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Héroes e historiadores (casi) desconocidos

«Francisco de Saavedra fue un hombre excepcional por sus éxitos militares y políticos al que se le debe más atención»

Héroes e historiadores (casi) desconocidos

Francisco de Saavedra (1798), por Goya. | Wikimedia Commons

La insoportable arrogancia política de Donald Trump me recuerda la sagaz premonición del conde de Aranda, a la sazón embajador de España en París, cuando comentaba en 1783 acerca de la ayuda que España, junto con Francia, había prestado a la independencia de los Estados Unidos: «Esta república federal nació como un pigmeo y como tal necesitaba la ayuda y la fortaleza de dos Estados poderosos como España y Francia para conseguir su independencia. Mañana será un gigante conforme vaya consolidando su constitución y después un coloso irresistible en aquellas regiones. En este estado se olvidará de los beneficios que ha recibido de ambas potencias y no pensará más que en su engrandecimiento». Admira la clarividente profecía de Aranda. Se diría que intuía hasta la fanfarronería del futuro cuadragésimo séptimo presidente de Estados Unidos.

Otro personaje, casi un héroe, aunque menos conocido, de aquella misma época y empresa, Francisco de Saavedra, se mostraba plenamente de acuerdo con el embajador de España. Escribió así Saavedra: «Lo que no se ha pensado sobre el momento actual, lo que debería ocupar la total atención de los políticos, es la gran convulsión que a su debido tiempo producirá sobre la raza humana la revolución de Norteamérica». Es interesante observar que dos protagonistas de la política española de entonces, como eran Aranda y Saavedra, ambos decididos partidarios de la ayuda española a los rebeldes americanos (a Carlos III, en cambio, le costó mucho aprobar que España tomase partido por unas colonias en rebeldía contra su rey), advirtieran que, sin embargo, la política que preconizaban podía causar graves preocupaciones en plazo no muy largo a la propia España. Y, con todo, no eran conscientes aún de una amenaza todavía mayor: las bancarrotas que la guerra americana iba a causar en América, en España y, sobre todo, en Francia, iban a provocar una marea revolucionaria que dejaría chiquita la de Norteamérica: la Revolución Francesa, que en realidad fue una revolución mundial que afectó directamente a toda Europa y a Iberoamérica.

El conde de Aranda, uno de los políticos españoles más capaces de esa época, es bien conocido de los historiadores. Saavedra, en cambio, es casi desconocido, aunque el libro reciente de un estudioso hispano-británico, James Giesler Vila, sobre su papel en la guerra revolucionaria americana, nos lo da a conocer como se merece: Saavedra tuvo intervenciones muy importantes en la política española a finales del siglo XVIII y principios del XIX.

El interés de Giesler por la historia le viene por parte materna y española. Su madre es filóloga, exalumna del Colegio Estudio, con una gran curiosidad por los temas históricos. Su tía, Enriqueta Vila, es una prestigiosa historiadora americanista. El libro de Giesler, de momento, sólo está en inglés y sería de desear que se tradujera al español para que pudiera acceder a él un público más amplio, tan interesado en principio como pueda estarlo el anglófono.

Saavedra fue un militar y diplomático de gran valía que desarrolló una función muy relevante en la independencia de Estados Unidos, como ahora veremos, pero que, años más tarde, reaparece con un papel muy destacado en la lucha contra la invasión napoleónica. Nacido en Sevilla en una familia aristocrática venida a menos, pronto se mostró como un brillante estudiante en academias militares, con una asombrosa capacidad para la diplomacia y la logística. Durante sus estudios se hizo muy amigo del malagueño Bernardo de Gálvez, otro superdotado en la política y la milicia, perteneciente a una familia muy distinguida de funcionarios y diplomáticos. Con apoyo de los Gálvez, que tenían a varios miembros en altos puestos en Hispanoamérica, Saavedra fue comisionado para organizar la ayuda a los rebeldes norteamericanos y, en especial, para colaborar con la escuadra naval francesa, que estaba al mando del almirante conde de Grasse.

«La lucha de Saavedra para combatir la incompetencia de muchos funcionarios y políticos españoles en Indias fue titánica»

La lucha de Saavedra para combatir la abulia y la incompetencia de muchos funcionarios y políticos españoles en Indias fue titánica y exitosa. Consiguió poner la maquinaria administrativa y militar española al servicio de la lucha contra Inglaterra, la gran potencia que recientemente había derrotado a España y Francia en la Guerra de los Siete Años (1756-63). La ayuda a los rebeldes norteamericanos era, en gran parte, un desquite de los Borbones contra el Reino Unido y un intento de recuperar territorios perdidos en América y Europa; para España, en particular, sobre todo Gibraltar y Menorca.

Saavedra sacaba fondos de debajo de las piedras para financiar los gastos militares. Muy compenetrado con Gálvez, contribuyó decisivamente a varias victorias de éste, la más notable, la conquista de Pensacola, que devolvió a manos españolas la Florida occidental. Pero lo más decisivo fue su contribución a la batalla que puso fin a la guerra: la toma de Yorktown en Octubre de 1781.

En Yorktown, importante puerto en la bahía de Chesapeake, se había hecho fuerte el general inglés George Cornwallis en preparación de una campaña contra el ejército patriota (o rebelde, según se mire) de George Washington, que operaba en Virginia. Cornwallis confiaba en que, si era atacado por Washington, la escuadra naval inglesa acudiría en su socorro. Pero allí estaban Saavedra y de Grasse para impedirlo: situaron la escuadra hispano-francesa en la boca de la bahía para impedir la entrada de los barcos ingleses. Por si esto fuera poco, Saavedra y Gálvez se las arreglaron para reunir una suma muy respetable de dinero para pagar a las tropas de americanas y francesas, que sitiaban Yorktown y estaban a punto de amotinarse a causa de los retrasos en el pago de sus soldadas: el dinero español (proveniente de España, Cuba y México) fue decisivo para mantener la disciplina de las tropas que asaltaron Yorktown. Francia, en virtual bancarrota nada menos que desde Luis XIV (recordemos que su nieto Luis XV pronunció aquella frase inmortal y premonitoria: «Después de nosotros, el diluvio»), apenas contribuyó el 5% de lo que aportó España.

Aunque aún se tardó dos años en firmar la paz que dio la independencia a los Estados Unidos y resarció parcialmente las reclamaciones de españoles y franceses (Gibraltar no se consiguió, pero se recuperó Menorca, entre otros territorios), la capitulación de Yorktown dejó al ejército colonial inglés en clara inferioridad numérica y posicional. La contribución española, y en concreto de tres individuos, Aranda, Gálvez y Saavedra, fue claramente determinante. Y, como previeron Aranda y Saavedra, poco provecho material obtuvo España de su esfuerzo, aparte de las restituciones de Inglaterra. Las primeras décadas de la nueva república americana fueron demasiado caóticas política y económicamente como para esperar de ella alguna retribución.

«La economía española se resintió del esfuerzo en favor de la independencia americana»

La economía española se resintió del esfuerzo en favor de la independencia americana. No es casualidad que el Banco Nacional de San Carlos (lejano antecesor del Banco de España) se fundara en 1782, un año después de la victoria de Yorktown. Su finalidad inmediata era reparar el boquete que había dejado dicha victoria en las finanzas españolas. A la larga, el Banco entró también en bancarrota al igual que, de hecho, el Estado español.

El conde de Aranda murió en 1798 y no pudo ver hasta qué punto se cumplieron sus pesimistas predicciones de 15 años antes; pero Saavedra sí pudo verlo y no sólo eso, sino ser otra vez protagonista en primera línea de los nuevos acontecimientos. Francia no se salvó de la bancarrota final, pese a lo escaso de su contribución monetaria a la toma de Yorktown. Su quiebra definitiva ocho años después desencadenó una de las grandes revoluciones de la historia, cuyas sacudidas repercutieron en Europa y América, y que desembocó, como muchas otras grandes revoluciones, en una dictadura, ésta con ribetes imperiales: la de Napoleón Bonaparte, que estuvo a punto de hacerse dueño de Europa. Uno de los países que invadió Napoleón fue España, que resistió heroicamente; y entre los que encabezaron la resistencia estuvo, naturalmente, Francisco de Saavedra, cuya contribución volvió a ser decisiva.

Después de su aventura americana, Saavedra había vuelto a España, donde ocupó importantes cargos políticos (ministro de Hacienda e incluso, brevemente, primer ministro); harto de la Corte de Carlos IV, María Luisa y Godoy, en 1799 se retiró a su Andalucía natal, donde se encontraba cuando los franceses entraron en España nueve años más tarde. Saavedra, como su amigo Jovellanos, con quien comparte, entre otras glorias, la de haber sido retratado por Goya, organizó la resistencia tras el 2 de Mayo, y dos semanas más tarde fue elegido presidente de la Junta Suprema, el primer gobierno provisional en una España descabezada por la huida de la familia real. Haciendo gala de su talento logístico y estratégico, en pocas semanas organizó y pertrechó Saavedra el llamado Ejército de Andalucía, a cuyo mando puso al general Francisco Javier Castaños, que dos meses más tarde batió a los franceses en la batalla de Bailén.

Cuando Napoleón personalmente entró en España con su Gran Ejército y se apoderó de casi toda la Península, Saavedra siguió al frente del gobierno resistente hasta que, en 1810, se refugió en Ceuta, donde permaneció hasta el fin de la guerra. Ya anciano, regresó a España en 1813, y se retiró a Sevilla, donde murió en paz en 1819, dejando memorias, diarios y escritos que recientemente han sido editados por dos estudiosos españoles, Francisco Morales Padrón y Manuel Moreno Alonso.

Hasta aquí la historia, muy resumida, de un hombre excepcional por su inteligencia, su valor, su capacidad de trabajo, su integridad, y sus éxitos militares, diplomáticos y políticos. Parece incomprensible que no se le haya prestado antes la atención que merece. Además de sus otras virtudes, ni se aferraba a los puestos, ni toleraba la corrupción. Todo un ejemplo.

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