Silvia Abril y la religión de la subvención
«Sus declaraciones son reveladoras de una intolerancia que pretende monopolizar el discurso cultural»

La actriz Silvia Abril. | David Zorrakino (EP)
En la alfombra roja de los Premios Goya, celebrados el pasado fin de semana en Barcelona, la actriz y humorista Silvia Abril decidió convertir un momento de glamour cinematográfico en una tribuna para lanzar un ataque frontal contra la fe cristiana y, en particular, contra el creciente interés de los jóvenes por ella. Todo comenzó durante una entrevista en la alfombra roja, donde se le preguntó a Silvia Abril por sus opiniones sobre las películas nominadas a los galardones.
La conversación fluía de manera ligera hasta que llegó el turno de comentar Los domingos, una cinta que narra la historia de una adolescente que siente la llamada de Dios y quiere ingresar en un convento de clausura. Esta película, que explora temas como la vocación religiosa, la búsqueda de sentido en un mundo caótico y la tensión entre la modernidad y la tradición, ha sido una de las sorpresas de la temporada.
En lugar de limitarse a una crítica cinematográfica, Abril aprovechó la ocasión para lanzar un alegato ideológico contra lo que percibe como un retroceso en la mentalidad juvenil. Sus declaraciones íntegras, tal como las pronunció, fueron las siguientes: «Me niego a aceptar que en la juventud que sube tenga esa cadencia y esa tirada hacia lo cristiano. Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana. Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado. Se acabó».
Estas palabras no son solo su opinión. Representan un síntoma de una intolerancia laica que se ha enquistado en ciertos sectores de la cultura española, especialmente en el mundo del cine, donde el progresismo secular parece ser el dogma indiscutible. Abril, con su «me niego a aceptar», revela una actitud que niega la libertad de elección a los jóvenes, tratándolos como si fueran incapaces de tomar decisiones autónomas sobre su vida espiritual y religiosa. ¿Por qué le da «pena» que busquen refugio en la fe cristiana? ¿Acaso no es legítimo que, en una sociedad marcada por la incertidumbre económica, la inestabilidad laboral y la fragmentación social, muchos jóvenes encuentren consuelo y orientación en tradiciones milenarias que han demostrado su resiliencia a lo largo de la historia?
La libertad de los jóvenes para creer en lo que quieran es un pilar fundamental de cualquier sociedad democrática. Silvia Abril, desde su posición privilegiada en la industria del cine, parece querer imponer su visión atea o agnóstica como la única válida. ¿Quién es ella para dictar qué deben o no deben creer los demás? Esta actitud demuestra una intolerancia ideológica, donde una élite cultural pretende moldear la mente de las nuevas generaciones según sus prejuicios. Los jóvenes no necesitan que una actriz les diga a qué agarrarse. Tienen derecho a explorar la fe cristiana sin que se les mire con «pena». Imponer una manera de ver la vida, como hace Silvia, es precisamente lo contrario a la diversidad y el respeto que tanto se predica en los círculos progresistas. Si ella se niega a aceptar esta realidad, el problema no está en la juventud, sino en su propia rigidez mental.
Pero vayamos al meollo de su ataque más virulento: calificar a la Iglesia como un «chiringuito». Esta metáfora despectiva, que implica un montaje fraudulento o un negocio oportunista, es no solo ofensiva para millones de católicos, sino hipócrita viniendo de alguien inmerso en el ecosistema del cine español. ¿De qué chiringuito habla Silvia cuando la industria cinematográfica nacional sobrevive gracias a un flujo constante de subvenciones públicas, a pesar de su crónica falta de rentabilidad? Según datos recientes, el cine español es un pozo sin fondo de perder dinero, donde la mayoría de las producciones no logran ni siquiera cubrir los costes básicos.
Un informe publicado revela que el 40% de las películas españolas estrenadas en 2025 no llegaron ni siquiera a los 100 espectadores en taquilla. Esto significa que cuatro de cada diez filmes pasan desapercibidos, sin generar impacto cultural ni económico. Más de la mitad de las películas españolas no recaudaron ni siquiera 1.000 euros en taquilla durante todo el año, a pesar de un récord en subvenciones públicas que superaron los 250 millones de euros. Estas cifras, extraídas de datos del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA), pintan un panorama desolador. El cine español es deficitario por diseño, sostenido artificialmente por el Estado, que inyecta fondos sin exigir ninguna rentabilidad.
Esta hipocresía no es nueva. El cine español ha sido durante décadas un bastión de la izquierda cultural, donde se premia la adhesión ideológica por encima del mérito artístico o comercial. Los Goya son unos premios endogámicos y partidistas. Silvia Abril, pareja del presentador Andreu Buenafuente y habitual de los circuitos subvencionados, encarna esta élite que vive de espaldas a la realidad. ¿Cuántas de sus películas han sido financiadas con dinero público?
En conclusión, las declaraciones de Silvia Abril no solo son desafortunadas, sino reveladoras de una intolerancia que pretende monopolizar el discurso cultural. Los jóvenes tienen derecho a su fe, sin imposiciones ni penas ajenas. Un servidor no va a una iglesia a escuchar una misa desde que empezó a afeitarse, pero nunca sería tan estúpido de obligar a los demás a hacer las cosas como yo las hago.
