The Objective
Palco Real

Una dinastía marcada por el mito: la maldición de los Grimaldi

Hace más de 700 años, una mujer lanzó un maleficio a Rainiero I y a toda su estirpe

Una dinastía marcada por el mito: la maldición de los Grimaldi

La familia Grimaldi junto a Frank Sinatra en el casino de Mónaco (1979). | Zuma Press

Desde hace siglos, la familia Grimaldi está marcada por la tragedia. Amores imposibles, matrimonios fallidos, muertes prematuras y destinos torcidos han alimentado una leyenda que atraviesa generaciones y que ha terminado cristalizando en lo que se conoce como la maldición de los Grimaldi. Un relato a medio camino entre el mito medieval y la crónica contemporánea que sigue fascinando, inquietando y, en ocasiones, respondiendo a casualidades inexplicables.

Una condena medieval

La leyenda tiene varias versiones, aunque todas arrancan en el siglo XIII. La versión más popular relata que Rainiero I Grimaldi, primer soberano de la dinastía monegasca, rechazó casarse con una mujer a la que había seducido. Según la leyenda, la amante despechada lanzó una maldición: ningún Grimaldi encontraría jamás la felicidad en el amor. Desde entonces, el destino sentimental de la familia habría quedado marcado por la desgracia. Otras versiones cuentan que la maldición fue lanzada por una gitana o por una joven que el propio Rainiero había secuestrado, y de la que después habría abusado.

Aunque no existe ninguna prueba histórica que confirme este episodio, la narrativa ha sobrevivido durante siglos porque parece encontrar eco en la vida real. Generación tras generación, los Grimaldi han protagonizado historias que, vistas en conjunto, parecen dar cuerpo a esa condena: bodas que acaban en divorcio, relaciones tormentosas, o viudeces tempranas que contrastan con la exuberancia del Principado.

Una dinastía emocionalmente frágil

La Casa Grimaldi gobierna Mónaco desde 1297, lo que la convierte en una de las monarquías reinantes más antiguas del mundo. Sin embargo, esa longevidad no se ha traducido en estabilidad emocional. A diferencia de otras casas reales europeas, los Grimaldi han sido muy vocales en lo que a sus conflictos personales respecta, en gran medida por las personalidades que han protagonizado estos escándalos.

Es claro que el mito de la maldición no se sostiene sobre un único episodio trágico, sino sobre una acumulación de hechos reales que, leídos en clave narrativa, construyen un patrón difícil de ignorar. Una reiteración de sucesos que han acrecentado la especulación en torno a esta historia, sobre todo a finales del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Un cuento con final de pesadilla

Ninguna historia ha contribuido tanto a reforzar la leyenda como la de Grace Kelly. Su matrimonio con el príncipe Rainiero III en 1956 fue presentado como el triunfo absoluto del cuento de hadas moderno: una estrella de Hollywood que abandona el cine y su prometedora carrera para convertirse en princesa.

La muerte de Grace tras un accidente de tráfico en las carreteras de Mónaco selló su historia de amor y su figura como símbolo trágico de la dinastía. Todo el mundo era admirador de su figura y de su romance con el príncipe, una relación que se tradujo en una gran exposición para Mónaco, que desde entonces se convirtió en una de las capitales más ricas y conocidas del mundo. El fallecimiento de la princesa causó un estupor a la altura de la muerte de Lady Di. Un accidente, del cual su hija menor, Estefanía, salió ilesa. Esta dramática resolución de los acontecimientos no hizo sino alimentar el aura de fatalidad que rodea a su recuerdo. Para muchos, Grace encarnaba la esencia de la maldición: la promesa de felicidad absoluta transformada en un final abrupto y oscuro.

Carolina, Estefanía y el peso del apellido

Las hijas de Rainiero y Grace tampoco escaparon a esa narrativa. Carolina de Mónaco, gran icono del glamour europeo, ha vivido una intensa vida sentimental marcada también por la tragedia. Su segundo marido, Stefano Casiraghi, falleció en un accidente de motonáutica en 1990, dejándola viuda con tres hijos. Sus posteriores matrimonios y relaciones han sido discretos, pero nunca plenamente estables. Su pareja más conocida, Ernesto Augusto de Hannover, ha sido protagonista de numerosos espectáculos delante de la prensa o en actos oficiales, incluso en la boda de los actuales Reyes de España, cuando tras una noche de mucho divertimento, fue incapaz de acudir al enlace, obligando a su esposa a pasear sola por la alfombra roja de la Almudena.

Estefanía, por su parte, ha representado la versión más rebelde de la familia: romances con guardaespaldas, artistas de circo y músicos; maternidades fuera del matrimonio y una constante huida del rol tradicional de princesa. Aunque ha construido una vida propia y comprometida con causas sociales, su trayectoria también ha sido leída como otro capítulo de la supuesta imposibilidad de los Grimaldi para encontrar equilibrio sentimental. Muchos vinculan también esa infelicidad a la temprana pérdida de su madre, causándole un grave daño emocional.

Un matrimonio sin sentido

El actual soberano, el príncipe Alberto II, tampoco ha escapado a la sombra de la maldición. Durante años fue considerado el soltero eterno de Europa, rodeado de rumores y cuestionamientos sobre su vida privada. El reconocimiento de dos hijos nacidos fuera del matrimonio antes de su boda reforzó esa imagen de inestabilidad personal.

Su matrimonio con Charlène de Mónaco en 2011, lejos de cerrar el relato, lo reavivó. Muchas teorías rodean a la pareja. La principal de ellas es que forzaron a la princesa y ex nadadora olímpica a casarse, llegando esta incluso a intentar escaparse en múltiples ocasiones antes y durante el enlace, según relatan las crónicas del momento. Sin embargo, lo más llamativo fue la ausencia de Charlène casi todo el 2021 por una supuesta infección otorrinolaringológica contraída en Sudáfrica (su país natal) que le impidió volar durante meses. Todo esto ha convertido su unión en objeto constante de especulación mediática. Aunque la pareja mantiene una imagen institucional junto a sus hijos gemelos, la percepción pública sigue siendo la de una relación frágil y forzada por la razón de Estado más que por la armonía personal.

¿Maldición o consecuencia del poder?

Desde una mirada crítica, resulta evidente que el mito de la maldición funciona como una herramienta narrativa para explicar realidades mucho más complejas. La exposición pública, la presión institucional, la falta de libertad personal y la dificultad para construir relaciones fuera del interés político o mediático son factores comunes en muchas casas reales, pero en Mónaco se amplifican por el carácter casi teatral del Principado.

La idea de una maldición permite dramatizar a una familia envuelta en lujo y privilegio pero con un trasfondo de inestabilidad muy profundo. Lejos de desaparecer, la maldición de los Grimaldi sigue siendo invocada cada vez que una nueva crisis sacude al palacio. El relato persiste porque ofrece algo que los datos no siempre proporcionan: una explicación simbólica que se alinea con los gustos mediáticos actuales. Los Grimaldi, con su historia de amores rotos y destinos truncados, encarnan la historia de cualquier best-seller llevado a la gran pantalla.

Quizá la verdadera fuerza de la maldición no resida en la familia, sino en la necesidad colectiva de creer que el poder tiene un precio, en el destino y en la justicia poética. Mito o no, la maldición de los Grimaldi sigue viva porque, más allá de los hechos, responde a una verdad incómoda: ni el lujo, ni el linaje, ni la historia garantizan una vida plena. Y tal vez por eso, siglo tras siglo, seguimos mirando a Mónaco no solo como un escenario de glamour, sino como un lugar donde la tragedia parece encontrar siempre una puerta abierta.

Publicidad