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La monogamia explicada a los modernos

«Por lo que sea, una infidelidad a ojos vista y preavisada ya no duele, y es muy buena para las mujeres»

La monogamia explicada a los modernos

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Circuló por las redes un vídeo sexual de un presentador de televisión. La mujer con la que mantenía relaciones no era su pareja oficial. Amén de la deglución del morbo, la gente pudo hozar en las delicias del mal ajeno, en este caso, de una infidelidad. La esposa del presentador desde 2009 salió en Instagram a aclarar algunas cosas. En resumen, dijo que ellos eran una pareja abierta, que aquel vídeo no mostraba una infidelidad, sino únicamente la violación de la intimidad de su marido.

Este lance sirvió para propulsar nuevamente el debate sobre la monogamia. Al parecer, la monogamia es muy antigua y dificulta, por ejemplo, entender vídeos sexuales. La monogamia es patriarcal, aburrida y esclavizante. La monogamia, en fin, es una mierda. Hay que pasarse ya todos a la poligamia, la no monogamia, el poliamor, la pareja abierta y Apple +.

Como no soy antropólogo, voy a explicarles lo de la monogamia. Entre los humanos, la monogamia no existe. Eso es lo que he venido aquí a contarles.

Tomado en sentido literal, nadie es monógamo, pues todos hemos tenido o acabaremos teniendo a lo largo de la vida más de una pareja. Se tiene estudiado -y este dato quizá resulte relevante para párrafos subsiguientes- que un español o española tendrá de media a lo largo de su vida no más de 20 parejas sexuales.

Si entendemos por monogamia, como es más común, la exclusividad sexual durante el periodo de tiempo en que dos personas se fían pareja, lo cierto es que esa exclusividad es muy dudosa. La mala noticia es ésta: la mayoría de la gente no quiere acostarse contigo.

O dicho de otra manera: la mayoría de la gente no quiere acostarse con la mayoría de la gente.

La gente normal, o sea, la que no es moderna, simplemente tiene una pareja, rompen, y se enfrenta al vacío. Durante meses, quizá años, no conoce a nadie. Finalmente conoce a alguien y forma otra pareja. A veces, entre esas dos parejas, ha podido haber algún encuentro sexual estanco, sin continuidad. Así, la pareja recién formada no ha renunciado a acostarse con otros para acostarse solo con uno. No ha habido elección, sino escasez. La gente se empareja con la persona que aparece en su vida dispuesta a emparejarse con ella. Que esto sea considerado monogamia supone, desde luego, una exageración: da a entender que la gente emparejada tiene numerosos pretendientes. Lo cierto es que la mayoría no tiene a nadie esperando.

Que la gente normal sea monógama no quiere decir otra cosa que no dispone en su vida de más personas con las que acostarse.

Cuando la gente normal dispone en su vida de más personas con las que acostarse, lógicamente se acuesta con ellas. Es lo que se conoce como infidelidad.

Miles de películas y canciones y novelas tratan el tema de la infidelidad, que no es otra cosa que lo que le pasa a la gente con suerte; todos los días, de hecho. Pero mucha otra gente no tiene suerte; tiene a Pepa, tiene a Pepe, y no tiene nada más.

Un hombre corriente (por centrar el tiro) tarda toda una vida en completar las, como vimos más arriba, diez o veinte parejas sexuales que el destino le tiene reservado. Esas veinte amantes no están todas en línea en un banco en la calle, de modo que pueda elegir entre una y otra o, si acaso, combinar amoríos. Están distribuidas a lo largo del tiempo y el espacio, surgen en una cena, una reunión de amigos, una boda o viaje en autobús. Hasta hace poco, los viajes en autobús daban para muchos noviazgos.

Lo que ha sucedido ahora es que las apps para ligar han generado justamente ese banco espacio-temporal que decimos. De pronto, cualquier hombre o mujer, entrando en Tinder, se ve cara a cara con las cinco personas que, a lo largo de diez años, iba a conocer y a follarse. Esto ha creado la ilusión en mucha gente de ser Robert Redford o de ser Nicole Kidman, cosa que en principio no nos parece mal. En una sola tarde, puedes tener cuatro o diez o veinte requerimientos sexuales, algo que antes sólo le pasaba a tu amiga la guapa, a tu amigo el guay, los sábados. A renglón seguido, la monogamia se ve como una imposición insoportable.

Lo repito por última vez: la mayoría de mis amigos hacen un esfuerzo increíble por ser infieles, y no lo consiguen. Es dificilísimo no ser monógamo. Recuerden también que no todos tenemos 19 años y vamos a ir a Benicàssim este verano con una bolsa llena de drogas. Algunos trabajamos y tenemos hijos. Visto así -que la vida no da mucho juego- la mayoría agradece poder siquiera ser monógamo.

Ana Requena ha escrito en El Diario una pieza muy interesante sobre todo lo anterior, aunque en sentido opuesto a la realidad. Diversas expertas cargan contra la monogamia opresiva y piden más libertad para las mujeres. El vídeo del presentador (o sea, el vídeo del que está acostándose con otra) es tomado como la prueba evidente de que las mujeres pueden tener una vida mejor, una vida en la que sus maridos se acuesten sin problemas con otras. Es lo que yo he entendido del artículo, la verdad.

En los 50, pongamos, un señorón tenía sus queridas, les «ponía un piso», como se decía entonces. La señora miraba para otro lado. Ahora la señora, que es muy moderna, no mira para otro lado, sino que está al tanto de las queridas de su cónyuge. Llegados a este punto, mi duda es: ¿qué diferencia hay exactamente entre una cosa y otra?

Por lo que sea, una infidelidad a ojos vista y preavisada ya no duele, y es muy buena para las mujeres. Lo que tienen que hacer las mujeres es dejar que sus maridos o novios se acuesten con otras. Esa es su liberación.

Me dirán (ya llego, tranquilas) que ellas también pueden acostarse con otros hombres. Sí. Es una pena no contar con datos estadísticos de con cuántas mujeres se acuestan ellos y con cuántos hombres ellas -y cuántas veces en total- dentro de las, así llamadas, parejas no monógamas. Usted en casa piensa lo mismo que yo. Póngalo en los comentarios, que a mí no me cabe ya aquí tanta verdad.

Antes del outro, déjenme decir que conozco parejas poliamorosas desde hace años, y a algunas les va bien. No estoy dudando del modelo. Estoy dudando de la revolución. La gente normal no tiene tiempo para la revolución reservada a ciertas personas atractivas con pocas cosas que hacer. Se conforma con que alguien le espere por la noche cuando vuelve a casa. Y ni siquiera eso es tan fácil de conseguir.

Hay, en fin, algo fascinante en el vídeo sexual y en su debate. Y es el hecho de que, aunque la esposa afirme que eso que mucha gente ha visto no es infidelidad, a la gente su descargo le trae sin cuidado. Le he dado, como es costumbre, muchas vueltas. Piensen por ejemplo que vieran un vídeo donde un coche me atropella, y salgo disparado por los aires y me rompo las dos piernas. Su reacción natural no cambiaría mucho si les dijera, después de que el vídeo se difundiera, que yo le he pedido a un amigo que me atropelle. Sé que es un ejemplo extremo. Un atropello es violento, feo, delictivo. Que yo lo haya organizado para experimentar, pongamos, un gran dolor, dado que estoy loco, no les hace a ustedes ver con buenos ojos al conductor que, así sea porque yo se lo solicité, me ha pasado por encima.

De este modo, por mucho que la mujer del presentador diga que eso que vemos (nota: no he visto el vídeo) no tiene nada de malo, fuera del delito contra la intimidad que supone, nosotros seguimos viendo exactamente lo mismo: un tipo que se acuesta con una mujer que no es aquélla con la que en ese momento está casado. Algo, en fin, no muy elegante. Algo que no está bien. Es raro esto, ¿verdad?

Las expertas del artículo de Requena dirían que nuestra mirada está colonizada por el patriarcado, y también nuestra conciencia, y que eso puede cambiar si -yo qué sé- de pronto todo el mundo empieza a subir vídeos sexuales acostándose con personas que no son su pareja conocida. A lo mejor la vida sexual de las mujeres mejora si todo el mundo ve cómo su novio, esposo o marido se acuesta con otras, sí.

Les voy a repetir la frase: a lo mejor la vida sexual de las mujeres mejora si todo el mundo ve cómo su novio, su esposo o su marido se acuesta con otras.

Sí.

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