.O.)

“Las historias de aventuras que me gustaban de pequeño fueron un primer sustrato, pero luego pude conocer a gente viajera”, ahora habla despacio, como recordando cada momento. “Nada más acabar la carrera me fui en un viaje al punto más bajo de cada continente, aquello fue para mí como un máster. Una vuelta al mundo de la mano de Josu Iztueta, que es un viajero de Tolosa. Para mí eso fue un filón: ahí descubrí cuánto me gustaba viajar, cuánto me gustaba contar historias. Me interesa la variedad de modos de vida que hay en el planeta. ¿Cómo vivirán en Groenlandia?, ¿cómo vivirán en el país más caluroso del mundo? Ahora puedo decir que he estado en esos sitios”.

Pero a veces, le digo, debe ser difícil para uno pasar tanto tiempo fuera, que a uno lo comprenda la familia, los amigos, la pareja. Ander se sorprende: “Tampoco viajo tanto, lo que pasa es que cunde mucho”. Y luego ríe. “Está claro que al principio tu entorno quiere que tengas un trabajo en el periódico de tu ciudad. Es normal. Pero de muy joven empecé a viajar y mi vida es muy sencilla: no tengo hijos, no tengo casa en propiedad, no tengo coche. Necesito poco. Como escribo tanto parece que esté todo el día fuera, pero la realidad es que el 80% de mi tiempo es estar delante del ordenador, en casa. Mi trabajo es de oficinista y de vez en cuando salgo a buscar historias”.

Este trabajo le ha valido numerosos premios en algo menos de veinte años de trayectoria, y me dispongo a enumerar solo unos pocos: el Premio Rikardo Arregi en 2001 al mejor trabajo periodístico del año en euskera por sus crónicas sobre el viaje alrededor del mundo; el Premio Marca de literatura deportiva 2005 por el libro Plomo en los bolsillos, con historias no tan conocidas del Tour de Francia; el Premio de la Asociación de la Prensa de Madrid de 2010 por el reportaje Mineritos, semilla de Potosí, y que también mereció el Premio Manos Unidas de ese mismo año; o el prestigioso Premio Europeo de Prensa en 2015 por el reportaje Así se fabrican guerrilleros muertos.

Los enumero no tanto por mostrar sus logros como para enlazar con una cuestión puntiaguda y que afecta a esta profesión: el imperio del ego. Porque Ander, aun siendo uno de los grandes cronistas en castellano, parece generar anticuerpos contra la vanidad:

Yo soy muy inseguro de mi trabajo. Los reportajes son más fáciles de manejar, piensas que han salido más o menos bien, puedes sentirte orgulloso de tu trabajo. Pero yo tengo la impresión de que nunca termino de rematar bien las cosas. Tendrá que ver con el carácter –en este momento duda, crea un silencio–. No tengo una idea demasiado elevada de mi trabajo. Uno debe asumir que es imperfecto. Sé que he hecho algunas cosas bien y que hay gente que quiere publicar mis libros. Pero hay muchos periodistas haciendo cosas más valiosas, y esto te lo digo de corazón”.

“Siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia”

Hace dos años, Ander llevó los fragmentos todavía inconexos de Potosí a los talleres de escritura que organiza la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), impulsada por Gabriel García Márquez en 1995, que cuida y premia el periodismo narrativo –o, mejor dicho, el periodismo de calidad–. Compartió horas con otros escritores latinoamericanos para retroalimentarse, para mejorar sus obras, todo el rato ante la mirada atenta del maestro Martín Caparrós, lo cual es un privilegio:

“Fui hace dos años con este libro a medias. Para los que somos escritores solitarios se aprecia esa mirada externa. Yo, por ejemplo, siempre tengo la sensación de haber desperdiciado la oportunidad de contar una buena historia. Pero uno debe asumir que es imperfecto. Ese taller fue muy útil: le di varias vueltas al libro que no le hubiera dado de lo contrario. Este año también fui, pero como ayudante de Caparrós, tomando notas y escribiendo los informes”.

Ander espera poco –o mucho– de la vida; solo seguir viajando, seguir escribiendo, seguir conociendo. Llegado el momento, le pregunto cómo se imagina en 30 años, cómo le gustaría ser recordado. Pero son cuestiones que no le preocupan; Ander persigue otras metas:

“Yo solo espero llegar a los 70 con buena salud, la curiosidad despierta y contando historias. Mi esperanza es seguir haciendo lo mismo que ahora. Quizá con 70 no pueda ir a un campamento en Pakistán, pero sí hacer otras cosas. En cuanto a la trascendencia, lo que me importa es la gente que me rodea: mi familia, mis amigos y mi novia. El resto del mundo, si aprecia mi trabajo, bien. Pero si se olvida de mí, no me importa. Yo soy feliz así”.

Hope Jahren: “Condenamos la idea del cambio climático como si el hecho de condenar sirviese de algo”

Ariana Basciani

Foto: Miquel Taverna
CCCB

Hope Jahren ha visitado Barcelona para reflexionar sobre botánica, cambio climático, literatura y, principalmente, sobre lo que la motiva a crear. Esta geobióloga fue invitada al Festival Kosmopolis como uno de los científicos que mezclan literatura y ciencia en sus obras, y nos ha quedado claro cuando afirma que a pesar de estar en una soleada y espectacular Barcelona, a ella le encantaría estar investigando en su oscuro laboratorio en Oslo.

Esas ganas de seguir investigando es una de las razones por las cuales ha sido catalogada como la Marie Curie de la botánica actual y una de las personas más influyentes según la revista TIME. A pesar de la pomposidad de los títulos que se le atribuyen, esta tejana nos comenta desde la sencillez, que su intención es mostrar la vida de un científico y la vida de las mujeres, por eso ha escrito el libro La memoria secreta de las hojas (Paidós).

“Mi imagen no tenía nada que ver con la vida de un científico, al escribir el libro, mi vida cobró sentido”, afirma Jahren. Este ensayo autobiográfico, seleccionado por el NY Times como libro notable, representa la mezcla de pensamientos entre su vida personal y su vida como científico: “yo voy al laboratorio y luego a casa con mi familia y pienso sobre problemas científicos, salgo un momento fuera, voy al laboratorio y cuando estoy en el laboratorio pienso en cosas de casa y así. Esto es lo que es la vida. Mi idea con el libro era representar realmente lo que es la vida de un científico porque esto es algo que yo había visto antes. Además, era representar la vida de las mujeres, porque nuestras vidas no son lineales, aunque puedan parecerlo en un libro.”

Hope Jahren: “Condenamos la idea del cambio climático como si el hecho de condenar sirviese de algo” 3
Hope Jahren © CCCB, 2017. Foto: Miquel Taverna

La memoria secreta de las hojas no solo cuenta la vida no lineal de una científica, desde su prólogo la narración invita a observar la naturaleza y a las plantas que nos rodean, esas que están allí aunque nunca te percates realmente de que están. “Ver las diferencias de las plantas te hace crecer, cuando más sabes del mundo, más lo sientes como una parte de ti. Mi objetivo es facilitar esa observación” afirma Jahren.

Cambio climático, hipocresía y noticias falsas

A partir de esa relación con el conocimiento desde la responsabilidad, a la autora le parece curioso que la gente tenga una posición con respecto al cambio climático. “No importa la posición que uno tenga porque el clima simplemente está cambiando. Condenamos la idea del cambio climático como si el hecho de condenar sirviese de algo, pero ya ha quedado muy claro que de la condena a la acción hay una gran diferencia”.

El discurso moral sobre la destrucción del planeta no tiene sentido para ella, la incomoda y le parece hipócrita. Condenar el cambio climático “no nos hace buenos o malos al respecto”, afirma. De hecho el verdadero reto es vivir dentro de las contradicciones: “no tenemos la opción de vivir en un planeta limpio y virgen, pero eso no significa que tengamos que talar todos los árboles que hay por el camino”.

“Las personas que tienen ese discurso en muchos casos son las que tienen una mayor huella de carbono en el mundo”.

Esta geobióloga va más allá de los discursos y explica que las cifras no cierran. Existen contradicciones entre los derechos de los seres humanos y los derechos del planeta, no van de la mano: desde la energía necesaria para que cada mujer pueda tener derecho a procrear cuántos hijos quiera, hasta poder tener luz para leer en la oscuridad o un refugio para vivir, no es fácilmente manejable si queremos que el planeta subsista de la mejor manera. Debemos comprometernos: “hay que ser más realistas con la energía que necesitamos y para qué la necesitamos” dice Jahren.

¿Hay esperanza?

 A pesar de la hipocresía, y de los datos acerca del calentamiento global y las huellas de carbono que se han discutido a lo largo de nuestro encuentro, Hope  opina -tal vez haciéndole honor a su nombre- que sí, hay esperanza. “Tenemos buenas vidas. Somos las personas que más suerte tienen en el mundo. Si miramos la historia, todas las generaciones tienen la labor de luchar. Están condenadas a la lucha y tienen que enfrentar grandes pruebas y retos. Este es nuestro reto y no hay que reducirlo a si es bueno o malo, porque quizás no sobrevivamos, pero alguien debería sobrevivir, esa es la lucha, esa es la esperanza”, concluye Jahren.

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Sylvia Plath: la melancolía en tránsito de una poeta del siglo XIX

Rohmy Cubas

Es común que su nombre resuene en el eco de esa mujer que se suicidó al meter la cabeza en un horno, la señora de las nueve vidas que intentó imitar a los gatos y desafiar a la muerte; pero Sylvia Plath es para la literatura mucho más que otra escritora consumida por la soledad, más bien es esa melancolía anémica que muchos experimentan y pocos reconocen.

La poeta estadounidense nacida un 27 de octubre de 1932 no solo confesó versos exasperados en la tristeza del momento, también fue el testimonio de una mujer que con cada minuto que pasaba en la tierra se volvía más diestra en un escenario en el que actuó como los veteranos, así lo admite cuando escribe “morir es un arte, como todo. Yo lo hago excepcionalmente bien”. Para ella fue más que eso,  fue un fetiche, una secuela inesperada que volcó en escritos íntimos dotados de esas verdades oportunas que mueven las páginas de los libros. Buscaba una perfección que la destruyó: “el no ser perfecta, me hiere”, escribió en su Diario en 1957; solo logró redimirse con méritos póstumos -en 1982 fue la primera poeta en ganar un premio Pulitzer póstumo (por  The Collected Poems)-  y una voz excepcional para recorrer los lugares incómodos de la mente humana.

Su viudo, Ted Hughes, se convirtió en el editor de su legado literario. Supervisó y editó la publicación de sus manuscritos, incluso impidiendo la publicación de textos personales que hablaban de su relación. Su primer título publicado fue el poemario “El Coloso” (1960) y su principal novela “La Campana De Cristal” (1963), texto autobiográfico y firmado con el seudónimo de Victoria Lucas. Tras su muerte también aparecieron los libros de poemas “Ariel” (1965), uno de los títulos claves en su bibliografía, “Cruzando El Agua” (1971) y “Árboles Invernales” (1972),  entre otros.

Ilustración: Conrad Bakker via Flickr bajo Licencia Creative Commons.
Ilustración: Conrad Bakker via Flickr bajo Licencia Creative Commons.

El fallecimiento de su padre Otto Emil Plath, a sus 9 años, marcó una línea evidente en su esencia como escritora. Aunque resistió a cargo de su madre, Aurelia Schober, fabricó la fábula del abandono con una ulterior figura paternal que relataría con impresiones contradictorias: “saqué de ti un modelo, un hombre de negro con aire de Meinkampf” escribe en su poema Papi.

Ya en la adolescencia garabateaba en sus diarios con la obsesión compulsiva de los reincidentes, estudia en un colegio de señoritas y hace todo lo posible por encajar en aquella sociedad de papel. Coquetea con las ideas de Hemingway, Eliot, Frost, Dickinson, Faulkner, Lawrence, Yeats, Joyce, Woolf, Dylan Thomas, Shakespeare, Platón, Dostoievski, convierte sus inseguridades en ficción intentando luchar con los lugares comunes: el rol de la mujer en aquella época, la exploración de la sexualidad y los mantras prohibidos, esa disyuntiva pueril entre tener que elegir entre madre, mujer o profesional que tanto objeta la obra de la escritora Virginia Woolf.

“Cuando estás loca, estás ocupada en estar loca… todo el tiempo… Yo cuando estaba loca, era solo eso, una loca”.

Sucumbió muchas veces a ruinas redundantes, tuvo periodos de depresión y de alegría excesiva que hoy en día podrían ser diagnosticados como bipolaridad, pero en aquél entonces, de esa “aniquilación” por década de la que solo la asilaba la escritura, Plath simplemente admitió “cuando estás loca, estás ocupada en estar loca… todo el tiempo… Yo cuando estaba loca, era solo eso, una loca”.

En 1952 su relato corto Domingo en casa de los Minton la llevó el siguiente año a unas prácticas en la revista Mademoiselle. Se mudó a New York y agotó mentalmente sus solvencias melancólicas luego de varias experiencias pérfidas y entornos nocivos que narraría años después en su novela La campana de cristal. A su regreso a casa, incapaz de escribir y con un perpetuo insomnio, fue sometida a terapias de electroshock y un tiempo después dejó una nota de primavera: “salgo a dar un paseo, vuelvo al día siguiente”. Luego de dos días la encontraron en el sótano de su hogar con un frasco de somníferos vacíos… su primera vida había emigrado. Permaneció recluida en un hospital psiquiátrico hasta enero de 1954, y ya en 1955 recuperada y libre de neblinas obtiene una beca para estudiar literatura en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, en donde conoció a su esposo Ted Hughes. Con este reconocido y brillante literato tuvo dos hijos, años después se separaron entre otras cosas porque este tuvo un amorío con Assia Wevill , otra poeta que se terminó suicidando con el peso de Sylvia Plath en la memoria.

Esa disyuntiva de roles y libertades las escribió en La campana de cristal 

“Vi mi vida desplegándose ante mí, mi vida como las ramas de la higuera verde […] En la punta de cada rama, como un grueso higo morado, pendía un maravilloso futuro. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era una famosa poeta y otro higo era una brillante profesora y otro higo era Esther Greenwood, la extraordinaria editora […] Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ése árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, lo higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies”.

Más allá de ese síntoma de excesiva resaca moral de la que parecen sufrir muchos poetas, Plath planteó una obra delicada, tajante y real, incómoda pero necesaria. Una poesía homónima que se aferró a la esencia de la literatura como ella se aferró a sus “nueve vidas”.
El 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath se despertó y le preparó el desayuno a sus hijos de tres y un año: Frieda y Nick, se los llevó en una bandeja a su cuarto, al volver a la cocina cerró todas las puertas y aberturas avistadas, abrió el gas y metió su cabeza en el horno. Tenía treinta años y dos suicidios que describió como “lobos penantes, horas negras. Estrellas duras que amarilleando van ya cielo arriba. La araña sobre su maroma” El jardín solariego de “El Coloso” (1960).

Espejo

De Cruzando el océano” (1971)

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto ha que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan

sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos”

Beatriz García

Foto: Leticia Hueda

– ¿Quieres saber cuál es la mejor forma de guardar un secreto?

– Habla más bajo, te van a oír todos…

– Si susurrásemos, sospecharían. La mejor forma de guardar un secreto es exponerlo a la vista de todos.

(Conversación entre dos agentes secretos, pongamos que tú y yo…)

Conocí a Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974 – tal vez deberíamos dudar también de eso) en dos lugares y dos épocas diferentes. En la primera ocasión, me sentí invisible; en la segunda, me enorgullecí de serlo. Y tal vez ocurra lo mismo contigo, lector. Si es así, si el Ojo de Horus de William Burroughs también te vigila desde la portada de un libro, sabrás entonces que ese libro es ‘La Horda: Una revolución mágica’ (La Felguera, 2017).

La entrevista que sigue sí tuvo lugar, aunque si sucedió o no en la forma en que lo cuento carece totalmente de importancia. El propio historicismo, me dice Servando, “es una manera de manipular y maquillar la historia”. La manipulación de la manipulación, de eso trata La Horda. Además de otras muchas cosas que iremos viendo en tanto nos  internamos por los fétidos callejones y subterráneos del París de 1623, una ciudad devastada por la Guerra de los Treinta Años donde hay espías por todas partes, alquimistas que trabajan como mercenarios a las órdenes de católicos o protestantes y una comunidad invisible, nacida al abrigo de los rosacruces, que ha existido a lo largo de los tiempos y de la que tal vez tú, lector, acabes formando parte.

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos” 1
El ojo de Horus de William Burroughs nos vigila desde la portada.

– Ése no es el principio de ‘La Horda’, o sí, pero deberías primero hablar de Morgana. Porque Morgana es como Pandora y su caja, aunque nadie sepa quién es… – Servando no susurra. Es un agente secreto dedicado a revelar secretos.

– ¿Te refieres al compilador del manuscrito que encontraron en un apartamento en Londres en los años ochenta después de la explosión? ¡Bah! No sirve de nada hablar de alguien del que ni siquiera sabemos si ha existido… Seguro que se lo inventó algún gracioso; por ejemplo, tú.

– De eso se trata. ‘La Horda’ es un libro sobre verdades que se emancipan de las mentiras para ser verdades absolutas y de secretos que a su vez se alimentan de otros secretos. Antes mencionabas a la Hermandad de la Rosacruz: hay muchos investigadores serios que creen que los primeros rosacruces fueron un invento de unos pocos, no así la segunda y la tercera generación, que creyeron en la primera, y así sucesivamente… Creer en algo hace que acabe existiendo –concluye Servando.

Caminamos intentado detectar energías ocultas en ese París renacentista y decrépito recreado por el editor de La Felguera, que cada vez nos recuerda más a un decorado expresionista, una mezcla de ‘El Gabinete del doctor Caligari’ y El ‘Jorobado de Notredame’ de Víctor Hugo. Y hay que avanzar con cuidado, evitando determinadas zonas muertas donde los Despiertos, enemigos de las células invisibles, son fuertes y peligrosos. Las ciudades de ‘La Horda’ están vivas, son ciudades que dialogan contigo. “El subsuelo tiene memoria”, leo en esta singular novela trampa por la que transitamos igual que si cruzásemos un laberinto de falsos espejos, un mapa en el que encontrar un tesoro oculto.

– En el fondo –dice Servando-, este pasear sin rumbo es una forma de conectar con el territorio. Ocurre a menudo, cuando caminas por una ciudad y de repente llegas a un lugar que te afecta de una forma especial. También Ramón del Valle-Inclán lo hacía, la naturaleza y el paseo inspiraron sus iluminaciones; era profundamente esotérico, un seguidor de la teosofía.

—–MOMENTOS PROMOCIONALES: La Felguera publicará próximamente ‘La lámpara maravillosa’ de Ramón del Valle-Inclán, con prólogo de Javier Sierra. FIN DEL COMUNICADO.—–

 

– Sí, bueno, pero ahora estamos tú y yo a merced de Ardenti, el cazador de invisibles que me cae tan bien aunque quiera acabar con nosotros, y no tenemos una triste varita…

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos” 2
Se avecina una revolución mágica. | Foto: Leticia Hueda.

Servando empieza a recitar un fragmento de ‘El matrimonio entre el Cielo y el Infierno’ de William Blake: “Entonces pregunté: ¿Para que una cosa exista basta la firme convicción? Respondió: Todos los poetas lo creen”.

– Pero podemos utilizar el ingenio poético. La magia es eso, imaginación creadora. Lo hacían Baudelaire y Mallarmé, y también los grandes iconos ocultistas como Alan Moore o Aleister Crowley. Si conociéramos a nuestros héroes del romanticismo y las vanguardias nos parecerían humanos, demasiado humanos. Y no importa si empleaban la meditación, las drogas o el paseo, puedes tener una experiencia extática incluso escuchando música o cuando te enamoras.

La revolución y la magia tienen en común su voluntad de transformación, pero para ello hace falta ver más allá de los límites de esta realidad ordinaria. “Ver”, como dice el autor de ‘La Horda’, “en cursiva”. Me habla de que vivimos con la mirada más atrofiada, que caminamos sin estar conectados al presente. Tal vez, le digo, necesitamos un Apocalipsis o una revelación.

– Lo malo del Apocalipsis es que siempre está por llegar.

– Vas a hacerme llorar… Mal asunto.

– Mejor eso que arder en la hoguera como Giordano Bruno, acusado de herejía. Lo curioso de todo es que no se equivocaba, ese gran astrólogo, filósofo, poeta y mago auguró que allá donde habían levantado una pira erigirían más tarde una estatua en su honor. Y así fue. Él es una de las mentes fundacionales de La Horda. Su semilla.

Dime una cosa, en la novela cuentas que el mago John Dee y Bruno se conocieron realmente, que igual que otros invisibles que les siguieron intentaban eliminar las guerras de religión y crear una fraternidad en la tierra. ¿Eso es cierto?

– ¿Cierto? Tiene gracia que lo preguntes a estas alturas.

Hubo un tiempo en que el arte y el ocultismo, y el ocultismo y la política no estaban separados. Magos y alquimistas como John Dee oficiaban de consejeros en las cortes europeas y más tarde Bakunin, principal ideólogo del anarquismo, inventó cientos de sociedades secretas que jamás existieron. Pero, ¿y si sí lo hicieron? ¿Y si la todas las teorías de la conspiración fuesen ciertas?, se pregunta y me pregunta Servando, invocando a esos invisibles de todas las épocas y nacionalidades presentes en ‘La Horda’, como el escritor William Burroughs o el situacionista Alexander Trocci, quien habló de ‘la invisible insurrección de un millón de mentes’. Porque herejes y revolucionarios son lo mismo, los primeros precedieron a los segundos.

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos” 3
Un libro repleto de juegos tipográficos y enigmas página tras página.

Los caminos se estrechan, el Mapa de los Laberintos de Giordano Bruno, que seguimos a medida que leemos ‘La Horda’, parece querer plegarse y todavía no hemos encontrado Arcadia, el fabuloso manuscrito que todos los invisibles, nosotros incluidos, hemos querido tener en nuestro poder. Tendremos que seguir creyendo en su existencia, en tanto París se nos sacude y, a lo lejos, presentimos las manecillas del Big Ben.

Londres, en algún punto del pasado cercano…

Una fachada herrumbrosa nos separa del final de la entrevista. “No podrán detenernos porque no existimos”, leemos a dúo como si conjurásemos la misma frase que fue lema de la Angry Brigade, la guerrilla urbana que sembró de atentados Reino Unido a principios de los años setenta. Esa misma invocación, esa llamada, sobrevuela ‘La Horda’.

– ¿Hay alguien ahí? – Un hombre con el cuello cortado, un antiguo miembro de los Angry Brigade, entra con nosotros en la casa okupada cuyas primeras plantas están totalmente calcinadas a causa de un reciente incendio. Afuera, en el patio, hay una hoguera y algunas personas alrededor.

– Son como nosotros, gente fuerte, gente que cree en lo mismo que nosotros – nos dice, o tal vez se lo dice sólo a Servando, o se lo dijo, mejor dicho, aquel día, años atrás, en que viajó a Londres para reunirse con supuestos miembros de esta antigua brigada furiosa y escribir ‘Nos estamos acercando. ‘La historia de Angry Brigade’ (La Felguera, 2004).

Fue ese mismo día, sí, y no otro cuando acabaron recorriendo las calles de Londres a 150 kilómetros por hora mientras el tipo del cuello cortado gritaba “¡Que le den a los pacifistas!” y le hablaba a Servando de guerrillas informativas y ‘bobbies’ asustados. Y ahora que el inglés nos hace, o le hizo, subir hasta las últimas plantas, rodeados de murales de hombres armados, el editor de La Felguera me señala una pintada:

‘Esta no es la salida’.

– Pero, ¿ y si…? –murmura.

– ¿Y si qué?

– ¿Y si hubiera una puerta detrás de ese muro?

Y si detrás de esa puerta estuviera William Burroughs mirándonos, su Ojo de Horus desde los estantes de las librerías, en la portada de un libro. Un libro que se titula ‘La Horda’ y que estás llamado a leer.

Pd. Si quieres unirte a La Horda no te esfuerces en buscarlos. Cuando llegue el momento, si estás preparado, ellos te encontrarán a ti.

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