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Cultura

Incesto, cultura y poder materno

«El punto más débil de la teoría de Lévi-Strauss no está en la biología, sino en lo social»

Incesto, cultura y poder materno

Detalle de 'Lot y sus hijas' (1636-1638), óleo sobre lienzo de Artemisia Gentileschi. | Wikimedia Commons

En mi juventud fui a algunos cursos de Claude Lévi-Strauss en el Colegio de Francia. Nunca le hice preguntas a aquel profesor severo y reconcentrado en sí mismo, pero salía de sus clases con una incomodidad persistente. Me resistía a aceptar su idea de que el incesto no constituía un peligro biológico real y de que su prohibición obedecía únicamente a reglas culturales. Recordaba que en mi infancia los matrimonios entre primos hermanos resultaban a veces catastróficos desde el punto de vista genético y la gente hablaba de ello. 

Para Lévi-Strauss, el núcleo del problema era claro y debía decirse sin rodeos. El tabú del incesto no surge para proteger a los hijos ni para evitar malformaciones, sino para obligar al padre (y, en general, a los hombres de un grupo) a renunciar a las mujeres de su propio linaje. Esa renuncia permite intercambiarlas con otros hombres, crear alianzas entre grupos y, en último término, fundar la sociedad. La prohibición no protege cuerpos: organiza relaciones. No preserva la vida biológica: produce cultura.

La fortaleza de esta construcción teórica es paralela a su fragilidad empírica. Para sostenerla, Lévi-Strauss debía minimizar algo difícil de negar: que las sociedades humanas más antiguas podían advertir, sin necesidad de ciencia, que la endogamia reiterada no era una buena idea. No hacía falta comprender la genética para observar que en ciertos linajes los niños morían más, enfermaban más o no prosperaban. Bastaba la memoria colectiva, la comparación elemental y la transmisión oral de la experiencia. La norma pudo nacer así, como tantas otras: no de una teoría, sino de una comprobación obvia.

A ello se añade lo que hoy llamaríamos, sin dramatismo, un instinto de especie. No un instinto consciente ni una ley interior formulable, sino disposiciones no reflexivas que desalientan la reproducción entre individuos demasiado próximos. La aversión sexual entre quienes se han criado juntos, la atracción por lo exterior, la inquietud difusa ante la sexualidad intrafamiliar forman un trasfondo biológico que no crea reglas, pero sí orienta comportamientos. Reconocer este trasfondo no elimina la cultura; simplemente la vuelve más compleja.

Pero el punto más débil de la teoría de Lévi-Strauss no está en la biología, sino en lo social. Su relato del origen del tabú es, en el fondo, una escena masculina: hombres que se prohíben entre sí el acceso sexual a ciertas mujeres para poder intercambiarlas: el padre disponiendo de las hijas y llevando a cabo con ella negocios clánicos y sociales. En este esquema, la madre prácticamente desaparece. No como símbolo, sino como persona real.

Sin embargo, en sociedades sin Estado, sin tribunales y sin policía, la regulación efectiva de la sexualidad ocurre en el espacio doméstico. Y allí la madre ocupa una posición central. Resulta poco creíble que las madres aceptaran pasivamente que el padre o los varones adultos del grupo dispusieran sexualmente de las hijas. La protección directa, la rivalidad sexual, el control cotidiano de los cuerpos, la defensa del valor reproductivo de la descendencia y la evitación de conflictos internos son fuerzas demasiado concretas para ser ignoradas. Antes de convertirse en ley, la prohibición del incesto pudo ser una práctica: impedir, vigilar, separar, alejar, negociar matrimonios hacia afuera.

En este punto resulta iluminadora la obra de Bronislaw Malinowski, a menudo eclipsada por el éxito posterior del estructuralismo. En sus estudios sobre las culturas de las islas Trobriand, Malinowski mostró sociedades donde el padre no es la figura central de la autoridad sexual ni de la prohibición. La filiación es matrilineal, el tío materno tiene más peso que el padre, y la madre, junto con su linaje, regula de hecho la vida sexual y reproductiva. Allí, el tabú del incesto no puede explicarse como una renuncia paterna en nombre del intercambio, sino como el resultado de controles ejercidos desde el mundo femenino y doméstico. Malinowski no formuló una teoría general a partir de ello, pero dejó una grieta que Lévi-Strauss prefirió cerrar.

Nada de esto invalida por completo la aportación de Lévi-Strauss. El intercambio, la exogamia y la simbolización siguen siendo dimensiones esenciales de la vida social. Pero su pretensión de haber identificado en la prohibición del incesto el acto fundador puro de la cultura resulta excesiva. Más que un salto repentino, lo que aparece es un proceso: disposiciones biológicas vagas, experiencia empírica acumulada y conflictos domésticos concretos cristalizan poco a poco en norma.

Conviene añadir, para terminar, una observación más general. Desde Lévi-Strauss hasta buena parte de los pensadores que hoy se presentan como pilares de la posmodernidad, estas teorías comparten un rasgo llamativo: la supresión sistemática del papel de la madre en el origen de las leyes y de la cultura. El padre aparece como sujeto de la prohibición, del intercambio y de la palabra; la mujer queda reducida a objeto que circula o a fondo natural silencioso. Esta omisión no es un accidente tardío, sino un gesto originario y fundador de mentiras que emborronan el verdadero origen de la cultura.

Que hayan sido precisamente antropólogos y filósofos celebrados por su crítica del poder quienes reprodujeran este olvido no deja de ser paradójico. Al explicar el origen del mundo social, volvieron a omitir a quienes habían ejercido uno de los poderes más antiguos y eficaces: el control materno de la vida, del cuerpo y de la reproducción. Tal vez haya llegado el momento de releer esas teorías no solo como relatos sobre el nacimiento de la cultura, sino también como síntomas de una larga tradición intelectual que, para pensar el orden, necesitó olvidar a la mujer desde el principio.

Mi tesis es bastante clara: la madre fue determinante en el establecimiento del tabú del incesto y fundamental en la creación de lo que entendemos por cultura.

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