The Objective
El buzón secreto

Así fue la complicada caza de Txeroki, liberado tras solo 18 años de cárcel

Se cargó la tregua de ETA y el CNI de Saiz le pilló con una técnica especial

Así fue la complicada caza de Txeroki, liberado tras solo 18 años de cárcel

El histórico exjefe militar de ETA, Txeroki, en una imagen de archivo. | EFE

Estoy de acuerdo en que las condenas en prisión sirvan para reinsertar delincuentes. Discrepo de que un tipo condenado a 404 años pueda salir en casi libertad a los 18. Respeto las leyes, pero no me gustan. Hay que poner límites. Me refiero a Garikoitz Aspiazu, alias Txeroki, antiguo jefe de ETA, que prefirió ser detenido con las botas puestas tras negarse a aceptar un acuerdo de paz con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. No dudó al poner en marcha el atentado contra la Terminal 4 de Barajas, en el que murieron dos ecuatorianos, aunque precisamente en este atentado no se ha podido demostrar su participación, a pesar de ser el jefe de la organización terrorista.

Su detención fue especialmente complicada y supuso un éxito para el servicio secreto, dirigido en ese momento por Alberto Saiz. El inicio de la historia se remonta al 22 de marzo de 2006. ETA enviaba un comunicado a la EITB, la televisión pública vasca, en el que anunciaba un «alto el fuego permanente». El presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero creyó desde el primer día que era posible que ETA abandonara las armas. Su escudero para dirigir las conversaciones, Alfredo Pérez Rubalcaba, al que designó ministro del Interior en abril —pocas semanas después del anuncio de la banda—, también confiaba en conseguir un hito histórico apoyándose en los pasos recorridos con anterioridad en secreto bajo su supervisión. 

El CNI era escéptico, nunca creyó que fructificaran las conversaciones y desde el primer día actuó como si no fuera a haber un acuerdo, preparando el día después. La Casa no manifestó una opinión contraria al proceso negociador porque sus agentes sabían, por los análisis que ellos mismos habían realizado en las negociaciones fracasadas llevadas a cabo por los Gobiernos anteriores, que sentar a una mesa a representantes de la banda siempre había ofrecido buenos resultados, ya que el fracaso final producía un descrédito de ETA en los ambientes abertzales que la apoyaban. 

Aparcados CNI y Guardia Civil

Durante los ocho meses que duró el «alto el fuego permanente», Rubalcaba blindó la negociación alejando a los agentes del CNI y a la Guardia Civil de la lucha contra ETA, de forma que la Policía, que él controlaba directamente y era de su máxima confianza, estuviera en primera línea de combate, evitando que nadie metiera la pata deteniendo o dando pasos en falso que repercutieran negativamente en la negociación. 

El CNI aceptó su alejamiento del frente de batalla, activó todos los medios para estar listo el día en que ETA blandiera de nuevo las armas y se puso a trabajar en lo que mejor hacía hasta ese momento: espiar al entorno etarra, a los intermediarios, a los negociadores y a todos los que estaban implicados en el proceso, ya fuera en países como Suiza o en la retaguardia política y militar en el País Vasco. Ya antes de oficializarse los encuentros entre los mediadores del Gobierno y de ETA, y durante todo el tiempo que duraron, La Casa facilitó al Palacio de la Moncloa información sobre todo lo que estaba pasando, lo que permitió a Zapatero contrastar los datos que le llegaban, de una manera más oficial, del ministro Rubalcaba.

El 30 de noviembre de 2006, segando las grandes esperanzas en un acuerdo de paz manifestadas en público por el presidente del Gobierno, ETA explotó un coche bomba en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas. Mató a dos ecuatorianos, lo que cerraba las puertas a cualquier intento de reabrir las negociaciones. El sector duro de la banda, encabezado por su jefe militar Mikel Garikoitz Aspiazu Txeroki, había acabado con la posibilidad de un pacto. Volvía la guerra abierta.

Los investigadores señalaron como responsables del atentado a los cuatro integrantes del comando Elurra. Dos de ellos cayeron una semana después en Guipúzcoa, cuando ya preparaban un nuevo ataque. Los otros dos fueron perseguidos por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, pero fue el CNI quien encontró la pista que llevó hasta su paradero.

La División Técnica del CNI había pirateado el ordenador de un colaborador de la banda que se puso en contacto con uno de los perseguidos. Los mandos del CNI decidieron que no debían limitarse a entregar la información a la Guardia Civil para que explotara los datos con la Gendarmería francesa y consiguiera las detenciones. Propusieron participar ellos en el operativo de búsqueda para que la información que obtuvieran les llegara con más nitidez y la experiencia beneficiara a sus actuaciones futuras. De esta forma, en los equipos de trabajo que persiguieron a Joseba Iturbide y Mikel San Sebastián no solo había agentes de la Guardia Civil y la Policía francesa, sino también agentes operativos del CNI.

El cambio de apariencia no le funcionó

Tras la detención de los dos terroristas, concluyó la desarticulación de todo el comando que había efectuado el atentado en la Terminal 4 y todos los esfuerzos se dedicaron a cazar a Txeroki, el número uno de ETA y responsable del fin de las negociaciones. En noviembre de 2008, un equipo operativo del CNI fotografió a un sospechoso durante el encuentro con un etarra. Nadie lo identificó en un primer momento, hasta que el servicio secreto consiguió hacerlo por medios técnicos: se trataba, nada más y nada menos que de Txeroki. Las fotos que había de él eran antiguas y el cambio de apariencia había sido inteligente, pero lo habían descubierto.

El 17 de noviembre de 2008, en Cauterets, una localidad de los Pirineos al sudoeste de Francia, las fuerzas de seguridad francesas detenían a Mikel Garikoitz. Junto a los asaltantes de la casa iban los guardias civiles, como se contó, y agentes del CNI, lo cual se ocultó. 

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