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Tango Queer: Subvirtiendo los roles de género a través del baile

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Alguien dijo que el tango es un pensamiento triste que se baila, pero la magia de esta danza nacida en el siglo XIX entre Buenos Aires y Montevideo se siente siempre en relación con el otro. Un diálogo sin palabras donde se pueden decir muchas cosas y aprender otras tantas. Pero, sobre todo, construir. Por eso canta el viejo tango: “He de olvidar lo que he sido y he de olvidar lo que soy”. O mejor dicho, ¿por qué no serlo todo? Antes de que se institucionalizase como una danza mixta donde el hombre es quien lidera e impone el movimiento y la mujer quien espera sentada con sus tacones altos a que la saquen a la pista, el tango se bailaba entre varones en los arrabales de las ciudades. Danzamos con nuestras opresiones históricas, pero también bailando nos liberamos de ellas. Y eso es lo que pretende el tango ‘queer’.

Bajo la luz tenue de la sala Inusual Project, en el barcelonés barrio de El Raval, los tangueros se reúnen como cualquier lunes por la noche para bailar una milonga que no entiende de géneros ni de clases. “¿Cómo se sabe quién es el líder y quién el seguidor?”, le pregunto a Vanesa. Aquí todos bailan con todos: hombres con hombres, hombres con mujeres… Mujeres con mujeres. Los abrazos de los bailarines cambian de repente y entonces quien ‘lleva’ se abandona en el otro, y viceversa. Pero para entenderlo hay que bailarlo… Salimos a la pista y dibujo ochos hacia atrás con las piernas, mirándome los pies cuando debería centrar toda mi atención en qué intenta decirme ella a través de los movimientos. “La energía sale del pecho -me dice-. Tienes que sentir lo que te propone la pareja y equilibrar los pesos, ¿ves?”. Y solo cuando dejo de resistirme a que me lleven se establece la conexión y unos pocos prejuicios van cayendo.

“El tango ‘queer’ surge de una necesidad de dar un espacio a gente a la que le apetece bailar cómodamente sin tener que acatar los códigos impuestos, el peso de los roles de género y el clasismo de muchas milongas donde existe la idea de que el tango es sensualidad y elegancia, cuando no tiene por qué serlo, o que el hombre siempre lidera y la mujer debe ser seguidora y esperar a que la saquen a bailar”, explican los miembros del colectivo Tango Queer Barcelona, para quienes la danza es diversión, técnica y también política.

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Dafne y Ale, miembros de Tango Queer Barcelona, bailando. Foto: Diana Rangel.

“Lo que he aprendido del tango es a saber comunicarme, no solo en la pista sino en la vida. Cuando bailas el tango heteronormativo la comunicación es unidireccional porque existe un líder y una seguidora, pero en el tango ‘queer’ se establece un diálogo entre la pareja. Es un baile  donde no se impone, sino que se propone todo el tiempo y esta comunicación ocurre cada segundo, mientras estás bailando estás creando algo nuevo. Si no hay diálogo es como si tuvieras una mordaza”, dice Ale, miembro del colectivo que nació hace tres años inspirado en esta variante del tango surgida en Alemania a finales del año 2000.

Tangueando contra los tabúes

Cuando a Vanesa su novia le regaló unas clases de tango, a ninguna de las dos les gustó la idea de tener que elegir un rol definido y decidieron aprender ambas los pasos del hombre (líder) y la mujer (seguidora). De la manera más natural, empezaron a intercambiar los roles hasta que conocieron el tango ‘queer’: “Es mucho más empático porque te permite sentir las dos caras; si te encasillas en un papel nunca sabes las dificultades a las que hace frente el otro bailarín”, resume la alumna de los cursos de tango que imparte Dafne Saldaña.

Dafne llevaba años bailando y experimentando con roles en la danza hasta que conoció el tango queer en Berlín y ya no volvió a bailar de la misma forma. “Coincidí en un taller con Olaya Aramo, que es una de las impulsoras de Tango Queer en Madrid, y vimos que el baile se había vuelto elitista en Alemania y quienes podían pagar más clases molaban más en las milongas”, dice. Por eso, las clases de la bailarina son económicas y la entrada a las milongas gratuita. Los once miembros de Tango Queer Barcelona funcionan de forma asamblearia y sus pilares son el respeto, los cuidados y una militancia política que se interioriza primero y luego se expresa en el baile, al margen de actitudes homófobas y machistas.

“Hemos buscado formas más libres de bailar tango sin caer en el estereotipo machista” – Tango Queer Barcelona

En el tango existen diferentes abrazos, los hay más cerrados y otros más abiertos, y no depende de tanto del dominio del bailarín como de lo cómodo que se encuentre en el momento. Lo importante es atender a lo que la pareja de baile intenta decirnos con su cuerpo. “A veces cuando sales a bailar milonga de una forma más tradicional un abrazo muy cerrado puede llegar a ser violento. Nosotros dominamos la técnica y la respetamos, pero defendemos que hay que saber comunicar y entender a la pareja de baile. Hemos buscado formas más felices de bailar tango sin caer en el estereotipo machista”, explica Héctor, otro de los miembros del colectivo. Y reconoce que aunque con el tango se ligue y mucho, el baile es solo una herramienta para conocer gente. “Alguna vez me ha ocurrido ver a un chico en una milonga que lleva muy bien y querer bailar con él, y se ha puesto tan nervioso que ha llegado a decirme: ‘Pero si yo no bailo tango’”.

Sin embargo, lo que causa mayor rechazo a los tangueros puristas no es que dos hombres bailen, sino precisamente que los roles se inviertan. “No espero a que me saquen, voy yo e invito a bailar. Muchas personas me miran raro y dicen que no, pero sigo haciéndolo igualmente para que vean que también puedo tomar la iniciativa, apunta una de las chicas que asiste a las milongas de los lunes por la noche. Y Ale lo suscribe “A veces la milonga tradicional es muy rígida y si estás bailando con un tipo y no te apetece hacer un movimiento te dice que no sabes bailar. Por supuesto, nosotros respetamos todas las formas de entender el tango, pero creemos que el tango es consenso e intentamos explicar las identidades de género desde el baile”.

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Te propongo que bailemos. Tango Queer Barcelona. Foto: Diana Rangel.

Alrededor del mundo existen festivales internacionales de tango ‘queer’ en ciudades como Hamburgo -donde nació el movimiento- y Buenos Aires. Andrés descubrió este baile durante un viaje con un amigo a la capital de Argentina y al regresar a Barcelona plantó la semilla de la milonga igualitaria en la ciudad. Desde entonces el número de participantes no ha dejado de crecer y este 19 de febrero celebran su aniversario.

Dicen que la vida es un tango y la muerte un pasodoble. Si al final vivir es un poco como bailar, no importa tanto cómo lo hagas, ni siquiera con quién, mientras lo disfrutes.  Eso sí, procurando no pisar a nadie.

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Vanesa enseñando a tanguear a una servidora. Foto: Diana Rangel.

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Madrid en tempo de 'swing'

Clara Felis

Foto: Bob Sands BIg Band
Bob Sands BIg Band

Suenan los primeros acordes de Sh-Boom, la mítica canción doo-woop que el conjunto vocal The Chords grabó en 1954. Varias parejas comienzan a bailar y deslizan sus pies al compás de la música. Sh-boom sh-boom Ya-da-da Da-da-da reza el estribillo. Juan coge a su compañera. Gira sobre ella y vuelve a la posición inicial. Ambos avanzan hacia adelante al mismo ritmo. Entrecruzan brazos y piernas en el más estricto orden. Rítmico y estético. Efecto swing: Deslizarse sobre la pista sin que el eje central (leader) pierda la noción y la coordinación sobre el follower (el integrante que sigue los pasos del leader).

Juan José Pacheco (Juanjo en las distancias cortas) decide parar la música. Se coloca en el centro de la pista y vuelve a dar instrucciones sobre el movimiento que debe adoptar tanto el líder como el otro miembro de la pareja. Tras las nuevas indicaciones se retira y vuelve a reproducir la canción. “Uno, dos y vuelta. ¿Lo tenéis claro? No os agobiéis bailando. Vamos otra vez. Intentad haced todas las figuras”. Todos retornan a su sitio inicial y vuelven a comenzar desde el principio. Juanjo observa a sus alumnos con detenimiento. Lo lleva haciendo desde hace diez años en Blanco y Negro Studio, la primera academia que surgió en Madrid dedicada a los sonidos norteamericanos. Allí tienen cabida el swing, el lindy hop, el Rock & Roll o el blues.

Implantar el sistema noruego

Reconoce que cuando fundó el centro Madrid era un desierto. Muy poca gente de la ciudad conocía el swing y casi ningún espacio facilitaba las cosas para poder practicarlo. Vacío absoluto. Mutismo total. “Hasta hace cinco años aquí en Madrid no había nada de nada. ¡No había ni siquiera salas para poder hacer fiestas! Por aquel entonces pocos espacios te dejaban organizar nada porque la gente de baile en general no somos productivos. Por ejemplo, en la sala Beethoven Blues Band las primeras veces no nos dejaban bailar. No era normal ver a gente bailando mientras todos se tomaban sus copas. Lo que hacíamos era bailar en los pasillos del baño y a final conseguíamos que nos invitaran dentro”, recuerda con cierto impacto Juanjo cuando se da cuenta de cómo ha cambiado la situación en estos últimos años. Ahora cada jueves puede impartir sus lecciones y organizar una sesión swing en la sala Ya’sta de Madrid. Algo impensable hace casi treinta años.

Fue a finales de los 90 cuando decidió emprender su aventura escandinava. Llegó hasta Noruega para recibir nociones de swing en pleno revival del género. Tras el estudio y práctica de todas las técnicas y movimientos posibles, regresó para ver si también en su ciudad podía implantar aquella “forma de vida”, como define él mismo. Fue cuestión de tiempo lograrlo.

Una descripción del baile que también comparte Juan, uno de los bailarines aventajados de su grupo. A sus 25 años, este joven estudiante de informática no sólo tiene agilidad con la tecnología, sino también con la danza. Su afición por el swing vino principalmente por la música, uno de los motivos principales que le llevó hasta el escenario. Frankie Manning tuvo la culpa. Quería ser como él. Moverse como hacía él con Norma Miller, la reina del swing, en Savoy Ballroom. El lugar de Harlem (Nueva York) donde nació y se desarrolló un nuevo estilo de danza llamado Lindy Hop.

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Pablo y Julia de Big South en acción. | Foto via Big South.

Aquel baile de finales de los años 20 en el que se mezclaban los movimientos del estilo charlestón con otros de nueva creación como los aéreos. Acrobacias que inventó Manning para tocar el cielo. “He visto muchos vídeos suyos y lo tengo como referencia pero no lo imito, creo que cada uno tenemos que tener un estilo propio. Todo este baile exige improvisación se trata de entenderse con el otro porque es como si fuera otro idioma”.

Un lenguaje musical que ha ganado cada vez más adeptos, especialmente entre la población joven. Hasta cuatro generaciones coinciden en la pista cuando se organizan este tipo de eventos, como sucedió este jueves en Madrid Swing & Vintage Party, la fiesta de estética vintage que tuvo lugar anoche dentro de las Noches del Botánico. En ella, los aficionados al swing y a los sonidos de los años 30,40 y 50 pudieron recrearse en aquella época a través del piano y la banda de Scott Bradlee. También por medio de la ambientación propia de la época. Viaje a través del tiempo. Back to the past.

Mantener el espíritu intacto

Ahí se encuentra la magia de este baile, que reunifica las notas antiguas y modernas de esta música a través de las distintas voces que la defienden. Relato histórico en ocho tiempos protegido por sus expertos según las normas iniciales del mismo. No hay que caer en la moda. Tampoco en el show business. Lo que tenemos que vigilar es que no desaparezca la esencia. A veces sí tengo miedo de que haya una cierta masificación, porque eso puede llevar a que se pierda el espíritu comunitario”, señala Claire de Broche, vicepresidenta de la asociación Mad For Swing de Madrid.

 

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Lourdes Ibiricu, presidenta de Mad For Swing (derecha) y Claire de Broche (izquierda), vicepresidenta. | Foto: Clara Felis.

Claire señala que durante este último año la asociación ha contado con 100 miembros más (en total son 315), lo que les ha permitido desarrollar nuevas vías de comunicación y desarrollo. “Nos unificamos en 2012 para que todos aquellos que quisieran hacer actividades relacionadas con el swing tuvieran cobertura. De hecho, todas las actividades de swing programadas en Madrid están en nuestro calendario. Apoyo institucional no hay, todo nos cuesta sangre, sudor y lágrimas. Si tuviéramos apoyo de un organismo público tendríamos un permiso para bailar todos los viernes en Madrid Río o nos dejarían locales públicos para utilizarlos gratis, y a veces, nos lo ponen extremadamente difícil”, remarca con tono reivindicativo Lourdes Ibiricu, presidenta de Mad For Swing.

Complejidad burocrática que sufrieron también para celebrar el Madrid Lindy Exchange, el evento de mayor asistencia que organiza Mad For Swing y que llegó a congregar a más de 1.000 visitantes al día durante el pasado mes de junio. “Teníamos a 450 personas que venían a Madrid para bailar y hasta el viernes por la tarde no les pudimos decir dónde tenían que acudir el sábado a las doce de la mañana. El Ayuntamiento nos mandó los permisos el último día. De los cuatro sitios que pedimos, recibimos tres autorizaciones a las seis de la tarde del día anterior. Pero vamos, lo hacen con todos”.

Tampoco son fáciles los trámites que exigen las salas de Madrid, cuyo precio por alquilar sus espacios es a veces inasumible. “Las salas en Madrid son muy caras. Faunia por ejemplo nos pedía 18.000 euros por una sola noche. Lo que también pasa es que hay muy pocos empresarios a los que les interesemos. No producimos, esa es la palabra. Los bailarines bailamos, pero no bebemos.”

Ante el monopolio del sector, su asociación pide mayor existencia de edificios civiles para poder desarrollar su actividad. Petición que han formalizado por medio de una propuesta que han presentado ante el Ayuntamiento de Madrid. Su idea es crear una pista de baile al aire libre en Conde Duque, iniciativa que se ha incluido dentro de los Presupuestos Participativos 2017. Que se lleve a cabo o no se decidirá el próximo 13 de julio, cuando el consistorio haga públicos los proyectos ganadores. “De momento la primera fase que es la de apoyos ya está superada. Ahora se tiene que hacer la valoración técnica, y eso es lo difícil, porque necesitas muchos votos, pero puede que salga”, señala con ilusión Lourdes.

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Gente bailando al ritmo de Madrid Swing | Foto: Clara Felis

La arquitectura del baile

Reclamo que apoya Pablo Sánchez, profesor de swing y fundador de la escuela Big South. Hace cinco años que decidió dejar de lado su anterior vida y crear junto a su pareja, Julia, esta academia de baile. Ella, arquitecta de formación y él, profesional de las Bellas Artes levantaron este centro en plena crisis y actualmente cuentan con 280 alumnos. “Empezamos con esto porque a los dos nos gustaba bailar.  Para nosotros el swing es un baile para la vida humana, por eso insistimos en la improvisación, porque hemos perdido la desinhibición, la expresión corporal. Estamos muy alejados del cuerpo y queremos que la gente se deje llevar”.

“El hecho de bailar, de estar juntos y disfrutar de la actividad pasa en el swing de una manera muy certera. Esa es la esencia del ser humano”.

Él, que en su momento también fue alumno de Blanco y Negro, recalca que el desafío actual es que exista el mismo número de salas que de academias. “Lo que queremos es que haya una mayor proclamación sobre el swing en Madrid. Deberían abrirse más salas,  pero es muy difícil porque la normativa es muy estricta y el precio del suelo es desorbitado. El problema es que los promotores culturales de esto somos los propios bailarines, y claro, hacer una actividad que no es la del bailarín o la del profesor te quita tiempo”.

Para él este baile debe alejarse de cualquier idea egocentrista, ya que esto puede ser peligroso para la supervivencia del verdadero swing. “El hecho de bailar, de estar juntos y disfrutar de la actividad pasa en el swing de una manera muy certera. Esa es la esencia del ser humano”.

Parte de esa sustancia radica en la música en directo tocada en numerosas ocasiones por las big bands, conjuntos musicales que también han vivido un importante repunte durante estos últimos años.

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Bob Sands, director de Bob Sands Big Band | Imagen cortesía Bob Sands Big Band.

Bob Sands, saxofonista de jazz y director de la Bob Sands Big Band, ha participado en numerosos eventos y conciertos de swing y es un habitual del Café Berlín. Entre su repertorio nunca falla Duke Ellington, Count Basie o Slide Hampton. Tres de sus referentes principales, aunque su lista se amplíe hasta el infinito. Abandonó su Manhattan natal para recorrer Europa de manera temporal, aunque su espíritu nómada desapareciera en Madrid, ciudad en la que decidió asentarse hace ya 25 años. “Yo quería vivir un año en París, que es muy típico entre los músicos de jazz.  Antes de decidirme, visité a un amigo de Barcelona y otro de aquí… En un principio iban a ser seis meses”, recuerda entre risas y nostalgia.

Con motivo de su 34 cumpleaños decidió crear una Big Band, para así disfrutar de la música que le gustaba. El experimento dio sus frutos y los 17 miembros que participaron durante aquella jornada siguen hoy dentro del grupo. “Mi idea no era tener una Big Band permanente, pero todo el mundo quería seguir y fue entonces cuando empezamos a ensayar cada semana en la Escuela Creativa, donde yo era profesor. Ahora ensayamos en un sitio que se llama El Molino”.

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La banda en acción. | Foto via Bob Sands Big Band Website.

“La música que tenemos hoy en día sería diferente sin Miles Davis, ni Duke Ellington. Miles decía que un día al año todos los músicos deberían dejar sus instrumentos al lado y dar las gracias a Duke Ellington”.

Este músico ha compartido escenario con algunas de las eminencias del jazz, como Lionel Hampton, Dizzy Gillespie o Gerry Mulligan. También aquí ha tocado con músicos de la talla de Perico Sambeat, Jorge Pardo o Chano Domínguez. Oportunidades que le sirvieron para seguir perfeccionando en su estilo jazzístico. “Esta música se aprende con la oreja, tocando por encima de los discos. El jazz es un idioma, con su gramática y sus registros. Es un lenguaje y muchos a la vez. El jazz es lo más variado que hay. Más que el rock, más que el pop y más que el funk”, define con énfasis.

Desde que comenzó a tocar hasta ahora confiesa que ha ido alejándose del vanguardismo. Ha vuelto al jazz y al swing más clásico, según él porque allí se encuentra el origen de todo. “La música que tenemos hoy en día sería diferente sin Miles Davis, ni Duke Ellington. Miles decía que un día al año todos los músicos deberían dejar sus instrumentos al lado y dar las gracias a Duke Ellington”. Aunque reconoce que el registro más complicado es el swing y el virtuosismo que tenían sus grandes maestros.

“En mi vida musical intento tener swing, es decir, sacar los solos y tener ese soniquete. Para lograrlo la única manera de aprenderlo es tocar como los que tocan swing y esa es una de las cosas más difíciles de hacer en el mundo. Me encanta el repertorio de Count Basie. De hecho, cuando hemos tocado piezas para bailarines en una sala llena de gente bailando y vestida de época nos hemos divertido mucho. Es una manera sana de pasarlo bien”.

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Las Turroneras, inspiración en Cádiz y arte flamenco en Madrid

Anna Carolina Maier

Foto: Anna Carolina Maier
The Objective

Bailan de lunes a sábado. Durante la semana, en las tardes, ya que en las mañanas deben ir al cole. Sus edades colindan entre los 10 y 12 años. Son pequeñas, pero grandes flamencas.

“Tenemos admiradores por todos lados”, suelta, entre tímidas risas, Paola Santiago de 10, mientras ve un comentario en Instagram sobre una de sus últimas presentaciones en el famoso tablao andaluz La Perla de Cádiz. Acaban de terminar una clase en el Instituto Flamenco La Truco (Parla) y comparten un rato antes de volver a casa.

El nombre flamenco de Paola es ‘La Polaca’. Se debe a sus cabellos rubios y forma parte, junto a las otras tres niñas, del cuerpo de baile Las Turroneras. Las otras son Claudia ‘La Utrerana’ de 10 años; Candela Amigo, de 12 años e Itziar San Juan, mejor conocida como ‘La Pulga’, que cuenta 11.

Formaron el grupo hace dos años gracias a Eliezer Truco (La Truco), quien comenzó siendo inspiración para ellas y terminó convirtiéndose en su maestra.

Han participado en importantes festivales como el de Pasión por la Danza realizado en febrero en Alcalá de Henares en el que lograron el primer lugar. “Competimos con niñas de 16 años y quedamos las primeras”, dicen y se ríen a la vez, nuevamente con timidez y bajando las cabezas.

Además, han bailado en legendarios tablaos, no solo en La Perla de Cádiz sino también en Casa Patas. También se han presentado en la escuela de baile flamenco Amor de Dios. “Casa Patas es un tablao muy reconocido en Madrid. Lo más grande del flamenco”, explica La Pulga. Poco después añade: “Amor de Dios es el sitio por el que todos los flamencos han pasado”.

Todas compaginan los estudios y la danza con “mucha disciplina”. Coinciden en que hacen los deberes antes del baile pues, además de hacer flamenco, quieren dedicarse a otras carreras. La Polaca quiere estudiar turismo, mientras que La Utrerana todavía “no lo tiene claro”. En cambio, Candela -que es la mayor del grupo- ya lo sabe: “Quiero, además de ser ‘bailaora’, estudiar Medicina y ser científica en Oncología Infantil”.

En cambio, a La Pulga le gustan las Ciencias Políticas. Conocen con mucha seriedad, para tan corta edad, los ‘palos del flamencos’. Se mueven entre tangos, bulerías, fandangos y alegrías, al igual que lo hiciera cualquier niña en un parque pero ellas prefieren tomar un abanico, una bata de cola o un mantón. Para ellas el baile es “como un juego”.

Asimismo, no les intimida entrar al mundo del flamenco siendo madrileñas. Por el contrario, se sienten orgullosas de ello. Aseguran que no hay fronteras, ni raza, ni nacionalidad para ese arte andaluz y que tampoco es solo es “cosa de gitanos”. “Puede bailar el que sea”, señala La Utrerana. “Todo aquel que no se rinda”, concluye, por su parte, La Polaca.

Estas niñas han recibido a The Objective para compartir qué las apasiona y cómo se puede tener tanto arte a tan corta edad.

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Machotas

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Podemos
Twitter

Desde muy pequeña, mi hermana mostró una gran talento creativo para el lenguaje. Acuñó el término “asmia”, para referirse a esa sensación de agobio que las personas experimentamos, por ejemplo, cuando alguien se sienta encima de nuestras piernas, o cuando jugábamos a abalanzarnos sobre nuestros amigos, en el patio del colegio, sepultándolos bajo una montaña de niños. A esa impresión claustrofóbica que tiene que ver con el atrapamiento, Marina la llamó asmia. Hoy es una palabra de uso corriente en mi familia.

También encontró nuevas y evocadoras acepciones para conceptos conocidos. Por ejemplo, bautizó como “pelusas” a quienes no tienen personalidad y se limitan a dejarse llevar por la corriente. Como pelusas. Y asignó la categoría de “medusas” a aquellos que, en la piscina, nadaban despacio y mal, entorpeciendo a los otros. Todos en casa hemos sido nadadores y padecido a los medusas.

También fue más allá de los confines machistas del lenguaje con la candidez de una niña. Debió de suceder más o menos así: algún adulto se refirió a mis hermanos Mario o Álex como un “machote”, probablemente después de haber demostrado alguna hazaña: un logro deportivo, comerse todo el puré, terminar los deberes, vete a saber.

El caso es que Marina captó perfectamente que ser un machote era algo bueno, asociado a atributos como el valor, la superación o la fortaleza. Lo que no sabía es que el término se reservaba para los hombres. Así que comenzó a usarla indistintamente en masculino y en femenino, y todos sus hermanos lo hicimos con ella. Marina también era una machota. Mamá era una machota. Yo era una machota.

Hay quienes, con menor tino que mi hermana, quieren apostar hoy por la creatividad en el lenguaje. Por ejemplo, se han propuesto hablar de “miembras” o “jóvenas” y redoblar la feminidad de algunas palabras: si la “voz” ya es una voz femenina, siempre se le puede añadir una “a” para que quede más claro su linaje. Así habrá portavoces y “portavozas”. Tendría sentido combatir la grafía tradicional de estos términos si, como aquellos valores que definen al machote, estuvieran vedados a las mujeres.

No es el caso. Las mujeres podemos ser portavoces, miembros o jóvenes, incluso podemos ser esas tres cosas a la vez sin necesidad de herir ningún diccionario. Soy muy feminista, pero no voy a dejarme arrastrar, como pelusa, por el discurso del disparate. Hay un feminismo que no quiere liberar, sino asfixiar. De mi hermana pequeña aprendí una lección con la que he tratado de conducirme en la vida: frente a ese feminismo que provoca asmia, seremos libres, valientes, fuertes y osadas. Seremos machotas.

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Un parapsicólogo te explica cómo investigar fenómenos paranormales

Beatriz García

Foto: Fotograma de Ouija: Origin of Evil
Universal Pictures

Con la proliferación del turismo de misterio, la “gentrificación” de los lugares abandonados y las modernas ‘app fake’ que detectan presuntos fantasmas, es difícil saber cuándo nos encontramos ante un hecho insólito y cuándo estamos ALUCINANDO. 

Hará unos dos años me mudé a Madrid por una temporada. La primera semana de mi llegada a la ciudad me alojé en un antiguo colmado del barrio de Malasaña, en una habitación pequeña y oscura parecida a una antigua bodeguilla donde no había ni siquiera cobertura. Inmediatamente empecé a sentirme inquieta y lo relacioné con los nervios del viaje y con la tenebrosa decoración del cuarto, que tenía una de esas camas viejas de hospital. Apagué la luz, me alumbré con la linterna del móvil y me quedé despierta pensando en todo lo que tenía que hacer aquella semana, cuando vi la figura alta de un hombre junto a mi cama y grité pensando que había entrado alguien en la habitación –la puerta era corredera y daba a un patio interior-. Al encender la luz no había nadie, pero al día siguiente la dueña de la casa me dijo que estaba ocupando la habitación del abuelo. Obviamente, me largué de allí aquel mismo día.

El misterio de si hay una vida más allá de esta ha preocupado a la humanidad desde los tiempos más antiguos. Nos aterroriza morir porque no podemos saber qué ocurre después hasta que sucede y ya no regresamos para contarlo. ¿O sí? Algunas personas que han estado clínicamente muertas durante un cierto tiempo hablan de túneles luminosos al final de los cuales les esperan sus familiares difuntos y cuentan experiencias muy parecidas. Pero, ¿cómo saber qué hay en realidad y si no es una imagen simbólica labrada en nuestro inconsciente? ¿Existe el Otro Lado? ¿Y conecta a veces con Este?

Para el parapsicólogo Francisco Recio, que ha investigado numerosos casos de personas que dicen haber sido testigos de encuentros fantasmales, el origen de estas ‘presencias’ sigue siendo un misterio. “Cuando hablamos propiamente de ‘fantasmas’ o ‘espíritus’ nos estamos refiriendo siempre a un familiar fallecido o alguien que ha tenido una relación con el vivo; mientras que los espectros son aquellas apariciones fantasmales que no interactúan con la persona y que asociamos con ‘vida más allá de la vida’, pero todavía no tenemos claro qué es exactamente. Lo único que podemos decir es que parecen tener una cierta inteligencia y que nos incomoda porque sobrepasa nuestra visión de la realidad cotidiana, pero no podemos percibirlo con los sentidos normales, con nuestros ojos físicos. Es una especie de imaginación… Y los testimonios son muy variados: En muchos casos, la persona no está muy seguro de lo que está sintiendo y te habla de siluetas sin rasgos faciales definidos que se asocian a lo humano trascendente. Pero otros llegan a experimentar la percepción de sonidos o ven las llamadas ‘damas blancas’, luces relacionadas con otra dimensión”, explica.

Antes de grabar una psicofonía debemos analizar el lugar donde suceden los fenómenos para detectar corrientes subterráneas o variaciones electromagnéticas que pueden ser las causantes de lo que a priori creemos paranormal.

Si bien ha habido testimonios de aparecidos que vuelven de la muerte con un mensaje para los vivos o de casas encantadas por espíritus que sufrieron muertes violentas desde la Antigua Grecia y Roma, como aseguró en una entrevista a The Objective la doctora en filología clásica Alejandra Guzmán, autora de ‘Fantasmas, apariciones y regresados del Más Allá’ (ed. Sans Soleil), el interés por los fenómenos paranormales, muy en boga en el siglo XIX, se ha extendido tantísimo con el uso de las nuevas tecnologías que una rápida búsqueda en YouTube muestra más de 179.000 psicofonías grabadas en español y unos 87.000 resultados de vídeos protagonizados por amantes del misterio y youtubers que se cuelan en orfanatos, hospitales y otros lugares abandonados para obtener pruebas de esas “presencia” y, por qué no, hacernos pasar un poco de miedo.

No obstante, más allá del morbo, la música trepidante y un par de chavales recorriendo edificios derruidos en plena noche mientras explican a la cámara que han oído un ruido o alguien les está soplando en el oído, no hay mucho más por donde rascar. Ya que, como cuenta Fran Recio, ni grabar una psicofonía es tan sencillo, ni la mayoría de señales que detectan las modernas ‘apps’ de detección de fantasmas sirven de mucho. El trabajo del investigador paranormal es otro…

Un parapsicólogo te explica cómo investigar fenómenos paranormales
Visitamos el antiguo orfanato de la Ciudad de los Muchachos, en Barcelona, una de las “mecas” de los buscadores de misterios urbanos. Foto de Mercedes Gómez.

“Lo primero que debemos hacer antes de intentar grabar una psicofonía es analizar el lugar donde suceden los fenómenos: si hay corrientes subterráneas, repetidores de televisión cerca o variaciones electromagnéticas, como ocurre en La Mussara, en Cataluña. La propia naturaleza geológica puede provocarnos sensaciones muy extrañas. Hay que visitar el lugar con detectores electromagnéticos para comprobar que no haya interferencias, estudiar la historia del lugar y también tener en cuenta el estado de la persona que nos ha dado su testimonio y de quienes conviven con ella. En determinadas etapas de la vida como la adolescencia o tras haber sufrido experiencias muy emotivas tenemos una explosión de energía y puede producirse fenomenología, como que se caigan objetos o se rompan cristales. Por eso, a algunas personas que hacen una ouija se les rompe el vaso, es la energía que se concentra aunque todavía no la sepamos definir”, resume.

Hace un par de años, Francisco Recio visitó el antiguo orfanato de la Ciudad de los Muchachos de Barcelona (Casa Puig), que funcionó desde la dictadura Franquista hasta los años 70’ y del que varios sites de Internet recogen historias truculentas, no muy diferentes a las ocurridas en otras casas de beneficencia de la época –abusos infantiles, malos tratos, un sistema educativo militarizado…-. Los aparatos que emplearon no arrojaron demasiada luz sobre los extraños fenómenos que algunos afirman haber registrado allí; sin embargo, afirma en un artículo publicado en Mundo Parapsicológico que las psicofonías que se grabaron durante la noche en el hospicio hoy derruido eran débiles pero desconsoladas. Pretendían estudiar la emotividad que impregnaba el lugar y ver si “bajo determinadas circunstancias, estas energías pueden manifestarse”.

Somos esponjas energéticas

“Hay teorías parapsicológicas que dicen que las emociones vividas en un espacio no se pierden, quedan ancladas, y de ahí que algunos objetos se hayan visto como malditos. En la Ciudad de los Muchachos debió ocurrir la misma tragedia que en otros orfanatos y lo que vas buscando es si hay una relación directa entre lo que se vivió y las sensaciones que produce el lugar. Pero, sobre todo, está la intencionalidad… La predisposición con la que vayas en la búsqueda de algo. ¿Por qué las personas que van a experimentar a enclaves como Belchite solo registran psicofonías de la guerra civil y no sables cruzándose de la época morisca? Nuestra intención cuando nos proponemos captar un fenómeno tiene mucho que ver con el resultado que obtenemos Sin ir más lejos, si ponemos una grabadora después de una sesión de ouija obtendremos más psicofonías que si no lo hacemos, no porque nuestra mente produzca ese sonido sino porque interactuamos con esa realidad”, asegura Francisco.

La tecnología para la detección de ‘presencias’ ha evolucionado mucho desde que a mediados de siglo pasado el productor de documentales estonio Friedrich Jürgenson salió a grabar junto a su mujer el canto de los pájaros con un pequeño magnetófono y al escuchar la cinta encontró la voz de su madre, ya fallecida, llamándole amorosamente: “Friedel… mi pequeño Friedel… ¿puedes escucharme?”, le decía.

Un parapsicólogo te explica cómo investigar fenómenos paranormales 1
Estado actual de la Ciudad de los Muchachos, el antiguo orfanato que cerró sus puertas en los 70′. Foto de Mercedes Gómez.

Hoy los investigadores hacen uso de medidores para detectar campos electromagnéticos (EMF), escáneres térmicos o sensores de movimiento, entre otros. No obstante, como alerta el parapsicólogo, una brújula –sus agujas se descontrolan cuando hay anomalías electromagnéticas- y una grabadora suelen dar buenos resultados, teniendo en cuenta que toda nuestra tecnología, incluyendo nuestros modernos teléfonos móviles, está pensada para captar nuestra realidad ordinaria y puede haber múltiples interferencias. Una tablet con un micrófono externo e incluso un antiguo magnetófono de casete también pueden ser buenas herramientas. Pero el instrumento más fiable de todos, aunque parezca mentira, somos nosotros mismos: “Por un lado, hay personas que tiene la capacidad de oír frecuencias por debajo o por encima de los 20 Hz a los 20Khz que comprende nuestro espectro auditivo, pero más allá de eso existen personas sensitivas, que son pocos y no se anuncian, y perciben más fácilmente esas energías. Y no importa lo sofisticados que sean los aparatos, de lo que más hay que fiarse es de las sensaciones de las personas. Si hablamos de la reminiscencia de lo que pudo ser una mente, ¿qué mejor que otra persona para captarlo?”.

A veces las personas dicen haber visto siluetas sin rosotro. Via GIPHY

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