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Como ayer y hoy, es la educación la forja del futuro y del mañana

Como ayer y hoy, es la educación la forja del futuro y del mañana

EL EMBOSCADO

Cuando me levanto y veo las efemérides de este seis de febrero, intento, pasado ya mi medio siglo en esta Tierra, ver cuántos de los acontecimientos me son conocidos o aprendidos, cuántos ignorados y cuántos vividos hasta donde la memoria y mis fieles cuadernitos reflejan. Me sorprende que por encima de aquellos en que asistí como “actor” pasivo o activo están más presentes aquellos que leí, me transmitieron mis docentes o que tuve que investigar por algún motivo. Soy consciente de que sólo “veo las efemérides y datos” que mi cultura, entorno o circunstancias, me han enseñado, “mostrado o permitido ver”. Ese es el primer paso del camino de toda educación: conocer tus limites epistemológicos para poder superarlos.

Parece como si el olvido selectivo fuera, al menos en mi caso, propio más de una experiencia educativa, conformante, manipulada… que de los sucesos coetáneos vividos; creo que el conocimiento “visto con ojos que te interpretan una realidad” es por mucho más rentable a largo plazo que el mero cúmulo de experiencias “sensibles o físicas” que otros atesoran. Luego volveremos sobre esta “educación sentimental”.

Quiero dejar muy claro que toda educación formal e informal es manipulativa, de visión concreta, dirigida e intencional. Si miramos atentamente las definiciones de cada término, veremos que en sí no tienen nada malo si el objetivo es hacerte Inteligente (la toma de datos estructurados que convertimos en conocimiento para la toma de decisiones). Es de todo punto irrebatible que si por cualquier motivo dejamos en manos de otros la conformación identitaria de nuestros hijos (dícese educación formal e informal) no estamos dándoles libertad, sino haciéndoles borregos obedientes a las modas o paradigmas construidos por intereses “privados” de cualquier signo Ideológico; damos “patente de corso” a aquellos que no hacen con nuestros retoños nada ni limpio, ni puro, ni honesto, si no más bien de origen “bastardo” y teleológicamente amorfo. Nos amedrentan con lenguajes depurados y con el miedo al futuro incierto de nuestros hijos si no les hacemos caso a sus “leyes educativas y pedagógicas”. Créanme que les están mintiendo para asegurarse su sustento con “carnaza” generación tras generación. Volveremos también sobre este “factor pedagógico y sus huestes”.

Sabemos que es más peligroso un “tonto con pistola que una mala persona”, precisamente porque el segundo al menos tiene un criterio formulado y contra el que se puede combatir, el “buenista”, el melifluo, el “falsamente cortés”, el amigable “demócrata de sonrisa perpetua” que nunca sabes de babosa e inaprensible que es su mente, por donde te va a salir, es de lo peor que la especie humana ha dado en su evolución cultural; de tantos saltos y  rizos mentales que hemos dado, ya hemos justificado hasta las posturas injustificables bajo el criterio del todo vale o de un falso “universal de comunicación” (Ni la postmodernidad postulaba eso, ni Apel, Adorno, Habermas… dijeron tales cosas que se les atribuyen para justificar eso de que “todo punto de vista es igual de valioso”). Volveremos a este punto también en breve. 

Reconozco mi error. Sí, podemos saber lo que piensan esos nuevos ciudadanos, viendo las tendencias en la televisión y en los programas de entretenimiento “social”, ya sean televisivos o de tableta/móvil. Ya sabemos que las redes sociales se han convertido en constructos reificados de la “nueva realidad social e identitaria”. Somos lo que “Google y las redes” nos devuelven cuando les preguntamos en esas ventanitas a la realidad que son los misteriosos “Ask” de los buscadores. 

Dicen que la mejor forma de sobrevivir en este mundo es ser o bien un mero “trozo de madera” que flota en la corriente y siempre flota ocurra lo que ocurra y cambie la corriente como cambie; y la otra es ser un resistente, un “believer”, aquel que de tan seguro tiene las cosas, su voluntad es como la de Abraham y su paciencia como la de Job, son como “luciérnagas” que flotan en torno a una idea, normalmente trascendente, o persona que da sentido a su vida. Da igual Religión, Patria o Cultura, ellos son firmes al mensaje revelado por su “Santón” e imitan sus pasos en la tierra como camino santo que los llevará a un estadio superior de conciencia. 

Y aquí tenemos de un lado los “flotantes” y de otro los “nuevos creyentes” que desean ser reencarnaciones de Steve Jobs en la tierra.  Haciendo un parón, me hace mucha gracia esa gente que se declara de “Apple” o de “Microsoft, o de “IOS o Android” ,a muerte como si la vida sin esos dos paradigmas fueran algo que fundamentara algo más que una mera forma de estructuración informática.  Me recuerdan a la pintura de Goya de dos hombres enterrados hasta las rodillas “matándose a garrotazos”.  Forma primitiva de lucha, siendo ahora los garrotes “informes de mil paginas sobre puntos fuertes y débiles de cada aplicación o nuevo dispositivo”, y nos reconocemos por la exhibición de ropajes, señas urbanas y lenguajes crípticos. 

En un tiempo pretérito que me avergüenza ya casi recordar, un par de Catedráticos querían llevarse a sus departamentos a un “brillante doctorando”, siendo que en plena oferta de “salidas profesionales”, la cosa terminó en discusiones sobre la fiabilidad de las plumas Parker frente a la versatilidad de las Watterman, siendo ambos “guerreros en ristre” de sus respectivas plumas. Cuando en un segundo buscando la aquiescencia miraron al alumno, este dijo: “Yo soy de Bic, no tengo tiempo, ni prestigio aún como para perderme en bizantinismos cuando lo que tengo que hacer es trabajar y necesito algo barato, eficaz y prescindible”.    

Vamos recogiendo velas.   

Cuando uno busca un médico, busca buen trato, buena escucha activa pero sobre todo busca profesionalidad y técnica; por tanto cuando en pedagogía, o en tantos otros temas, uno pontifica diciendo que es “vocacional”, tiemble nuestro ánimo por que nuestros hijos caen en manos de un “visionario” que experimentará lo leído o sus criterios morales, en lugar de enseñarles destrezas, competencias y conocimiento práctico. Mucho pedagogo sensato, reniega de esos iluminados en las aulas, máxime cuando los propios pedagogos son los que mandan en la sombra en los centros, ungidos por el saber de “cómo es el alma del púber”. Disculpen aquellos implicados que hacen honor a su trabajo, que como todo haberlos los hay.

Cuando queremos destrezas y exigimos genialidad, nos fijamos en el éxito de esos “hombres y mujeres” que marcan la historia, no vemos gente televisiva, ni que esté a la última. Vemos gente que restringe a sus hijos la televisión, los ordenadores y los juegos digitales, y fuerza la lecto escritura, los idiomas, la lectura dirigida y programada. Vaya los hijos de los que nos venden dispositivos y marketing, no siguen sus propias normas. Curioso cuando menos. Pensemos que algo pasa cuando las élites que admiramos no hacen lo que dicen que nosotros debemos hacer.

Nuestra educación sentimental depende de las experiencias tenidas, y como el mundo es muy complejo, debemos recurrir a los libros, a las visiones de otros, a la historia.. para poder ampliar nuestras miras. Es decir, forjar un criterio, el que sea, pero que sea Criterio y no Griterío.

Justificamos que todos pueden pensar lo que quieran y expresar lo que quieran (aunque ahora empiece a sacar las manos una censura del pensamiento y la expresión, “No políticamente correcta”), como si no hubiese un pensamiento o acción mejor que otra objetivamente. La hay pero no conviene: es mejor la razón que el impulso, es mejor la palabra que la violencia, es mejor el respeto en la distancia que el odio agazapado “hasta que lleguen los míos”; es mejor la norma moral que crea ciudadanos responsables sin un policía en cada esquina, que un volumen ingente de normas consuetudinarias marcadas por “olas de progresía”. Y por supuesto es mejor dar amor con la disciplina de nuestro ejemplo a nuestros hijos que dejarlos en manos de quien los ve como mercancía futura. “No trato bien a las vacas por que las ame, si no para que den más leche” me decía un granjero.

Ahora que hemos sido expulsados de la zona de confort tras décadas de “vida sin luchar por nada”, cierto que ha sido motivado por un mal bíblico de magnitudes impredecibles (que seguro no será la última en asolarnos); ahora que la palabra Pandemia la conocen hasta los niños de 2 años y saben más del Covid que sus padres; ahora, digo, es el momento de que veamos que quien sobrevive es quien está acostumbrado a luchar y a pelear cada día durante toda la vida. Somos la primera generación en la que nuestros hijos viven y vivirán peor que sus abuelos. Porque estos tenían por que luchar y que aprender cada día; los nuestros sólo miran a los “altavoces del pueblo” para recibir instrucciones y un poco de “amor” con el que sobrellevar el miedo al “coco”.

Me decía una anciana superviviente de COVID-19: “he vivido, luchado, perdido, ganado y sobre todo he cambiado mi pequeño mundo; puedo dejar mis huesos descansar ahora mismo, pero lo que no puedo hacer es perder el amor de mis nietos por miedo a lo que seguro me vendrá tarde o temprano, hasta que pase esta crisis. No tengo miedo al riesgo ni a la muerte, tengo miedo a dejar solos a los míos”. La verdadera orfandad se da cuando no tenemos memoria de quien nos enseñó qué y por qué.

Si el hoy es la semilla del mañana, no creo que sea bueno con lo que lo estamos regando. Ni en educación, ni en política, ni en ejemplo ético, ni en civismo, ni por supuesto en el conformismo. Ahora que toca decidir es la mejor oportunidad para hacer las cosas de nuevo de forma diferente y quien sabe si asemejarnos a la lucha de nuestros mayores que ciertamente nos dejaron un mundo “bastante ordenado”.

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