Vigencia de Gracián. (Casi un cuento de Navidad)
Baltasar Gracián pasa por ser algo así como uno de los grandes representantes del fatalismo

Retrato de Baltasar Gracián. | Universidad Pontificia Comillas
Hace un par de meses, veintidós o veintitrés años después de la última vez que nos vimos, me reencontré junto a la estación de Atocha con Pilar Sánchez-Laílla, que fue compañera mía en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, allá en la transición entre siglos, media vida atrás.
Aunque apenas hablamos, muy tímidos aún, creo que en los siete minutos en los que estuvimos juntos, antes de que diese comienzo el acto que de hecho nos reunía, charlamos más que en aquellos cuatro o cinco años que pasamos juntos escuchando a los maestros y maestras que por entonces ocupaban los despachos del extraordinario departamento de Literatura Española e Hispanoamericana que había en 2000 en la Universidad de Zaragoza, cuando aquel lugar tenía aspecto de cuartel cochambroso, y no, como ahora, de flamante laboratorio noruego.
Y si no hablábamos más no sería porque no pudiéramos, ya que de verdad que por entonces estábamos bastante juntos, nos sentábamos cerca, nos sonreíamos de lejos, yo la buscaba más a ella que, me temo, viceversa, y sobre todo nos reconocíamos como lectores solitarios y silenciosos, algo que no era tan frecuente como me parece que por naturaleza debería serlo en los pasillos de los departamentos de Humanidades. También, me pasaba, por ejemplo, con Javier Ibarra, el hoy conocidísimo Kase.O, que atravesó conmigo el primer curso de Filología Hispánica. Nunca hablamos mucho, pero nos colocábamos más o menos juntos porque en las aulas se formaban algo así como barrios: el barrio de los habladores, el barrio de los oscenses, el barrio de los más o menos punkis, la zona de los futbolistas…, el barrio de los que íbamos siempre con un libro que no venía impuesto por los planes de estudio.
Si a día de hoy soy todavía bastante pardillo y no poco apocado, no se puede ni intentar empezar a explicar lo que era yo a comienzos de siglo. Francamente, debía de asustar un poco, siempre cabizbajo, siempre despistado, siempre leyendo, levantando solo la cabeza para escuchar las admirables lecciones de José-Carlos Mainer, María Jesús Lacarra, Juan Manuel Cacho Blecua, Aurora Egido, Alberto Montaner o Leonardo Romero Tobar, las originales teorías de Daniel Mesa o Alberto del Río o los divertidísimos e ilustrados disparates de Túa Blesa, que eran otro modo estupendo de aprender de verdad literatura. Tuvimos suerte con ese claustro. También había un par de farsantes, claro, profesores que manifiestamente odiaban los libros, y despreciaban sin muchos disimulos a aquellos a los que sí nos ilusionaba o emocionaba la lectura, a aquellos que sí encontrábamos en los textos no solo un camino (ni por supuesto un trabajo, ni siquiera una «ocupación») sino un fin, una explicación, un destino. Yo por entonces era muy tímido, sí, pero también algo insolente: ya había leído a Ramón Gaya y sabía que hay que ser inflexible ante la mentira e intolerante ante la pereza intelectual y, en cuanto escuchaba los primeros minutos de aquellos otros intrusos o de aquellas impostoras de cuyos nombres no quiero acordarme, desconectaba y seguía leyendo lo que fuera, Pla o Ginzburg, Coetzee o Panero. Era entonces cuando a veces cruzaba la mirada con Pilar Sánchez-Laílla y veía que me estaba mirando con curiosidad, con complicidad, tal vez con un poco de envidia por el hecho de que ella, mucho mejor educada que yo y todavía más insegura en lo social, no se atrevía a hacer lo mismo.
Durante años solo nos comunicamos así, por identificación, aunque en los congresos y en alguna conferencia nos sentábamos juntos. Apenas un «hola» pequeñito, un rubor enorme, y a sumergirnos en lo que se estuviese diciendo, ya fuera algo sublime por parte de un apasionado, ya alguna memez por parte de un iluminado.
El tiempo ha ido pasando, las cosas han cambiado, ya no voy siempre en chándal y el otro día en Atocha, al darnos los dos besos rituales, no solo me di cuenta de que muy probablemente era la primera vez que nos tocábamos en esta vida, sino que lo dije, y ella se rio como dos décadas atrás solo lo hacía con las ya mencionadas ocurrencias genialoides y estimulantes de Túa Blesa. Pero por entonces nos reíamos poco porque yo creo que hasta eso nos daba vergüenza. Más bien sonreíamos, yo con mi ausente sonrisa boba, ella con su bonita sonrisa triste.
En fin, han pasado los años, la vida nos habrá ido dando grandes tortazos y grandes regalos, como a todo el mundo, y allá estábamos, abrazados junto a Rafael Yuste, editor de Prames, y ese magnífico artista que es José Luis Cano.
Nos reunía Baltasar Gracián, y eso sí que son palabras mayores, y no deberían serlo solo para aragoneses como esos cuatro que andábamos allá, buscando la puerta de la librería, algo para lo que hubiera hecho falta un plano. Gracián pasa por ser algo así como uno de los grandes representantes del fatalismo, de cierto «cenicismo» glorioso que iluminaría a los grandes pesimistas, a los grandes abatidos (es famoso que Schopenhauer aprendió español para poder leer directamente al jesuita), pero lo cierto es que su literatura, aparte de rebosar su famoso ingenio o su celebrada inteligencia, inspira una clarísima alegría, que no es solo la alegría de la buena escritura, del sublime uso del español, sino la de la curiosidad más jolgoriosa, activa y lúcida ante todas las manifestaciones de la existencia.
Lo que entre Prames, Cano y Sánchez-Laílla han perpetrado es una especie de «reducción estratégica» e ilustrada de El Criticón, una idea que en un primer momento me provocó recelos, y que después, en cuanto recibí en casa el aparatoso pero impecable resultado, me encandiló. Si se me hubiera consultado, yo, tan petardo, hubiera recomendado no hacer antologías e imponer al lector la lectura completa de la obra, «como Dios manda», y aparte hubiera pensado que los dibujos sobran: pues bien, sucede que la selección que ha hecho Pilar es, cuando menos, suficiente, muy bien pensada, y que las ilustraciones de José Luis son realmente una suma y no una molestia, ni siquiera una distracción. Todo se complementa bien, todo comulga, y este libro debería recibir en 2026 alguno de esos premios al libro mejor editado que dan las instituciones culturales.
Solo lamento la ausencia de un prólogo, de una introducción o cuando menos de una breve presentación por parte de Pilar, pero no debería extrañarme, conociendo su timidez sobrenatural. Aunque, en el contexto gracianesco, tal vez no hay que hablar de timidez, sino de palabras clave como «prudencia» o «discreción», que son los sustantivos con los que toda persona culta identifica automáticamente al de Belmonte de Calatayud, y con los que yo la identifico sin dudas a ella.
