Una bola de lluvia. Primeros días del año
EEUU ha bombardeado Caracas. Por la tarde he seguido con Sender, con el volumen de sus primeros escritos…

Una mujer en una biblioteca. | TO.
1 de enero. La Navata
Anoche nos fuimos a la cama a las diez y cuarto, dinamitando todos nuestros récords, y luego ya no nos despertó ningún cohete, ningún grito, ningún claxon. Ventajas de estar en el campo.
Ha sido realmente un año agotador, tanto como estupendo.
Por la mañana hacía mucho frío, pero era un frío bonito, reparador, inaugural. He estado curioseando tranquilamente los regalos que nos dimos ayer. La Nochevieja es el único momento de la Navidad en el que realmente se puede decir que sucede algo, aunque sea también un poco relativo y arbitrario, y no veo que haya un momento más oportuno para darse regalos, aunque casi nadie lo haga, me parece. Carmen me trajo de Mallorca cuatro «senderes» que no tenía, discretamente expurgados de la biblioteca familiar de allá. Este va a ser para mí el año de Sender, sin duda, y me apetece, me apetece mucho.
Por la tarde hemos bajado a Galapagar, en un ambiente pandémico, sin nadie por los caminos, sin casi nadie en el pueblo, bajo un silencio mágico. La luna parecía un cascabel, con su agujerito y todo, y con su ranura. Carmen me ha dicho que ha visto por ahí que hay trucos para hacer fotos a la luna y que se vea la luna, y yo he fingido que la entendía, aunque he estado veinte minutos intentando desentrañar esa revelación. Luego me ha enseñado ese local que alquilan a las afueras del pueblo y en el que ella cree que podría instalar los libros y poner una mesa de trabajo, una estufa, una cafetera: deshacer el pisito de Legazpi, venirme a vivir con ella y su familia y tener aquí todas mis cosas. Es como para pensarlo, pero todavía no, aún tengo que estar cerca de los niños. El día en el que dé prioridad a los libros por encima de los hijos habré pasado otra línea preocupante.
Al volver hemos visto que Yogur ha estado rebuscando en las bolsas de basura, ha esparcido la ceniza y ha paseado por todas las mesas, también la de los regalos. No sé cómo lo ha hecho, pero ha dejado los cuatro libros de Sender algo apartados y en orden cronológico de publicación, como hubiera hecho yo. Es un buen presagio. Mañana bajaré a Madrid a por el libro de los Primeros escritos, y comenzaré con todo esto.
2 de enero. La Navata — Madrid — La Navata
En 2026 voy a andar un poco más aliviado con el dinero, gracias al adelanto que me han dado los de la editorial y los turnos que me asignan en la librería, pero un poco más agobiado con el tiempo. Siempre hay alguna carencia: menos mal.
He bajado a Legazpi para destender coladas, recoger correo y comprar este cuaderno, rojo anarquía, para ir anotando todas las cosas de Sender: que acabe siendo algo así como la cara b del otro libro, el making of, pero para la hora de la comida ya estaba de vuelta.
Hace tanto frío que la siesta la hemos echado tirados junto a la chimenea de cualquier manera, pero pronto me he incorporado para empezar con los Primeros escritos (1916-1924), que he desempolvado también en casa y que en realidad jamás leí. Ni siquiera recordaba que los había editado Jesús Vived Mairal, cuya larga introducción está muy bien. Va a ser difícil encontrar un camino para contar la vida de Sender que no pase por citar mucho a Vived, ya que estoy seguro de que en realidad trabajó junto al interesado. No solo eran íntimos amigos desde jóvenes (y Vived el dedicatario del Réquiem por un campesino español, nada menos), sino que me malicio que Sender poco menos que utilizó al sacerdote como biógrafo a medida, y le pasó todo su archivo personal, muchas indicaciones sobre qué decir, sobre dónde encontrar las claves, sobre qué citar y cuándo. Accedió incluso a un epistolario personal que todavía hoy, treinta años después de ese prólogo, está casi enteramente inédito (y ni idea de dónde descansa, por cierto: supongo que en Huesca). Es decir, que, en lo que puede tener de «biografía dictada o cuando menos controlada por el biografiado», es, por un lado, imposible de superar, pero por otro estoy ante el desafío de desmontar o al menos matizar ese relato secretamente autobiográfico, sospechar de él, intuir en qué momentos Vived dio por buenos algunos datos interesados.
3 de enero. La Navata — Madrid
Al abrir todos los cerrojos de la puerta de la cocina, a las seis y media, una oscura bola de lluvia ha entrado en casa como una bala de cañón. Era Yogur, que al parecer se quedó fuera tras la cena. Venía abrumado por la temperatura, pero seguramente también amedrentado por un gatazo sin hogar que desde hace unos días merodea por aquí, nos mira a todos mal y se le come los patés de buey o de salmón del Mercadona sin ni siquiera tener que disputarlos. Cuando Yogur todavía comía pienso, eran los escandalosos arrendajos los que se lo robaban todo en cuanto el pobre, tan niño, se descuidaba: ahora es ese gato sin dueño y sin vacunas.
Después ha ido amaneciendo muy despacio. Nicolás, a quien debo este encargo sobre Sender, escribe hoy en el Babelia sobre 1976 como verdadero año del comienzo de la democracia en España. Bien.
Estados Unidos ha bombardeado Caracas. Por la tarde he seguido con Sender, concretamente con el prólogo de Vived, lleno de esos datos que quería dar yo y, sobre todo, de esas referencias de las que hubiera querido dar cuenta. Otra vez la sensación de que me encamino por un sendero, tal vez no muy muy trillado, pero sí bien trillado. Vived controla milimétricamente la bibliografía (no solo la primaria, sino la de todos los contextos de su amigo), aporta las fechas exactas, ordena las informaciones con habilidad y reproduce las citas oportunas en los momentos adecuados, de modo que empiezo a pensar que no voy a tener ningún hueco, pero lo encontraré. Soy un lector distinto, así que tengo que ser un comentarista distinto.
Desde las cinco y media he estado con los niños, que tenían que terminar, torpones y contentos, sus regalos de Reyes para todos, sus dibujos, sus colonias, sus collares de macarrones, sus maquetas. Por la noche he visto con Bruno el Espanyol-Barcelona, o la humildad contra la corrupción, la alegría secreta contra la amargura eterna.
Lo del «espanyolismo» de Bruno es algo genial: no es que haya tenido mucha relación con mi padre, «periquito» radical, y desde luego Juanjo nunca ha hecho demasiado por inyectar en su nieto el amor al club. Pero, en un caso evidente de atavismo, el corazón de Bruno es totalmente blanquiazul, y empieza a parecer que no es el capricho de una temporada, sino algo serio y definitivo. Me hace muchísima gracia. Y además, como es tan carismático, tan gracioso, tan guapete, tan popular en el colegio…, ya ha creado entre sus amigos y sus admiradoras cierto ambiente de simpatía general por el Espanyol, un enclave blanquiazul en la glorieta de Embajadores. Este año lo llevaré algún día a ver un partido a Cornellá: sería otro regalo de Sender.
4 de enero. Madrid
Era tan temprano y estaba tan dormido que en vez de la taza del café he agarrado la vela y por poco, por poquísimo, no me atizo un buen trago de cera. Que el recipiente estuviese demasiado caliente no me ha extrañado: ha sido la llama, cuando ya la tenía casi en la cara, la que ha impedido el susto.
Despierto con los niños en casa y además tengo turno en la librería: no puedo acudir al primer Rastro del año, pero no me escuece demasiado: aparte de que los amigos andan en distintos rincones de Europa (Las Viñas, Cracovia…), debería empezar a leer todo lo que tengo pendiente por aquí, hay en este piso diminuto lectura para dos vidas y media, por lo menos. Este año leeré, desde luego, todo lo mucho que no he leído de Sender, acumulado junto a lo leído, que de todos modos tendré que repasar (Imán, Crónica del alba, el de Billy el Niño, el Réquiem, el Lope de Aguirre, Casas Viejas, El rey y la reina…).
Yo ya me considero una persona más o menos trabajadora, y sobre todo genuinamente apasionada con esas cosas de las que me ocupo, pero os lo suplico, dioses del cielo, convertidme además en un señor metódico. Concededme ser alguien cuadriculado, un hombre-excel. De momento mañana me toca turno en The Objective y no sé qué enviar, todo lo que he leído nuevo es para las reseñas de La Lectura (Karmele Jaio, Juan Manuel Gil, Marc Colell, Tomás González…) y además, por cierta superstición rastreable, en los medios no suele gustar que se comenten cosas del año anterior, aunque sea en estos primeros días. Se hace un borrón y cuenta radical, por eso no es buena idea publicar libro en diciembre.
Al bajar a comprar tomates para las tostadas había un gorrión en la glorieta de Legazpi picoteando muy contento una piedra: mientras pueda escribir sobre eso y no sobre la detención de Maduro (como andan haciendo todos los desdichados ociosos del Facebook), no habrá ningún problema.
Carmen me escribe desde La Navata para decirme que se ha pasado la noche medio en vela, leyendo hasta las dos la Leña menuda de Marta. Navigare necesse est, vivere non necesse, decían los antiguos marineros. O sea que escribir no es necesario: leer sí lo es.
